¿Qué España?, ¿qué Europa?, ¿qué problemas? y ¿qué soluciones?

“España es el problema y Europa la solución”

Uno de los más sólidos pilares ideológicos del actual régimen demoliberal español, conformado políticamente como una monarquía parlamentaria y descentralizada, es el multicitado mantra imputado a José Ortega y Gasset: “España es el problema y Europa la solución”. Y es así hasta el punto de que a dichas características del régimen del 78 bien se podría adicionar la de “europeísta”. Véanse sino el artículo 93 CE y las diversas Leyes Orgánicas dictadas al respecto desde 1985, así como varias Declaraciones del Tribunal Constitucional en esta materia. 

A estas alturas del siglo XXI casi nadie cuestiona ni la frase ni su supuesta y actualista “circunstancia”, por emplear otra conocida expresión orteguiana. Sin embargo, el examen de ambos extremos (frase y circunstancia) permite descubrir suficientes pistas para entender que estamos ante un mito, y precisamente uno de los clasificados por Gustavo Bueno como oscurantistas, sin perjuicio de que sea realmente operativo, como ha ocurrido con otros muchos a lo largo de la Historia.

La época dorada de este mito oscurantista fue la del proceso de Transición política española, con la creencia de que el nuevo régimen era la puerta necesaria de acceso para la “entrada en Europa”; pero en la “Europa sublime”, en palabras de Bueno, puesto que España siempre formó parte de Europa. Sin embargo, las dudas actuales que experimentan un número creciente de ciudadanos españoles -y también de otras naciones políticas comunitarias, cada cual con sus razones- se alimentan de la contemplación, entre otros, de problemas tales como el desaguisado de la fallida extradición del prófugo Puigdemont, el desmantelamiento del tejido industrial español desde la entrada en las entonces denominadas  Comunidades Europeas, con el correlato de la terciarización de nuestra economía, o la difuminación de las ayudas y la protección al sector agropecuario que se nos habían vendido como contrapartidas de la mencionada desindustrialización. 

Sin perjuicio de otros análisis posibles, en estas líneas se contemplarán la frase y su circunstancia, siguiendo a Ortega, teniendo de fondo la más completa propuesta de Bueno, que distingue al efecto entre el dintorno (que en este caso sería la propia frase como una configuración o nódulo aislable), el contorno y el entorno de la misma, amén de una sucinta reflexión final. Esta aportación de Bueno, amplía y clarifica, creo yo, el campo de la “circunstancia” orteguiana, facilitando en nuestro caso correr el velo del mito oscurantista que se trata de mostrar en estas líneas.

La frase y su contorno

Antes he dicho que la frase “España es el problema y Europa la solución” se imputaba a Ortega, lo que obliga a recordar que se está haciendo referencia a lo expresado por el mismo en la conferencia impartida el 12 de marzo de 1910 en la Sociedad “El Sitio” de Bilbao bajo el rótulo de  “Pedagogía social como programa político”, y ello porque la literalidad de la frase empleada entonces por dicho orador tenía una pequeña variación en el tiempo verbal (dijo “era” en lugar de ”es”) lo que se explica por el contorno de la misma, como paso a indicar y se evidencia en parte por el título de la conferencia.

Hablaba Ortega de la regeneración de España tras el desastre del 98 situando el núcleo de su propuesta en la reforma de la educación. Como antecedente, sostenía que en España se apreciaba un “problema político”, afirmando que “el español que pretenda huir de las preocupaciones nacionales será hecho prisionero de ellas diez veces al día y acabará por comprender que para un hombre nacido entre el Bidasoa y Gibraltar es España el problema primero, plenario y perentorio”.

Tales afirmaciones no son aisladas en el joven Ortega socializante del momento, quien, pasados cuatro años, también exclamaría aquello de “¡Dios mío, ¿qué es España?!”, si bien transcurridos otros diez, ya en plena conmoción continental posterior al Tratado de Versalles, concluiría que España estaba invertebrada, dicho esto en un entorno europeo socialmente convulso y el filósofo ya situado en una posición aristocrátizante.

