Iglesia católica y globalismo.(III)

Iglesia católica y globalismo.(III) Mateo Requesens

En anteriores aportaciones analizamos la relación de la Iglesia Católica con la ideología de género y la agenda globalista

Cambio climático y nueva religión verde.

Si hay una cuestión en la que la posición del Vaticano y la agenda mundialista coinciden es en materia de cambio climático. El Papa Francisco es una “autoridad moral convincente” en la lucha contra el cambio climático, decía en mayo de 2021 el enviado especial de Estados Unidos para el clima, John Kerry, tras una reunión con el pontífice. Por su parte, los altos cargos de la ONU no paran de resaltar la sintonía del Papa con sus objetivos climáticos: Christiana Figueres, secretaria ejecutiva de la CMNUCC, máxima responsable de la ONU sobre cambio climático, se refirió a la encíclica Laudato Si  afirmando que “subraya que actuar frente al cambio climático es un imperativo moral para ayudar a las poblaciones más vulnerables del planeta, proteger el medio ambiente y fomentar un desarrollo sostenible. El imperativo económico junto al imperativo moral no deja lugar a dudas de que debemos actuar ya frente al cambio climático”. Achim Steiner, Director Ejecutivo del Programa de la ONU para el Medio Ambiente (PNUMA): “El Programa de la ONU para el Medio Ambiente da la bienvenida al llamado sin ambigüedades del Papa Francisco, un llamado a la acción para hacer frente a la degradación medioambiental y al cambio climático. Compartimos la visión del Papa Francisco de que nuestra respuesta al cambio climático y la degradación ambiental no puede estar exclusivamente definida por la ciencia, la tecnología o la economía, sino que se trata también de un imperativo moral”. La Directora General de la UNESCO, Irina Bokova, aseguraba que “el Papa Francisco ha llamado a la humanidad a mirar el planeta con una nueva visión, verlo como nuestro hogar. Es un llamamiento a la valentía y la unidad, para que todos los hombres y mujeres cuenten con las oportunidades y la capacidad de poner de su parte, especialmente los más marginalizados, para quienes la sostenibilidad significa mucho más que leyes y políticas “verdes”, significa nuevas formas de pensar y de comportarse como ciudadanos globales”. 

En efecto, el discurso de Bergoglio es idéntico al programa mundialista de la ONU y su Agenda 2030. Sin caer en la teatralidad histérica de Greta Thunberg (“La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando”), el Papa Francisco emplea el mismo tono alarmista que el Secretario General de la ONU. Así el Papa calificó el cambio climático como “uno de los principales retos a los que se enfrenta la humanidad” el pasado mes de abril de 2021 con ocasión del Día de la Tierra, para acabar exhortando: “¡Es el momento de actuar, estamos al límite!”. En la Cuarta Conferencia de la ONU sobre el Clima celebrada en Katowice en 2018, el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, ya afirmaba “aunque somos testigos de impactos climáticos devastadores que provocan el caos en todo el mundo, seguimos sin hacer lo necesario, no vamos suficientemente rápido”. Bergoglio también asegura que la pandemia del coronavirus es una de las “respuestas de la naturaleza” a los humanos, que ignoran la crisis ecológica. Así lo ha manifestado en una entrevista concedida al semanario católico The Tablet and Commonwealth, en la que utiliza un lenguaje equívocamente próximo al panteísmo: “No sé si es son venganzas de la naturaleza, pero sí creo que son respuestas de la naturaleza”. En marzo de 2020 oficialmente la ONU también afirmaba que “el cambio climático es más mortal que el coronavirus”. 

El Secretario General de la ONU ha dicho en repetidas ocasiones, “somos la primera generación que puede acabar con la pobreza y la última que puede actuar para evitar los peores impactos del cambio climático”, un mensaje muy parecido al del Papa Francisco, que indica “que la naturaleza global necesita nuestras vidas en este planeta, a la vez que nos enseña más sobre lo que tenemos que hacer para crear un planeta justo, equitativo y ambientalmente seguro”. Concluye el Secretario general de la ONU que este “cambio climático es real y las actividades humanas son sus principales causantes”, lo mismo que hace el Papa Francisco cuando afirma en su encíclica Laudato si, que “hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático… La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan”.

