Generación Épsilon

El 5 de junio de 2014, el columnista José F. Peláez (aka “Magnífico Margarito”) se descolgaba con una genial entrada en su blog titulada “Factoría de Musas middle-class”. No podemos sino recomendar su lectura. Con ese olfato que sólo tienen algunos, nos regalaba una serie de imágenes de la mediocridad posmoderna que, básicamente, resumen cómo la sociedad de consumo y el marketing transforman a uno en perfecto miembro del rebaño contándole lo original y “cool” que es. Quizás sin pretenderlo Peláez parió un gran alegato antimoderno. No nos vamos a poner estupendos porque hoy no toca, pero movimientos como el de la Revolución Conservadora alemana nos enseñan cómo uno puede vivir perfectamente acorde con su tiempo y apreciar aquello que tiene de apreciable, pero teniendo un “corazón aventurero” -¡hola, Ernst, allá donde estés!- puesto en valores que no son precisamente los del Mercado.

Y es que si hay una generación que ha sufrido terriblemente la mediocridad de nuestro tiempo es la nacida entre 1968 y 1983. Recuerdan a los “epsilones” de la novela de Huxley “Un mundo feliz”, pero no precisamente porque sean poco agraciados sino porque están destinados a hacer una tarea muy desagradable sin saberlo: sacrificarse con una sonrisa en el altar de todas las estupideces, lugares comunes, papanaterías e infinitas modas que propone el tigre que cabalgamos.

La mentalidad de esclavo y la mediocridad “cool” es transversal. No hay distinción de raza, sexo, religión o clase social y, por supuesto, una educación cara no libra de las cadenas. Reconocer a este tipo de personaje es tarea que puede resultar ardua. Aquí os dejamos una serie de criterios, ordenados de cualquier manera, que esperamos sean de ayuda:

No hay un solo épsilon que no se haya decantado a principios de los años 2000 por la tendencia de la decoración panasiática y, lógicamente, que no haya transformado su chalet de Conde de Orgaz, o su piso en la Alameda de Osuna o Las Rozas en una especie de pagoda importada del Delta del Mekong: velas zen, Budas, incienso, jungla… El orientalismo de medio pelo, pero también su obsesión por los dioses hindúes, es una buena manera de detectarlos. De todas maneras, hoy les gusta más la “deco cozy” y el estilo escandinavo de la meseta; o el ñoñismo de la decoradora Luisa Olazábal si tienen posibles. Su universo de confinamiento: Vishnu en el trastero, muebles lacados en color hueso, falso -o cutre- rústico de tienda de centro comercial, exceso de lino crudo y colores pastel. NetflixHBO en vena. Y Jabois es cultura.

Resolutivamente urbanitas, los épsilon limitan geográficamente al norte con Pedraza o la sierra madrileña y al suroeste con Jaraíz de la Vera. Hacen como la pobre María Antonieta cuando iba de pastora al “hameau de la Reine”: se dan un baño de ruralidad en ambientes “rústico-chics”. Su perímetro de seguridad llega a los 250 kilómetros al exterior de Madrid. Más allá empiezan a transformarse en Gremlins después de una ducha. Tienen mono de asfalto.

Políticamente creen ser conservadores pero su corazoncito pertenece a Albert Rivera  y creen que Juan Carlos Girauta “tiene aura” (visto en Twitter). Para ellos, Adolfo Suárez ha sido un dios del Olimpo, un unicornio mezcla de Catalina de RusiaCarl von Clausewitz. La Constitución, Europa y la Transición son casi historia sagrada. Ni siquiera esta cuarentena de arresto domiciliario les da pistas de que quizás, el mantra de “los padres de la Constitución”, venía con trampa. Se han creído el insoportable “blablá”, hoy papel mojado y consignas, del profesor en las clases de Derecho Constitucional o Comunitario. Aullaban en los 90 cuando Felipe González iba a dar una conferencia a la Facultad, pero ahora lo consideran un gran hombre de Estado.

Han saciado su sed en los documentales de Victoria Prego y en las películas de Pilar Miró o de Coixet. En realidad son extremo-centro tirando a la izquierda, “liberales en lo económico”, dicen, pero también en lo moral. Su tibieza es su esencia y hacen suya la interpretación revertiana de la Historia; aplauden cada vez que Arturo Pérez-Reverte –para ellos Don Arturo- habla de lo necesarias que hubieran sido las guillotinas aquí hace dos siglos y pico. Sus frases favoritas: “España cainita”, “no tenemos remedio”, “aquí siempre acabamos a garrotazos”, “somos expertos en guerracivilismo”, etc. No han salido mucho de casa, pero admiran exageradamente a “Europa”, en su versión administrativa, claro, que sólo conocen por turismo, algún Erasmus o un curso de verano.  Macron es la leche, Trump el problema y Vall será la solución para el problema catalán… Son ontológicamente cosmopaletos.       

