Relato de Navidad

Con este relato, Posmodernia les desea una Feliz Navidad.

Las calles, la tarde de Nochebuena, en pleno centro, se iban vaciando. Las luces seguían brillando con su reflejo artificial de colores y formas abstractas, tratando de alargar algo del espíritu navideño de compras y consumo, que poco dice del verdadero Misterio, pero es que el Misterio no vende. Algún rezagado con bandejas o paquetes corría camino a casa, y los grandes comercios iban bajando las persianas mientras se despedían sus empleados, entre falsas risas, gorros navideños y más ganas de estar en casa que allí por sueldos no demasiado generosos.

El Padre Telmo caminaba con su paso habitual, no muy rápido, aparentemente abstraído, con la cadencia de seis décadas cumplidas viendo el mundo pasar y los ojos y el corazón puesto en lugares más recónditos, pero con ganas de llegar también. Le había invitado a cenar una de las familias de la parroquia. Se había resistido todo lo que pudo, tenía que estar de vuelta para la Misa del Gallo, abrir antes y preparar todo, y a sus años, y con sus achaques, cada vez le apetecía más tranquilidad y calma, pero no pudo resistir a la última insinuación de Conchita, la feligresa que le había casi empujado a cenar con su familia:

Desde que murió mi Juan, las cenas son raras. Notas que a los hijos les cuesta, los nietos están a otras cosas con sus móviles, yo preparo lo que les gusta, estamos bien, pero ya no cantamos. Cada vez es más triste. Creo que se han olvidado de lo que de verdad celebramos… sólo quieren regalos y que pase cuanto antes. Creo que yo también quiero que pase cuanto antes… Si usted viniera, igual se acordarían de lo importante…
¿Lo importante? -le preguntó con la sonrisa de quien sabe la respuesta pero con la costumbre de que las cosas no son lo mismo si te las dicen, que si tú las descubres.
Claro, lo importante, que todas las luces son reflejo de la luz que no se ve, y que si se pierde la alegría profunda, solo hay falsas sonrisas…
¿Y cómo puede un viejo cura devolver eso?

No sabía bien cómo le terminó de convencer, pero sí que consiguió una cosa.

Bueno. Iré. Pero con una condición. Innegociable. Si no, no podré ir. Cocino yo. Al menos un plato.

Había habido alguna resistencia, claro, pero al fin Conchita se dejó convencer. No sabía muy bien cómo se le había venido esa idea, de dónde había salido, y casi se sonría, caminando por la calle, para sí mismo, con la ocurrencia. ¡Hacía mucho que no cocinaba! Era algo que siempre le gustó, pero ciertamente, la vida de un párroco, no es que sea una vida con mucha gente cerca, aunque estés rodeado de multitudes. Y cada vez menos, la verdad. No tener a nadie para quien cocinar acaba llevando a apenas cocinar para uno cualquier cosa.

Recordaba las navidades de su niñez y su juventud, su madre con aquel pastel de ave y espárragos que hacía, las perdices que preparaba su padre -la única vez que cocinaba en todo el año-, y a sus hermanos y sus sobrinos poniendo la mesa, preparando las bandejas de dulces, decorando la casa, cortando aperitivos o cantando los villancicos familiares. La cocina repleta de gente y el bullicio de las fiestas.

El seminario había sido otro tiempo alegre, pero enseguida la vida, darse, le había mostrado otro lado de la entrega. Con mucha gente alrededor, pero poca gente cerca. ¿Había tenido una vida feliz? Desde luego que sí. No podía decir que no. Mucha vida dada es siempre fruto de satisfacción, pero la condición humana es como es, y siempre hay un vacío, una soledad que no llena nada… ¿nada? Bueno, Dios, claro que sí. El proyecto del Reino. El mensaje del Evangelio. Eso se decía. Y eso decía a los demás.

Pero siempre está un paso más allá… siempre toca convivir con el aquí y el ahora mientras llega Dios. Siempre nos toca convivir con lo finito, mirando al infinito… Algo así es la esperanza. Vivimos de esperanza.Y es el motor para, no ya solamente sobrevivir, sino para vivir de verdad… y para cambiar el mundo, La esperanza, que es fe y que es amor, a fin de cuentas… Vivimos de esperanza. Y de fe. De no ver, pero de empeñarse…

¿Cómo contarle eso a la familia de Conchita?

A eso se había dedicado toda su vida. Sus homilías, su caridad, su confesión, su trabajo en el colegio… Contarle a todo el que quisiera escucharle que desde aquella Navidad primera de Belén, se había abierto la posibilidad de cambiar la vida, la historia y el mundo… Que allí tampoco se veía, que todo era esperanza, y fe, y amor, como al pie de la cruz, como tras la Pasión.

Pero con los años, parecía que se había quedado sin palabras. Había cambiado todo mucho y a él, que siempre pensó estar al tanto de lo que sucedía, también le había cogido con el pie cambiado. Demasiados cacharros y pantallas, demasiados problemas, demasiada política y economía, demasiadas palabras… y cada vez menos memoria. Más superficialidad. Menos Misterio. Menos silencio. Menos fe.

