La cuarta revolución industrial y el transhumanismo en la Agenda 2030

La cuarta revolución industrial y el transhumanismo en la Agenda 2030. Mateo Requesens

En su Objetivo 9 la Agenda 2030 se fija como meta “promover una industrialización inclusiva y sostenible”.  Por su parte, el Objetivo 17 perfila un horizonte tecnológico global a través de la “cooperación regional e internacional Norte-Sur, Sur-Sur y triangular en materia de ciencia, tecnología e innovación y el acceso a estas, y aumentar el intercambio de conocimientos en condiciones mutuamente convenidas, incluso mejorando la coordinación entre los mecanismos existentes, en particular a nivel de las Naciones Unidas, y mediante un mecanismo mundial de facilitación de la tecnología”.  El avance tecnológico está ayudando de manera exponencial a la globalización. Las nuevas formas de transporte y comunicación agilizan y aumentan el movimiento de personas y bienes a la vez que contribuyen a homogeneizar valores. A su vez, la mayor escala que proviene del alcance mundial de las innovaciones potencia el cambio social y económico. “Estamos al borde de una revolución tecnológica que modificará fundamentalmente la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos. En su escala, alcance y complejidad, la transformación será distinta a cualquier cosa que el género humano haya experimentado antes”, vaticina Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, en su libro “La cuarta revolución industrial”. 

La tecnología por supuesto que nos facilita la vida y aporta nuevas oportunidades económicas y culturales. Pero de nuevo la Agenda 2030 quiere usar estos avances tecnológicos para construir un nuevo orden mundial bajo un pensamiento único. Nicholas Davis, director de Sociedad e Innovación y miembro del Comité Ejecutivo del World Economic Forum, lo anunciaba claramente: “Tanto la cuarta revolución industrial como la globalización 4.0 son oportunidades para corregir lo que salió mal en épocas anteriores. Y eso comienza con la construcción de un compromiso compartido para un futuro compartido, basado en aquellos valores que son realmente multiculturales”[1].  Este nuevo mundo tecnosocial precisa de un mercado sin fronteras en el que las grandes corporaciones puedan moverse sin cortapisas, por ello, para el gran capital representado en el Foro Económico Mundial, “los beneficios de la apertura están en riesgo” por medidas proteccionistas, especialmente barreras no tarifarias y normativas del comercio mundial. Lo acaba de recalcar Xi Jinping en la reunión del Foro de Davos celebrada en enero de 2021, “seguir el proteccionismo es como encerrarse uno mismo en un salón oscuro: puede que evite el viento y la lluvia, pero también se quedarán afuera la luz y el aire”. El gran capital y el comunismo reunidos para crear el capitalismo del Estado socialista global. 

Pero la globalización no trata solo del comercio de bienes. En 1967, en su libro “The Gutenberg Galaxy”, Marshall McLuhan acuñó el término “aldea global”, anunciando los beneficios y riesgos de un espacio de medios cada vez más compartido. Medio siglo después, las tecnologías digitales han llevado un terminal de teléfono móvil a prácticamente todos los hogares del mundo, lo que ha permitido que todas las personas sean cada vez más globales y estén interconectadas a la gran red virtual de esa aldea global, ya se trate del habitante de Nairobi con un smartphone básico o del ciudadano de Nueva Yord con el último modelo de iPhone.

Por primera vez en la historia de la humanidad, gracias a que todos estamos conectados a Internet, somos parte de las mismas conversaciones, preocupaciones y anhelos con total inmediatez, es decir, estamos en condiciones de crear una única cultura global. Inicialmente la espontaneidad de Internet constituyó un espacio de libertad y pluralismo que nos liberaba de los clásicos controles políticos y económicos que condicionaban nuestra libertad de pensamiento. La red ponía a nuestro alcance una infinidad de información, ideas y opiniones que antes estaban reservadas para círculos reducidos. Con la llegada de las redes sociales, compartir y difundir estas ideas se hacía aún más fácil y se multiplicaban los canales para expandir su alcance. Se abría un mundo en que los tradicionales medios de comunicación, que hasta el momento se habían encargado de controlar y orientar el debate público, iban perdiendo paulatinamente influencia. Sin embargo, algo cambió cuando en 2017 Donald Trump ganó las elecciones al candidato del establishment, Hillary Clinton. 

