Los secretos de la agenda 2030. Dimensión ecológica

Los secretos de la agenda 2030. Dimensión ecológica

El nuevo orden mundial progresista de la agenda 2030 (IV) Dimensión ecológica.

La conservación de la naturaleza nace como preocupación ante los excesos de la revolución industrial y la expansión de las actividades humanas contaminantes frente al antiguo mundo rural, donde el uso de los recursos naturales era menos agresivo. Desde el punto de vista del pensamiento moderno también se trata de una reacción frente al racionalismo y el positivismo de la Ilustración. Desde el romanticismo se añora la ancestral fuerza telúrica del hombre y su entorno y desde el idealismo voluntarista se muestra el escepticismo frente al triunfo de la tecnología. 

Las diversas formas de entender el ecologismo. 

Los primeros antecedentes de los esfuerzos para preservar la naturaleza comienzan en la segunda mitad del XIX en Estados Unidos. Yack London, de ideas socialistas y autor de Colmillo BlancoLa llamada de lo salvaje, populariza la admiración romántica por la naturaleza en su estado puro, John Muir, naturalista y columnista, fundó en 1892 el Sierra Club, el primer grupo conservacionista de la historia y el presidente Theodore Roosevelt incorpora por primera vez a las políticas gubernamentales objetivos “ecologistas”. Estados Unidos encuentra en sus espacios naturales los grandes monumentos de los que carece frente a la Europa milenaria e impulsa su conservación como patrimonio de la nación para el disfrute del público y de las generaciones venideras. El Parque nacional de Yellowstone, creado en 1872, fue el primer parque nacional de los Estados Unidos y del mundo, le siguen Yosemite, el Gran Cañón, y hasta 35 parques y monumentos nacionales, que la Organic Act del Servicio de Parques sistematizó como norma federal en agosto de 1916. 

El siguiente impulso al movimiento ecologista lo encontramos en la Alemania de los años 20 y 30. El “ala verde” del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán defendía la agricultura orgánica, el vegetarianismo, el animalismo y el culto a la naturaleza. “La unidad de la sangre y la tierra debe ser restaurada”, era la consigna proclamada por Richard Walther Darré, quien fuera ministro del III Reich de Agricultura y Abastecimientos entre 1933 y 1942. Medidas pioneras, como la primera campaña pública antitabaco de la historia moderna y la prohibición de fumar en espacios educativos, sanitarios y en los tranvías fueron impuestas por la Reichsstelle für Rauschgiftbekämpfung, (oficina para la lucha contra las drogas intoxicantes). También por primera vez se introduce la idea del impacto medioambiental en las obras publicas. Fritz Todt encargado de la construcción de la red de autopistas en la década de los treinta afirmaba: “El propósito final de la construcción de carreteras alemanas no es el alcance de objetivos meramente de transporte. La carretera alemana debe ser una expresión del paisaje circundante y una expresión de la esencia alemana”. También la Escuela de Frankfurt, desde una óptica marxista, utiliza la protección de la naturaleza y el ecologismo como manera de denunciar la realidad opresiva del capitalismo, que explotaría la naturaleza igual que explota al ser humano. En Aviso de incendio de Walter Benjamin, se critica la tecnología y la alienación que el hombre cosificado experimenta respecto a la naturaleza. Pero sobre todo encontramos en la obra de Max Horkheimer la crítica al abuso del hombre sobre la naturaleza y la protesta contra el avance irracional de la sociedad tecnológica, predicando la necesidad de una biopolítica que reaccione contra los mecanismos de dominio de la civilización capitalista sobre la Tierra.  De esta forma, la naturaleza se deja de contemplar desde una óptica antropocentrista y se contempla como sujeto y no como objeto, y como sucede con los proletarios oprimidos, debe ser restaurada en sus derechos. 

