Destiempo

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En el punto de mira

Teorías de la conspiración

Lleguemos a pensar que se convocan elecciones. Sabe que, por muchos altercados que produzcan afines al régimen en las calles para movilizar a votantes que deberían inhibirse por haber producido las lamentables condiciones actuales por su fanático e inquebrantable apoyo a todo lo que diga su Pedro, las elecciones están perdidas. Por mucho agravio que crea que ha generado con la propaganda de Maricarmen, no tiene los votos de su infame «Ley de Nietos», tampoco los votos de todos aquellos a los que ha traído y ha regalado la regularización.

Marruecos nos ha declarado la guerra comercial y España se ha rendido sin disparar

El régimen alauí lleva años desplegando una auténtica guerra híbrida, en la que la ofensiva comercial y económica constituye una de sus herramientas estratégicas más relevantes. Sus continuas victorias, como la que asfixia a la población de Ceuta este verano, no son por casualidad, sino más bien por la desidia criminal del gobierno español que mira para otro lado.

Ceuta y el colapso definitivo del régimen del 78

En los prolegómenos del nefasto Régimen del 78 se dio uno de los episodios más vergonzosos de la historia de España: la cesión del Sahara Español a Marruecos sin disparar ni un tiro. Estaba Franco todavía vivo, pero a causa de su enfermedad asumió interinamente la jefatura del Estado el que más adelante seria coronado como Juan Carlos I, y uno de los principales responsables de la implantación de este Régimen miserable.

Marruecos lo quiere todo

Hay una palabra que resume la política exterior española con Marruecos desde hace años, y esa palabra es sumisión, porque se entregó el Sáhara para comprar tranquilidad y no se compró absolutamente nada, se entregó la voz, el voto y el prestigio de un país que se suponía serio, y lo que ha llegado a cambio son setenta mil personas empujadas contra una frontera y un ministro extranjero reivindicando Ceuta y Melilla en una televisión que ven millones de personas en todo el mundo árabe.

¿Y si sí?

¿Y si reconocemos el problema? ¿Y si decidimos enfrentarlo de cara y con todas las consecuencias? ¿Y si el español al que quieren hacer pensar que es mejor abandonar su casa y dejársela a un invasor decide decir «no»? ¿Y si decidimos reconocer a nuestro enemigo como tal y tratarlo de modo coherente?

El 2 de diciembre de 2018, a eso de la medianoche, mi amigo Ernesto asomó al balcón de su casa, en Granada, para observar el paso de una improvisada movilización callejera que respondía al llamamiento de Pablo Iglesias —recuerden su famosa “alerta antifascista”—, en protesta por el resultado de las elecciones autonómicas que acababan de celebrarse. El buen hombre —me refiero a Ernesto, que sí es un buen hombre, no como otros también mencionados en este párrafo—, contemplaba tan sereno y escéptico aquel escaparate de iracundia sin sentido cuando uno de los manifestantes alzó la vista y de inmediato la voz, y lo fulminó desde la vía pública: “¡Fascista!”.

Días después comentábamos la jugada por mensajería telemática:

—Al final lo he conseguido, ya puedo decir que en esta vida me han llamado de todo.

Tal cual. A la generación que por no tener no tiene letra, ni año significativo de referencia, sin anclaje en lo memorable cultural ni más subrayado histórico que el biologista baby boom de los 50, se la ha llamado de todo. Para nuestros padres, no digamos nuestros abuelos, éramos sospechosos de “melenudos” y por tanto afeminados, peligrosamente escorados hacia el hipismo primero y el comunismo después —entendiéndose que “comunismo”, en aquellos tiempos, era todo lo que no ajustase con las Leyes Fundamentales del Reino—. Poco más tarde, sin saber muy bien por qué, desde el mismo estribor donde remábamos empezaron a llamarnos “machistas” si no revisábamos nuestra posición sentimental en los sutiles y poderosos entramados de la vida cotidiana, de tal manera que si uno se quejaba porque su novia o esposa le había metido cuernos aparatosos como el perchero de un marqués, era por machismo. Todo esto sucedía mientras del lado de babor se clamaba contra el “izquierdismo” puerilizante que nos devoraba y nos convertía en estantiguas estériles, rémoras de un pasado insurreccional, incapaz de mover molino en un nuevo mundo donde Constitución, Monarquía y Consenso eran mucho más dogma que la Santísima Trinidad. Tiempo mediante, ya convencidos de que, en efecto, aquel empecinamiento antisistema no llevaba a ninguna parte, fuimos conversos. Oportunistas o renegados, o las dos cosas. Y siguió la fiesta.

