30 años del fin de la historia de Fukuyama (II)

30 años del fin de la historia de Fukuyama (II). Daniel López Rodríguez

Francis Fukuyama sostenía que la «tesis»era el liberalismo decimonónico, la «antítesis»el bolchevismo, el fascismo y la Guerra Fría contra la URSS, y la «síntesis»el liberalismo triunfante de Occidente que imperaría en el Nuevo Orden Mundial (desde luego liderado por Estados Unidos, que más que una democracia, aunque lo sea, es un Imperio, porque de ahí radica su fuerza, y no -como piensan los más ingenuos- de la democracia). «¿La idea del “fin de la historia” desenvuelta a la sombra del Imperio actual “realmente existente”, no estará calculada para sugerir que la “esencia” de este Imperio ya ha sido realizada?» (Gustavo Bueno, «España», El Basilisco, Nº 24, http://www.filosofia.org/rev/bas/bas22403.htm, Oviedo 1998,  pág. 45).

En boca de Fukuyama «fin de la historia» (expresión que no acuño Hegel sino el filósofo y político francés Alexandre Kojève) no significaba otra cosa que la democracia liberal no tenía alternativa, y ni el nacionalismo (es decir, el antiglobalismo) ni el fundamentalismo religioso (como el integrismo islámico) tenían la suficiente potencia para destronar a la democracia liberal.

Para Fukuyama la filosofía de Hegel ha sido «filtrada a través de los lentes distorsionadores del marxismo», y por ello quería purificar a Hegel de impurezas marxistas, pensando que «sin la ideología marxista-leninista tenemos muchas más posibilidades de ver la Common Marketization de la política mundial que la desintegración de la CEE por una competitividad propia del siglo diecinueve». Pero despojar a Hegel del marxismo, como si éste no hubiese pasado por la historia, es puro puritanismo (valga la expresión). No asimilar el marxismo es como ser pre-copernicanos, y asimilar el marxismo supone asimilar el leninismo, el estalinismo y la caída de la Unión Soviética; pues la filosofía de Marx no queda intacta tras el auge, desarrollo y caída de la Unión Soviética y sus satélites (aunque desde luego también habría que contar con la República Popular China). A estas alturas del siglo XXI, e incluso en el siglo XX, Marx es ininteligible sin el marxismo en todas sus manifestaciones.

La muerte de la ideología marxista-leninista «significa la creciente Common Marketization de las relaciones internacionales, y la disminución de la posibilidad de un conflicto en gran escala entre los Estados. Esto no significa, por motivo alguno, el fin del conflicto internacional per se». Es decir, el ideólogo japo-estadounidense veía en el fin del marxismo-leninismo no ya el principio de la paz perpetua, es decir, el fin de la historia de la Realpolitik de la dialéctica de Estados, pero sí un avance de la democracia y lo que ello supone es acabar con la guerra entre al menos los Estados democráticos. 

El liberalismo, piensa Fukuyama, sólo podría ser entorpecido por enemigos menores de tendencia nacionalista o religiosa, pero no perturbado en su inexorable avance de pacífica competencia económica. «Fukuyama, impelido por su entusiasmo profético, desdeña demasiados factores que el tiempo ha revelado vigorosos y con una gran capacidad para desestabilizar el orden mundial» (Fernando López Laso, «El metamorfismo de Marx», FronteraD, http://www.fronterad.com/?q=metamorfismo-marx, 2014).

La muerte de la ideología comunista significaba para Fukuyama «la disminución de la posibilidad de un conflicto en gran escala entre los Estados». Pero añade: «Esto no significa, por motivo alguno, el fin del conflicto internacional per se. Porque el mundo, en ese punto, estaría dividido entre una parte que sería histórica y una parte que sería pos histórica. Incluso podrían darse conflictos entre los Estados que todavía permanecen en la historia, y entre estos Estados y aquellos que se encuentran al final de la historia. Se mantendrá también un nivel elevado y quizás creciente de violencia étnica y nacionalista puesto que estos impulsos aún no se han agotado por completo en algunas regiones del mundo pos histórico. Palestinos y kurdos, sikhs y tamiles, católicos irlandeses y valones, armenios y azerbaijaníes seguirán manteniendo sus reclamaciones pendientes. Esto implica que el terrorismo y las guerras de liberación nacional continuarán siendo un asunto importante en la agenda internacional. Pero un conflicto en gran escala tendría que incluir a grandes Estados aún atrapados en la garra de la historia, y éstos son los que parecen estar abandonando la escena. El fin de la historia será un momento muy triste. La lucha por el reconocimiento, la voluntad de arriesgar la propia vida por una meta puramente abstracta, la lucha ideológica a escala mundial que exigía audacia, coraje, imaginación e idealismo, será reemplazada por el cálculo económico, la interminable resolución de problemas técnicos, la preocupación por el medio ambiente, y la satisfacción de las sofisticadas demandas de los consumidores. En el período poshistórico no habrá arte ni filosofía, sólo la perpetua conservación del museo de la historia humana. Lo que siento dentro de mí, y que veo en otros alrededor mío, es una fuerte nostalgia de la época en que existía la historia. Dicha nostalgia, en verdad, va a seguir alentando por algún tiempo la competencia y el conflicto, aun en el mundo poshistórico. Aunque reconozco su inevitabilidad, tengo los sentimientos más ambivalentes por la civilización que se ha creado en Europa a partir de 1945, con sus descendientes en el Atlántico Norte y en Asia. Tal vez esta misma perspectiva de siglos de aburrimiento al final de la historia servirá para que la historia nuevamente se ponga en marcha».