Obviamente, cualquier referencia al nacional socialismo es rechazada por el moderno movimiento ecologista que nace en los años 60, pero es innegable la influencia de las ideas sobre el culto a la naturaleza de los verdes nazis, al igual que lo es la idea de colonización de la naturaleza sacada de la Escuela de Frankfurt. Así, Ernst Lehmann, profesor de botánica que defendía el nacionalsocialismo como “biología aplicada políticamente”, sostenía la necesidad de recuperar la armonía entre hombre y naturaleza:  “Reconocemos que separar la humanidad de la naturaleza, del conjunto de la vida, conduce a la propia destrucción de la humanidad y a la muerte de las naciones (…) La humanidad sola ya no es el centro del pensamiento, sino más bien lo es la vida en su conjunto”. Se trata de un pensamiento que pretende la reintegración del ser humano moderno con la naturaleza y la tierra de los ancestros. Los paralelismos con la idea de la Tierra-madre que sostiene el ecologismo moderno y la necesidad de una conciencia planetaria sobre los vínculos entre el hombre con la naturaleza, son evidentes.  Basta leer los manifiestos y declaraciones sobre la armonía con la naturaleza que aparecen en los textos de WWF, los textos de Green Peace, en los que se afirma que “el ecologismo es una opción política, integradora”,  Amigos de la Tierra, “un mundo donde todos los seres vivos y pueblos viva con dignidad en armonía con naturaleza”. o incluso las conclusiones del Sínodo de la Amazonia celebrado en 2019, que resalta la importancia de “ la creencia y los ritos sobre el actuar de los espíritus de la divinidad, llamados de innumerables maneras, con y en el territorio, con y en relación con la naturaleza. Reconozcamos que desde hace miles de años han cuidado su tierra, sus aguas y sus bosques, y han logrado preservarlos hasta hoy para que la humanidad pueda beneficiarse del goce de los dones gratuitos de la creación de Dios”. En cuanto a la Escuela de Frankfurt, hallamos su influencia en textos de Ecologistas en Acción, cuando hablan del “insostenible modelo de explotación de los recursos naturales, asociado inevitablemente a la explotación de seres humanos”, de Green Peace “ debemos defender el soporte vital del planeta contra la implacable codicia de las grandes corporaciones y redescubrir al ser humano como parte de la naturaleza”  o en el propio Papa Francisco cuando afirma la existencia de una “deuda ecológica” contraída con el sur del planeta por el “saqueo de recursos” o denuncia que “estamos exprimiendo los bienes del planeta” en su  encíclica ‘Laudatio si’, que abraza muchas de las ideas apuntadas por la Escuela de Frankfurt. La encíclica advierte que la Tierra “clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y el abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a explotarla”. En el Sínodo de la Amazonia, celebrado en 1919, la Iglesia Católica insiste en aquella visión sobre la “casa común” que está siendo saqueada y afirma que sobre la Amazonia, reina el extractivismo predatorio como el mal mayor. “La Iglesia anima a la comunidad internacional a disponer de nuevos recursos económicos para la promoción y desarrollo justo de la región”. 

En 1961 fue fundada WWF cuya misión internacional era recaudar fondos para la conservación de la naturaleza y la vida salvaje. A comienzos de los setenta, surgen diversas organizaciones ecologistas que intentan dar cabida a la opción “verde” en el espacio político europeo y que pretenden desmarcarse de los partidos productivistas. Nacen entonces “Amigos de la Tierra” (1971) y “Greenpeace” (1973). Posteriormente, en 1974, resulta elegido en Suiza el primer diputado verde en un parlamento estatal.

Werner Georg Haverbeck, fundador durante el III Reich del “Volkstum und Heimat” (“Identidad y Patria”), fundó en 1958 la “Liga Mundial para la Protección de la Vida” (WSL). En 1978 publicó Tecnología: un destino del hombre y la tierra, en el que denuncia el saqueo del planeta para el progreso de la tecnología al servicio del capitalismo y la necesidad de lograr la armonía entre el desarrollo humano y la naturaleza.  Haverbeck, tras pasar por la conservadora CDU, participó en  el “Partido Ecologista Democrático” (DPÖ), junto a H. Gruhl, procedente también de la CDU,  que al lado de otros grupos de procedencia izquierdista y marxista, entre ellos el liderado por  Petra Kelly, quien hasta ese momento había pertenecido al SPD, se integró en la alianza “Los Verdes” (Die Grünen), bajo la influencia de las ideas de la revolución cultural del 68, el socialismo de economía mixta, el credo antinuclear, anti OTAN y feminista. En 1979 Haverbeck se convirtió en asesor en cuestiones de protección medioambiental del ministro del SPD, Egon Bahr. El DPÖ se escindió en 1980 de Los Verdes.  El Partido Verde Europeo como tal se crea el 22 de febrero de 2004 en Roma. Se origina de la fusión de 32 partidos ecologistas nacionales de 29 países de Europa y cuatro países no miembros de la Unión Europea ( Suiza, Rusia, Georgia y Ucrania). Diversos pensadores como Alain Lipietz, André Gorz o Murray Bookchin describen esta ecología política como una corriente que critica el orden existente, con lo que podemos afirmar que no se trata simplemente de introducir cambios en el sistema de producción actual, sino que se refiere a una gran transformación esencial en la estructura económica y cultural de la sociedad tal como la conocemos hoy.