Ortega, en definitiva, aunque lo califique como problema político, quizá sea consciente de que reflexionar sobre España es un problema filosófico, como Bueno resolvería a finales de siglo (vid. su “España”, en El Basilisco, nº 24), pero es dubitativo y no maneja el equipaje de ideas adecuado para dar respuesta a esta enjundiosa cuestión. Por ello seguirá sin resolver el problema cuando, una vez más y tras otros nueve años, diga que “no sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa”. Parece evidente, pues, que a él le pasaba eso.

Por tanto, se limita a seguir la estela de los regeneracionistas de estirpe krausista como Joaquín Costa, para el que, amén de un rosario de propuestas concretas de claro signo arbitrista, su receta más relevante para la España hundida tras el 98 consiste en aplicar el sistema educativo que entiende se sigue en determinados países europeos, singularmente Alemania y Francia. Sus modelos explícitos son, en definitiva, el autodenominado II Reich alemán de Bismarck, la reunificada Italia de Cavour y la renacida Francia de la III República, surgida tras el desastre de Sedan. 

Asume Ortega, por tanto, la propuesta de Costa (publicada en un libro a fines de 1898 como programa para un futuro ”partido nacional, regenerador”), de que regeneración es educación; advirtiendo ya el filósofo que la segregación educativa, en referencia a las escuelas de ricos y de pobres, consigue que hoy los hombres se dividen también en cultos e incultos; es decir, en hombres y subhombres”, sin que tengamos constancia de que algún conocido de Dª Isabel Celaá estuviese presente en el acto y haya tomado nota de estas afirmaciones. 

En consecuencia, sostiene el joven Ortega en Bilbao, hablar de regeneración es hablar de europeización, y aduce que “uniendo fuertemente ambas palabras, D. Joaquín Costa labró para siempre el escudo de aquellas esperanzas peninsulares. Su libro Reconstitución y europeización de Españaha orientado durante doce años nuestra voluntad (…)”.En esta idea, finaliza seguidamente diciendo que “Regeneración es inseparable de europeización; por eso apenas se sintió la emoción reconstructiva, la angustia, la vergüenza y el anhelo, se pensó la idea europeizadora. Regeneración es el deseo; europeización es el medio de satisfacerlo. Verdaderamente se vió claro desde un principio que España era el problema y Europa la solución”.

Además del tiempo verbal, propio de la referencia hecha al aragonés en el párrafo anterior, la cita incluye otros dos términos relacionados por Ortega, la “reconstitución”empleada en su libro por Costa y la reconstrucción (“emoción reconstructiva”, dice), lo que explica las reiteradas menciones de D. Joaquín a Bismarck, Cavour y la III República francesa. 

Los dos entornos: 1910 y 1978

Para entender al joven Ortega de ese momento no puede soslayarse el dato de su reciente paso por Marburgo, Meca de neokantismo desde hacía varias décadas, y por donde poco después pasaría asimismo el penalista Luis Jiménez de Asúa. En su vertiente jurídica este idealismo de estirpe alemana marcaría su impronta en casi toda Europa por vía del nuevo constitucionalismo surgido tras el Tratado de Versalles. Pero en 1910 aún no se habían desmoronado los Imperios Centrales; de ahí que cuando en ese momento Ortega habla de “Europa” se refiere, al igual que Costa, al entonces pujante II Reich que se hundiría estrepitosamente en noviembre de 1918. Así pues, menos de una década después quedó patente que la propuesta de Costa y Ortega no era un buen ejemplo a seguir.  

El “proyecto europeo”, el de la “Europa sublime”, experimentó sustanciales variaciones desde su formulación temprana en ambientes masónicos (Aristide Briand, 1929, Éduard Herriot, 1931) en el periodo de entreguerras, propuesta severamente juzgada por el destacado jurista granadino Antonio de Luna García, que había estudiado en diversas universidades europeas y fue Secretario de la Comisión Jurídica Asesora de la República en el periodo 1931-34. El proyecto inició su puesta en marcha efectiva tras el arrasamiento de 1945, principalmente por democratacristianos (Schumann, De Gasperi, Adenauer …), hasta su posterior transito desde las Comunidades Europeas a la actual Unión Europea, conducida ya por un consenso socialdemócrata-popular. No corresponde al propósito de este escrito detallar este tránsito, pero sí conviene dejar apuntado que el mismo transcurrió desde los intentos de una nueva zollvereina una asociación económica, que en el presente trata de transformarse por vía de hecho en una unión política.

