¿China es culpable?

El origen del COVID19 está dando de sí para dar y tomar teorías conspirativas. La más radical que anda circulando por ahí es la que ve detrás de la pandemia un plan diabólico para reducir drásticamente la población humana, orquestado por míticos poderes ocultos dignos de película de James Bond o la saga Bourne y que tendría ramificaciones entre magnates, Club Bilderberg, ONU, FMI, OMS, gobiernos, Unión Europea y el todopoderoso Banco Internacional de Pagos. Todo para llegar a una cifra de sólo 500 millones de seres humanos sobre el planeta. De momento habrían empezado por cargarse a los viejos y provocar una recesión mundial que nos lleve a la guerra y la hambruna. Luego esta aquella que atribuye a George Soros la autoría de la pandemia, debido a que es accionista de los laboratorios de experimentación molecular y bacteriológica Wuxi App Tec en Wuhan. Junto a Gates, Rockefeller o Rothschild, habría montado la pandemia para impulsar el ascenso del gobierno mundialista. Un anillo para gobernarnos a todos y tal. El hecho de que el coronavirus afecte más a la población blanca y masculina probaría que se trata de un virus de diseño (ya se dijo algo parecido con el VIH cuando provocó el SIDA) y la agenda mundialista tendría más papeletas que nadie para ser la culpable. 

De la conspiración global pasamos a la geoestratégica. Por un lado, están los que culpan a China de usar el coronavirus como arma biológica contra Occidente. Según esta teoría, el virus habría sido inventado en el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Wuhan(WHCDC). Al provocar el hundimiento de las economías europeas y americanas, mientras la china permanece a flote, los chinos saldrían como los grandes ganadores de la pandemia. Busca el culpable en el más beneficiado, y con la caída de los precios del petróleo, el argumento se refuerza, ya que EE.UU es ahora exportador y China la principal demandante mundial del vital combustible.  Por otra parte están los que creen en los rumores de que fueron los EE.UU quienes han llevado el virus a Whuhan con el fin de colapsar la economía china. Un portavoz del Ministerio de Exteriores, Zhao Lijian, sugirió que habría sido un militar estadounidense el que podría haber llevado el coronavirus a Wuhan mientras se celebraban unos juegos deportivos. 

En el terreno económico también nos encontramos con quienes han visto en la pandemia una conspiración de las farmacéuticas para ponerse las botas vendiendo vacunas, porque el negocio no esta en curarnos, sino en que dependamos de los medicamentos. Posición muy popular entre los partidarios de la nueva medicina germánica, los movimientos antivacunas y otras doctrinas seudocientíficas. 

Más indicios de verosimilitud hay en las teorías que creen que el COVID19 se ha extendido debido a un accidente. El británico Pirbright Institute, solicitó en 2015 una patente para desarrollar una forma atenuada de coronavirus como una vacuna para tratar o prevenir enfermedades respiratorias en animales de granja, especialmente pollos. Circuló el rumor de que una mutación podría haber sobrepasado las barreras del laboratorio y provocado la pandemia. Pero las hipótesis más populares apuntan hacía los experimentos biológicos de los chinos. Algunas son descabelladas, como la que atribuye la plaga a la experimentación con la tecnología 5G, (Wuhan fue una de las 16 primeras ciudades en que se instaló esta tecnología), que combinada con las ‘chemtrails’, estelas que dejan los aviones y con las que, supuestamente, se rociarían agentes químicos o biológicos, permitirían la activación del virus. Otras, sin duda, merecen más atención y sobre todo transparencia e investigación por equipos científicos neutrales. En un vídeo publicado hace cuatro años por la cadena italiana Rai3 se desvelaba la posible existencia de un “súper virus pulmonar” creado por “científicos chinos” a partir de “murciélagos y ratones”.Los científicos probaron unir aquella molécula, denominada ‘SHCO14’, con el virus que provoca neumonía aguda, aunque de forma no mortal, en ratones, originando “un organismo modificado”. El experimento confirmó además que podía tener efecto en humanos permitiendo que el coronavirus se adhiera a nuestras células respiratorias desencadenando una super-neumonía con efectos secundarios. 

Wuhan es el principal centro de investigación virológica y tiene un superlaboratorio para estudiar las enfermedades más contagiosas y peligrosas, como el ébola y el SARS. Aunque el propio Instituto de Virología de Wuhan y su Laboratorio Nacional de Bioseguridad han desmentido que se produjese cualquier fuga, mucha causalidad parece ser la coincidencia entre el lugar de origen del foco de la pandemia del coronavirus y la ubicación de sus instalaciones. Más aún cuando sabemos del habitual empeño de los regímenes comunistas por ocultar sus desastres (Chernóbil por ejemplo). Para añadir más confusión, la última teoría, sostenida por investigadores de la Universidad de Cambridge (ignoramos quién ha financiado el estudio), cree que el coronavirus no se habría originado en Wuhan, la ciudad donde estalló la epidemia en enero, sino al sur de China entre el 13 de septiembre y el 7 de diciembre. 

Mientras, la postura oficial de la OMS sigue siendo que el COVID19 no es un virus artificial, sino que ha surgido por selección natural a partir de otros del género Betacoronavirus, dentro de la familia Coronaviridae, es decir una evolución del SARS, o en su caso a partir de una transmisión lejana desde murciélagos o pangolines, hasta que hace pocos meses aumentó su virulencia y comenzó a producir la enfermedad. 

La verdad, a día de hoy, no contamos con la certeza de cual es el origen del COVID19. 

