Iglesia católica y globalismo. (II)

Iglesia católica y globalismo.(II) Mateo Requesens

 La atormentada relación con la Ideología de género. 

Tras la introducción que hicimos en la primera entrega de esta serie, hemos querido analizar la influencia que esa ideológia mundialista tiene en la Iglesia católica a través de las huellas de las principales “palancas” que guían a la agenda globalista. Para ello abordaremos las posturas que, en respuesta a las políticas del New Green Deal construidas en torno al cambio climático, la ideológia de género y la apertura de fronteras se están desarrollando en el seno de la Iglesia. Para no cansar al lector trataremos cada uno de los apartados independientemente, pero convenientemente agrupados nos darán una visión de conjunto que nos permita extraer conclusiones.  Por tanto, sigan atentos a las entregas. 

A) Ideología de género.

En este tema existe un total antagonismo con la agenda mundialista. La doctrina de la Iglesia católica sobre la familia y la ideológia de genero son incompatibles. La elección de identidad sexual entendida como un acto meramente dependiente de la voluntad del ser humano por encima de la naturaleza es una aberración, no sólo por atentar contra la moral católica, sino por atentar contra la lógica y la razón, pues pretender que el hombre pueda prescindir a su antojo de la realidad biológica es emular a un Frankenstein del género en una nueva versión contemporánea del mito de Prometeo. 

Pero la homosexualidad sin duda ha suscitado un debate abierto en el seno de la Iglesia. No cabe duda de que, como señalaba Juan Pablo II, no puede haber discriminación contra la persona del homosexual. “Al contrario, debería haber una preocupación explícita de la comunidad cristiana en acoger a los homosexuales”. Caeríamos en la misma hipocresía de la que hace gala el “progresismo”, si a la vez que condenamos la persecución de homosexuales dentro del islam no aceptásemos la dedicación pastoral de la Iglesia católica a unos hijos pródigos que no quiere apartar de su seno.  El Catecismo de la Iglesia Católica establece que deben ser tratados con “respeto, compasión y sensibilidad” y que se debe “evitar cualquier signo de discriminación injusta”.

Otra cuestión es que cada día se abran paso las posturas a favor de las uniones homosexuales equiparables al matrimonio.  La postura tradicional ha sido y es que “La Iglesia enseña que el respeto por las personas homosexuales no debe conducir de ninguna manera a la aprobación del comportamiento homosexual o al reconocimiento legal de las uniones homosexuales. El bien común requiere que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión conyugal como base de la familia, célula primaria de la sociedad. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas con el matrimonio significaría no solo aprobar un mal comportamiento, con la consecuencia de convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también eclipsar valores fundamentales que forman parte del patrimonio común de la humanidad. La Iglesia no puede dejar de defender tales valores, por el bien de los hombres y de toda la sociedad “. En este sentido la Exhortación Apostólica Post Sinodal Amoris laetitia, de 2016, afirmaba que “es inaceptable que las iglesias locales sufran presiones en esta materia y que los organismos internacionales condicionen la ayuda financiera a los países pobres a la introducción de leyes que instituyan el ‘matrimonio’ entre personas del mismo sexo”. Por su parte, el pontífice emérito, Benedicto XVI, alertaba en 2020 de que “hoy todo el que se oponga a él (matrimonio gay) queda excomulgado socialmente”. 

El Papa Francisco afirmó en marzo de 2020 que “los homosexuales tienen derecho a estar en una familia, son hijos de Dios. No se puede expulsar a una persona de su familia ni hacerle la vida imposible”. Es decir, insistía en manifestarse contra la discriminación de las personas por su opción sexual.  Perfecto. Pero a continuación dijo, “lo que tenemos que hacer es una ley de convivencia civil, para estar legalmente amparados”, lo que se interpretó como una aprobación de las uniones homosexuales. De nuevo el Papa Francisco se comportaba como un líder político que quiere adaptar su organización a los tiempos que corren, en vez de como el líder espiritual de la catolicidad. En marzo de 2021 la Congregación para la Doctrina de la Fe cerraba la puerta a la bendición de parejas homosexuales: “La Iglesia no bendice ni puede bendecir el pecado”. 

Pero es evidente que esta posición no es pacífica en el seno de la Iglesia, explícitamente el cardenal austríaco Christoph Schonborn, uno de los grandes apoyos en pastoral familiar de Bergoglio, lamentaba la nota de Doctrina de la Fe, apuntando que “muchas madres bendicen a sus hijos y una madre nunca rechaza a su hijo, aunque tenga problemas en la vida”. Y ha ido aún más allá cuando dice: “No me ha gustado esta declaración de Doctrina de la Fe por la sencilla razón de que el mensaje que dejó en los medios de comunicación de todo el mundo fue sólo un ‘no’”. “La Iglesia es una madre, y una madre no rechaza una bendición”. 