Debemos distinguir un ecologismo de carácter conservacionista y un ecologismo de corte totalitario. El primero no pierde la referencia antropocéntrica, pues defiende la protección del medio ambiente en cuanto que la regeneración y conservación de los recursos naturales satisface las necesidades humanas, la reducción de la contaminación preserva la salud del hombre y la protección de la vida silvestre promueve la responsabilidad de las comunidades humanas que no se desentienden del resto de las criaturas de la creación. El segundo adopta un enfoque biocentrico que va más allá del mero conservacionismo. Se trata de una visión que supone un proyecto socio-cultural en el que la protección de la naturaleza en virtud de los intereses del ser humano se transforma en la subordinación del ser humano, como una parte más integrante de la biosfera, a unos objetivos políticos medioambientales. El programa del Movimiento de la Ecología Profunda (MEP), surgido en los años 70, es presentado en un primer momento por el filósofo noruego Arne Naess, en su conferencia titulada The shallow and the deep. Long-range ecology movements, con la intención de superar el conservacionismo, preocupado tan sólo de la contaminación y de la protección de los recursos naturales, cuando las preocupaciones más profundas debían centrarse en que la vida en la Tierra tiene un valor intrínseco y que el comportamiento humano debe cambiar drásticamente, de acuerdo con los principios de diversidad, complejidad, autonomía, descentralización, simbiosis, igualitarismo y falta de clases. Es decir, la protección del medioambiente se transforma en una política global que debe transformar la humanidad, transformación que además urge, pues la amenaza de una inminente catástrofe si no lo hacemos, pende sobre nosotros. 

El apocalipsis climático como paradigma ecológico de la ONU. 

La ONU ha adoptado un mensaje apocalíptico para convencernos de lo necesario que es llevar adelante su transformación eco-política.  En 2018 el IPCC publicó un informe especial sobre los impactos del calentamiento global.  Una de las principales conclusiones de este informe es que es imprescindible limitar el ascenso de las temperaturas, lo que requerirá cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad. En la Cuarta Conferencia de la ONU sobre el Clima celebrada en Katowice en 2018, el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, afirmaba “aunque somos testigos de impactos climáticos devastadores que provocan el caos en todo el mundo, seguimos sin hacer lo necesario, no vamos suficientemente rápido”, según la ONU, “pese a las pruebas irrefutables”, el “mundo no va en absoluto en la buena dirección” para limitar los efectos devastadores del cambio climático.  En el informe de 2019 sobre el Estado del Medio Ambiente que la ONU presentó en Nairobi (Kenia) durante la Cuarta Asamblea del PNUMA, el Programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas, afirmaba que, en el año 2050, 4.000 millones de personas vivirán en tierras desertificadas, los contaminantes vertidos en el agua serán la primera causa de muerte en el mundo y el nivel de mar habrá subido sumergiendo las áreas costeras de todo el planeta. En marzo de 2020 oficialmente la ONU ha afirmado que “el cambio climático es más mortal que el coronavirus”. Este “cambio climático es real y las actividades humanas son sus principales causantes”, afirma la ONU, a la vez que impulsa la introducción de severos cambios en los sistemas económicos, energéticos y de producción de todas las naciones, que supondrán un gasto para combatir la amenaza estimado en, nada más y nada menos, 19,5 billones de euros.

