Era la caña, un crack, un referente. Lo tenía todo para ser el paradigma perfecto, la supervíctima empoderada en el universo arcoíris de la dictadura woke. Era negro, lo que parece importante, un buen inicio; era negro, autista en a saber qué grado, disléxico y bendecido por otras dificultades físicas y mentales que sería prolijo enumerar. No pudo hablar hasta los once años y no aprendió a leer y escribir hasta los dieciocho, lo que no resultó obstáculo para superarse milagrosamente —porque la suya es una historia encomiable de superación—, y entrar en la universidad con veinte años, o sea, que en veinticuatro meses aprendió a leer y escribir, hizo todos los estudios previos y se convirtió en alumno universitario aventajado; y en sólo una década obtuvo licenciatura, una maestría por la Universidad de St Mary’s y un doctorado en educación por la Universidad John Moores de Liverpool.
En 2023, con solo 37 años, Cambridge lo nombró catedrático de Sociología de la Educación. La noticia se difundió a bombo y platillo porque la institución batía un récord: incorporar al profesor negro más joven de su historia, un factor étnico que resultó crucial en su proyección académica. Lejos de tratarlo como a un docente más, la universidad lo convirtió en su estandarte. De hecho, la decana de la Facultad de Educación afirmó ante la BBC que Cambridge había «escuchado a sus estudiantes y académicos negros», sentenciando que Arday era «el mejor del mundo en su especialidad».
No cesaron los éxitos y proezas de Arday. Incorporó a su currículo el haber sido profesor en prestigiosas universidades de Suráfrica, Escocia y Ohio, la publicación de un ensayo divulgativo de éxito en una editorial de campanillas, haber participado en 30 maratones, en 35 días, para recaudar fondos humanitarios; en 2012 fue portador de la antorcha olímpica en Londres; en su tiempo libre, Jason Arday habría realizado labores humanitarias en Sudamérica y África Occidental, instalando puntos de agua potable. También habría organizado campañas de ayuda a personas sin hogar en Londres para desarrollar comedores móviles y servicios de limpieza para quienes viven en la calle … Este hombre no paraba de superarse, de ayudar al prójimo y triunfar.
Karina Mariani, investigadora, periodista, en un artículo publicado hace quince días en EEUU y reproducido por La Gaceta en España, afirma: «De más está decir que los medios lo adoraban y que la progresía se derritió con esta excéntrica vida que no cuestionaron. Era, en definitiva, el relato perfecto para un mundo obsesionado con el victimismo y, francamente, Arday era como una matrioska de opresiones, todo en una sola persona».
Pero siempre hay gente mala, envidiosa, y por supuesto racista. Un tal Nathan Cofnas, profesor de Cambridge, hizo públicas sus sospechas sobre el currículum y logros académicos de Arday, insinuando plagio de su tesis doctoral y falsedad en casi todos los méritos personales exhibidos por el joven profesor. Naturalmente, Cofnas fue despedido «por conductas racistas». Cuestionar a Arday era atentar contra el dogma woke: el mayor de los pecados.
Sin embargo, ya se sabe: cuando la verdad se empeña en aparecer no hay fuerza en el mundo que la detenga. En poco menos de un año se han ido desmontando, una tras otra, todas las mentiras de Ardey: plagio de su tesis doctoral, publicaciones fantasma, ningún rastro de sus supuestas colaboraciones con otras universidades, numerosas sospechas sobre su supuesto activismo social… Al final, trabado en su propia red de imposturas, el seis de agosto pasado, en una carta muy sentida, Jason Ardey dimitía de sus cargos en Cambridge, insistiendo en que la renuncia no significa admitir ninguna de las acusaciones en su contra, y que daba el paso atrás por la presión psicológica a la que estaba sometido y para defender mejor su buen nombre y, etcétera, nada nuevo, declaraciones que son frecuentes en los falsarios cuando se les descubre y que tan familiares nos resultan en España. ¿Fin del asunto? Aún no.
El 14 de agosto, Jason Ardey ha sido encontrado sin vida en su residencia de Battersea, Londres. La policía ha calificado su muerte como «inesperada pero no sospechosa». Es decir: Jason Arday se ha suicidado.
Las reacciones a este desenlace trágico han sido las esperadas. Tras conocerse el fallecimiento, la familia de Jason Arday emitió un comunicado a través de la editorial Simon & Schuster denunciando que el académico fue víctima de una «campaña de acoso y desinformación continuada« durante más de tres años. Diversas organizaciones sociales y activistas han criticado el feroz escrutinio mediático y digital, calificándolo de «situación de ciberacoso con tintes de sesgo racial». El primer ministro británico, Andy Burnham, ha calificado el suceso como una «tragedia a muchos niveles».
Hay que reconocer un mérito a Jason Arday: ha sido consecuente hasta el final; ha interpretado su papel de víctima con tenacidad minuciosa, y cuando ha sido imposible imponer el valor de su condición victimizada al peso de la verdad, se ha quitado de en medio. Ha recurrido a la muerte no como salida sino como último acto de heroísmo ofrendado al gran relato de la bondad, la equidad y la igualdad racial. Ya nos gustaría que todos los activistas del globalismo y la ideología woke que pululan por el ancho mundo tuviesen el mismo valor, que abandonaran su adhesión parasitaria al victimismo para trascenderse en mártires de verdad; ya nos habría gustado que las «flotillas» en solidaridad con los palestinos de Gaza o el pueblo de Cuba, con destinos tan seguros, se hubiesen dirigido también hacia el Afganistán de los talibanes, o hacia Teherán en los momentos más terroríficos de la represión del régimen de los ayatolas contra su propia población y especialmente contra las mujeres. Sí, ya nos habría gustado; anhelo imposible, ciertamente, porque la condición universal del victimismo woke es no sufrir más ni hacer mayor esfuerzo que dejar quieto el móvil por veinticuatro horas, o levantarse del sofá para salir a la calle y pasar calor en las manifestaciones de eso que ahora llaman «orgullo» y que de toda la vida fue «orgullo gay», hasta que llegó el feminismo tóxico y jodió la fiesta a quienes, por justicia histórica, tienen todo derecho a celebrarla y llamarla por su nombre cabal, sin que cuatro fanáticas desquiciadas cambien el guion por pura avidez ideológica.
Pero me voy de línea, perdón por el excurso. Hablábamos de Jason Arday, el último juguete roto, el último mártir de la demencia woke; y además no era gay —ese detalle le faltó para ser celestial—. Hablábamos de él, muerto en su casa, sin esperanza, sumido en el pavor de la verdad que arrasaría con su vida, es decir: con la mentira de una personalidad arriesgada y demostradamente imposible. Hablábamos de él y… ¿qué decir? Lo único, lo último que se me ocurre: en paz descanse.