Han crecido con catequesis kumbayá y, precisamente por eso, tienen un ramalazo sincretista que les lleva a surfear el Kali Yuga sin despeinarse y pensar en la India como el lugar ideal para encontrarse con su yo, ése que hace eco en sus cuerpos desgrasados o engrasados en consultas de cirujanos de moda. Porque la generación épsilon es la primera que empieza a envejecer sin aceptarlo. Son las víctimas primigenias de la sociedad de la imagen, los primeros a los que la moda selfieles pilló un poco arrugaditos.

En consecuencia, ahorran y hacen cola en la puerta del cirujano de Letizia (musa épsilon por excelencia)o de Alaska. A decir verdad, es el mismo procedimiento que realizan para hacerse con el último bolso de Vuitton. O de la influencer que toque. Porque, faltaría más, también son carne de Instagram. Allí donde haya vacío existencial se sienten como niños con zapatos nuevos.

Les pirra todo lo que sea “consensuado” o “leal”, leen con pasión a María DueñasCarmen PosadasPilar Eyre y pasan miedito con Dolores Redondo. Ni una biblioteca sin su Planeta. Adoran a los gays con exageración puesto que los épsilon no incorporan el hecho homosexual, antaño más creativo y transgresor, con naturalidad. Tener un amigo gay, mejor si es papá por “gestación subrogada”, eleva al infinito su grado de coolness. La “semana del orgullo” se pierden, por lo menos un día, en el barrio madrileño de Justicia.

Escuchan sin tapujos a Julia Otero, cenan frugalmente y sin carbohidratos con El hormiguero pero sintonizan First Dates con placer culpable; saben que deberían estar viendo el documental sobre Steve Madden en Netflix.

Más o menos clásicas, ellas transgreden con un toque étnico en la bisutería o en algún foulard; conducen un mini eléctrico, si pueden, para dirigirse a sus trabajos de periodistas, jefas de Marketing o Comunicación, o responsables de algún chiringuito del sector terciario mientras escuchan Love of LesbianLos Planetas. Para comer, un bowl de kale, lechuga y açaí. De postre, chai latte. Los épsilon empezaron con la soja y no supieron parar a tiempo en sus coqueteos con el veganismo. Espelta, quinoa y bulgur, si quitamos ciertas semillas, son algunos de sus tótems alimentarios. Coquetean con la homeopatía y con la cosmética sin parabenos. Sienten que todas las modas son últimos trenes para ellos. 

Desorientadas en lo afectivo, “adoran” MalasañaChueca, pero en sus versiones gentrificadas y, por tanto, posteriores al año 2000. Antes de que el metro cuadrado no superara los cuatro, cinco o seis mil euros no se les perdía nada en esos barrios y pasaban los fines de semana en los bajos de Aurrerá. Sus valores posthippies integran sin que nada les chirríe una reunión de tupper sex, la realización de eneagramas con su coach, una meditación holística, todos los tipos de yoga que ofrecen en cualquier gimnasio cercano AZCA o las big foury alguna que otra Misa cuando les invitan a los Bautizos y Primeras Comuniones de sus sobrinos.

Compran el discurso feminista y ecologista sistémico de forma natural. No han sufrido una sola discriminación por sexo en su vida y el 99% de su clase mixta de COU acudió a la universidad. Pero la victimización y sentirse ofendido-por-todo resulta irresistible para quien no se quiere hacer cargo de su propia derrota. En el fondo, buscan que salgas de tu zona de confort – inspiraron la industria de “lo motivacional”- para ponerse ellos.

 A las mujeres épsilon les gusta ser tratadas con caballerosidad pero hablan del Satisfyer con sus amigas en un intento de reafirmar su emancipación del “hombre”, como eufemismo de exmarido. Porque sí, el divorcio es muy épsilon, las generaciones posteriores no se casan.

Se creen un pelín másedgy que el resto y de cuando en cuando mezclan sus malasañadas y chuecadas con algún restaurante de moda de la calle Jorge Juan o aledaños porque lo ha decorado nosequién

El trazo a veces es forzado, pero existe. Como si de personajes de la novela de Huxley se tratara, la generación X, sobre todo la “temprana”, la inmediatamente posterior a los babyboomers, se ha dejado convencer a base de consignas de que la vida son experiencias –al servicio de las modas- y estatus económico. Vaciados de cualquier profundidad y mirando de refilón la cultura del esfuerzo, la meta es “lo que les haga felices”. ¿Lo peor de todo? Que de aquellos epsilones, estos millenials.

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