Rod Dreher. El hogar es un templo

Rod Dreher. El hogar es un templo. José María Sánchez Galera

Hace un par de años Rod Dreher (Baton Rouge, 1967) estuvo unos días por España para presentar su libro La opción benedictina (Encuentro, 2018). Hubo muchos que no entendieron la propuesta de este norteamericano que, en su momento, pasó del metodismo al catolicismo, y luego a la rama rusa ortodoxa, ofuscado por los escándalos de pederastia que no han dejado en buen lugar a un considerable número de diócesis fieles a Roma. Ahora ha regresado a la Piel de Toro para hablar de otro libro: Vivir sin mentiras (Encuentro, 2021), en el que expone lo que él denomina «totalitarismo blando», que es la nueva religión secular cuyos concilios se celebran en la ONU y en el Parlamento Europeo, y cuyos focos de proselitismo forzoso son Google, Amazon, Facebook, Apple, entre otras corporaciones del Gran Capital. Un ejemplo fácil para saber en qué consiste este «totalitarismo blando»: el mismo día en que Pedro Sánchez concede la amnistía encubierta a sus socios golpistas, la presidenta europea, Ursula von der Leyen, amenaza a Hungría por no permitir que se impartan en los colegios magiares charlas de adoctrinamiento «LGTBetc». Por cierto, doña Ursula es democristiana.

Dreher viaja bastante por Europa, y ha aprendido mucho de su mitad oriental, que durante casi dos generaciones estuvo sojuzgada por Moscú, con gobiernos comunistas interpuestos. Según Dreher, y según muchas de las personas con que ha hablado, ahora se repite en Occidente lo que sucedió al otro lado del Telón de Acero. En cierto modo, Vivir sin mentiras es un complemento de La opción benedictina. Cada libro se comprende mejor leyendo el otro. En ambos casos denuncia el ocaso de la civilización cristiana y la implantación de un nuevo credo, hostil al predicado por los apóstoles y que había supuesto hasta hace poco el cimiento del Viejo Continente. Frente al progresismo woke, la «agenda de género», el globalismo y las conquistas del gallardete arcoíris al que le falta el color celeste —o sea, el de María, que de pequeños sabíamos que era diferente del añil—, Dreher reivindica la familia cristiana. Y en una doble vertiente: hacia afuera, para mostrar su compromiso e influir en la sociedad; hacia adentro, para crecer en la fe. En realidad, sin la vertiente interna no se puede dar la externa. Dicho de otro modo, la fe cristiana se agosta en el estío progresista, si no hay una raíz fuerte. Y esa raíz fuerte es la familia en tanto que iglesia doméstica.

La familia es la alternativa al totalitarismo progresista. Cada miembro de la familia no es un clon mental, pero con diferente color —esa sería la forma de proceder de la llamada «diversidad», que, en realidad, no cree en el pluralismo—, sino que cuenta con una especificidad querida por Dios y aceptada por los padres y hermanos. La singularidad es inherente al ethos cristiano. Por otra parte, la familia se fundamenta en un sacramento. De ahí que el hogar sea, o deba ser, un templo. O, en palabras de Dreher, un «monasterio doméstico». Según el autor de La opción benedictina, el silencio y el orden han de ser elementos constitutivos de un hogar cristiano. Una casa cristiana debe respirar un bonus odor Christi que conduzca a Dios; debe ser un lugar donde la oración surja con naturalidad. No se trata de que cada hogar sea un calco de un convento de capuchinos, sino de que muestre la huella de Dios, su armonía, su belleza, su sutileza. Por tanto, ha de ser un espacio que rompa, que contraste con el Siglo. El jaleo de los chiquillos se asemejará más al sonido de un encabritado río de agua limpia que al ruido de gallinero de la televisión. La austeridad de la casa no será una imposición del Foro Económico Mundial, sino una esbelta elegancia de señorío. Será un hogar, con un horario y una mesa para comer tras la bendición, y no un piso compartido. Será el sitio donde podamos desconectarnos de los gadgets y las apps. Habrá un tempo humano que evocará a la quietud de Nazareth. Al traspasar el umbral de una casa cristiana, debemos sentir que pisamos suelo sagrado, de igual modo que nos invade esta intuición en un campo de trigo cuajado de amapolas.

Top