Sin embargo, esta aseveración no es cierta, no existe tal consenso científico, por mucho que la ONU o el Vaticano quieran convertir lo que no son más que hipótesis científicas en dogmas de fe. La tesis oficial de la ONU que el Papa Francisco ha querido que sea también la de la Iglesia católica se basa en dos premisas: Que se está produciendo un cambio climático que amenaza la biodiversidad y que dicho cambio se debe principalmente a la acción del hombre. Las dos cuestiones son debatidas. Muchos científicos sostienen que no existen suficientes registros para afirmar que se esté produciendo un cambio climático que sea ajeno a los fenómenos naturales de largo recorrido que se producen en el planeta. Los efectos de tal cambio tampoco están claros, buena muestra de ello son los continuos vaticinios erróneos que han oscilado entre el calentamiento global y el enfriamiento en los últimos 50 años, sin que ninguno de ellos se haya cumplido. Más polémica es aún la afirmación de que tal cambio climático es consecuencia de la actividad humana, cuando prestigiosos científicos apuntan a que los ciclos solares tienen bastante más más influencia que cualquier obra del hombre.  Lo que sí es sin duda indiscutible es que la ONU y sus patrocinadores del Foro de Davos y aláteres impulsan la introducción de severos cambios en los sistemas económicos, energéticos y de producción de todas las naciones, que supondrán un gasto para combatir la amenaza climática estimado en, nada más y nada menos, 19,5 billones, con B, de euros.

Choca que un Papa pretenda sentar doctrina sobre cuestiones climáticas, rama del saber sobre la que carece de conocimientos y de autoridad alguna para hacerlo.  Creemos muy impudente introducir en una encíclica supuestas verdades científicas, más aún si recordamos que la Iglesia sostuvo otrora, tan equivocada como tercamente, otro aparente consenso científico, que al final resulto ser un fiasco, el de que el sol giraba en torno a la tierra. No hace falta silogismo alguno para demostrar lo arriesgado que resulta “pontificar” sobre premisas científicas no demostradas y provocar por ellas un gigantesco desembolso económico de consecuencias imprevisibles y beneficiarios más que dudosos. 

Ello no quiere decir que no podamos por menos que coincidir con la preocupación ecológica que muestra el Papa en su encíclica Laudato si por temas como la degradación de los ecosistemas, el acceso al agua, unas ciudades ambientalmente sanas o la perdida de la biodiversidad, pero lo que resulta alarmante es el evidente seguidismo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030. Por primera vez una encíclica papal reproduce el programa de un organismo ajeno a la Iglesia. En Laudato si, podemos encontrar, casi literalmente, en el llamado del Papa Francisco “sobre el cuidado de la casa común” las mismas propuestas del “nuevo contrato global” que persigue la Agenda 2030: Garantizar la disponibilidad y la gestión sostenible del agua y el saneamiento para todas las personas. Garantizar el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna para todas las personas. Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles, promover las modalidades de consumo y producción sostenibles, Gestionar sosteniblemente los bosques, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y detener la pérdida de biodiversidad. Conservar y utilizar sosteniblemente los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible. Adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos.

