Galicia: lengua y nacionalismo de derechas

Si volvemos los ojos a la evolución de los dialectos del latín en España, bien podría haber sido el gallego la lengua franca que, como sucedió con el castellano, a fuerza de ser la común a todos los españoles se convirtiese en el español. La producción lírica en las lenguas romances comienza precisamente en el siglo XII en Galicia y es seguida en Portugal, León y – solo un poco más tarde – en Castilla. Todos conocemos las Cantigas de Alfonso X el Sabio (Cantigas de amigo, Cantigas de amor y Cantigas de escarnio y maldecir), pero menos conocido es que en la corte castellana el gallego era lengua culta y docta más allá de trovadores como Martín Codax, que tan popular sería en el siglo XIII. El posterior proceso de evolución socio-cultural llevó al castellano y no al gallego a convertirse en el idioma común de todos los españoles. El castellano no se expande fruto de la imposición, sino de la utilidad para comunicarse entre comerciantes, pastores, soldados, campesinos o jornaleros de todas las regiones de España y como lengua de la repoblación y la reconquista. Su registro culto y su uso literario harían el resto.  Con la llegada de la modernidad las otras lenguas romances, que, como el gallego, habían sido tan importantes en el medievo, fueron quedando en desuso. 

En el caso de la literatura en gallego, al llegar el siglo XIX vive una nueva etapa de florecimiento.  El conocido fenómeno del Rexurdimento, encabezado por Manuel Murguía, Rosalía de Castro, Curros Enríquez, Eduardo Pondal y otros autores, representa esta nueva producción literaria en gallego. En paralelo al plano cultural, en el plano político, fruto de una fuerte influencia del romanticismo alemán, también surgen los anhelos nacionalistas en Galicia. El culto al Volkgeist en Galicia va anudado al culto a la lengua, que ha de ser devuelta a su lugar de honor y a su carácter nacional.

En los inicios del siglo XX, el nacionalismo gallego de derechas y de izquierdas, con las Irmandades da Fala a la cabeza, aboga por fundamentar la singularidad del espíritu del pueblo gallego esencialmente en la lengua. Su manifiesto fundacional afirma: “Galicia tiene todas las características esenciales de la nacionalidad, nos denominamos, de hoy para siempre jamás, nacionalistas gallegos, ya que la palabra regionalismo no recoge todas las aspiraciones ni encierra toda la intensidad de nuestros problemas”. Este culto al Volkgeist aparece meridianamente claro en todo momento en el galleguismo, por ejemplo, en Villar Ponte: “Por consiguiente, nuestro ideal, el ideal que perseguimos los nacionalistas gallegos (e igual que nuestro ideal para con Galicia es el de los catalanes, vascos y andaluces con referencia a Cataluña, Vasconia y Andalucía) es, pura y simplemente, el de reconstrucción de nuestra patria con todo lo que a ella es inherente, y el de reconquista de su espíritu en sus múltiples y varias manifestaciones”.

Pero muchas figuras de la intelectualidad nacionalista, como Castelao, literato a la vez que orate del galleguismo, no pueden evitar caer también en la tentación del sentido biológico. Prueba de ello es el culto a la raza celta que se detecta en el galleguismo. Ya Murguia reivindicaba el celtismo como seña de identidad gallega, despreciando la romanización: “El día en que las tribus célticas pusieron el pie en Galicia y se apoderaron del extenso territorio que componía la provincia gallega, a la cual dieron nombre, lengua, religión, costumbres, en una palabra, vida entera, ese día concluyó el poder de los hombres inferiores en nuestro país”, para concluir, “el celta es nuestro único, nuestro verdadero antepasado”. Pondal tachaba de vagos, rudos y gente del infierno a los españoles.  Castelao en 1947 aún insistía en estos postulados raciales: “Y si la raza fuese, en efecto, la determinante del carácter homogéneo de un pueblo, sin que por así creerlo incurriésemos en pecado, bien podría Galicia enfrentar su pureza con el mestizaje del resto de España, atribuyéndole a la sangre árabe la indisciplina, la intolerancia y la intransigencia con que los españoles se adornan”. En Vicente Risco, otro intelectual que une nacionalismo y literatura en gallego también podemos encontrar posturas claramente antisemitas: “El odio de las razas radica en un fondo del alma inatacable por el razonamiento. Es un instinto. (…) Y digo yo: ¿es posible que un sentimiento tan unánime contra los judíos no tenga una causa real? Tiene que tenerla. Todo instinto corresponde a una causa; el instinto atina siempre, adivina las causas”.

