El Silencio

El Silencio. Fernando Sanchez Dragó

Así se llama la última y muy reciente novela de DonDeLillo. Es de este año, aunque su acción transcurre en 2022. La edita Seix Barral. Acabo de leerla. Es domingo. Cinco amigos quedan para cenar en un apartamento de Manhattan. «De pronto», dice la contraportada, «un apagón deja el mundo a oscuras y las conexiones digitales se cortan». Es un relato breve, seco, conciso, de ciento ocho páginas que son otros tantos derechazos ‒o izquierdazos… Doy por hecho que DeLillo ha votado a Biden, aunque no me consta. Allá él‒ asestados en la mandíbula del lector. Con él se adentra el novelista en algo que parece ciencia ficción, pero que no lo es, y en un género literario que está de moda, aunque viene de antiguo, pues lo inventó el evangelista Juan en su retiro de Patmos: el Apocalipsis. No es para menos.

DeLillo escribió esta novela antes de que estallara la pandemia. Nadie, en aquel momento, podía imaginar la hecatombe que se nos venía encima. Lo sucedido en los diez últimos meses, si nos atenemos al cómputo chino, o en los ocho, si aceptamos el que propuso, mintiendo y manipulando, el actual gobierno español, traslada la perspicacia futurista del autor a los estrictos confines del hic et nunc. Nadie en su sano juicio, aunque éste sea hoy patrimonio de muy pocos, ignora que el apagón tecnológico y el electroshock digital son inevitables, aunque sea imposible establecer el momento exacto en que se producirán. Cuestión de tiempo. Pero lo que estremece en la novela de DeLillo no es la videncia de ese futuro, sino la evidencia de que no ha sido necesario esperar a que las pantallas se apaguen para que el mundo se detenga. El parón se ha hecho viral, y no en la acepción metafórica del adjetivo, sino en su literalidad. Para comprobarlo basta, por ejemplo, con que yo me asome en este instante al balcón de la casa en la que escribo. Está en el centro de Madrid. Son las cinco de la tarde, hora de Ignacio Sánchez Mejías. El día es soleado. En la calle no se ve un alma. Nadie. Los bares están cerrados y selladas las tiendas por sus persianas metálicas. Ni siquiera hay deposiciones de perros. Es como si hubiese caído la bomba atómica limpia, ésa que según sus inventores no derrumba edificios ni daña el pavimento, pero transforma en éter a las personas.

Permitan que reproduzca unas líneas de El silencio. Son éstas: «¿Acaso el tiempo ha dado un salto adelante, como dice nuestro joven amigo, o bien se ha desmoronado? ¿Y acaso las gentes de las calles se van a convertir en hordas salvajes, asilvestradas, que entrarán a la fuerza en todas partes, por todo el planeta, rechazando el pasado, completamente desligados de todos los hábitos y patrones?».

¿Les suena? ¿No es eso, exactamente eso, con pavorosa precisión, lo que está pasando? O mejor dicho: parte, sólo parte, de lo que está pasando. Porque hay mucho más, y no es bueno.

Sincronías, convergencias, coincidencias, casualidades, causalidades, causualidades… Valgan dos ejemplos no por anecdóticos menos estremecedores. Son de esta misma semana. Uno de ellos, a mayor abundamiento, se ha producido en Córdoba, ciudad matriz de Posmodernia. El otro en Granada.

Empiezo por el último… La unidad de Igualdad de la Universidad de esa ciudad ‒cuatro palabras consonantes. Disculpen la cacofonía‒ enmienda la plana al papa Gregorio y propone que se feminice la nomenclatura de la calendaria (sic). Hoy, según sus miembras, es doce de noviembra de dos mil veinta. Por favor, responsablas de Posmodernio: no lo escriban en cursivo. Dentro de poco lo admitirá el Academio de lo Lenguo.

Y acabo con lo de Córdoba (o Córdobo)… Esta mañana he colgado un pasquín en Twitter: «Mi hijo de ocho años quiere ser como su papá. El otro día me dijo que iba a ser escritor. Un mentís al parricidio moral de la consejera de Igualdad del Ayuntamiento de Córdoba. Aunque no tiene atributos viriles ni grandes ni pequeños, ha tenido que envainársela». Seguro que el lector ya sabe de lo que hablo. También alude mi tuit a la delirante puntualización anatómica de una podemita valenciana que calcula el índice de agresividad de los varones en función del tamaño de su órgano reproductor. ¿Vuelve la criminología fisonómica de Lombroso?

Las consecuencias implícitas de los dos ejemplos, por chuscos y hasta divertidos que sean, son terroríficas. Los filósofos de la Hélade, encabezados por Heráclito y por Parménides, que fue sacerdote de Apolo y pilotaba experiencias de incubatio, sabían muy bien que si desaparece el tiempo, desaparece también el espacio, y viceversa. Tomen nota en el claustro de Granada.

Y sin salir de la Hélade, pero refiriéndonos a sus grandes trágicos, y sobre todo a Sófocles, que remiten directamente a Shakespeare, a Freud y al psicoanálisis, igual de notorio es lo que sucede si se dinamita y decapita al padre. Lo que con su cabeza rueda es el principio de autoridad y el de ejemplaridad. Casi nada. 

Lo sé, lo sé… No han de faltar voces acusicas que me impongan el sambenito de la heteropatriarcalidad. Yerran el tiro. Soy ecuánime. También he colgado en Twitter este alfilerazo: «Espero, por su bien, que las hijas de la consejera de Igualdad cordobesa, si las tiene, no quieran ser como su mamá». Sospecho que, si lo fuesen, se quedarían para vestir santos.

Sin tiempo, sin espacio, sin padre, sin madre, sin principio de autoridad, sin ejemplos… Así andamos. No tiene nada de particular que las nuevas generaciones ‒sean o no del PP. De ellas viene Casado‒ se vayan por ahí de botellón encogiéndose de hombros y ajenas a cuanto sucede. «Si ya habíamos asimilado la tecnología como una parte esencial del ser humano. ¿qué queda de nosotros, de nuestra identidad, si nos vemos obligados a renunciar a ella?». No soy yo. Es, de nuevo, la contraportada de El silencio quien lo dice.

No es una novela policiaca. No destripo nada si revelo su final…

«Marx no está escuchando. No entiende nada. Está sentado delante del televisor con las manos entrelazadas detrás de la nuca y las manos hacia fuera. 

«Y luego mira la pantalla vacía».

Lo demás es silencio.

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