Veraneo tampoco

Veraneo tampoco. Juan Manuel Fernández

Desde hace años, el régimen del 78 ha ido acabando con la posibilidad de que los jóvenes españoles accedamos a un puesto de trabajo digno, a una vivienda en propiedad o a un vehículo con el que desplazarnos; algo que no ya en otra época, sino hace tan solo una generación, era por estadística lo común. Pero a todo esto añadimos ahora la última noticia: «Irse de vacaciones ya es un privilegio: un tercio de las familias no puede permitirse ni un viaje de una semana».

Entre grandes palabras como democracia, igualdad, resiliencia, libertad, diversidad, multiculturalidad, fraternidad y demás sandeces, han ido arrebatándonos poco a poco todo aquello que nos hacía verdaderamente libres, auténticamente hombres y soberanamente españoles. No importa que suene exagerado. El «tampoco estamos tan mal» podía tener cierto sentido —siempre desde una óptica egoísta— basándose en un plano meramente material, hace veinte años, pero, a día de hoy, negar que nos hemos estrellado es ser directamente cómplice de un sistema tan degenerado como injusto. No se trata de un batiburrillo de tópicos; es un hecho objetivo: vamos para atrás que pita. Alguno pensaba que renunciar a los principios le garantizaría la comodidad y, al final, no ha quedado en pie ni una cosa ni la otra.

Es absolutamente desolador; a ver si somos capaces de que nos entre en la cabeza: nos están robando hasta el puñetero verano. Y algún lacayo bromeará, burlándose de su propia miseria y retratándose en su servilismo, diciendo que al menos nos quedan las cañitas y los bares. Pues, algún día, ni eso. La nueva ley antitabaco que ultima el Ministerio de Sanidad prohibirá fumar en las terrazas de los bares. Porque ellos —desde su vasallaje al puritanismo protestante anglosajón— se creen en la potestad de ser los protectores y salvaguardas de nuestra existencia, contándonos la milonga de que se preocupan por nuestra salud. Sí, los defensores del aborto, la eutanasia, la comida vegana, las inoculaciones experimentales con niños y la barra libre a todo tipo de alimentos extranjeros sin ninguna clase de garantía sanitaria son los que se preocupan por tu salud. En fin, esto que os cuento es noticia nacional consumada y no hay consecuencias, por lo que ya la han colado. Otra vez. Y de nuevo se joderá el Paquito Gómez de turno, porque esta medida no afecta a los yates privados, a las mansiones o a los selectos reservados de fiestas inaccesibles: es una medida antisocial más que, de nuevo, se comerá con patatas el hijo de vecino, que, después de una semana entera trabajando a destajo, alcanzaba su momento de gloria leyendo el periódico con unos jeringos y su correspondiente café con leche cada sábado temprano; se encendía su Ducados y, en ese instante, se sentía capitán general. Pues nada, ya ni eso; ahora, a fumar al parque. Ah, no, que para los parques también hay una ley antitabaco. Ya sabéis, actualmente existe legislación para todo y suele tener un objetivo común: mantenernos sometidos a un control mayor mientras la mayoría aplaude.

Según la ministra de Sanidad, esta última ley colocará a España en «la vanguardia contra el tabaquismo». Y es que no pretenden que nos encontremos a la cabeza en otra cosa que en la esclavitud, la precariedad laboral, la sumisión, la cobardía, el deshonor, el paro, el consumo de drogas, el suicidio juvenil y la devoción fervorosa por las agendas globalistas. Ahora, encima, sin esa semana de merecido descanso a la que nuestros padres llamaban «veraneo». Ya, para colmo, sin chiringuitos ni montaña ni nada; si eres español, claro: por lo visto, los ingleses, además del peñón de Gibraltar, parece que han ocupado sine die la Costa del Sol. Ellos sí se lo pueden permitir y eso a los demócratas les encanta.

Aunque el que escribe estas líneas siempre ha sido más proclive a los guisos, las tardes de lluvia y las mantas de franela como remedio natural ante el frío del invierno; aunque me apasionan el otoño y todo lo que trae consigo de misterio, de humildad y de hogar, de paseos sobre las hojas que crujen en el suelo y de sorpresas que uno descubre en el abrigo cuando vuelve a ponérselo por primera vez desde la anterior temporada; aunque no sea capaz de hallar en todo el año nada más ilusionante que la Navidad, las conversaciones junto al fuego o los puestos de castañas asadas y el calor lo lleve francamente mal, debo reconocer que el veraneo que pretenden arrebatarnos tiene en general dos cosas que me encantan. Por un lado, se encuentran los victoriosos momentos en los que se consigue estar fresquito, en cualquier piscina, alberca, lago o río, y por supuesto en el mar, que todo lo evoca y donde uno se pierde pensando que flota en las puertas de España; ese sería el fresco que se busca, y luego está el frescor que se alcanza a la caída de la noche, al aire libre, bajo la noche clara y despejada, en cualquier conversación con camaradas bebiendo algo y planeando cómo recuperaremos nuestra patria de las garras de sus enemigos, pero también hablando de la vida, de la muerte y del amor —justo antes del amanecer es cuando mejor se está—; por último emerge la brisa no marítima que a veces corre en los cines de verano, pero para eso harían falta otro artículo y, probablemente, una vida entera que lo explicase: todo lo poco que queda de «cine» en este mundo se mantiene enfrascado, cual frágil elixir, exclusivamente en los cines de verano. Por otro lado, lo segundo que me gusta del período estival es que, por unos días, parece que todo se acaba; todo lo malo, quiero decir. Hace ya diez años viví en Pisa y recuerdo que muchos italianos se alegraban cuando los encorbatados tardaban en ponerse de acuerdo para conformar gobierno, porque, al menos, durante los meses que estuviesen «desgobernados», a los politicastros les sería imposible seguir complicando sus existencias. Algo así sucede en verano, como mínimo unas semanas, y parece que pudiésemos respirar sabiendo que esos días, más aún, no podrán empeorar las cosas. Ya sé que todo es una ilusión porque, pasado ese tiempo, el mal siempre vuelve a la carga con más fuerza que nunca; ya sé que para nosotros no existe la vida fuera del combate y que nuestra posición siempre es en guardia, pero debemos recordar que incluso en las trincheras había ocasión para leer, hablar, escuchar a los mayores y soñar tanto con la novia amada como con la anhelada victoria.

Respira este verano todo lo que puedas, porque a partir de septiembre no vamos a parar. Y, si tienes posibilidad de pisar alguna playa a lo largo de estos meses, fúmate un cigarro viendo las olas al atardecer. Porque sí, lo has adivinado, las marionetas autonómicas del régimen del 78 están acelerando en prohibirte también eso: saborear el tabaco mientras sientes los pies en la arena.

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