De lo que no podemos dudar es de que asistimos a una repolarización, en la que los actores claves son EE.UU, China y Rusia, que responden con sus políticas a la salvaguarda de sus intereses nacionales.  Indudablemente China y Rusia juegan con unas reglas que están muy lejos de las que emplea la Unión Europea, empeñada en servir a políticas mundialistas, la paz climática, la democracia universal y el mestizaje cultural, y que, tras la crisis del coronavirus, no será más que un convidado a la mesa de los grandes, sin ningún poder militar, sin apenas poder político, con un poder tecnológico e industrial menguante y con un poder económico tambaleante. 

La neutralización estratégica de Europa supone la culminación del proceso iniciado tras la IIWW y acelerado una vez finiquitada la guerra fría, con la eliminación de la identidad cultural europea a través del multiculturalismo, la destrucción de su conciencia cristiana con la ideológia de género y el relativismo, y la pérdida del espíritu de comunidad, sustituido por el individualismo hedonista y una solidaridad sensiblera y buenista. Quién dominará el nuevo orden geopolítico tras el coronavirus, aun no se vislumbra claro, pero a buen seguro que no será esta Europa de burócratas, masones, plutócratas capitalistas y pánfilos consumidores. 

Tampoco sabemos si después del coronavirus triunfara la globalización o se revitalizaran las comunidades nacionales. Con la crisis sanitaria, resulta que los supuestos ciudadanos del mundo no han tenido más remedio que refugiarse en las estrechas fronteras de sus casas, para comprobar que sin nacionalidad son ciudadanos de ninguna parte. En la emergencia, cada país ha decidido por sí mismo, unos, como Corea del Sur, Polonia, Portugal o Austria, con acierto, y otros, como España o Italia, con nefastos resultados. Las organizaciones internacionales no han servido para nada. Una Unión Europea paralizada y especialmente la ONU, que nuevamente ha demostrado que se le dan mejor las corruptelas y lo de gastar el dinero de los demás, que solventar problemas internacionales.  ¿Qué lecciones extraeremos? ¿Sera necesario potenciar los poderes de esas organizaciones y avanzar hacia la gobernanza mundial suprimiendo las soberanías nacionales y nuestra libertad para protegernos del cambio climático, el calentamiento global, la superpoblación y los virus que vengan? o ¿habrá una reacción contra la globalización que delega en otros nuestra protección, nuestra capacidad de cuidarnos y nuestras convicciones, para reducirnos a productores, consumidores y contribuyentes desarraigados? 

Tampoco nos cabe la menor duda de que se nos viene encima una crisis sistémica mucho peor que la de 1929, en la que el coronavirus va a servir para tapar la descabellada política monetaria que el Banco Central Europeo y la FED han venido desarrollando desde 2008. Para mantener el Estado de bienestar, los gobiernos deberán emplear centenas de billones, aunque sus países ya se encuentren totalmente endeudados, incrementando como nunca se vio el gasto y el déficit. Una gigantesca emisión de dinero y deuda publica respaldada por nada, solo puede desembocar en la ruina de la clase media sobre la que se edifica la estabilidad de Occidente.

Cuando las empresas abran dentro de uno, o dos meses, gran cantidad van a estar quebradas y el resto en serios apuros. Con millones de trabajadores en el paro no se puede mantener un sistema basado en el consumo. Sin compras no habrá recuperación de la producción, ni se podrán recaudar suficientes impuestos y serán necesarias más y más ayudas y subvenciones, que no se podrán satisfacer sin acudir a un endeudamiento imposible de saldar sin pensar en la confiscación tributaria de más activos privados. Es decir, quitar sus ahorros a los que hayan tenido la previsión de ahorrar, lo que provocará su empobrecimiento y una nueva vuelta de tuerca en la espiral. Habrá un efecto dominó. Menos trabajo, más ayudas, más impuestos, más empobrecimiento. Si bien la inyección de liquidez a través de las ayudas sacadas de una mastodóntica deuda pública o un rescate por parte de los países que sí hicieron lo deberes, pueden a corto plazo salvarnos de la ruina total, con el pretexto de restablecer el equilibrio, ya se anuncian los planes de nacionalizaciones y participación pública en el tejido empresarial, Borrell, vicepresidente de la Comisión Europea, ya lo ha reconocido. Pero no es el comunismo lo que se nos viene encima, sino el capitalismo de Estado, que será también devastador para los pueblos y nuestras libertades. Si no se emprende un cambio sistémico total, y se mantiene el modelo de crecimiento basado en premiar el consumo y castigar el ahorro, sólo lograremos aplazar el desastre. Para recuperar el PIB europeo lo necesario será disponer de capital para inversiones tecnológicas y mejoras productivas que permitan la recuperación y la creación de empleo, pero con un capital respaldado por valores reales (ahorro), no por un capital fiduciario creado de la nada por el Banco Central Europeo, que, al proporcionar cantidades ilimitadas de dinero, sólo alimentará la irresponsabilidad ilimitada de gobiernos, empresarios y consumidores.  Si además los costes de la crisis no se reparten equitativamente y se descargan sobre la clase media, dejando a salvo a la élite y alimentando el parasitismo social para que los de abajo mantengan intactos los privilegios de los de arriba, la tormenta perfecta está servida. Desgraciadamente nos tememos, al menos en España, que la clase media sólo escarmentará en cabeza propia. Entonces será demasiado tarde. Y de eso China no tendrá culpa alguna.

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