Corrupción y Ética

La metástasis de la corrupción parece haber infectado a todo el régimen del 78. Los casos de los ERE, las tarjetas black, la Gürtel, Nóos, el tres per cent, Bankia, Palau, etc. ya son conceptos incorporados de pleno a nuestro día a día. Para la mayoría de la población resulta más que evidente que se haya producido un masivo desvió de fines y recursos económicos por parte de los Gobiernos y las administraciones públicas; la corrupción es un vicio establecido en la política y la vida pública española.

Debemos desterrar las opiniones de los funcionalistas, quienes consideran la corrupción una “disfunción funcional” que, incluso, resulta positiva por “fomentar el desarrollo económico” y “construir ligámenes políticos entre los ciudadanos y las élites”; y las de quienes la interpretan como un problema cultural, algo intrínseco en los españoles, algo que heredamos en nuestros cromosomas. Para enfocar la enfermedad social relativa a la corrupción, evitando retóricas vacías e infecundas, debemos fijar como punto de partida la idea de que la historia demuestra cómo la corrupción no distingue épocas ni territorios y ha acompañado siempre al ser humano.

A lo largo de los años vemos repetidas expresiones de aversión, rechazo y censura respecto a la corrupción. Adela Cortina escribe: “La legalidad ligada estrechamente al Estado muestra cada día más sus lagunas e insuficiencias. Los insólitos escándalos de corrupción llevan a sospechar que bien pocos delitos se descubren; los vacíos legales parecen ser oceánicos; la lentitud de los procesos resulta asombrosa; la impunidad de los delitos, llamativa, cuando menos; y la “intocabilidad” de los jueces, increíble. ¿No será más fiable potenciar seriamente la moralidad que fijarse en la sola legalidad? ¿No será mejor garantía de una sociedad justa apropiarse de actitudes éticas que dejarlo todo al juego de las querellas, las impugnaciones y los recursos? ¿No será más seguro cambiar hábitos, convicciones y costumbres de la sociedad civil que confiar en la clase política?”

El desplazamiento de valores que se ha producido en la sociedad es evidente. En las actuales generaciones, el triunfo o el prestigio social se miden por el consumo de posesiones materiales, y, para satisfacer este afán, es necesario el dinero, el cual adopta tanta importancia que pasa de ser un medio para convertirse en el fin mismo de la vida. El individualismo materialista exorbitante diluye los valores tradicionales que daban equilibrio a la conducta, indicando al conjunto los comportamientos socialmente aceptados. Las virtudes son sustituidas por el utilitarismo, un utilitarismo individualista que sólo busca la felicidad propia. Como expone Alasdair MacIntyre, “poseemos, en efecto, simulacros de moral; continuamos usando muchas de las expresiones-clave, pero hemos perdido -en gran parte, si no enteramente- nuestra comprensión, tanto teórica como práctica, de la moral”.

La tradición europea propone cuatro virtudes cardinales (la sabiduría, la justicia, la templanza y el coraje) a las que el cristianismo añadiría las tres teologales (fe, esperanza y caridad). Es cierto que partimos de una base etnocéntrica al considerar las tradiciones de nuestra comunidad como punto de partida, ya que el hombre no puede dejar atrás o ignorar aquello de lo que forma parte, sin caer en un racionalidad o moralidad universal que, como se ha visto, ha fracasado, perdiéndose en abstracciones. El hombre concreto vive en una comunidad y con una historia de la que es heredero (por mucho que el liberalismo se empeñe en tratarlo como un individuo aislado y sin pasado), y cuenta, además, con una concepción compartida del bien sin la cual no puede darse la justicia. El viejo concepto de “bien común”, frente al actual de “interés general”.

Por todo ello debemos no sólo apostar por buscar una solución legal a la lacra de la corrupción, sino alentar la llegada de un rearme moral de los individuos, ya que son los individuos íntegros quienes hacen eficientes a los Gobiernos y a las administraciones públicas y quienes evitan los comportamientos antiéticos y amorales a que nos tiene acostumbrados la actual clase política.

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