Pensar -como lo hacía Fukuyama siguiendo a Alexander Kojève, que a su vez seguía a Hegel desde una interpretación materialista y atea del idealismo del gran filósofo alemán- en un «Estado homogéneo universal» (el Estado de la era «poshistórica») que resolvería todas las contradicciones y en el que todas las necesidades humanas resultasen satisfechas y en el que, al no haber luchas o conflictos en torno a grandes asuntos, se pudiese prescindir de generales y estadistas, es pensar de un modo no muy alejado del pensamiento Alicia. Se trata, en definitiva, de una degeneración de la filosofía hegeliana en la vía del fundamentalismo democrático (en su rama liberal más recalcitrante). Y como los demócratas fundamentalistas son tan estupendos y exquisitos, cualquier cosa que se aleje un solo milímetro de sus sacrosantas posiciones es considerado como el mal absoluto. 

El fin de la historia lo comprenden los fukuyamistas no ya como la culminación de un período específico de la posguerra sino como «el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano». Aunque se matiza:«Lo cual no significa que ya no habrá acontecimientos que puedan llenar las páginas de los resúmenes anuales de las relaciones internacionales en el Foreign Affairs, porque el liberalismo ha triunfado fundamentalmente en la esfera de las ideas y de la conciencia, y su victoria todavía es incompleta en el mundo real o material. Pero hay razones importantes para creer que éste es el ideal que “a la larga” se impondrá en el mundo material. Para entender por qué es esto así, debemos, primero, considerar algunos problemas teóricos relativos a la naturaleza del cambio histórico» (Patricio Barros, http://www.librosmaravillosos.com/elfindelahistoriayelultimohombre/pdf/El_Fin_de_la_Historia_y_el_ultimo_hombre-Francis_Fukuyama.pdf).  

No obstante, en el año 2004 Fukuyama reconoce que «la modernidad de Occidente liberal resulta difícil de alcanzar para muchas sociedades del mundo» (Francis Fukuyama, La construcción del Estado, Traducción de María Alonso, Ediciones B, Barcelona 2004, pág. 17). Aunque añade: «El internacionalismo liberal, al fin y al cabo, ocupa un lugar de honor en la política exterior estadounidense. Estados Unidos fue el país que fomentó la Liga de las Naciones [de la que el Congreso no aceptó su ingreso], las Naciones Unidas, las instituciones de Bretton Woods, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, la Organización Mundial del Comercio (OMC) y muchas otras organizaciones internacionales» (Francis Fukuyama, La construcción del Estado, Traducción de María Alonso, Ediciones B, Barcelona 2004, pág. 157, corchetes míos).

Ante el orden establecido por Estados Unidos como abanderado de la democracia liberal, el desarrollo del mismo será indefinido y sólo queda sacar decimales: como extender la propia democracia, proteger el medio ambiente contra el «cambio climático» (considerado por el oficialismo como antropogénico a causa de la emisión de CO2por las fábricas) a través de las economías sostenibles, y acabar con la pobreza mundial. Sólo hay que seguir el camino de la democracia liberal y su justicia y todo lo demás se nos dará por añadidura, porque se trata de una axiomática fundamentalista democrática (frente a la estromática contrafundamentalista del materialismo filosófico). 

En 1999 Fukuyama da un paso más y se atreve a pronosticar el transhumanismo: «El carácter abierto de las actuales ciencias naturales indica que la biotecnología nos aportará en las dos generaciones próximas las herramientas que nos van a permitir alcanzar lo que no consiguieron los ingenieros sociales del pasado. En ese punto, habremos concluido definitivamente la historia humana porque habremos abolido los seres humanos como tales. Y entonces comenzará una nueva historia pos humana».

Hay que tener muy en cuenta que Fukuyama es partidario de «la forma de vida “protestante” de riqueza y riesgo» contra «el camino “católico” de pobreza y seguridad». Un dualismo absurdo, inspirado en la famosa tesis de Max Weber, que no se sostiene tras un mínimo ejercicio de análisis serio.

Fukuyama era preso de un modelo expansivo o centrífugo unilineal de globalización democrática incoada (no cumplida, porque su cumplimiento es imposible), pero que consideraba virtualmente cumplida dado el aparente imparable avance del sistema democrático en diversos países bajo la tutela de Estados Unidos. 

Continuará. 

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