Igual no tenía que haber aceptado. Y menos con esa tontería de cocinar. Lo suyo hubiera sido estar en casa, tranquilo, cenar su sopa, poner la televisión, un dulce por la Navidad, rezar un rato y ya, hasta la misa, a lo mejor,dar una cabezada en el sillón.

Pero bueno. Allí estaba. Esa era a fin de cuentas su vida. Si alguien le pedía que estuviera para ser testimonio de Dios, era su papel. No quería pensar demasiado qué iba a decir. Eso no funciona normalmente. Haz planes para que Dios se ría, dicen. Así que se había dedicado más que a pensar como hablar a aquella familia de Dios, a qué iba a cocinar para ellos.

De camino iba repasando la receta. Una vieja receta de su madre, la mejor cocinera que ha existido, sin duda, completada con los aportes de su padre, el mejor cocinero de perdices de la historia, sin duda.

Bien. Primero sofreír cebolla con unas gotitas de oporto, después a la sartén la carne picada mezclada con pancetatroceada, lascas de trufas y almendras muy picadas, y con eso rellenar las perdices. Después sellarlas al aceite y estofarlas con zanahoria, laurel, ajo y cebolla, cociéndolas después con caldito de pollo. Y cuando estén hechas a la fuente con la salsa.

Siempre había oído que hay personas que se las conquista por el estómago y él no tenía ni idea si los hijos, las nueras y los nietos de Conchita les gustaría. Tampoco sabía que pintaba del todo allí. Pero bueno. Para qué pensarlo. No todo está en nuestra manos y somos sin más herramientas, medios, manos de otras manos. Él sabría si tenía sentido aquello. Todos esos años hablando de Dios, de valores, de otro mundo, de tradición, de que volver a la fuente para cambiar la manera de ser, para que el mundo fuese de otro modo, tenían sentido. Siervos inútiles somos, y meros sembradores. Otros, o más bien Otro con mayúsculas, será quien recoja.

La casa de Conchita era el número 5, el 3º C, pero al llegar a la esquina de la calle algo pasaba. Había una ambulancia y un coche de policía. Las luces de las sirenas daban un tono extraño, demasiado brillante, a todo. Estridente. Como de miedo. El corazón le dio un vuelco, sin saber por qué. Aceleró el paso. La ambulancia estaba delante del número 5. Un policía estaba en el portal.

¿Qué ha pasado? -preguntó don Telmo alarmado.
Buenas noches, padre – dijo correcto el policía-. Una urgencia médica. ¿Vive aquí?
No, no. Vengo a cenar, con una familia. Nochebuena, ya sabe… ¿En qué planta?
Claro, Navidad… En el 3º.
No será Conchita…
Eh… creo que se llama Inmaculada sí…

Corrió al ascensor. Con un nudo dentro y un vacío en la mente. Tardaba mucho. Se oían ecos de risas y de villancicos, de otros pisos, mientras llegaba el elevador. Pensó en subir las escaleras, pero tardaría aún más con su paso y sus achaques. El corazón se le aceleraba por momentos y la respiración también. Tras plantas no le dieron mucho espacio dentro del ascensor, pero trataba de calmarse y respirar hondo.

En el rellano había una camilla médica a medio subir y la puerta del C estaba abierta. Se asomó a medias con vergüenza y aprensión, y a medias con valor. Un niño lloraba abrazado por una niña mayor en el hall de la casa. Una mesa, cuadros, decoración navideña clásica en torno a un niño Jesús recibían a quien entraba en la casa. Uno de los hijos de Conchita le salió al encuentro, casi que de casualidad, sorprendido y con el rostro demudado, abriendo una puerta que daba a un salón. Había gente asustada, enfermeros o médicos, los otros hijos, las nueras, los nietos mayores…

Padre… -los ojos se le llenaron de lágrimas al hijo de Conchita- se nos va… un ataque al corazón… llevan intentando reanimarla más de media hora… en Nochebuena…
Dios mío… -fue lo único que le salió decir a Don Telmo…

Ni se quitó el abrigo. Casi corriendo se acercó al centro del salón. Habían movido sillones y sofás, dos enfermeros trataban de reanimar a Conchita, tumbada en el suelo, sobre una alfombra, con una especie de mascarilla de oxigeno puesta, la familia alrededor, estremecida, cerca pero a distancia, en una especie de corro. Nadie sabía qué hacer ni qué decir. Dejaban hacer a los sanitarios. Nadie se sorprendió de verle.

Se arrodilló lo más cerca que pudo. Y rezó. En silencio. Encomendando el alma de Conchita. Al levantar los ojos vio, entre luces, al pie de un árbol de Navidad, un Belén de los de siempre. María, José y Jesús. En silencio. Mirándolo todo. Los Reyes al lado. Pastores. Y una pequeña perdiz como regalo y ofrenda al Dios que nace.

Top