Conscientes de que las redes sociales habían conseguido lo impensable, desbancar a televisión, radio y periódicos en la capacidad de crear opinión pública, los grandes magnates de las “big tech”, se confabularon con la oligarquía” progresista”[2]para poner fin a la libertad de expresión en las redes sociales y silenciar el pensamiento alternativo o disidente. La censura se impuso en Facebook, Youtube etc  con la disculpa del “discurso del odio” y las “fake news”. Se llegó al extremo de que Twitter censurase la cuenta del presidente de los Estados Unidos durante las elecciones presidenciales de 2021. En España, cerró la cuenta de VOX, un partido con más de 50 diputados, durante la campaña electoral en las elecciones autonómicas catalanas, mientras permitía los contenidos que jaleaban las violentas algaradas callejeras organizadas con ocasión del cumplimiento de la condena judicial de Pablo Hasel[3]. Paralelamente Google jugaba con el posicionamiento para dar visibilidad y ocultar paginas según su tendencia política y Jeff Preston Bezos, el dueño de Amazon, llegó a bloquear el acceso a sus servidores a Parler, para impedir que los seguidores de Trump se pasasen en masa a esta app ante la censura en Twitter. En definitiva, se trata de acabar con las ventajas que se derivaban de las nuevas tecnologías de comunicación, que podían ser utilizadas en condiciones de igualdad por todos, con independencia de su posición política. Se trata de impedir que la opinión de quienes son hostiles a los postulados políticos del gran capital que monopoliza estas redes pueda difundirse. Decía el marxista Theodor Adorno, que “el dominio puede definirse como la disposición de los unos sobre los demás”, que es lo que está sucediendo cuando los dueños de las “big tech” fijan normas y establecen criterios que de forma indeseada obligan a aceptar determinadas opiniones y prohíben otras. El problema no está por tanto en las nuevas tecnologías, sino en el monopolio de las mismas por parte de una oligarquía que a través de la imposición del pensamiento único quiere dominar la opinión pública mundial. 

Pero esta cuarta revolución industrial es mucho más amplia, a la vez que aplicaciones de comunicaciones y redes sociales, tenemos GPS en nuestros bolsillos que permiten monitorear nuestra posición en cualquier momento. Los drones empiezan a ser imprescindibles para hacer la guerra, vigilar lo que sea menester y nos anuncian que en un futuro próximo podrán realizar entregas de cualquier cosa a domicilio. Vehículos con piloto automático capaces de tomar decisiones, nos llevarán y traerán. La domótica con el internet de las cosas será el primer paso para interconectar digitalmente con nosotros cualquier objeto, los werables serán una herramienta clave en este proceso, que apunta a un futuro con lentillas que tomen fotografías y vídeo o auriculares con traducción simultánea de cualquier idioma. Los implantes que ya llegan en forma de microchip, permiten identificar y geolocalizar a nuestras mascotas, pero en humanos nos identificaran para desbloquear contraseñas, darnos acceso a lugares, edificios y eventos, controlar nuestras constantes vitales o incluso hacer pagos. No es necesario acudir a las teorías conspiranoicas que circulan sobre la implantación de la tecnología de ancho de banda 5G, difundidas para desprestigiar al movimiento antiglobalización, para comprender las implicaciones que esta dependencia tecnológica traerá.