Bendecir, según el diccionario de la RAE significa “alabar, engrandecer, ensalzar a alguien”. En Derecho canónico, bendecir supone consagrar al culto divino con una determinada ceremonia. De lo que se trata pues es de trasladar al Derecho canónico una legislación civil que reconoce y regula las uniones de hecho junto al matrimonio, pero sin equiparar ambas figuras. Introduciendo la bendición de las uniones gays junto al sacramento del matrimonio, se lograría mimetizar a la Iglesia con la sociedad civil, pero sin llegar a considerarlos matrimonios, una fórmula que quiere sortear la contradicción con toda la doctrina católica sobre el matrimonio entendido como la unión de un hombre y una mujer en la que se funda la familia natural. 

En Alemania hay una rebelión abierta contra la postura de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El Obispo de Essen Mons. Franz-Josef Overbeck, apoya expresamente a los sacerdotes de su diócesis que deciden bendecir parejas homosexuales. La propia Conferencia Episcopal Alemana no se ha opuesto a que el 10 de mayo de 2021 se diese una macro bendición a cientos de parejas gays en templos católicos. Además, en Austria, 350 sacerdotes católicos han firmado un manifiesto rechazando la doctrina tradicional sobre la familia y afirmando que ellos “no rechazarán ninguna pareja que se ame y busque la bendición de Dios”. En Estados Unidos, la Iglesia Episcopal, rama del anglicanismo en Estados Unidos, en su día puso en marcha un ritual de “bendición” para celebrar las uniones de parejas del mismo sexo y la Iglesia presbiteriana fue más allá permitiendo el matrimonio homosexual.  Innumerables sacerdotes católicos en Estados Unidos han imitado a sus homólogos protestantes y bendicen las uniones homosexuales, encontrando en las posturas del cardenal Tobin junto al jesuita James Martin en favor del colectivo LGTBI, además de los obispos Steven Biegler de Cheyenne y Edward Weisenberger de Tucson, su principal respaldo.  

En el Vaticano existe una línea de prelados que estudian de qué forma se puede avanzar con argumentos viables (compatibles) en la doctrina sobre la familia para adaptarse a las situaciones de la vida de las personas de hoy, eufemismo para referirse a las parejas homosexuales.  Sin duda el Papa Francisco simpatiza con esta línea que busca aceptar dentro de la Iglesia las uniones gays. Bergoglio ha agradecido el pasado mes de junio de 2021 al jesuita James Martin, el principal “ideólogo” de la posición que defiende tratar por igual a las uniones homosexuales y a las familias naturales, su labor pastoral en apoyo al colectivo LGTBI, usando deliberadamente el lenguaje inclusivo de la ideología de género, al afirmar que se trata de “un sacerdote para todos y todas”. El principal argumento del padre James Martin es que nadie es pecaminoso por nacer homosexual o bisexual. “Todas las personas LGBT son creadas a imagen y semejanza de Dios”. Y como los homosexuales son parte de la creación no hacen falta más argumentos para homologar las familias naturales con las uniones de convivencia entre personas del mismo sexo. No se trata por tanto del respeto a las personas homosexuales, sino de normalizar la homosexualidad en la Iglesia. 

Vamos a dejar aparte el sensacionalismo del abuso sexual de menores y lo que se ha dado en llamar “mafia lavanda” en referencia a la supuesta red de curas y obispos homosexuales que se protegían y ayudaban entre sí, principalmente en Estados Unidos, y que denunciara el sacerdote Andrew Greeley. Pero lo que es innegable es que desde el Vaticano II, incluso desde el pontificado de Juan XXIII, existe dentro de la Iglesia católica un debate más o menos velado sobre la homosexualidad, que algunos achacan a la influencia de Jacques Maritain y su visión personal a favor de la “amistad amorosa” entre hombres, pero que otros, creemos que más certeramente, imputan al proceso de secularización a raíz del Vaticano II y la visión de un Dios más mundano y utilitarista proyectada sobre las realidades de la humanidad actual. Sin que podamos hablar de cisma, lo que no se puede ocultar es esta división dentro de la Iglesia debido a las tensiones morales y teológicas en torno a la opción sexual y familia, una falta de homogeneidad en el mensaje pastoral y doctrinal que desconcierta y divide también a los fieles. 

Quizá por ello encontremos editoriales católicas, como SM, que al otorgar el premio Gran Angular de literatura juvenil al libro titulado “La versión de Eric”, con un protagonista trans, asumen los postulados y los tópicos sobre visibilidad e identidad sexual que encontramos en la ideología de género que defiende la ONU, la Open Society Foundations  de Soros o el Foro de Davos. La fundación pontificia Scholas Occurrentes dentro de una colección de libros que ha titulado “Con Francisco a mi lado”, ha publicado varios cuentos para niños adoptando la perspectiva de género. “¡Soy un perro!”, relata la historia del esfuerzo de un gatito blanco, que buscaba ser reconocido públicamente como un can. En la narración “Chiquillería”, se trasmite a los niños la idea de un auténtico galimatías parental: “hay niños que tienen padre y madre. Uno de cada uno. Otros, dos de cada uno. Otros, uno y dos. O dos y uno”. El fragmento es ilustrado con dos niños tomados de la mano por dos personajes que usan falda. Por otro lado, instituciones católicas, como la Comisión Católica Internacional de Migración utilizan sin empacho alguno el lenguaje inclusivo, (p. ej. “desigualdades de género”), de manera idéntica a como lo emplea la ONU. 

