American way of life

American way of life. Daniel López Rodríguez

A través de determinados tipos de alimentación (McDonald, Coca-Cola), indumentaria (Nike), de electrodomésticos, estilos musicales (blues, soul, rock, rap), investigación científica y fundamentalmente estilos políticos, sociales e incluso religiosos (democracia parlamentaria, familia monógama, monoteísmo) la american way of life va propagándose por toda la superficie del planeta, pretendiendo ser un estilo de vida urbi et orbi en sintonía con la idea aureolar de la Globalización oficial (la que promociona el mundo anglosajón de la City y Wall Street). El sociólogo George Ritzer acuñó el término «McDonalización» para referirse a la pasión de la american way of life. Se tratan de principios explicitados en la Declaración de Independencia de 1776, cuando allí leemos que entre los derechos inalienables de los hombres «están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». La american way of life es el «sueño americano».  

El modelo de vida americano es considerado como un estilo de vida ejemplar para el resto de la humanidad y está ligado a la democracia del mercado pletórico de bienes y servicios y de «consumidores satisfechos» de la felicidad canalla, el cual se fundamenta no tanto por la igualdad sino por la desigualdad entre bienes ofrecidos y consumidores y en la libertad objetiva para escoger algo en dicho mercado pletórico, que implica libertad positiva, «libertad-para», y no mera libertad negativa o «libertad-de». En una sociedad clónica ni puede haber mercado ni por tanto democracia al estilo de vida americano. 

A través de la american way of life los estadounidenses osan abrir la boca en nombre de «la Humanidad». Este estilo de vida ha cuajado en Japón y en Europa fundamentalmente, porque tras la Segunda Guerra Mundial «Europa iría dejando progresivamente de ser un sujeto para convertirse en un objeto de la política de poder global» (Zbigniew Brzezinski, El gran tablero mundial, ESPA PDF, Págs. 24-25). Pero la american way of life no es universal, como tampoco el catolicismo lo llegó a ser, y ni siquiera cubre a toda la población estadounidense al ser, obviamente, una sociedad diversificada y con muchas ideologías enfrentadas. Hoy en día más que nunca tras las elecciones del pasado 3 de noviembre entre demócratas y republicanos o, mejor dicho, entre globalistas y patriotas.  

La american way of life «afecta a prácticamente la totalidad de instituciones del “todo complejo”: incluye determinados prototipos de viviendas, de alimentación, de indumentaria, de utillaje electrodoméstico, de estilos de música, de estilos de investigación científica, así como también prototipos político-sociales (democracia parlamentaria, familia monógama, deísmo)» (Gustavo Bueno, La vuelta a la caverna. Terrorismo, guerra y globalización, Ediciones B, Barcelona 2005, Pág. 304).

Estados Unidos se encumbraba entonces como «gendarme del mundo» y abanderado de la democracia desde el dogma del fundamentalismo democrático, que tras el proceso de inversión teológica y la secularización del Reino de la Gracia en el Reino de la Cultura ha venido a sustituir, aunque desde luego no totalmente, al fundamentalismo religioso (cosa que también ha hecho el fundamentalismo científico). Con la hegemonía del Imperio Español, y después del Imperio Británico, el cristianismo, en sus diferentes escisiones, se había propagado por los cinco continentes, de acuerdo con el dogma de la propagación del evangelio a todos los hombres como prescribe Mt 28.19: «id y enseñad a todas las naciones, bautizadlos en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu santo», como justificación del quehacer geopolítico del Imperio. Se podría decir que se trataba del Christian way of life, si bien es cierto que el Imperio Español lo hizo desde un ortograma generador y a través de la Iglesia católica (que sin el Imperio Español no hubiese sido tan católica, es decir, universal) y el Imperio Británico desde un ortograma depredador. Aunque ningún Imperio es absolutamente generador ni absolutamente depredador y tampoco se trata de una distinción dualista maniquea. 

