El oscuro ocultamiento de la luz       

El oscuro ocultamiento de la luz. Jesús Cotta Lobato

Tradición, religión y naturaleza humana han sido siempre las tres autoridades que han inspirado nuestra conducta, nuestras esperanzas y la manera de desplegar nuestras capacidades y satisfacer nuestras necesidades. Por desgracia, a partir de la Ilustración, el hombre, emancipado de Dios, se sintió con derecho a juzgarlas desde una autoridad superior: la razón autosuficiente, la única con capacidad y legitimidad para guiar al hombre. Desde entonces, comenzó a tenerse la percepción de que alejarse de esas tres autoridades nos conduce al Progreso. Cada vez que se afirma que tal o cual medida o tal cambio supone un progreso, casi siempre es porque nos aleja un paso más de la tradición, de la religión y del ámbito de la naturaleza humana. Luego, ideologías como el marxismo o la revolución de Mayo del 68, infatuadas revisoras de todo lo anterior a ellas, han hecho también un gran trabajo contra estas tres autoridades derribando figuras ejemplares o respetables o naturales, como el padre y la madre, el profesor, el policía, el sacerdote, el misionero, el aristócrata.

Esa idea de Progreso nos ha calado tanto, que hemos acabado dando por legítimas todas las tácticas para desplazar, negar, ridiculizar o apagar las luminarias con que esas tres autoridades nos alumbraban en la noche de la vida: lo bello, lo sagrado, lo normal, lo natural, lo respetable…. Tres de esas tácticas son la reivindicación de lo oscuro, el menosprecio de lo bello y el tabú contra lo normal; la primera es una enmienda a la religión, la segunda, una enmienda a la tradición y el tercero, el último en llegar, una enmienda a la naturaleza humana.

La primera táctica, la reivindicación de lo oscuro, es un ataque directo a la tradición grecorromana y cristiana de la cultura occidental, donde los malos de la película siempre han sido ogros, brujas, dragones, demonios, en fin, los que no respetaban esas tres autoridades, que es lo mismo que decir los sin Dios; ahora que no es Dios nuestro referente, sino el yo emancipado, los sin Dios no tienen por qué ser necesariamente los malos, sino los más libres, los más sabios en realidad, incomprendidos, desprejuiciados, independientes, que sacaban el máximo partido a su potencial humano, mientras que los antes tenidos por buenos son ahora presentados como sus verdugos, ignorantes, intolerantes y alicortos; las brujas, en tantas reinterpretaciones históricas, son ahora mujeres inteligentes que excedían la capacidad limitada de comprensión de hombres aherrojados por el oscurantismo, y literatura y cine se llenan de personajes siniestros, pero de buen corazón, como licántropos que han sufrido mucho, vampiros que son delicados amantes, familias monstruosas mucho menos hipócritas que las buenas familias… El malo ya no es el Minotauro que devoraba muchachas y muchachos, sino Teseo, alevoso ejecutor de una bestia incomprendida (ya abrió paso a esa interpretación el magnífico relato Asterión, de Borges).

Ese revisionismo que se hace de lo ejemplar y luminoso ha abierto en el arte muchas puertas interesantes, pero también puede venir motivado por un ajuste de cuentas con las limitaciones que imponen la tradición, la religión y la naturaleza humana, es decir, con Dios; su razonamiento vendría a ser el siguiente: un Dios que nos prohibió el árbol más interesante para que desobedeciéramos, es decir, que nos hizo libres para poder castigarnos, como decía Nietzsche, es un Dios alevoso contra el que compensa rebelarse como un león, para ser libres y poderosos, como bien nos anunció la serpiente.

El mismísimo Lucifer se ha visto beneficiado por ese revisionismo de lo luminoso, y, por eso, de ser una figura viviente de la fealdad y del resentimiento (como son los diablos de la Divina Comedia o del «Jardín de las Delicias») ha pasado a ser una figura atractiva, poderosa y fascinante, hecho a sí mismo a pesar de tener al Todopoderoso en su contra, y poseedor de un poder y un conocimiento que el hombre no puede lograr si sigue siendo sumiso a Dios (como el fascinante Satanás del Paraíso Perdido, o el Mefistófeles de Fausto). El auge del satanismo, disfrazado de autocreación del hombre y amor al conocimiento, le debe mucho a ese revisionismo de la luz.

Recuerdo en concreto a un alumno que me dijo que quería aprender latín para traducir su Biblia Negra; cuando le dije que era mejor la Biblia blanca, la de siempre, porque tenía historias apasionantes y luminosas, y que era preferible creer en ángeles a creer en demonios que sólo querían oscurecerle el alma, rechazó mis argumentos con una mueca de superioridad. Las tácticas del ocultamiento de lo oscuro habían hecho con él un gran trabajo.

Este ajuste de cuentas con los seres de la luz es un rincón oscuro de nuestra época. Los rincones son siempre difíciles de barrer y a veces crían sucios duendes. Uno de los grandes retos de padres, profesores, artistas, poetas… es desactivar de mil maneras inteligentes y variadas y sugerentes esa idea destructiva de Progreso para desactivar así una de sus tácticas más sucias: la táctica del ocultamiento de lo luminoso.

 

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