La «cultura de la cancelación», una traducción acertada del inglés «cancel culture», expresa de modo plástico la dinámica occidental -o mejor uccidental - de aniquilación no solo de las identidades y la cultura como espacio de la autoconciencia de los pueblos y de los individuos, sino también del pasado qua talis, identificado como un error y, como tal, borrado de la memoria.
La cultura de la cancelación resulta un fenómeno digno de consideración únicamente en relación a la "guerra contra el pasado" de la cual está inervada y en la que se manifiesta la pulsión occidental a aniquilar el pasado de la tradición y, al mismo tiempo, el futuro del proyecto. Reducido a su núcleo fundamental, el programa de los hierofantes de la cancel culture y de su imperialismo presentista coincide, en abstracto, con la corrección del pasado y, en concreto, con su eliminación.
El poder ha cambiado de rostro. El mundo actual, capilarmente invadido por la forma mercancía, no pretende ser perfecto: simplemente niega la existencia de alternativas, convenciendo a las mentes no de sus propias cualidades, sino de su propio carácter fatal, intrascendible y destinal. Además, el hodierno reino animal del espíritu profesa abiertamente su mismo carácter imperfecto y, al mismo tiempo, niega de raíz la posibilidad de buscar formas alternativas de habitar el espacio social que no sean las del horizonte único de la forma mercancía y las de la cosificación que esta produce a escala planetaria.
Las medidas político-económicas del neoliberalismo (Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desregulación, desempleo masivo, salarios que ya no garantizan un ingreso digno), o sea aquellas imposiciones que, de implementarse todas a la vez, verosimilmente habrían desencadenado respuestas en sentido revolucionario, han sido aplicadas con lenta pero implacable gradualidad.
Una parte fundamental en la caverna de Platón, como espacio de manipulación, lo desempeñan los εἴδωλα, los simulacros. Estos coinciden con las imágenes que los administradores de la caverna y los amos monopolistas del discurso proyectan hoy, con fines manipuladores y propagandísticos, en las pantallas de televisión (los más sutiles puestos avanzados del poder ubicados en la sala de estar), en las páginas de los periódicos y en los cines.
Como sabemos, ni siquiera la Caverna de sombras teorizada por Platón escapa a la regla de lo que la historia de los efectos nos ha legado con el nombre de "intelectualismo socrático": si los prisioneros de la caverna supieran que se encuentran en una caverna opresiva y no, como creen, en el estado de libertad natural, no dudarían ni un instante en huir.
El complejo de Telémaco invierte el de Edipo. Si el acto edípico por antonomasia es el placer incestuoso derivado del parricidio, el telemaqueo es la nostalgia por la figura paterna de la ley y de la medida, la única capaz de poner fin a la larga noche de los Pretendientes, en la que placer y transgresión se erigen en única ley.
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