No hay que ser muy perspicaz para detectar en todo este programa la influencia de las teorías malthusianas que afirmaban que en el futuro habría una sobreabundancia de personas que impediría la subsistencia de un entorno natural sostenible. En nuestra anterior entrega sobre el control demográfico de la población humana, ya vinos como en The Population- Bombbest sellar ecologista publicado en 1968, Paul R. Ehrlich vaticinaba en 10 años un desastre medioambiental con millones de muertos debido a la sobreexplotación del planeta por el exceso de población.  En 1972 el Club de Roma publica “Los Límites del crecimiento” en donde recuerda que el crecimiento económico tiene un límite y que de seguir con los ritmos actuales se alcanzarán los límites absolutos de crecimiento en la Tierra durante los próximos cien años. La Conferencia  sobre el Medio Humano de las Naciones Unidas también conocida como la Primera Cumbre para la Tierra, celebrada en Estocolmo en 1972, en sus conclusiones afirmaba que “el crecimiento natural de la población plantea continuamente problemas relativos a la preservación del medio ambiente”, advirtiendo por primera vez a los gobiernos que debían tomar en consideración las actividades que pudieran provocar el cambio climático y evaluar la probabilidad y magnitud de las repercusiones de éstas sobre el clima. Durante estos años se suceden las profecías catastrofistas, The Angeles Times augura hambrunas para 1975 y el racionamiento en los mismos Estados Unidos, citando a Paul Ehrlich y otros autores. The Boston Globe publica en 1970 las perdiciones de los científicos pertenecientes al National Centre for Atmospheric Research que pronosticaban una edad de hielo para el 2000. En 1971 profesores de la universidad de Columbia alertan que las emisiones causadas por el consumo de combustibles fósiles provocarán una nueva edad de hielo, nuevamente en 1972 el Departamento de Geología de la universidad de Brown insiste en el peligro de una edad de hielo si siguen las emisiones de gases procedentes de la quema de combustibles fósiles. Para 1974, The Guardian publica que los satélites nos han aportado datos sobre el indiscutible cambio climático que se está produciendo, pero entonces la amenaza futura no era el calentamiento global, sino una nueva era glaciar.  En 1974 The Timesse hacía eco de los trabajos de la universidad de Columbia y el Geological Observatory que demostraban con la evolución estadista de las temperaturas desde 1940 que el cambio climático era una realidad. Lástima que predijesen un enfriamiento. Ese mismo año, científicos de la universidad de Michigan alertaban sobre el agotamiento de la capa de ozono y una epidemia de cáncer de piel generalizada para 1990. En 1976, The New York Times(18-7-76) insistía en el “consenso de la comunidad climatológica y científica” sobre el cambio climático y lamentaba que los políticos no hicieran caso de sus alertas. Claro que entonces la alerta no era de calentamiento global, sino de enfriamiento. En 1978 The New York Times(5-1-78) volvía a la carga, citando un “estudio realizado por un grupo internacional de especialistas” procedentes del Instituto meteorológico de Hannover, del Laboratorio oceánico y atmosférico de Silver Spring, la Universidad de Columbia y el Geological Observatory, que afirmaban que la tendencia de enfriamiento global se mantendría los siguientes 30 años. 

En los años 80 se acaba la moda de la nueva era glaciar que se nos venía encima.  Tomaba el relevo el calentamiento global.  En 1988 James Nasen, uno de los calentólogos más conocidos, pionero en denunciar el efecto invernadero, vaticina que Washington DC sufriría en las siguientes décadas un ascenso de las temperaturas, sin embargo, durante los 10 años siguientes el año más caluroso en Washington siguió siendo 1911. James Hansen, investigador del Goddard Institute considera que, si no se controlan las emisiones de gases de efecto invernadero, el proceso de destrucción total de los glaciares de Groenlandia será irreversible y en 2016 la mayor parte de la tierra podría quedar inundada. En 1988 la ONU toma cartas en el asunto y crea el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), con el fin del estudio del calentamiento debido al efecto invernadero y los cambios climáticos mundiales. Desde entonces, según estos expertos que año tras año, reunión tras reunión, conferencia tras conferencia, cita la ONU,  los polos se derriten y se acelera la subida del nivel del mar.  Entre las primeras conclusiones del Programa de la ONU para el Medio Ambiente (UNE) encontramos alertas como que en 30 años las Maldivas iban a quedar sumergidas por las aguas o que la subida de los mares en el 2000 habría anegado las costas de numerosas naciones (France Press, 26-9-1989). Nuevamente en 1989 James Nasen, nos ofreció otra de sus certeras predicciones, en 2019 Nueva York estaría bajo el agua por culpa del efecto invernadero (Associated Press, 30-6-1989). 

