A lo largo de mis años de vida he ido viendo cómo los diferentes gobiernos e ideologías se enfrentaban a una realidad que ha estado presente en toda sociedad de una forma u otra. Me refiero a la prostitución.
No sé si es el oficio más antiguo del mundo, pero sí que es posible que sea el que más vaivenes ha sufrido sin jamás desaparecer. Toda sociedad, gobierno y época ha tenido su relación con dicha realidad. A veces tolerada, otras perseguida o criminalizada; en momentos y formas muy concretas, ritualizada y sacralizada. Cambia su forma, como cambia la sociedad, pero la realidad permanece.
De ahí que, más allá de un posicionamiento personal que todos podemos tener, entiendo que es una realidad tozuda que cambia de forma, pero jamás parece desaparecer por más que se la combata. A pesar de ello, muchos gobiernos lo han intentado y lo intentan. El gobierno español, en algunos momentos, ha coqueteado con ciertas medidas, pero jamás llega a una posición determinada y firme.
Sí, se prohibió la publicidad de la prostitución en medios hace años, algo que se ha reforzado recientemente. Sin embargo, parece que siempre se quiere tocar la cuestión de forma indirecta y superficial. Aunque en España ya contamos con un sector abolicionista con influencia y cierta presencia en el gobierno que podría abordar el tema de frente.
En ocasiones podría parecer que los distintos gobiernos españoles han tratado el tema de la prostitución como una especie de moratoria nuclear. Últimamente hemos tenido algunos intentos de legislaciones abolicionistas que son incapaces de llegar a puerto porque, en un tema tan sensible y complejo, resulta imposible conseguir un apoyo lo suficientemente generalizado. Esos intentos se quedan siempre en amagos.
Y no es por criticar la posición abolicionista, que pretende suprimir por ley o convertir en ilegal cualquier tipo de prostitución por considerarla parte de lo que entienden como violencia estructural contra la mujer. Es una posición con base teórica que, aunque sea por cuestiones morales, podría ser compartida por sectores conservadores. Pero se encuentra, como en general la posición de todos los gobiernos españoles y la legislación española, en una clara incoherencia. Por lo menos un sector determinado del abolicionismo.
Aceptemos, por un momento, que la prostitución, aunque pudiera ser pactada, libre y consensuada, forma parte de una violencia estructural contra la mujer que debe ser combatida de forma absoluta. Aceptemos que es inherentemente una forma de violencia estructural y de humillación para la mujer, que no puede ser más que combatida por tener un carácter criminal y vejatorio, aunque pudiera ser voluntario. ¿Qué le ocurre a ese absoluto cuando a la ecuación de la mercantilización del sexo le añadimos una cámara y se difunde a gran escala? ¿El carácter vejatorio y de violencia estructural contra la mujer desaparece?
Pregunto esto porque en ciertos sectores llamados abolicionistas la prostitución es una violencia que merece ser combatida sin contemplaciones, pero muestran bastante tolerancia o incluso justificación cuando se le añade una cámara y un sistema de distribución y difusión masiva. Sexo por dinero con Pepe: no. Sexo por dinero con Pepe, dos cámaras, maquilladores, director, técnico de sonido y posterior difusión en cualquier red audiovisual sin mucho control: sin problema. De hecho, hay quienes sostienen que esto último es una forma de empoderamiento.
Es en esos momentos cuando uno se plantea que el abolicionismo completo, aunque en apariencia radical, es más coherente, pues trata la cuestión sin relativismos que parecen proceder de algún dudoso y gris origen.
Cuando se combate algo, pero se llega a justificar lo mismo con más personas en la ecuación, quizás se le tiene miedo o respeto a esas personas. Y no sería descabellado pensar que la influencia de cierto sector económico produzca esas distorsiones tan extrañas que permiten combatir la prostitución, pero defienden como empoderante la prostitución en medios de difusión masiva. Por mucha vuelta teórica que se le quiera dar, al final, si enseñar el culo es delito pero deja de serlo si se lo enseño a una audiencia suficiente, lo que se está poniendo en valor es la audiencia y no el acto en sí.
No voy a negar que desconozco todos los entresijos que esconde la justificación del empoderamiento de la pornografía mientras se condena la prostitución de forma categórica. Pero por más que los busco, suelen ser saltos hacia atrás y triquiñuelas para lo que parece más un temor a una industria audiovisual concreta o, peor, a la aceptación de la pornografía como tolerable por ser socialmente «mejor vista» en los tiempos que corren. Lo cual nos llevaría a poder justificar cualquier otra posición si por electoralismo se tratase.
Aunque esa incoherencia se produce también en otros ámbitos derivados. La misma pasividad que se muestra respecto a la industria pornográfica —a lo sumo apelando tímidamente al consumidor para no enfrentarse a productoras y distribuidoras— se muestra ante nuevas formas como la red llamada OnlyFans y otras con el mismo servicio.
Volvemos a la misma incoherencia: la prostitución debe ser abolida por ser parte de la violencia estructural contra la mujer, una forma de vejación y explotación. Lo compartamos o no, es fácil de entender. Entonces, ¿por qué deberíamos aceptar que vender material y contenido pornográfico propio por parte de una ingente masa de particulares en una plataforma que obtiene su parte del negocio sea tolerable? Tener sexo por dinero aunque sea voluntario: no. Vender contenido sexual, material fetichista y cualquier clase de forma similar: puede ser incluso empoderante.
Dicho de otro modo: miles de jóvenes pudiendo acceder a dinero fácil en una forma de pornografía precaria, maravilloso. Prostitución regulada, jamás.
Todo ello centrándome en la patente incoherencia de la cuestión, sin entrar en los posibles daños psicológicos, sociales y morales de consentir una actividad que es más precaria y menos confidencial para las mujeres y más rentable para los dueños de ciertas plataformas, que únicamente deben albergar un sitio online donde la gente pueda distribuir y vender su material y que quede ad aeternum en internet por mucho derecho al olvido que se decrete.
Dicha incoherencia, que es el núcleo de este artículo, posee unos sospechosos rasgos que hacen pensar, como ya he insinuado, que no es la actividad en sí lo que se cuestiona. Eso es lo que se vende. Pero cuando llega la hora de enfrentarse a la realidad, es más fácil hacer un batiburrillo de, ciertamente, redes de explotación sexual que deben ser combatidas con toda la fuerza, junto a una prostitución más basada en particulares y alguna forma empresarial pequeña o mediana, que enfrentarse al toro de la plaza. Porque al final, al rabino de OnlyFans, a las grandes productoras, a las grandes webs difusoras o al sector financiero que pudiera apoyarlas, es mejor no enfrentarse. Es mejor culpar al consumidor y hacer amagos de identificar online a los usuarios, pero no tocarles el negocio a los peces gordos que sí condicionan —por no decir que corrompen— con sus producciones y distribución, la mente y la visión que se tiene de la mujer, la sexualidad y las relaciones humanas.
Y entiendo, para cerrar el artículo, que esto último no se hace en gran parte por miedo, respeto o pocas ganas de mover el avispero de gente poderosa, pero esconde otra cuestión: cuestionar un sector que se ha dejado crecer y condicionar tanto en la sociedad es impopular. Y mucho menos se quisiera parecer moralista o conservador; hasta ahí podríamos llegar.
Se puede querer abolir una supuesta forma de explotación. Bien. Pero únicamente hasta el nivel que no lleve a ser impopular ni a enfrentarse a los jefes.
Al final, no es más que volver al título: una cuestión prostituida.