Y ahora, al cabo de décadas inmisericordes, cambiada la pulsión emotiva y el sentido del remo, los de Monarquía dicen República, los de Consenso dicen Tercera Transición, los que rezaban Reconciliación blasfeman Memoria Democrática, y todo así, patas arriba, y como un servidor y muchos servidores como yo estamos un poco hartos de tanta carambola y tanto ir del caño al coro, nos quedamos donde estábamos, con firmeza acogidos al sano escepticismo en lo que concierne a inventos doctrinales, tan sólo confiados en la lógica de la historia, despreciando disparates ilógicos que brotan en cabezas a veces jóvenes y a menudo provectas aunque sin asesar; y claro, la consecuencia es inevitable: “Fascistas”.

De todo nos han llamado.

Llegamos tarde a todo. A destiempo siempre. Los flequillos de los Beatles nos pillaron en la infancia, Mayo del 68 en la tierna adolescencia, la transición española en plena juventud inexperta y, francamente, desnortada. Siempre había otros más preparados, más curtidos, más listos, más mayores, que iban recogiendo lo que entre muchos ayudábamos a sembrar, el pollo del arroz con pollo por así decirlo. Tarde llegamos al reparto. Peor que tarde: descolocados. No negaré —no me gusta ser quejica—, que se ha hecho lo que se ha podido por abrir brecha en aquel mundo de males menores que tan antipático nos parecía, porque lo era; mas cualquier logro en tal sentido —no poco brillantes muchos de ellos, protagonizados por personal de mi quinta—, fueron siempre, siempre, a contracorriente. Esa es la puñetera verdad. Yo creo que somos la generación incordio, como esos invitados a una boda que no se sabe dónde colocarlos y al final acaban en la mesa de los etcéteras, con el tío abuelo viudo de malas pulgas y la prima solterona, borrachuza y faltona. Somos, en fin, los “esos” del “¿qué hacemos con esos?’”. Hace un montón de años, en un templo granadino erigido a la posmodernidad y la noche loca ochentera, me lo aclaró uno de los propietarios del famoso local: “Míranos, con treinta y tantos y simulando ser jóvenes”. Otra puñetera realidad: pasamos, sin darnos cuenta, de demasiado jóvenes para ser adultos a demasiado viejos para parecer jóvenes. Los del baby boom somos excepción geográfica universal. Para la mayoría, los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur —con perdón por citar a Vicente Huidobro sin acotarlo—; y hacia el norte no se puede ir y en el sur no hay nada para nosotros.

Pero mira, no hay mal que por bien no venga. Gracias a la pandemia coronavírica, llevamos un par de meses en los que mi generación y sus gentes, en el sentido sociológico amplio, desde los nacidos en 1960 a los paridos en 1950, están otra vez de moda. Necesitan que nos vacunemos. Todas y todos necesitan que nos vacunemos. ¡Astrazéneca o muerte!, claman los poderes públicos, la autoridad sanitaria y el flujo mediático. Les falta aclarar: “Con perdón por la redundancia”. Nos llaman, sí. Nos persuaden, nos admonizan, nos hacen la rosca, nos catequizan. “Solidaridad”, dicen. “Inmunidad”, suplican. Tengo la impresión de que el día que vaya a vacunarme lo haré en nombre de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Porque iré, tarde o temprano. Seguro. No se apuren los organizadores del evento, que no voy a faltar. Pero denme tiempo. Tregua, por favor…

Pues, ¿saben qué sucede? Que por primera vez en la vida siento que las puñeteras verdades de mi existir, como las de tantos otros, se convierten en imperativo de supervivencia. Y por una vez, no me apetece llegar a tiempo. Espérenme con calma, con la misma que yo pienso tomarme, porque soy demasiado joven para arriesgar mi futuro por un pinchazo mal dado, y demasiado viejo para sentirme generoso.

Ya iré. Pero hoy no, desde luego.    

José Vicente Pascual
José Vicente Pascual
Escritor y novelista

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