El Protocolo de Montreal, que desarrolla el Convenio de Viena para la Protección de la Capa de Ozono, entra en vigor en 1989, con el fin de reducir los niveles de consumo y producción de clorofluorocarbonos. Tales medidas pretendían paliar también el efecto invernadero. En abril de 2020, el agujero en la capa de ozono sobre la Antártida batió el récord como el más pequeño desde hace 30 años, pero ha aparecido otro sobre el Ártico, sin que los científicos acierten a dar una explicación al fenómeno, que parece que se relaciona con lo que sucede en la estratosfera. La capa de ozono se destruye con la llegada del sol a las zonas polares, debido a una reacción química provocada por los gases CFC emitidos por el hombre, el frío y las nubes estratosféricas. Las razones para que este agujero haya aparecido, según Servicio de vigilancia de la atmósfera del Copernicus Antje Inness , se deben a que las temperaturas en el Ártico, en la zona del actual agujero, han descendido. Ello a pesar de que el Al Gore nos contó en 2008 que en 2013 los glaciares árticos habrían desaparecido y que para 2018 el Polo Norte estaría libre de hielo. 

En 1995 la comunidad internacional bajo los auspicios de la ONU inició negociaciones para fortalecer la respuesta mundial al cambio climático. Dos años después, en 1997, 83 países firmaron y 46 ratificaron el Protocolo de Kioto. Este obliga jurídicamente a los países desarrollados que son Parte a cumplir unas metas de reducción de emisiones. El primer período de compromiso del Protocolo comenzó en 2008 y finalizó en 2012. El segundo período de compromiso empezó el 1 de enero de 2013 y terminará este año.  Kioto divide a los países firmantes en dos grupos: en el primer grupo (Annex A) se encuentran los países más pobres del planeta. En el segundo grupo (Annex B) se encuentran los países desarrollados. Para impedir que la protección al medio ambiente afecte negativamente el crecimiento económico de los países más pobres, el protocolo de Kioto excluye a estos países de la obligatoriedad de cumplir con los objetivos de reducción de emisiones. Pero resulta que esos países pobres pueden vender sus permisos, sus cuotas para contaminar, a los países más ricos. Se  establece así un mercado de compraventa de derechos de emisión, que tan solo consigue encarecer los costes de producción y perjudicar las economías de los países industrializados sin mejorar las condiciones del tejido industrial de los países en vías de desarrollo. 

En 2001 tercer Informe de Evaluación del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático) afirmaba que en el siglo XXI “la población que vive en pequeñas islas y/o en zonas costeras bajas corre un gran riesgo de sufrir graves consecuencias sociales y económicas derivadas del ascenso del nivel del mar y los episodios de tormentas”. En 2007, en su cuarto Informe de Evaluación, el IPCC estimaba que la elevación de las temperaturas en el siglo XXI podía oscilar entre 1,8 grados en el mejor de los casos y 6,4 grados en el peor de los casos, con las habituales consecuencias de importantes retiradas de los hielos polares y subidas del nivel del mar. En 2009 el príncipe Carlos, haciéndose eco de las predicciones de la ONU, hacía un llamamiento para adoptar cambios porque “sólo quedan 8 años para salvar al planeta” (The Independent, 9-7-09). Sin embargo, los únicos desastres oceánicos han sido los provocados por fenómenos naturales ajenos al calentamiento global, el tsunami de 2004 en el océano Indicó y el terremoto y tsunami de Japón de 2011. Claro que a lo mejor los científicos del IPCC descubren que los terremotos están asociados al calentamiento global que traspasa la corteza terrestre o el Papa Francisco nos cuenta que son un castigo de la Madre-Tierra por lo tanto que la maltratamos los humanos. 

En 2015 el Foro Económico Mundial reconoce que el cambio climático es uno de los riesgos más probables y de mayor impacto al que nos enfrentamos.  Con los Acuerdos de París de 2015 la ONU impulsa una política más radical contra el cambio climático, sobre la base de que se debe a la acción del hombre.  Sus objetivos son culturales y económicos, crear una conciencia global acerca de las crisis ambientales y promover un compromiso de todos los gobiernos nacionales para reducir el aumento de la temperatura global hasta los niveles preindustriales, en el marco de una senda de cambio justa, ordenada y efectiva a través de instrumentos fiscales y el uso de las finanzas públicas. Es decir, serán los ciudadanos los que paguen la factura, y será la clase media de los países occidentales, especialmente Europa, los que resulten gravados con los costes de las políticas que preconiza la ONU. La Comisión Europea fijaba como medidas de apoyo a los Acuerdos de Paris que “mantener el actual objetivo colectivo de movilizar 100.000 millones de dólares estadounidenses al año en 2020 y ampliar esta medida hasta 2025. Para después de ese periodo, se establecerá un nuevo objetivo aún más ambicioso”. 