No es la primera vez que los avaneces científicos y tecnológicos provocan una fe ciega en un futuro idílico, ya la Ilustración en el XVIII o la Revolución Industrial en el XIX suscitaron la esperanza entre empresarios, científicos, ciertos intelectuales y políticos de un progreso imparable hacía una sociedad perfecta.  Por supuesto, por mucha euforia que la fe en la ciencia y la tecnología provocase, el paraíso nunca llegó.  Aunque la reacción de los luditas ante la primera Revolución Industrial creía en disparatados efectos malignos de la nueva maquinaria de vapor[4], lo cierto es que el movimiento denunciaba los graves efectos sociales que traían las nuevas tecnologías y evidenciaba un malestar por la destrucción del gremio de los artesanos, la conversión en proletarios de los campesinos y pequeños agricultores y las nocivas condiciones del nuevo modelo de vida urbano y fabril que sustituía al rural.  Los peligros de la cuarta revolución industrial, tampoco están en los malignos efectos que circulan por el imaginario popular, si no, de nuevo, en sus graves implicaciones sociales. 

El peligro más evidente no viene de la tecnología, sino del monopolio y uso que las grandes corporaciones hagan de todos estos avances. Bien es sabido que las “big tech” llenan sus cuentas de resultados traficando con nuestros datos personales, utilizados en el marketing y publicidad personalizados de marcas y bienes.  Los ingresos combinados de Google, Facebook, Apple y Amazon, se situaron en los 5.3 billones de dólares a finales de 2020 y sus beneficios netos  en torno a los 31 mil millones de dólares. En plena pandemia sus acciones han subido como la espuma. Con el uso de internet y de las redes sociales, ya estamos poniendo en manos de las compañías privadas mucha información personal, y no tenemos ya ningún control sobre ella.  Si ya ha sido polémico que se pretendiese obligar a los usuarios de WhatsApp a compartir sus datos con Facebook, imaginemos lo que podrán saber de nosotros las grandes corporaciones cuando tanto tecno-producto esté presente en todas y cada una de nuestras esferas de privacidad. Literalmente podremos perder el control sobre nuestra intimidad. 

La Inteligencia Artificial plantea aún más retos. Ya se utilizan algoritmos para planificar inversiones bursátiles, no solo como herramienta de análisis, sino como operativa en tiempo real para compra-venta de acciones (trading). También se utilizan en el mundo jurídico, inicialmente para efectuar cálculos de probabilidades de ganar o perder pleitos ante un determinado tribunal, pero a través de los smart contract, blockchain, chatbot, o software de argumentación jurídica, se comienzan a resolver consultas jurídicas que plantean los consumidores, y en Estados Unidos la IA ya elabora demandas autónomamente e incluso existen algoritmos experimentales para dictar sentencias.  Es decir, la IA sustituye al juez. De la misma forma los algoritmos pueden ser utilizados para la elaboración de normas y leyes. Naturalmente no actúan de manera equitativa, sino conforme al sentido e intención de quien programa el algoritmo. Si los actuales “juguetes” tecnológicos estimulan el consumismo y el hedonismo, la Realidad Virtual que se quiere desarrollar, tendrá la capacidad de transportarnos a prácticamente cualquier lugar y momento histórico, creando una realidad paralela que nos permitirá en el mundo digital ser quien queramos ser. Sin duda ya habrán reparado en que la RV encierra la capacidad de calmar cualquier descontento o disidencia. De nuevo el riesgo no está en la tecnología sino en quién la maneja y controla. Estamos llegando al punto en el que en un futuro no muy lejano estaremos en condiciones de crear a “Indra”, el nombre con que Huxley denominó en sus novelas a la Inteligencia Artificial que interconectaba a todos los habitantes de “New London”, suministraba experiencias personales, vigilaba su comportamiento y pensamientos y, en definitiva, controlaba totalmente sus vidas y su futuro. Es la distopia de la organización total de la sociedad a través de la tecnología. 

