Reseña de “Feria”

Reseña de "Feria". Vicente Niño Orti

Título: “Feria”

Autor: Ana Iris Simón

Editorial: Ed. Círculo de Tiza, 2020, 232 págs.


Hay cosas que acaban, realidades que terminan, mundos que alguna vez fueron, y que –según corren las mareas de la vida- parece que están llamadas a la desaparición definitiva, si es que no han muerto ya por siempre, si Dios no lo remedia.

Roger Scrutton decía que hay un conservadurismo innato que nace de la conciencia de que destruir algo es relativamente fácil, pero construirlo ha llevado largas generaciones… y que eso nos hace sanamente conservadores, o por decirlo de otro modo, querer cuidar lo que es frágil y desear que no desaparezca, nos nace el sentido común de que ojalá hubiera realidades que nunca desaparecieran, porque son reales, porque nos han construido, porque son verdad. 

Algo así resuena en la lectura de “Feria” (Círculo de Tiza, 2020) de la periodista Ana Iris Simón (Campo de Criptana, 1990) que con su primera obra retrata con un mucho de desparpajo, un más de poesía, un deje manchego expresivo y propio, y una emoción a veces desatada y a veces contenida entre bromas y veras, un mundo, el rural manchego de una extensa familia hija de la guerra civil española –como todas las familias españolas- que desaparece entre las olas de la posmodernidad y el nuevo siglo.

«Tendré que llevarte al cerro de la Virgen y tendré que decirte que eso es La Mancha y que es de esa tierra naranja de donde venimos, que ese manto de esparto que no acaba nunca es lo que eres. Tendré que explicarte lo que es un Pueblo y sabrás que el nuestro está atravesado por tres realidades: la ausencia total de relieve, el Quijote y el viento. Tendré que recordarte que eres nieto de familia postal, bisnieto de campesinos y feriantes, tataranieto de carabinero exiliado y de quincallera, y que sientas entonces que eres heredero de una raza mítica».

Ana Iris Simón creció escuchando a sus abuelos el relato de dos mundos que se desvanecen. Unos, feriantes, quejándose de que cada vez tenían más trampas y menos perras, porque a medida que la vida se convertía en una feria —la de las vanidades—, la auténtica feria dejaba de tener sentido. Los otros abuelos, campesinos, le transmitieron el arraigo mágico de la tierra. Y fue ese abuelo el que la llevó un día a un almendro y le dijo que lo había plantado él, así que pa ella era su sombra.

Feria es una oda salvaje a una España que ya no existe, que ya no es. La que cabía en la foto que llevaba su abuelo en la cartera con un gitano a un lado y al otro un Guardia Civil. Un relato deslenguado y directo de un tiempo no tan lejano en el que importaba más que los niños disfrutaran tirando petardos que el susto que se llevasen los perros. También es una advertencia de que la infancia rural, además de respirar aire puro, es conocer la ubicación del puticlub y reírse con el tonto del pueblo. Un repaso a las grietas de la modernidad y una invitación a volver a mirar lo sagrado del mundo: la tradición, la estirpe, el habla, el territorio. Y a no olvidar que lo único que nos sostiene es, al fin, la memoria.

Rezumando críticas a las falsas promesas de la modernidad, esas que nuestra Esperanza Ruiz describía en su artículo de El debate, Simón reconoce en sus páginas que ese vivir peor que sus padres no es referido en exclusiva a las condiciones económicas y materiales de una generación infatilizada y atontada por el desarrollo tecnológico y por los señuelos del entretenimiento, sino a algo más profundo relativo a la identidad y al desarraigo. El progreso de este mundo de plataformas digitales, festivales de conciertos, exposiciones deconstruidas, restaurantes de falsa comida artificial, urbes masificadas, vacaciones hipotecadas en manoseados destinos aparentemente exóticos y limpios, y falsos relatos destructivos de la familia, el género, la paternidad y la patria, es una inmensa mentira que destruye todo lo mejor de la persona. 

Con 30 años cumplidos Ana Iris Simón es capaz de relatarnos no solo un mundo desaparecido, el suyo, el nuestro, sino hacerlo con momentos de profunda emoción y verdad -el capítulo dedicado a su hermano, la omnipresencia de la familia como fuente de quien uno es realmente o el dedicado a un soñado futuro hijo derraman lirismo y verdad a partes iguales-, a la par que haber captado las mentiras de lo que nos rodea –la deconstrucción de la masculinidad desde las modas y el consumo o las mentiras del ascensor social desde esas élites burguesas que quieren abajarse culturalmente sin perder estatus y humillando aún más a quienes piensan enaltecer-, con espacios para la memoria histórica y social –las menciones a ETA, la familia de estirpe comunista, el futbol, la inmigración que no es lo mismo, o las modas de los 90 y 2000-, hasta vislumbrar que podría haber sido de otro modo –con antológicos mementos como las menciones a Ramiro Ledesma o a un nebuloso antepasado carlista amén de que toda mujer ama en su corazón a un fascista-, y hacerlo además todo ello sin perder ni humor ni amor en el recuerdo… y en la esperanza.

Porque pese a lo que pueda parecer no es solo una oda a lo perdido. Feria es de algún modo una reivindicación de la voluntad y la esperanza, de que mientras haya quien opte por arraigarse en la familia, en el solar familiar, en la memoria y la identidad recibida, en la patria y la estirpe, en la experiencia heredada de lo sagrado –incluso la religiosa con momentos fascinantes de una espiritualidad recibida y custodiada sin saber muy bien cómo ni siquiera por parte de su autora- hay esperanza en que el mundo puede y debe ser de otra manera.

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