La Asociación de Marrakech para la Acción Climática Global que se puso en marcha en 2016 y, sobre todo, la Cuarta Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Clima, celebrada en Katowice en 2018, implementaban los Acuerdos de Paris, Inciden en  lograr un nuevo objetivo de financiación climática global para 2025, poniendo especial énfasis en la propaganda, ya que es imprescindible concienciar a la sociedad de la necesidad de actuar con urgencia y con todos los mecanismos disponibles contra el cambio climático. Además, no podía faltar otro de los pilares de la agenda mundialista: “el Plan de Acción de Género promueve la incorporación de la perspectiva de género en la política y en las acciones para mitigar el cambio climático” (sic). 

Teniendo en cuanta la imprecisión y complejidad del campo del estudio del clima,  parece bastante comprensible que se alcen voces escépticas sobre la política climática que preconiza la ONU. Cierto es que, aunque hay científicos que niegan la existencia del calentamiento global, citando la medición UAH utilizando los instrumentos de los satélites de la NASA, que sólo percibe un aumento de 0,02 grados de temperatura desde 1998 a 2016, lo cierto es que la mayoría aplastante de la comunidad científica acepta que se está produciendo un cambio climático.  Ahora bien, a la hora de determinar las causas que lo provoca, sus consecuencias y las medidas a adoptar, las opiniones son más variopintas, tan diversas y contradictorias como las que nos hemos encontrado en la comunidad médica sobre el COVID19. El propio IPCC ha modificado sus pronósticos, la duplicación del Co2 en el aire con el tiempo podría calentar la tierra 3,3° C, pero, los nuevos cálculos predicen un calentamiento en torno a los 1,5º C. En cuanto a las causas, la ONU insiste en un origen antropogénico, es decir, inculpa a la actividad del ser humano como responsable del cambio climático, otras teorías científicas lo atribuyen a los ciclos solares, y en todo caso muchos científicos alertan de que el fenómeno es tan complejo que la estadística matemática y las leyes de la probabilidad, desde conjuntos de datos históricos con apenas un siglo de mediciones fiables, resultan insuficientes para trazar un modelo empírico, mucho más cuando se excluyen variables que podrían tener tanto o más protagonismo que la actividad humana. Si ya hablamos de soluciones, baste con citar que el conocido calentólogo James Nasen aboga por potenciar la energía nuclear, mientras que otros colectivos, como el comité de Científicos Atómicos, se muestra contrario. 

Con la ristra de predicciones fallidas, falso alarmismo, exageraciones y teorías sin absoluta certeza empírica, cualquier persona pensaría que lo razonable sería que la ONU adoptase una posición prudente, pero lejos de ello, da pábulo al histerismo y tremendismo de personajes como Greta Thunberg y tacha como negacionista a cualquiera que cuestione las conclusiones del IPCC, convirtiendo lo que no son más que teorías, hipótesis, científicas en dogmas de fe que se usan para señalar como en hereje a todo aquel que se oponga a sus designios. 

La ONU ha asumido el mensaje apocalíptico como estrategia para convencer a la población de la necesidad y bondad de su agenda mundialista. Recordemos, una vez más, las profecías con que quieren doblegar cualquier resistencia a su programa: 

“Nos estamos enfrentando a la sexta extinción masiva y el ritmo de extinción es 10.000 veces más rápido de lo normal”.

“Alrededor del año 2030, dentro de 10 años, 259 días y 10 horas, habremos llegado a un punto en el que desataremos una reacción en cadena que probablemente supondrá el fin de nuestra civilización”. 

“La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando”.

(Intervención de Greta Thunberg en agosto de 2019 en la Cumbre del Clima en las Naciones Unidas).

La penúltima profecía sobre el apocalipsis al que nos enfrentaremos si nos apartamos del recto camino  marcado por la Agenda 2030, es la lanzada por el grupo encabezado por William J. Ripple y Christopher Wolf, de la Universidad Estatal de Oregón, que se publicaron en la revista ‘BioScience en noviembre de 2019 unas conclusiones respaldadas por 11.000 científicos de 153 países, con exactamente las mismas predicciones con que nos llevan amenazando infructuosamente desde hace 40 años y que nunca se cumplen:  “La temperatura global de la superficie, el contenido de calor del océano, el clima extremo y sus costos, el nivel del mar, la acidez del océano y el área quemada en los Estados Unidos están aumentando” y  a  “nivel mundial, el hielo está desapareciendo rápidamente como lo demuestran las disminuciones en el hielo marino mínimo ártico en verano, las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida, y el grosor de los glaciares”.