Ya con la II República el nacionalismo gallego hace evidente su confusión entre cultura gallega y política nacionalista, a través de sus principales líderes, políticos y escritores o intelectuales en su mayoría. En las candidaturas que se presentan a las elecciones de junio de 1931, por provincia de Orense, el Partido Nazonalista Republicán de Ourense (PNRO), aparece como cabeza de lista Ramón Otero Pedrayo, del sector católico conservador. Y en la provincia de Pontevedra, Castelao, del sector izquierdista, es elegido al frente de la Candidatura Galleguista. Además, dos dirigentes históricos del nacionalismo gallego, Antón Villar Ponte y Ramón Suárez Picallo, salen diputados por Coruña dentro de las listas de la ORGA.

El conjunto de los nacionalistas, ya de izquierdas o derechas, relegan sus diferencias ideológicas para trabajar en pos de la oportunidad para la construcción nacional que les brinda la II república y fundan el Partido Galeguista en diciembre de 1931. El galleguismo político desde mediados del siglo XIX hasta 1931, siempre fue minoritario, con predominio de profesionales liberales, escritores y apenas un puñado de comerciantes y pequeños empresarios. De hecho, el Partido Galeguista en el momento de su fundación tan solo contará con 750 afiliados.  En julio de 1936 tenía 5.000, prácticamente los mismos que el PSOE. Aunque Castelao era el líder del partido y centró sus prioridades en conseguir un Estatuto de Autonomía, el sector derechista del nacionalismo gallego se alarmó por la bolchevización que experimentaba la II República, y se radicalizó en sus demandas de autogobierno, precisamente para huir del extremismo izquierdista que reinaba en España.   En abril de 1935 en la IV Asamblea del Partido Galeguista se impusieron las posturas izquierdistas de Castelao y Boveda y se aprobó la alianza con los republicanos de izquierda, pese a la oposición frontal de los derechistas. La pugna se saldó con una escisión por la derecha de la que nació la Dereita Galeguista de Pontevedra. Vicente Risco y Ramón Otero Pedrayo también se marcharon del partido cuando en 1936 apoyó al Frente Popular. El 28 de junio de 1936 se celebró finalmente el referéndum del Estatuto gallego, que fue aprobado, aunque nunca entraría en vigor al estallar la guerra civil. 

En materia lingüística su art. 4 preveía los siguiente: “Serán idiomas oficiales en Galicia, el castellano y el gallego; pero en las relaciones oficiales de la Región con autoridades de otras Regiones y con las del Estado, se usará siempre el castellano.

Todo escrito que se presente a Tribunales y Autoridades redactado en gallego, será reproducido en castellano cuando lo pida parte interesada; y lo mismo se hará en cuanto a notificaciones de todas clases.

Las copias de documentos redactados en lengua regional, que los fedatarios expidan en castellano, bien a instancia de parte o porque hayan de producir efectos fuera de Galicia, deberán contener también el texto en gallego.

Los funcionarios que se designen para actuar en la Región deberán acreditar conocimiento de la lengua gallega”.

