La política es arte de prudencia, pero no sólo de prudencia: también de inteligencia y, llegado el caso, valor. Cuando el poder se establece sobre lo ilegítimo, o él mismo se deslegitima por laminación de los principios básicos que garantizan la convivencia democrática, es de obligación oponérsele con todos los medios que la ley y la razón ponen a nuestro alcance.
No es momento de cálculos electorales. No es momento de aritméticas parlamentarias. Es hora de echarle valor, tomar la verdad por argumento y dirigirse al pueblo. Es hora de recurrira las ciudadanía. Con fuerza, con tranquilidad, teniendo claros los objetivos, como dijo el otro: ¡Hacia las masas!