Después de haberse pasado cuatro décadas pronosticando catástrofes ecológicas que jamás han llegado, hay que tener una cara de cemento armado para decir, cuando ha llegado una verdadera catástrofe mundial como la pandemia del COVID19, como ha dicho Petteri Talas, Secretario general de la Organización Meteorológica Mundial, que es muy desafortunado lo que está pasando con el coronavirus y las muertes que ha causado, pero que el cambio climático es “mucho peor”.

Agenda eco-política de la ONU.

Nos hemos alargado en los anteriores antecedentes para resaltar que la actual posición de la ONU sobre el cambio climático, más que a razones científicas empíricamente demostradas, obedece a un posicionamiento político que no persigue otro fin que avanzar en la implantación de su agenda mundialista e impulsar las condiciones para establecer una gobernanza global. El cambio climático y el paradigma ecológico predominan en todo el discurso de la Agenda 2030. Según la ONU “el progreso económico y social conseguido durante el último siglo ha estado acompañado de una degradación medioambiental que está poniendo en peligro los mismos sistemas de los que depende nuestro desarrollo futuro (y ciertamente, nuestra supervivencia)”.

Por supuesto, la recuperación del medioambiente, la reducción de la contaminación, el fomento de energías renovables o la protección de la flora y fauna silvestre son objetivos deseables y perseguibles. Nadie discute que el Protocolo de Montreal resulta razonable y que la investigación sobre el cambio climático sin duda es aconsejable. Ahora bien, tales objeticos sirven de pantalla para otros menos evidentes y más oscuros o al menos discutibles.  Los primeros, los grandes cambios tecnológicos y económicos que promueve la ONU de forma apresurada, pero detrás de ellos, en su Objetivo 13 de la Agenda 2030, también persigue cambios institucionales encaminados a constituir una autoridad política global, ya que se “requiere que la comunidad internacional trabaje de forma coordinada y precisa para que los países en desarrollo avancen hacia una economía baja en carbono” y  se hace  necesario “la planificación y gestión eficaces en relación con el cambio climático en los países menos adelantados y los pequeños Estados insulares en desarrollo, haciendo particular hincapié en las mujeres, los jóvenes y las comunidades locales y marginadas”. 

Los objetivos más aparentes de la Agenda 2030 tienen la pátina de la lucha contra el calentamiento global, pese a que los modelos de predicción del cambio climático no son lo suficientemente precisos y constituyen tan sólo una hipótesis científica, no un teorema matemático. Pero se ocultan deliberadamente las consecuencias económicas y las repercusiones que sobre el nivel de vida de las personas van a acarrear unas medidas planificadas para acabar con el modelo económico y productivo actual. 

La Agenda 2030 trata de reemplazar los combustibles fósiles por energías renovables bajas en carbono. Medida que se debe imponer inmediatamente, con independencia de que las energías renovables sean o no tecnológicamente viables y económicamente rentables en estos momentos.  Para lograrlo hay que invertir una cantidad ingente de recursos y dinero en el plazo de 10 años. Habría que dejar de extraer las reservas de combustibles fósiles, eliminar cualquier ayuda gubernamental a las petroleras para ser concedidas a multinacionales verdes e imponer tarifas de carbono lo suficientemente altas como para restringir el uso de combustibles fósiles. Se trata de subordinar los objetivos del crecimiento del producto interno bruto y la búsqueda de la riqueza, al objetivo de frenar la explotación de los ecosistemas para mantener la sostenibilidad de la biosfera a largo plazo. Tales medidas retrasaran el avance de la industrialización en países en vías de desarrollo, manteniendo a millones de personas en el umbral de la pobreza durante generaciones y elevará exponencialmente el coste energético de la producción en los países desarrollados, con la consiguiente disminución sustancial, en torno un tercio, de los niveles de vida de la clase media y baja durante las décadas en que las economías tardaran en adaptarse al nuevo paradigma ecológico que se quiere imponer con un estilo digno de los planes quinquenales estalinistas. El cambio climático –nos dicen — está afectando a todos los países de todos los continentes. Está alterando las economías nacionales y afectando a distintas vidas, sin embargo, serán las medidas de este new dealverde las que de verdad distorsionarán las economías nacionales, y será la nueva fiscalidad verde la que afectará la vida de los ciudadanos con una asfixiante subida de tributos. 