La Agenda 2030 también nos quiere hacer felices. “En 2030 no tendrás nada y serás feliz” nos anuncia el Foro Económico Mundial en su última reunión en Davos. En 2016, ya el FMI nos adelantaba la misma receta para conseguir un mundo más igualitario y saludable. Al adoptar la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, la ONU y los mayores oligarcas del mundo decidieron liberar a la humanidad de la pobreza, asegurar un planeta saludable para las generaciones futuras y construir sociedades pacíficas e inclusivas. El precio que tendremos que pagar por su “Mundo Feliz” será nuestra propiedad privada, nuestra identidad y nuestra libertad. En este nuevo paisaje social que no reconocerá sexo, raza, nación, cultura, familia, clase social, estatus intelectual, sector profesional o hábitat geográfico, los tecnócratas estatales dirigirán a la masa con sus algoritmos, mientras los supermillonarios que han venido a rescatarnos, los Soros, Bill Gates, Zuckerberg, Dorsey, Rothschild o Rockefeller de turno, ocuparán la cúspide de la pirámide del nuevo orden mundial, decidiendo sobre el destino de la humanidad. 

En la agenda mundialista están confluyendo viejos conceptos, antaño antagónicos, el capitalismo y el socialismo, pero también más recientes, como la tecnocracia o la ideología transhumanista. Uno de los fundadores de la Singularity University, Ray Kurzweil, ingeniero jefe de Google, vaticinaba el próximo advenimiento de lo que llaman la “Singularidad”, es decir, aquel momento en el que la Inteligencia Artificial superará a la inteligencia humana[5]. Precisamente el transhumanismo se basa en la idea de la mejora tecnobiológica del ser humano. 

En la reunión de 2012 del Foro de Davos se anunciaba otro de los objetivos que quiere alcanzar la Agenda 2030: “No morirás esperando a un donante de órganos. No se trasplantarán los órganos, se imprimirán”. Se trata de llevar la tecnología de las impresoras 3D a la biología. Los avances biotecnológicos aplicados en beneficio de la salud pueden hacernos capaces de diseñar prótesis que permitan superar la perdida de cualquier miembro, curar la ceguera y la sordera, la nanotecnología podría curar el cáncer, la ingeniería genética paliar el envejecimiento …  Emplear estas nuevas herramientas de hardware, así como su software, nos pueden permitir cruzar una nueva frontera de la medicina. Pero de momento, la cruda realidad de la pandemia del coronavirus ha dejado en evidencia a la nueva tecnología médica, los resultados de las nuevas vacunas diseñadas genéticamente contra el COVID-19 y su limitada eficacia contra todas las cepas del virus dejan las predicciones del Foro de Davos más cerca de la fantasía que del futuro próximo.

Ciertamente el empleo terapéutico de la biotecnología no merece objeción alguna. Los problemas vienen de lo que se ha denominado transhumanismo, entendido como una ideología que cuestiona los límites naturales de la humanidad y promueve diferentes maneras de superarlos y mejorarlos por medio de la tecnología. La clonación de la oveja Doly ya nos planteó los dilemas bioéticos de la tentación de rebasar científicamente las barreras naturales. Ahora estamos en condiciones de manipular el genoma humano, incluso de aspirar a crear al hombre biónico.  Ya no se trata de curar disfunciones del cuerpo, sino de mejorar, incluso ampliar sus funciones. David Pearce y Nick Bostrom fundaron en 1998 la World Transhumanist Association (WTA) que edita la revista H + Magazine para difundir el pensamiento del transhumanismo, incluso existe en los Estados Unidos un Partido Transhumanista cuyo lema es “poner la ciencia, la salud y la tecnología en la primera línea de la política americana”. Este pensamiento cuadra bien con la dinámica economicista y social de las “big tech” de Silicon Valley y su fe absoluta en la ciencia, los cambios rápidos y la tecnología de consumo para dirigir el futuro de toda la humanidad.  No nos extraña encontrar simpatizantes de esta ideológia en el ya citado Raymond Kurzweil, director de ingeniería de Google, Elon Musk, fundador de Tesla y Space X,  o Peter Thiel, fundador de PayPal. 