Sin embargo, la situación española en 1978, tanto en términos de desarrollo económico, como educativo, sanitario, etc., era bien distinta a la de 1910, y las divergencias estadísticas de entonces respecto a los países de las Comunidades Europeas eran incluso menos desfavorables en algunos rubros que en el presente (desempleo, déficit, deuda externa, desindustrialización …). La diferencia característica estribaba en que formalmente se salía de un régimen autoritario personalista y se pasaba a uno de legitimación democrática, como ya se ha dicho.

Cabe concluir, por ello, que el mantra de “España es el problema y Europa la solución”, ha de situarse en un plano muy distinto al de 1910, pues ahora se inscribe en la ideología de la “salida del oscuro túnel” del franquismo a la cegadora ”luz” de la Europa sublime. Ideología alimentada por historiadores e ideólogos de signo socialdemócrata pero que fue aceptada sin pestañear por otros de línea democristiana, liberal y hasta conservadora. En definitiva, ya no estamos en la economía  o sociedad (capa basal) sino en la gestión política (capa conjuntiva).

Ahora bien, es precisamente en esta capa conjuntiva y en la cortical (diplomacia y defensa) en las que se manifiestan singularmente los problemas de la actual Europa sublime. Como simples enunciados, muestro algunos de ellos:

-El déficit de transparencia en la conformación de la opinión en el seno de los órganos rectores de la U. E.

-La irresponsabilidad de sus altos funcionarios, convertidos en una burocracia clientelar sin controles reales de peso. Este y el anterior ejemplo conforman lo que desde hace décadas se viene denominando como “déficit democrático” de la UE.

-El escandaloso concierto franco-alemán al servicio de sus intereses industriales y financieros, instrumentalizado a medio de un pacto socialdemócrata-popular.

-Las presuntas corrupciones en el seno de algunos de sus órganos más relevantes, algunas puestas en conocimiento público hace escasas semanas.

-La creciente y alarmante intromisión en la soberanía de los Estados miembros más allá de las competencias realmente cedidas por estos, en un intento de extender el poder de hecho de los órganos comunes. 

-La clamorosa, por imposible, carencia de políticas corticales (diplomacia y defensa), con un  papel vicario respecto de EEUU, más nefando, incluso, cuando se trata del suelo europeo, de Kosovo o Ukrania a Polonia y los Estados Bálticos, como acaba de poner de relieve el Presidente de Finlandia en su discurso de Año Nuevo.

-La incapacidad en los momentos de crisis para adoptar medidas comunes, ya sea en materia de inmigración, en materias sanitarias o de suministros energéticos.

Y ello sin contar con la bomba de relojería que es el Euro, todo un sinsentido como moneda supraestatal (salvo, claro está, como instrumento de colonización financiera por parte de Alemania), cuyo desenlace puede llegar a ser dramático.

Reflexión final

En estas líneas se ha hablado de un mito oscurantista, pero cabe manejar otras calificaciones cuando se contemplan estos mismos datos desde otras perspectivas. Así, en referencia explícita a Ortega, decía recientemente el profesor Benito Arruñada que “la herencia primordial de los intelectuales [españoles]del siglo XX es que perviven por doquier entre nosotros virus idealistas“, calificativo este que, si bien en otros términos, el mismo autor acababa de estampar a los tecnócratas que también clasificaba como “regeneracionistas”.

En definitiva, por un rubro o por otro –ya sea idealismo o regeneracionismo-, parece que la falta de realismo prevaleció sustancialmente tanto en 1910 como en 1978. O, si se prefiere, cabe concluir que en ambas ocasiones los que adoptaron la postura de adoración de la Europa sublime no sabían lo que les pasaba y, como hemos visto, este era el problema de Ortega.   

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