Se quiere una reducción drástica de los gases de efecto invernadero como hidrofluorocarbonos y otros contaminantes climáticos de corta duración, entre los que destacan el metano.  La Agenda 2030 aprovecha para realizar un cambio cultural, en el estilo de la más pura ingeniería social orwelliana, pues sería preciso cambiar nuestros hábitos alimenticios, comer más vegetales y consumir menos productos animales para reducir significativamente las emisiones de metano y otros gases de efecto invernadero y liberar tierras agrícolas para el cultivo de alimentos humanos en lugar de alimentos para el ganado. 

La ONU nunca ha abandonado su pretensión de controlar la población humana.  “Esta delicada situación se ve agravada por un desmedido incremento poblacional, favorecido por un exorbitante omnívorismo energético permitido por una tecnología en constante evolución. Este círculo vicioso está poniendo a prueba los límites de la «capacidad de acarreo» de la Tierra”.  Pese a que las advertencias malthusianas sobre la sobrepoblación y que las admoniciones de los 70 sobre el descontrol demográfico se han demostrado completamente falsas, insisten en considerar un peligro el crecimiento poblacional, es decir, el nacimiento de más seres humanos que aquellos que científicamente se considere aceptables para un desarrollo sostenible. Una reducción substancial de la población humana, pues su excesiva intervención en los mecanismos naturales está propiciando un grave deterioro ambiental. Una autentica distopia que la Agenda 2030 esconde entre sus objetivos.  

El objetivo menos trasparente de la Agenda 2030 va más allá de la lucha contra el calentamiento global. Filosóficamente supone el rechazo del antropocentrismo que hasta ahora había presidido la evolución histórica, económica y cultural del ser humano para impugnar la idea que ha presidido nuestro progreso consistente en poner los recursos naturales al servicio del hombre. El ser humano es un ser vivo que forma parte de la biosfera, de modo que los intereses de la totalidad del ecosistema planetario son superiores moralmente a los de una de sus partes. El igualitarismo de corte marxista, de la misma forma que se ha trasladado a la ideología de género para anular cualquier diferencia entre sexos, predica en lo ecológico un igualitarismo biológico, despojando a la especie humana de cualquier supremacía respecto a la naturaleza. 

El gran capital precisamente es uno de los impulsores más entusiastas de esta Agenda 2030, ya que aspira a que todos los costes de la transformación económica y productiva se hagan recaer sobre la población, mientras las grandes multinacionales y corporaciones se dedican a recoger los benéficos. Baste leer los Principios de Banca Responsable para adivinar sus intenciones: “En suma, a pesar de lo mucho que queda por avanzar, la respuesta multilateral puede dar, lo está haciendo ya, un nuevo impulso a la globalización. Una globalización con propósito: luchar contra los efectos adversos del cambio climático mediante la adopción de medidas innovadoras, socialmente justas y sostenibles. El mundo está transitando desde un concepto de globalización comercial en los noventa hacia un tipo de globalización basada en la noción de sostenibilidad. Un cambio conceptual que no solo servirá para mitigar los riesgos derivados del calentamiento global, sino para capturar las oportunidades intrínsecas de esta transición con el propósito de generar empleo y, sobre todo, asegurar un crecimiento más sólido y de mayor calidad en el mundo”.

No se trata tan sólo de justificar la intervención masiva del Estado en los sectores de la energía o el transporte, como parece ser la primera preocupación del sector del pensamiento liberal. Se trata de transformar el concepto mismo de Estado, que con este nuevo orden mundial pasa a desempañar el papel de aparato burocrático, no al servicio de la Nación, sino al servicio de las grandes corporaciones y de las instancias supranacionales, que adoptaran las decisiones sobre el destino de los pueblos sin que sepamos quien maneja realmente los resortes de un poder político y económico internacionalizado. 

“La pandemia de la COVID-19 ofrece a los países la oportunidad de elaborar planes de recuperación que reviertan las tendencias actuales y cambien nuestros patrones de consumo y producción hacia un futuro más sostenible”, nos dice la ONU en su última actualización sobre los objetivos de la Agenda 2030 respecto al cambio climático. A buen entendedor sobran palabras. 

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