Tras la guerra civil, el franquismo por supuesto que prohíbe todo dislate separatista, pero en modo alguno las lenguas regionales.  En los años 40 aparecen poesías en gallego en la revista falangista El Escorial. El propio Álvaro Cunqueiro compagina galleguismo con falangismo. En 1950 se funda la editorial Galaxia, que hasta la fecha sólo publica obras en gallego,su fundador es el conocido nacionalista Ramón Piñeiro López, que interviene desde 1943 en la reorganización clandestina del Partido Galeguista, siendo detenido en 1944, y condenado a tres años en prisión, antecedentes que para el régimen franquista no son obstáculo alguno para permitir su obra cultural en gallego. En 1963, con ocasión del centenario de la publicación de Cantares Gallegos, de Rosalía de Castrose instaura el Día de las Letras Gallegas, que en su manifiesto fundacional ensalza la literatura en gallego, con claras alusiones galleguistas: “A celebración do centenario diste acontecimento, convida a reconsiderar o siñificado do mensaxe transmitido nos “Cantares”. Un mensaxe que, tanto como esprito e pobo, tanto como universalismo e galeguidade, foi, estéticamente, un mensaxe de palabra e poesía”. “No caso de Galicia, ningunha data máis axeitada pra enaltecer e difundir o libro eiquí producido, que a que conmemora a pubricación da obra coa que se encetóu o prestixio contemporáneo das Letras galegas”. Evidentemente esa mítica persecución del gallego durante el franquismo no es más que un cuento, otra de las falsedades del nacionalismo actual para construir su discurso victimista, secundado por las izquierdas y en no pocas ocasiones por las derechas.  Es más, en el Decreto 1433/1975, de 30 de mayo, con Franco aún vivo, se introducían oficialmente las lenguas regionales en la Educación general. La política lingüística franquista siempre fue mucho más tolerante con las lenguas regionales que la francesa, pese a ser el régimen español una dictadura y el francés una democracia. Políticamente incluso se permitió cierto regionalismo que no fuera incompatible con la idea de la unidad de España y tan sólo se persiguió el separatismo, no por que usase el gallego, el catalán o el vascuence como lengua, sino por su intención de destruir la Nación española. Buena prueba de la permisividad del franquismo con el galleguismo de derechas son las palabras pronunciadas por Fraga, ministro franquista, con ocasión del fallecimiento del fundador de la editorial Galaxia, Ramón Piñeiro, en 1990: “el galleguismo no podía ser únicamente la bandera de un partido, sino un compromiso pleno de todas las fuerzas políticas y sociales”. 

Con la llegada de la democracia, el art. 3.1 de la Constitución establece que, “el castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”. Junto a la lengua española aparecen las lenguas regionales como cooficiales allí donde existan, según también proclama el art.3.2 de la Constitución, que remite a los respectivos Estatutos de Autonomía su regulación. Y aquí surge el problema del uso político nacionalista de las lenguas regionales. Cuando se proclama en las normas autonómicas de Cataluña, Valencia, Baleares, Galicia y País Vasco, que sus respectivas lenguas regionales son su lengua “propia”, se está proclamando que el español es allí una lengua extraña o foránea.

En Galicia, Fraga, partidario, como hemos visto, del galleguismo,  permite que la idea de normalización lingüística se desarrolle legislativamente a partir del art. 5 del Estatuto de Autonomía (“la lengua propia de Galicia es el gallego”) y de esta manera en la Ley de Normalización Lingüística se proclama en su art. 4 que “el gallego, como lengua propia de Galicia, es lengua oficial de las instituciones de la Comunidad Autónoma, de su Administración, de la Administración Local y de las Entidades Públicas dependientes de la Comunidad Autónoma”, para seguir en su art. 6.3,  “los poderes públicos de Galicia promoverán el uso normal de la lengua gallega, oralmente y por escrito, en sus relaciones con los ciudadanos”. Se da así un proceso paralelo, en versión moderada, de la inmersión lingüística catalana.

No debemos olvidar que el nacionalismo gallego de derechas  desde la mitad del siglo XIX nunca desapareció de la escena política española y con la nueva fase política que se abre con la Constitución del 78, intenta sin éxito resurgir con Coalición Galeguista. Pero crear un PNV o CiU como en Vascongadas y Cataluña, no cuaja en Galicia, donde las veleidades separatistas no están bien vistas por la mayoría de la población, que no olvidemos, mostró su indiferencia por la autonomía con ocasión del referéndum de autonomía, en el que el 73,8 % de los gallegos no acudió a votar, aprobándose el Estatuto con un minúsculo 20,80% del apoyo de los ciudadanos gallegos. 

