Apadrina un panel

Apadrina un panel. Axel Seib

No siendo especialmente mayor, se me aparecen flashes del pasado en las RRSS que contrastan con el tiempo presente. Debe ser lo que llaman «progreso», un avance tan rápido hacia ninguna parte lógica, que causa nostalgia a los pocos años.

Recuerdo una red social en particular, llena de parientes progres publicando en su muro para que donases tapones de plástico a favor de un niño enfermo. Tiempos añejos. Pero ya han pasado. Y, al parecer, se acabaron los niños enfermos y los tapones. Han desaparecido o, pareciera, ya a nadie le importan la sanidad pública y los niños enfermos. O es que han descubierto la cura para el cáncer. Pero tengo otra teoría.

Y es que el clima es el nuevo niño enfermo. Y en lugar de donar los tapones de plástico para conseguir fondos para su cura, tenemos que llevarlos pegados a la botella. ¿Por qué? Porque parece ser que la gente lanzaba los tapones separados de la botella y contaminaban. Ahora se puede lanzar la botella entera en el bosque y el medio ambiente ni se entera. Una vez más la sabiduría de nuestros líderes nos ha salvado del caos climático y del sentido común. Porque sin ellos, es evidente que somos incapaces de ponerle un tapón a una botella. Y los niños enfermos han desaparecido. ¡Aleluya!

Apuesto que la próxima medida para salvar el clima, sea coser los calzoncillos a los pantalones y así lavarlo todo de una vez. Y sabiendo que hay gente que hace uso intensivo de sus prendas íntimas, ahorraremos en agua, energía y suavizante.

Pero, personalmente, propongo aprovechar la ocasión para cambiar tradiciones y campañas que se han quedado obsoletas. ¿Qué barbaridad es esa de «apadrina un olivo»? ¿Qué queremos? ¿Destruir el planeta y el medio ambiente? Y aceite barato, seguro. Hay que combatir esas barbaridades del pasado. Hay que actualizarse. Espero que Von der Leyen tome nota y apruebe una campaña europea de «contra el fascismo y los olivos centenarios, apadrina un panel solar». Hay que acabar con el negacionismo climático. Aunque tengo que decir que me costó entender el concepto de «negacionismo climático». Al comienzo me pareció entender que significaba que alguien negaba la existencia del clima. No sabía que existía tal gente. Pero si, luego lo entendí. Cada currela con una Berlingo diésel es un negacionista climático. Cada pareja europea que tiene un hijo, es negacionista climática. El agricultor que no quiere arrendar sus tierras y se las terminan expropiando para llenarlas de paneles solares, también es negacionista. Y el trabajador que se come un filete en el menú del día. O el mismo trabajador cuando pone la calefacción en invierno. O, peor, cuando pide hielo en verano. Estamos rodeados de psicópatas que quieren que nos extingamos. Von der Leyen, Pedro y otros muchos miembros de las élites lo saben mejor que nosotros. Como si lo hubieran planeado ellos o sus jefes.

Hay que proteger nuestro medio ambiente para unas siguientes generaciones que no quieren que tengamos. Por eso hay que llenarlo todo de paneles solares.Y necesitan nuestro apoyo. Los olivos pueden tener siglos, pero la urgencia es poder cargar una gigantesca batería china para hacer 300 km.

Hace no tanto tiempo escuchábamos que sin las abejas, el planeta se iría por el desagüe. Ahora parece que ya importa menos. Tenemos una plaga de avispa asiática campando por Europa. Refugiados climáticos, quizás. Hay que protegerlas. Aunque esas avispas tengan tendencia a acabar con las abejas europeas.

Más paneles y menos panales. Puede que se nos llene el continente de avispa asiática y que nuestras abejas y la apicultura estén en peligro, pero las abejas están sobrevaloradas. Cada mochuelo a su olivo. Perdón, a su panel. Que cada administración decida si quiere encargarse de una especie invasora y garantizar que nuestras abejas polinicen nuestra flora. Aunque no son los gobiernos globalistas europeos muy dados a proteger de especies de invasoras. A veces no parece ni incapacidad, parece premeditado. Bueno, que las abejas estén contentas, les pagarán las pensiones. Si es que queda alguna.

Si queremos salvar el planeta, tenemos que entender que los olivos sobran. Las extensas llanadas y laderas con olivos optimizados tras siglos para aprovechar cada gota de agua y producir alimento, son nocivas. El planeta nos llama. Y hoy necesita 100.000 olivos menos. Mañana, 200.000. Y también necesita menos presas. Lleva 50 años una pescadilla de agua dulce sufriendo porque no puede hacer 60 km seguidos. Deberíamos hacer una campaña para conseguir tapones y pagarle a esa pescadilla un exótico viaje por los mejores arroyos de la India. Bueno, no, perdón, botellas enteras. Que los tapones de plástico son los clavos del ataúd del clima.

Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y es posible. Por lo menos cuando el «progreso» insiste en su caída en barrena para que no queden testigos tras el desastre. Nada producido por la consustancial nostalgia que tenemos todos por nuestro pasado. Es pura observación de hechos. Y cuando el absurdo y la memez avanzan cada vez más rápido y con menos reparos, todos vemos el ayer con más cariño. Aquellos felices momentos en que 100.000 árboles menos no eran una buena noticia. O cuando la posibilidad de que todo el país se quedase a oscuras, era una teoría de la conspiración sin fundamento. Los mismos momentos en que plantearse dar incentivos fiscales a coches de 50.000 euros y plantearse prohibir los coches de los trabajadores, era poco menos que perder el gobierno para siempre. Bueno, también eran tiempos en que los enchufados sabían dónde trabajaban y las señoritas de compañía trabajan en «casas públicas» pero no en empresas públicas. Y no hablo de hace décadas, no hace falta retroceder tanto para ver que avanzamos hacia abajo en una imparable carrera a favor de la gravedad.

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