Como ha escrito uno de los más importantes ideólogos de la Globalización oficial, «Los doce presidentes de posguerra han reivindicado apasionadamente el papel excepcional de Estados Unidos en el mundo. Todos han postulado, con carácter de axioma, que el país está embarcado en una desinteresada lucha por la resolución de los conflictos y la igualdad de todas las naciones, cuya medida de éxito definitivo será la paz mundial y la armonía universal… Lo que para otros países hubiera sido un mero floreo retórico ha sido presentado, en el debate estadounidense, como un modelo específico para la acción global» (Henry Kissinger, Orden mundial, Traducción de Teresa Arijón, Debate, Barcelona 2016, Pág. 279). Pero esto es simple y pura ideología, y también un mero florero retórico, por no decir puro cinismo, viniendo del Premio Nobel de la Paz que diseñó la Operación Cóndor en Hispanoamérica (se le premió entonces por conservar la pax americana, por muy globalista que fuese el secretario de Estado).

Así pronunciaba tal ideología el presidente Lyndon Johnson un mes después del asesinato de Kennedy: «Cualquier hombre y cualquier nación que busquen la paz, y odien la guerra, y están dispuestos a enfrentarse a la lucha por el bien contra el hambre y la enfermedad y la miseria, tendrá a Estados Unidos de América de su lado, dispuesto a caminar con ellos, a dar con ellos cada paso del camino» (citado por Kissinger, Orden mundial, Pág. 280).

Comenta Kissinger: «Esa sensación de responsabilidad por el orden mundial y de lo indispensable del poder estadounidense, apuntalada por un consenso que fundamentaba el universalismo moral de los líderes en la dedicación del pueblo estadounidense a la libertad y la democracia, condujo a los extraordinarios logros del período de la Guerra Fría y de años sucesivos. Estados Unidos ayudó a reconstruir las devastadas economías europeas, creó la Alianza del Atlántico y forjó una red de seguridad global y de colaboraciones económicas. Pasó de aislar a China a una política de cooperación con ella. Diseñó un sistema mundial de comercio abierto que ha generado productividad y prosperidad, y estuvo (durante todo el siglo pasado) a la vanguardia de casi todas las revoluciones tecnológicas del período. Apoyó el gobierno participativo en países amigos y adversarios por igual; desempeñó el liderazgo en la articulación de los nuevos principios humanitarios y, desde 1945, ha derramado sangre estadounidense en cinco guerras y en varias otras ocasiones para defenderlos en rincones remotos del mundo. Ningún otro país habría tenido el idealismo y los recursos para afrontar semejante espectro de desafíos, y tampoco la capacidad de salir victorioso en muchos de ellos. El idealismo y el excepcionalismo estadounidenses fueron las fuerzas impulsoras de la construcción de un nuevo orden internacional» (Kissinger, Orden mundial, Pág. 280). 

Como decimos, la american way of life está respaldada por el fundamentalismo democrático y la ideología aureolar de la Globalización oficial, homologándose a nivel mundial o expandiéndose por todo el planeta y como consecuencia ello traería el «fin de la historia», como si fuese posible que una manera universal y uniforme de democracia y de estilo de vida recubriese todo el planeta cuando la democracia se dice de muchas maneras, y no digamos los estilos de vida; e incluso pueden darse modelos de democracia antagónicos. Frente a los monismos y los dualismos, por muy fuerte que sea el peso propagandístico e ideológico que ejerzan, el pluralismo siempre se impone: la realidad manda.  

La american way of life y su fundamentalismo democrático quieren lanzarse al mundo como si fuese el destino manifiesto de esa enigmática señora llamada Humanidad, siendo Estados Unidos el nuevo «pueblo elegido» que lleva la buena nueva de la democracia a todos los rincones del mundo; lo cual implicaría una eutaxia irreversible que por metábasis o en una situación límite afectaría a todo el Género Humano y así se impondría la paz mundial al quedar superada la fase de pluralidad de Estados separados por sus respectivas capas corticales, y en consecuencia se llevaría a cabo la extinción del Estado. Aunque sería de todos los Estados salvo del Estado mundial, pues su implementación supondría la extinción del Estado; porque el Estado siempre implica pluralidad de Estados separados por sus respectivas capas y ramas del poder, es decir, es imposible el Estado sin la dialéctica de Estados (y sin dialéctica de clases). 