En el caso del aborto, la doctrina tradicional de la Iglesia ha sido oponerse a la cultura de la muerte, incluida la eutanasia, ya que supone una violación sistemática del derecho a la vida. La interrupción del embarazo, que en su absoluta mayoría de casos se práctica por motivos egoístas, se alimenta del individualismo, el utilitarismo y el hedonismo. “De este modo, los valores del ser son sustituidos por los del tener o los del placer. El único fin que cuenta es el bienestar material, la calidad de vida, interpretada como eficiencia económica, consumismo desenfrenado, rechazo de toda forma de sacrificio, para terminar, instrumentalizando la sexualidad, la convivencia y, en definitiva, la persona humana y la norma moral que permite distinguir entre el bien y el mal”. 

Incluso el Papa Francisco en relación con la reciente legalización del aborto en Argentina dijo: “Vivir es, ante todo, haber recibido la vida. Todos nacemos porque alguien ha deseado para nosotros la vida”. En definitiva, la postura de la Iglesia católica choca frontalmente con los designios de la agenda mundialista que contempla el aborto como un derecho y desprecia el valor de la vida dependiente del nasciturus, que se supedita a las políticas demográficas y a la decisión de la mujer, como si el feto fuera una cosa de la cual se puede disponer con mayor facilidad que de la propiedad de un inmueble. 

Sin embargo, parece que también sobre esta cuestión no existe la misma contundencia de antaño dentro del Vaticano. El Papa Francisco no se pronunció en su visita de 2015 a Washington en favor de la campaña provida que se desarrollaba en pleno escándalo por la comercialización de material procedente de fetos abortados por parte de Planned Parenthood (la multinacional abortista). Precisamente, ¿qué razón hay para explicar la presencia de la directora de Planned Parenthood Suiza, en unas conferencias organizadas por la Pontificia Academia de la Vida en el año 2017?  Al año siguiente, en 2018, el Vaticano concedió a la ex ministra de Comercio Exterior, Desarrollo y Cooperación de Holanda la medalla de Caballero de la Orden Pontificia de San Gregorio Magno. Lilianne Ploumen también era una firme defensora del aborto. El Consejo Pontificio para la Cultura del Vaticano convocó para este pasado mes de mayo de 2021 a Chelsea Clinton, Anthony Fauci y Deepak Chopra, entre otros, a una conferencia sobre “la mente, el cuerpo y el alma” y su papel en la atención sanitaria. Chelsea Clinton es una destacada activista proaborto, sin más mérito que ser la hija de su madre y su padre, Hillary y Bill Clinton.  

Para la Iglesia católica la lucha contra el aborto y las campañas provida, ya no son como antes, una cuestión esencial. Ya lo anunció el Papa Francisco en una entrevista concedida en 2013 a la revista jesuita La Civiltà Cattolica: “No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. (…) Conocemos la opinión de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar”. Lo que desde luego no cesan son los abortos que impiden nacer a millones de personas todos los años, pero parece que no hay que dar la matraca sobre cuestiones mal vistas por la opinión políticamente correcta dominante.  Por supuesto, mientras la Iglesia ha aflojado en su lucha contra el aborto, el globalismo no ha parado de promocionarlo. Así, el Parlamento Europeo acaba de dar el visto bueno (25 de junio de 2021) al informe para instar a los países miembros a eliminar cualquier obstáculo en el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo y considerarlo como un “derecho humano”. 

Resumiendo el estado actual de la cuestión, podemos afirmar que la Iglesia católica no sigue de ningún modo las directrices de la agenda mundialista en materia de ideológia de género, pero aguerrida, lo que se dice aguerrida, su oposición como institución no es, porque se debate entre adaptarse a la corriente dominante de la postmodernidad o mantener su tradición. Claro que las confesiones cristianas luteranas llevan años aceptando en mayor o menor medida los postulados de la ideología de género en materia de feminismo y homosexualidad, Alemania, Finlandia y Suecia especialmente en Europa junto a la Iglesia Anglicana, también las confesiones protestantes de Estados Unidos, a excepción de las conservadoras Iglesias evangélicas de la región del Cinturón de la Biblia, como tampoco se ha hecho en el seno de las Iglesias Ortodoxas.  De momento la posición oficial de la Iglesia católica sigue siendo fiel a su doctrina tradicional plasmada en la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, en la que el Papa Francisco confirma que la ideología de género niega “la diferencia y la reciprocidad natural del hombre y la mujer” y promueve “una sociedad sin diferencias de sexo”, desvinculada “de la diversidad biológica entre hombre y mujer” y que “vacía la base antropológica de la familia”. “No debemos ignorar el hecho de que el sexo biológico (sexo) y el papel sociocultural del sexo (género) pueden distinguirse, pero no separarse”.

Continúa…

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