A carne de lobo, colmillo de perro

A carne de lobo, colmillo de perro. Aitor Vaz

Creo que a nadie se le escapa la caída en picado en cuanto a seguridad en los últimos años, algo que algunos intentan ocultar cambiando el nombre a bienestar y, en ese momento, negando la mayor. No hay una mayor y marcada inseguridad porque, bajo el concepto genérico de bienestar, no hay ningún problema. Y puede que sea verdad: si un alcalde, un trabajador social o un camello no sienten ningún empeoramiento en su bienestar, es real. Tan real como el temor de otros muchos a salir a la calle y enfrentarse a la realidad que nos ha tocado.

Al final, nos encontramos sumidos en una caída en espiral hacia una sociedad entre dos clases. Y no hablaremos de clases en el sentido económico; será algo más profundo y visceral. La cuestión, hasta cierto punto, no dependerá de ser un pequeño burgués o un currante, aunque haya cierta correlación. Todo se resumirá en una división entre aquellos que viven sin ninguna clase de temor y aquellos a los que se nos está haciendo vivir en la inseguridad permanente. No será una cuestión de ser un jefazo, un rentista, una administrativa o el nieto de un minero. No importará el nivel cultural ni indicará nada. El marcador se encontrará en nuestra piel, en nuestros nervios. Habrá quienes vivirán sintiendo seguridad, no solamente material, también física y emocional; incluso, si me permiten, seguridad respecto a la ley. No la temerán: la moldearán y manipularán a su antojo. Podremos ver al politicastro, al pufista “amigo de”, al primo de alguien, a algún hombrecillo cargo intermedio con piscina o a toda una horda de coloridos lúmpenes recorriendo las calles sin miedo y creando el caos con total impunidad, una impunidad que es lo más parecido a hacer sentir omnipotencia a mediocres de mirada perdida.

Y también podremos vernos a nosotros, perdedores de una partida que jamás supimos que estábamos jugando: sin seguridad material, recluidos en trabajos precarios y vacíos, casi tan vacíos como nuestra cuenta corriente y el piso que jamás podremos pagar; con el mismo vacío en unas fotos de familia en las que jamás veremos a nuestros hijos; con el temor de ser castigados por cualquiera, sea Hacienda, una nueva normativa local de incautación fiscal por tenencia de lunares, algún medio de información puesto a señalarnos o, algo cada vez más habitual, ser asaltados por algún tipo de chusma con bula socioeconómica. La cuestión será que sentiremos miedo, la mayor y permanente inseguridad, como parte de nuestra esencia. Y nos dirán que es falso, que todo está bien. Pero son aquellos que controlan los hilos de nuestro sufrimiento los que sostienen tal farsa con amagos estadísticos.

Sentiremos, como ya se puede sentir, que todos los años de discursos sobre que la policía nos sirve y nos protege no fueron más que años de maíz para mantener el gallinero pasivo. Pero no: vemos que la mano del maíz es la misma zorra. Tememos que nos pase algo, pero también tememos que nos intenten proteger o servir, porque pareciera que el servicio es ensañarse con nosotros, la protección es para los agresores y el castigo para la víctima. Y, así, vemos la cara cruda y servicial de aquellos que creíamos que nos defenderían llegado el caso: servicio a la casta que vive sin preocupaciones ni temores reales.

No quiero que se confunda mi tono, pues mi intención no es insultar ni difamar a ningún cuerpo de seguridad per se. Es cierto que mi observación se acerca mucho a ciertos comentarios que tratan a dichos cuerpos como “perros del Estado”, pero nada de eso. Aunque haya que entender que están al servicio de aquellos que crean las leyes que nos oprimen y causan temor, ciertamente, con el “obedecen órdenes” y “aplican la ley” muestran que, por desgracia y norma general, son más guardianes de una casta y un sistema que los protectores del pueblo. Y, realmente, si queremos parar el proceso que nos está convirtiendo en una enorme y temblorosa masa de acongojados contribuyentes que, de vez en cuando, pueden elegir correa, necesitamos, entre otras cosas, que se nos devuelva el servicio que nos están negando. Tenemos que recuperar a aquellos que algunos llaman perros.

Quiero mostrar que ser perro no es nada malo. Es el mejor amigo del hombre; los perros han sido nuestros acompañantes y protectores durante miles de años. Es un orgullo ser llamado perro, pues es la encarnación de la lealtad, la devoción y el cariño. La vergüenza se encuentra en estar al servicio de una casta de déspotas y criminales. Pero jamás nadie se sentiría ofendido por ser defensor de su gente: lo que causa daño es ser agente del mal.

No debe haber perros del Estado; se trata de una cuestión de principios. Nos enfrentamos a lobos y ningún lobo tiene perros a sueldo. Los perros son aquellos que, precisamente, han mantenido a los predadores lejos de nosotros y los nuestros, y es lo que necesitamos.

Pero no lo reduzco únicamente a los cuerpos de seguridad; es también una cuestión más general. No podemos aceptar como normal el ser presas.

En algún momento, tenemos que ser conscientes de que ningún predador cesará en perseguirnos si no le hacemos frente. No necesitamos únicamente protectores que nos separen de las amenazas que acechan; necesitamos también disponer de esa actitud y disposición a la defensa. No podemos quedarnos quietos y desvalidos mientras los lobos campan a sus anchas como si fuéramos ganado.

Sí, se trata de que tengamos defensores, de que haya una línea que logre parar los embistes de la agresión y la impunidad, pero no se trata únicamente de que tengamos uniformados para esa labor. Si queremos detener nuestra condición de víctima perpetua y contrarrestar la acción de quienes se creen por encima de todos y de todo, necesitamos también poseer nosotros mismos algo de nuestros amigos de cuatro patas. Hay que tener colmillos; es más, hay que estar dispuestos a enseñarlos y, también, a utilizarlos. Los lobos no dudan en atacar; nosotros tampoco deberíamos dudar en responder.

 

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