Preocuparse por el medio ambiente es muy diferente a construir una teoría ecologista en torno a la idea de “madre tierra”. Juan Pablo II, a través del Consejo Pontificio de la Cultura y el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, en el texto “Jesucristo portador del agua de la vida”, reconocía que la cultura occidental está ahora imbuida de una conciencia ecológica más generalizada que ha ejercido un enorme impacto en los estilos de vida de las personas, asimismo apuntaba al auge “de la ecología como fascinación por la naturaleza y resacralización de la tierra, la Madre Tierra o Gaia”. También avanzaba que, al contemplarse a la raza humana como el agente ejecutivo de la Tierra, la armonía y comprensión que se requieren para un gobierno responsable, acabaría entendiéndose como un gobierno global, con una estructura ética global. Pero la Iglesia de Juan Pablo II alertaba, “parte de lo que proponen los elementos más radicales del movimiento ecológico es difícilmente conciliable con la fe católica. El cuidado del medio ambiente, en general, es una señal oportuna de una renovada preocupación por lo que Dios nos ha dado, quizá incluso una señal del necesario cuidado cristiano de la creación. La «ecología profunda», sin embargo, se basa con frecuencia en principios panteístas y, en ocasiones, gnósticos”. En efecto, el biocentrismo niega la visión antropológica de la Biblia, según la cual el hombre es el centro del mundo por ser cualitativamente superior a las demás formas de vida natural, por tanto, toda doctrina que olvide que el planeta está al servicio del hombre, infravalora al ser humano y confunde el respeto por la naturaleza y el cuidado del medio ambiente con la idea de la Madre Tierra, cuya divinidad penetraría toda la creación, “herejía” que se alimenta de la falsa percepción creciente de una crisis ecológica inminente.

Parece que Bergoglio es consciente de este peligro en Laudato si: “Esto no significa igualar a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar que implica al mismo tiempo una tremenda responsabilidad. Tampoco supone una divinización de la tierra que nos privaría del llamado a colaborar con ella y a proteger su fragilidad. Estas concepciones terminarían creando nuevos desequilibrios por escapar de la realidad que nos interpela. A veces se advierte una obsesión por negar toda preeminencia a la persona humana, y se lleva adelante una lucha por otras especies que no desarrollamos para defender la igual dignidad entre los seres humanos. Es verdad que debe preocuparnos que otros seres vivos no sean tratados irresponsablemente. Pero especialmente deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros, porque seguimos tolerando que unos se consideren más dignos que otros. Dejamos de advertir que algunos se arrastran en una degradante miseria, sin posibilidades reales de superación, mientras otros ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen, ostentan vanidosamente una supuesta superioridad y dejan tras de sí un nivel de desperdicio que sería imposible generalizar sin destrozar el planeta. Seguimos admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos”.

Pero, aunque Laudato si alude al Papa Juan Pablo II y su interés por el medioambiente, el Papa Francisco no duda en chapotear en ese peligroso charco de la gnosis y el movimiento de ecología profunda, porque “cuando se habla de «medio ambiente», se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida”, ¿un todo que está por encima del hombre, que no sería más que otro elemento más de la creación, por muy inteligente que sea? Bergoglio quiere “proponer a los cristianos algunas líneas de espiritualidad ecológica”, porque “todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra”.  Aboga por una especie de ecumenismo ecológico: “También se vuelve necesario un diálogo abierto y amable entre los diferentes movimientos ecologistas, donde no faltan las luchas ideológicas. La gravedad de la crisis ecológica nos exige a todos pensar en el bien común y avanzar en un camino de diálogo que requiere paciencia, ascesis y generosidad, recordando siempre que «la realidad es superior a la idea» «Como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo […] Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida”. 

En su discurso a los participantes en la conferencia “transición energética y cuidado de nuestra casa común” organizado por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral en junio de 2018, el papa Francisco afirmaba, “la crisis ecológica actual, especialmente el cambio climático, amenaza el futuro de la familia humana y esto no es una exageración”. Bergoglio ha defendido con énfasis las conclusiones del panel climático de la ONU: “Durante demasiado tiempo, de hecho, los análisis científicos han sido ignorados, mirando con desprecio e ironía las relativas predicciones catastróficas”.  “La falta de gestión de las emisiones de carbono ha generado una enorme deuda que ahora tendrán que pagar con intereses los que vienen después de nosotros”, lo que Bergoglio no nos cuenta es quienes van a pagar los casi 20 billones de euros que se van a gastar en la alarma climática ni las consecuencias de tal megalómano gasto para esta generación y las siguientes, mientras, ha adoptado un tono que ahora sí nos recuerda a Greta Thunberg: “Las generaciones futuras están a punto de heredar un mundo en ruinas. Nuestros hijos y nietos no deberían tener que pagar el costo de la irresponsabilidad de nuestra generación”.

