La escurridiza categoría liberal del Totalitarismo

La escurridiza categoría liberal del Totalitarismo. Diego Fusaro

Entre las categorías filosófico-políticas que gozan de mayor éxito en el orden del discurso neoliberal, tanto de derecha como de izquierda, se encuentra la de “Totalitarismo”, especialmente en el sentido conceptualizado por Hannah Arendt en su obra Los orígenes del Totalitarismo (1951). A través de esta categoría, la historia entera del «siglo corto» se reinterpreta de manera teratomórfica como una sucesión de gobiernos despóticos y genocidas, rojos y pardos, enemigos de la open society preconizada por Popper. El horror del short century quedaría determinado, sin embargo, por el happy ending capitalista del Fin de la Historia (patentado por Fukuyama) y del triunfo de la libertad universal (traducida en términos reales como la del libre mercado planetario). Toda la historia humana se desarrollaría así en el orden neoliberal, asumido de un modo que es todo menos ideológicamente neutro, como el fin (final) y como la fin (finalidad) de la historia en cuanto tal -según la doble acepción del lema griego τέλος-.

El alto grado ideológico de esta narrativa emerge desde cualquier perspectiva que se la observe. En primer lugar, todo el siglo XX, que -como recuerda Badiou- fue el «siglo de la pasión política”, se resuelve enteramente en el lúgubre reinado del terror y el genocidio, de los gulags y las alambradas de los campos de exterminio; horrores que estuvieron muy presentes, ça va sans dire, pero que ciertamente no pueden llevar a ignorar todo lo que de diferente y mejor se produjo durante el «siglo corto«. Merced a la nada neutra identificación entre Novecento y Totalitarismo, en efecto no queda rastro de la pasión utópica para la superación de la prosa del capitalismo, ni de las conquistas sociales de las clases trabajadoras, ni siquiera de los logros en materia de derechos y prácticas democráticas obtenidos gracias al marco de los Estados nacionales soberanos. Según el teorema «publicitario» de los nouveaux philosiphes -ellos mismos celebrados en su tiempo como un producto comercial de la industria cultural- el Gulag se convierte en la verdad de toda aspiración auténticamente socialista. Y, de manera sinérgica, la red de alambre de espino de Auschwitz se convierte en la verdad de toda defensa del Estado nacional, de la soberanía y de la tradición.

Además de hipotecar la dimensión utópica abierta a la proyección de futuros mejores, la retórica antitotalitaria cumple una función apologética respecto del presente mismo. De hecho sugiere que, aunque repleto de contradicciones e injusticias, el orden neoliberal sigue siendo preferible a los horrores totalitarios rojos y pardos que han atravesado el «siglo breve». De esta forma, el presente cosificado deja de ser combatido por las contradicciones que lo inervan (explotación y miseria, desigualdad y hemorragia constante de derechos); por el contrario, es defendido contra el posible retorno del fascismo y el comunismo.

La victoria de la relación de fuerza capitalista (Berlín, 1989) puede, de este modo, ser elevada ideológicamente a un hecho definitivo de la Weltgeschichte. Esta última, tras el “inmenso poder de lo negativo”, llevaría a cabo su propio proceso autotélico de implementación de la libre circulación de mercancías y personas mercadizadas. Cualquiera que no reconozca de manera irreflexiva la identificación entre la libertad y el libre mercado, entre la democracia y el capitalismo, tal vez incluso tratando de devolver a la vida el sueño despierto de mejores libertades y de un éxodo de la jaula de acero del tecno-capital no border, se verá por eso mismo condenado al ostracismo y vilipendiado como “totalitario”, como “antidemocrático” y como “antiliberal”; o, diría Popper, como «enemigo de la sociedad abierta» que, dicho sea de paso, se encuentra entre las sociedades más cerradas de toda la historia si se considera el grado de exclusión socioeconómica, en materia de derechos fundamentales y bienes de primera necesidad, a la que se condena a un número cada vez mayor de seres humanos.

La retórica antitotalitaria funciona a pleno rendimiento gracias a su activación simétrica desde la derecha azulina y desde la izquierda fucsia. La primera acusa a la izquierda -en todos sus grados y en cualquiera de sus colores– de estar en connivencia con la «locura totalitaria roja» del maoísmo y el estalinismo. Y así garantiza que se mantenga amarrada al dogma neoliberal, sin posibles aperturas a un mayor control político del mercado y a posibles ampliaciones de derechos sociales; prácticas que en sí mismas son inmediatamente señaladas como un retorno al totalitarismo rojo. En términos análogos, la izquierda fucsia acusa a la derecha azulina de estar permanentemente tentada por la “locura totalitaria negra o parda”, mussoliniana o hitleriana. Y, así, garantiza que la neoderecha liberal permanezca en todo momento igualmente ligada al credo neoliberal, deslegitimando de inmediato como «fascismo» cualquier intento de resoberanización del Estado nacional, de resistencia a la globalización mercadista y de protección de las identidades culturales y tradicionales de los pueblos. Esto revela, una vez más, cómo derecha e izquierda han introyectado el núcleo del fundamentalismo neoliberal, según el cual -con la sintaxis de von Hayek- todo intento político de contrarrestar la libre competencia y el mercado desregulado conduce inexorablemente al “camino de servidumbre”.

En virtud de esta lógica-ilógica de recíproca vigilancia neoliberal (reconfirmando la función desplegada hoy por el cleavage derecha-izquierda como mero simulacro ideológico en beneficio de la clase dominante), la derecha azulina y la izquierda fucsia se garantizan mutuamente su propia permanencia estable dentro de los perímetros del Pensamiento Único Políticamente Correcto de matriz liberal. Este focaliza al enemigo supremo en el Estado soberano keynesiano y regulador de la economía, identificándolo automáticamente con el totalitarismo rojo y pardo o, no pocas veces, con el ens imaginationis del «totalitarismo rojipardo«. Y como resultado de todo el proceso, el propio capitalismo resurge de nuevo, cada vez más ennoblecido e ideológicamente legitimado: de hecho, hoy se presenta –tanto desde la derecha como desde la izquierda– como el reino de la libertad, como el mejor de los mundos posibles o, en todo caso, como el único posible en el tiempo del desencanto que queda después de las atrocidades totalitarias rojas y pardas.

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