Una invasión no puede ni debe ser relativizada o negada. Aunque es lo que una parte cuantitativa y cualitativamente relevante de españoles es lo que hacen.
Podemos repetir hasta la saciedad el mantra de «crisis humanitaria». Podemos sacar fotos al único niño o mujer que encontremos entre miles de hombres robustos recién salidos de su sesión de gimnasio y toma de creatina para autoengañarnos. Del mismo modo que podemos tener negocios cerrando, ciudadanos asustados e inseguros en sus propios domicilios. Podemos negar la aplicación de un estado de emergencia por rigorismos legales que esconden una falta de voluntad política para resolver los problemas. Es más, podemos compensar las imágenes del miedo de los ciudadanos, las estampidas de hombres descamisados gritando y besando el escudo de su camisa (que no es el de España) y las calles tomadas por ellos con una imagen de las señoras de la Cruz Roja sonrientes mientras regalan alimentos sin criterio determinado. Podemos poner a una reportera rodeada de un enorme grupo de varones ociosos que se ríen a carcajadas y hacen gestos de victoria mientras otro explica que vienen porque lo pasan muy mal. Podemos engañarnos tanto como otros pretenden engañarnos.
Pero al final, mientras el presidente del Gobierno muestra el infalible plan de hacer una campaña informativa para que los asaltantes de Ceuta se vayan voluntariamente, Marruecos ya ha hecho el último testeo. No hay resistencia. Negamos el problema o lo justificamos tratándolo como otra cosa.
Miles de marroquíes publicando abiertamente que han entrado porque es su territorio. Autoridades políticas haciendo lo mismo y llamándonos colonialistas a los españoles. Es más, implícitamente, tratando de colonos a los propios ceutíes y de liberadores a los 60.000 asaltantes marroquíes que han tomado una ciudad de 80.000 habitantes.
No solamente marroquíes y ciertas autoridades. El sionismo se ha puesto también a revolotear alrededor cuando ha olido sangre. El hijo de cierto presidente israelí republicando un «satírico» plan de partición de la península en dos estados, España y Al-Ándalus. Supongo que se cree gracioso y que España es equiparable en entidad e historia a un injerto en una maceta vieja. No niego que él, como otros tantos que forman esa tríada predadora formada por el agregado de intereses sionistas, marroquíes y anglos, deben estar riéndose a carcajadas. Como los propios asaltantes.
Nos asaltan, nadie hace nada, hay completa pasividad, el Gobierno se muestra pusilánime —quizás porque eran las 17:00 y nadie de la Cruz Roja les había ofrecido comida— y comenzamos a recibir acusaciones masivas de ser la potencia colonial y no la víctima del enésimo tanteo expansionista de un Estado enemigo al que algunos tienen la fijación de llamar amigo y aliado de una forma tan ilusa como contranatura.
Esas carcajadas que retumban desde Rabat, Tel-Aviv y tantos otros centros de poder porque están castigando y culpando a un sujeto que no muestra reacción deben ser muy agradables cuando se es el que las prefiere. Quizás tan agradable como aquellas risas de los agresores que patean a un hombre mayor indefenso en el suelo mientras graban y se jactan de la agresión. Pero, desgraciadamente, ese goce solamente está al alcance de personas perturbadas y corruptas y los españoles no lo somos.
Estamos entre pasmados, dormidos y acongojados mientras esperamos que pase el chaparrón. No pasará. Es la última prueba que necesitaba Marruecos. Es el elixir que alivia la sarna en palacio. Es la venganza que deseaba alguno que es más arlequín que benjamín. Y no hemos mostrado voluntad de defensa por ningún lado. Nos saben derrotados y humillados antes de la final.
Hubo un día en que sabíamos que reconocer cierto Estado nos traería problemas. Cierto presidente lo hizo sabiendo que las consecuencias las pagaría el pueblo. Y así ha sido. También sabiendo de su dependencia de Marruecos y su explícita debilidad ante el enemigo. Peor, sabiendo que el español lleva años de un sueño profundo y que únicamente se mueve del trabajo a casa y de casa a la terraza. No hay épica, no hay proyecto, no hay ilusión, no hay ganas. El único reducto es algún deporte en que aún podemos sentir el remoto latido del orgullo y de la defensa de nuestra gente. Pero una vez pasado el festival futbolístico, todo vuelve al ignorar y arrastrar los problemas que otros nos han lanzado encima.
Puede que no haya motivos para ser optimista. Pero aunque muchos cierren los ojos y nos condenen a ser la diana de burlas, ataques y difamaciones para esconder su propia miseria moral, siempre puede haber caminos.
¿Y si reconocemos el problema? ¿Y si decidimos enfrentarlo de cara y con todas las consecuencias? ¿Y si el español al que quieren hacer pensar que es mejor abandonar su casa y dejársela a un invasor decide decir «no»? ¿Y si decidimos reconocer a nuestro enemigo como tal y tratarlo de modo coherente? ¿Y si dejamos de hacer la vista gorda con sus ataques, provocaciones y mentiras como ellos hacen con los asaltantes que nos envían? ¿Y si damos un paso atrás y dejamos de reconocer a un Estado que solamente nos trae problemas? No creo que haya que reconocer a ningún Estado que nos niegue nuestra integridad nacional y comparta colcha con nuestros enemigos. ¿Lamentaremos no poder visitar Jerusalén? Mejor que lamentar perder nuestra casa. ¿Y si decimos abiertamente que no se nos ha perdido nada en organizaciones que nos exigen obligaciones por una defensa que jamás obtendremos? ¿Y si entendemos que España es España? ¿Y si entendemos que la peligrosa China se ha pronunciado casi a nuestro favor mientras nuestros aliados parecen disfrutar de nuestra sangre? ¿Y si hemos estado equivocados? ¿Y si, repentinamente, despertamos? ¿Y si sí?