Con estas comprometidas ideas que difunde el Papa Francisco no es de extrañar que en 2019 el Sínodo de la Amazonia se haya deslizado en su documento final, Instrumentum laboris, hacia un abierto paganismo panteísta y una especie de teología de la ecología. Se reivindica un Dios inclusivo la hablarse en “la fe en Dios Padre-Madre Creador” y a través del indigenismo se valoran las creencias animistas basadas en las relaciones con los antepasados, la comunión y armonía con la tierra y la conectividad con las diferentes fuerzas espirituales. Se abrazan los postulados del movimiento New Age, que nada tiene de católico, ya que se afirma sin ambages que “los rituales y ceremonias indígenas son esenciales para la salud integral pues integran los diferentes ciclos de la vida humana y de la naturaleza. Crean armonía y equilibrio entre los seres humanos y el cosmos. Protegen la vida contra los males que pueden ser provocados tanto por seres humanos como por otros seres vivos. Ayudan a curar las enfermedades que perjudican el medio ambiente, la vida humana y otros seres vivos”. Incluso se propone crear un pecado ecológico en el que se incluyan las “transgresiones contra los principios de interdependencia y la ruptura de las redes de solidaridad entre las criaturas” además de impulsar una red de propaganda con la creación de ministerios especiales para el cuidado de la “casa común” y “la promoción de la ecología integral a nivel parroquial y en cada jurisdicción eclesiástica, que tengan como funciones, entre otras, el cuidado del territorio y de las aguas, así como la promoción de la Encíclica Laudato si”.

En diciembre de 2020, el Papa Francisco reiteró su compromiso con los Objetivos del Desarrollo Sostenible, ahora ya contemplados con el horizonte del 2050. “Ha llegado el momento de un cambio de rumbo; no robemos a las nuevas generaciones la esperanza en un futuro mejor”, insistía una vez más en el mensaje dirigido a la Cumbre sobre Ambición climática organizada conjuntamente por las Naciones Unidas, el Reino Unido y Francia. Sostuvo además que el Vaticano impulsará un cambio cultural basado en “promover una educación para la ecología integral” y promoverá las políticas de cero emisiones de carbono: “Las medidas políticas y técnicas deben unirse con un proceso educativo que favorezca un modelo cultural de desarrollo y de sostenibilidad centrado en la fraternidad y en la alianza entre el ser humano y el ambiente”, postuló Bergoglio, mientras insistía en que “todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global”. El próximo mes de noviembre de 2021 el Papa acudirá a la cumbre de cambio climático que se celebrará en Glasgow donde pondrá a la Iglesia católica al servicio de los objetivos de la agenda mundialista de la ONU y será aún más intransigente en la defensa de las hipótesis científicas que sostiene el Grupo Intergubernamental de Expertos de Cambio Climático (IPCC).

En definitiva, la postura del Papa Francisco en relación al pretendido calentamiento global precipita la secularización de la Iglesia católica y profundiza en la perdida de sus propiedades espirituales para pasar a mimetizarse en la sociedad civil, sobre la que aspira a mantener su ascendiente, pero despojándose de las aspiraciones religiosas, ya que adopta la posición de la agenda mundialista respecto a la toma de las grandes decisiones en el campo político, social, económico y cultural. Se trata de un proceso de sincretismo religioso en el que la Iglesia se va amalgamando con otras esferas ajenas a lo católico, que en el caso concreto del cambio climático y el ecologismo introduce dentro de la doctrina católica los bosquejos de una peculiar religión verde. 

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