La american way of life tenía como principal adversario al estilo de vida que el comunismo quería imponer al Género Humano (al «hombre nuevo» u «hombre total») con la Unión Soviética como plataforma imperial. Una vez caído el Imperio Soviético Estados Unidos creyó ser el dueño del mundo y cristalizó la ideología universalista aureolar del globalismo, que la crisis financiera del 2008, el auge comercial y tecnológico de China, la resurrección militar y geopolítica de Rusia, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca (ahora en disputa) y la pandemia de SARS-CoV-2 (que ha sido posible a través de la globalización positiva), han puesto sobre las cuerdas a los pretendientes globócratas. (En Posmodernia hemos esbozado las diferencias entre globalización aureolar y globalización positiva que supo deslindar Gustavo Bueno: https://posmodernia.com/globalizacion-positiva-y-globalizacion-aureolar/).  

Estados Unidos, tras salir vencedor de la Segunda Guerra Mundial, se propuso construir un nuevo mundo mucho mejor en donde «la dignidad eterna del hombre sea respetada», como decía el presidente atómico Harry Truman. Y lo decía cuando en Estados Unidos los negros aún no gozaban de los mismos derechos civiles que los blancos y las mujeres eran un mero florero para complacer al sufrido marido trabajador.    

Pero la american way of life depende de la actuación de Estados Unidos como Imperio realmente existente, y eso implica la guerra. Desde 1776 tan solo han transcurrido 21 años en los que Estados Unidos no haya estado involucrado en alguna guerra. Como bien sabe un coronel español, «la guerra ha sido un próspero negocio» (Pedro Baños, Así se domina el mundo, Ariel, Barcelona 2017, Pág. 353). Barack Obama cambió el concepto de «guerra perpetua» por el de «operaciones contingencia en el exterior». De este modo podía seguir actuando de la misma forma e incluso con más virulencia pero con una cara más amable (o de cemento armado): la del primer presidente afroamericano premio Nobel de la paz (la paxamericanaof course; aunque, al igual que Kissinger, Obama sea muy globalista). «En muchos casos, mediante actuaciones opacas o encubiertas en las que se empleaban fuerzas de operaciones especiales -activas en los cincos continentes- y multitud de ataques con drones, por no mencionar las decenas de miles de bombas arrojadas en Afganistán, Irak, Libia o Siria, o las fabulosas ventas de armamento a Arabia Saudí. En 2015, por ejemplo, un informe elaborado por el Bureau of Investigative Journalism estimaba que, desde el año anterior de 414 ataques con drones, cifrando el número de “objetivos abatidos” entre 2.445 y 3.945. De estos, de 421 a 960 “objetivos” sería civiles, entre los que habría que incluir entre 172 y 207 menores de edad. Además, desde algunas fuentes se informaba que el gobierno estadounidense contaba como “combatientes” a todos los individuos varones en edad militar abatidos en una zona atacada con drones… no hay peor diablo que aquel que no huele a azufre… Solo durante los ocho años de la administración Obama se aprobó la venta de más de 278.000 millones de dólares en armas, más del doble que bajo el mandato de Bush» (Baños, Así se domina el mundo, Págs. 348-349). 

Lo que pasa es que Bush II -como decía Hugo Chávez- huele a azufre, y lo que ocurre con Obama es que mea colonia. En cambio, Donald Trump, que al tomar el poder el 20 de enero de 2017 se le equiparó ni más ni menos que con Hitler (reductio ad Hitlerum) y se decía que iba a ocasionar la Tercera Guerra Mundial, es el primer presidente desde 1980 (cuando gobernaba trilateralista Jimmy Carter) en no empezar una nueva guerra en su primer mandato, cosa que estará desquiciando a los peces gordos del llamado complejo industrial-militar.

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