Ante esa realidad buena parte del nacionalismo de derechas se integró en Alianza Popular y luego en el PP de Galicia. Gerardo Fernández Albor, admirador de Castelao, venia de los ambientes galleguistas de los años 50 y 60, junto a Domingo García-Sabell, Ramón Piñeiro, Fermín Penzol y durante la Transición forma parte del nacionalismo moderado agrupado en torno a Realidade Galega. Manuel Fraga Iribarne le pide que encabece las listas electorales de AP en Galicia en las primeras elecciones autonómicas, convocadas en octubre de 1981. Tras ganar dicha convocatoria electoral, logra la presidencia de la Xunta de Galicia. El galleguismo de Albor era moderado, diríamos, más regionalismo que nacionalismo: Galicia es “una región en el sentido europeo de la palabra”, en tanto que su singularidad se proyecta más allá de las fronteras de España como pregonera de ésta y “formadora de la cultura occidental a través del Camino de Santiago”. Según Albor lo que perseguía era “que Galicia tuviera voz en España”. El proyecto personal de Fraga trataba de integrar a todo este nacionalismo gallego que desde el siglo XIX ideológicamente era cercano a las posturas conservadoras, y que ahora se consideraba de centro-derecha. En 1991 la formación nacionalista moderada Centristas de Galicia se diluye dentro del PP de Galicia y Fraga logra que el Partido Galeguista nunca tenga peso político. 

Pero todo este movimiento galleguista que se apoya desde el PP implica la vuelta a la confusión de cultura y política. Empezando por un simple concepto regionalista, que con Fraga se limita a la reivindicación de la cultura popular gallega, la literatura en gallego y una limitada visión de la lengua gallega como propia, más tarde se fue desenvolviendo, adquiriendo más importancia hasta rebasar los estrechos límites del regionalismo para alcanzar su verdadera extensión, su auténtico contenido nacionalista, Con Feijóo triunfa el nacionalismo moderado, nacionalismo no rupturista, pero nacionalismo. Núñez Feijóo afirma que representa una “mayoría social” que cree que Galicia es “parte de la nación española”, pero compatible con defender “la doble nacionalidad, la doble cultura y la doble lengua” de los gallegos y considera que PP tiene que “ocupar el espacio que ha ido dejando Convergència i Unió”. En 2014 incluso llegó a afirmar que “Si usted coge la historia de Galicia y la historia de Cataluña, con todos los ejemplos y todos los matices que se pueda poner, hombre, yo creo que nosotros, en fin, históricamente, ¿eh? Creo que tenemos muchos elementos para considerarnos, en lo que en la terminología se dice, nación sin Estado “.

Declaraciones aparte, con Feijóo la lengua gallega se convierte en la única lengua escrita en la Xunta y la administración local gallega. Incumple sus promesas electorales a Galicia Bilingüe e impone el gallego como lengua vehicular en la educación, donde a fecha de hoy, tan solo se puede estudiar en español las asignaturas de Matemáticas, Tecnología y Física, llena todas las actividades económica y educativas de planes de dinamización de  la lengua gallega y permite el adoctrinamiento en libros de texto y actividades escolares, que son controladas directamente por organizaciones separatistas en la órbita del BNG, como Mesa pola normalización lingüística. 

Quizá políticamente el nacionalismo de derechas haya sido exorcizado para que de momento no se deslice hacía el separatismo, pero por contra, al ponerse la cultura gallega plenamente en manos del nacionalismo, ya sea de izquierdas o derechas, se ha abonado el terreno para que las fórmulas políticas separatistas calen en la sociedad gallega.  Si en 1981 a la aplastante mayoría de los gallegos les importaba un bledo la autonomía y el separatismo era rechazado casi unánimemente, tras estas décadas de componendas con el nacionalismo de derechas, el panorama ha cambiado radicalmente, ya que se ha aupado, no ya el nacionalismo de izquierdas, sino un separatismo ultraizquierdista, hasta el punto de que el BNG ha conseguido el apoyo del 20 % de los electores, cuando a principios de los 80 los grupos en su línea ideológica no eran más que formaciones testimoniales. Con unas juventudes gallegas a las que llega machaconamente el mensaje nacionalista, poca barrera habrá cuando el relevo generacional traiga la reforma constitucional para convertir España en una confederación de naciones. 

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