Aunque se trate de un proyecto propio de película de ciencia ficción, la Iniciativa 2045 (también llamada Proyecto Avatar), impulsada por el multimillonario ruso Dmitry Itskov, propone unir la evolución corporal a la tecnológica como una nueva estrategia de desarrollo global para este siglo XXI. Se trata de una transformación a gran escala de la humanidad mediante la liberación de su condición biológica para alcanzar un nuevo estadio en su evolución que nos acercará a la inmortalidad biotecnológica al poder volcar el cerebro humano en un dispositivo electrónico. De nuevo nos movemos más cerca de la fantasía que de la realidad, pero poniendo los pies en el suelo, lo cierto es que estamos en los albores de una cuarta revolución industrial en la que la tecnología digital puede ser utilizada para tratar la mente humana como una especie de software. 

Esta ideología, al igual que sucede con el movimiento de la ecología profunda, supone un cambio total de los conceptos de identidad, libertad y dignidad humana, una mutación en la misma naturaleza humana que reduce al hombre a pura materia en un universo biotecnológico. Cabe así, sin ningún tipo de escrúpulo moral, el aborto, la eugenesia o la eutanasia con tal que sirvan a mejorar la especie, de forma que el humanismo avanzado que se proclama desde la ideología transhumanista en verdad no es más que una deshumanización. Nos hallamos ante una forma más de materialismo determinista que quiere sustituir el libre albedrio del ser humano por la perfección biotecnológica.  El igualitarismo entre las masas también es un objetivo políticamente asociado con el transhumanismo, por tanto, hay que resolver, no solo la enfermedad y la vejez, también hay que eliminar la fealdad, el desamor, la responsabilidad personal, la individualidad…, la misma libertad.  

La cuarta revolución industrial, como instrumento al servicio de la globalización, está dando lugar a nuevas formas de poder económico, constriñe el enfoque científico al someterlo a directrices políticas y, en definitiva, abre las puertas a una nueva época en las formas futuras de organización política. El actual direccionamiento político del desarrollo tecnológico define una orientación en la que las grandes corporaciones aparecen totalmente comprometidas con la agenda mundialista. En este sentido, al igual que las instituciones supranacionales como la ONU o el gran capital, representado en el Foro Económico Mundial, están lejos de la neutralidad, el desarrollo tecnológico puede orientarse en uno u otro sentido para fijar las reglas que determinaran nuestros valores, nuestros intereses, nuestros deseos y nuestro futuro. Hay ahora mismo una batalla entre nuevos paradigmas sociales, culturales y políticos. Que los nuevos avances tecnológicos no nos deslumbren y logren ocultar esta realidad, porque si no pensamos el futuro, alguien lo hará por nosotros.


[1]La cuarta revolución industrial impulsa la globalización 4.0, Nicholas Davis,  World Economic Forum, 2018. 

[2]La revista Times publicó el 4 de febrero de 2921 un reportaje bajo el título “La historia secreta de la campaña en la sombra que salvó las elecciones de EEUU”, en el que, entre otras operaciones sucias para amañar los resultados de las elecciones presidenciales de 2021 en USA, descubría la conspiración entre magnates de las “big tech” y líderes sindicales y de asociaciones progresistas que impulsó la censura en las redes sociales con el fin de impedir la victoria electoral de Trump. 

[3]Entre los mensajes que incitaban al odio y respaldaban el terrorismo como método de lucha política por los que fue condenado el citado individuo: “¡Merece que explote el coche de Patxi López!”. “No me da pena tu tiro en la nuca, pepero. “¡Gora ETA! A mí no me venden el cuento de quiénes son los malos, sólo pienso en matarlos”.

[4]Los telares movidos por las máquinas de vapor fueron objeto de sabotajes en Nottinghamshire en noviembre de 1811, seguida de West Riding of Yorkshire a comienzos de 1812 y Lancashire en marzo de 1813. Se propagó también la idea de que el ferrocarril volvía estériles a las vacas y  cortaba su producción de leche. 

[5]“The Age of Intelligent Machines”, 1992. 

Top