iDaimon

iDaimon. José Vicente Pascual

Hace unos años —bastantes—, sufrí un percance en la vía pública. Tropecé con los materiales de una obra, dejados en medio de la acera a la buena de Dios, y di con mi osamenta en tierra, aparatosamente como suele decirse. Quedé lesionado de la rodilla derecha, detalle este último innecesario porque igual da joderse la rodilla derecha como la izquierda. Gracias a que llevaba el móvil encima puede sortear el trance: llamé a una ambulancia, telefoneé a mi mujer, que se encontraba de viaje, para enterarla de que ese día iba a estar un poco ausente, y avisé a mi casera para que me hiciese el favor de buscar a alguien que paseara al perro. Mis asuntos quedaron más o menos en orden. Desde entonces, nunca salgo de casa sin llevar el celular, con suficiente batería a ser posible.

Poco antes de aquel suceso había oído la expresión “cordón umbilical” a una psicóloga para referirse al artefacto telefónico. Una especie de seguro para viandantes medrosos, hipocondríacos o agorafóbicos.

Lo de “cordón umbilical” no quedaba mal, pero el fenómeno de fusión entre la individualidad y el teléfono celular ha evolucionado mucho desde aquellos tiempos. El celular ya no es solamente un dispositivo útil en casos de emergencia, ni un pasatiempo para peatones aburridos. Es mucho más.

Se ha escrito en abundancia sobre la función que cumplen los teléfonos móviles y el cambio real que han introducido en nuestras vidas, siempre en relación determinada por las posibilidades comunicacionales que ofrece. Desde organizar un escrache a entablar una videoconferencia con la familia, el abanico de servicios eficientes es inmenso. Sin embargo, se ha tratado muy poco el efecto personal, íntimo, de asunción de identidad, compartida no sólo en el entorno de nuestros contactos sino revertida hacia la propia imagen que trazamos de nuestra singularidad, finalmente determinada por esa unificación usuario-terminal que genera, me atrevo a sugerir, un nuevo concepto asociable al moderno individuo: el ciudadano disperso en el ser social, fenómeno precipitado merced a la perfecta dignidad daimónica del teléfono móvil.

El yo —ego, se decía en mis tiempos—, el yo sublimado y el yo inconsciente siempre tuvieron referentes ideográficos de carácter mítico, filosófico, moral y religioso. Del “destino privado” de Homero, como “protector del hombre”, al “intermediario” entre el individuo y los dioses argumentado por Platón, el daimón se instituye en todas las culturas como ese elemento externo a la personalidad que nos vincula, por una parte, con la idea enaltecida de nosotros mismos, imaginados plenos en territorios más allá de las cosas; y, por otra, nos comunica espiritualmente con la voluntad superior —acaso suprema—, del destino, la divinidad o las fuerzas cósmicas que rigen el devenir de los seres concretos. En las culturas precolombinas es constante la presencia transcendental del daimón vinculada a características animales, bien por su fuerza –el jaguar—, por su agilidad y elegancia —el cóndor, el águila—, o cualquier otra característica admirable en el ideario primitivo. Igual sucede con las culturas indígenas de norteamérica, no digamos en los ámbitos civilizacionales euro-asiáticos. Cada virtud y cada anhelo, y cada error y cada mal, tienen su daimón; su espíritu. La misma cultura europea se levanta sobre un imaginario frondoso de lobos en occidente y vampiros en oriente, representaciones ideológicas de la cultura hiperbórea enfrentada a su temor más acendrado: lo que llega de más allá del Cuerno de Oro y contamina la pureza civilizada: vampiros. El ángel de la guarda y el diablo son perpetuos daimoniuns bajo cuya mirada vive el europeo cristianizado, sea en versión católica, protestante o anglicana —los ingleses, como siempre, con su puntito y aparte—.

No es cuestión de abrumar con ejemplos, entre otras razones porque este artículo no versa sobre antropología sino sobre qué sé yo. La evidencia, sin embargo, nos aboca a una realidad que debería ser materia de estudio, precisamente, por los antropólogos: el vínculo daimónico, históricamente y en todos los casos, se presenta con dos sujetos distintos partícipes en la alianza: el ser humano y la representación idealizada de su afán o su temor, cada cual con sus características diferenciadoras; pero la renuncia unificadora del individuo contemporáneo con su terminal telefónica consigue una identidad exclusiva, no escindida, diferencial respecto al grupo y al mismo tiempo integradora en la fuerza incontenible de la proyección social. El yo, el yo sublimado y el yo inconsciente pierden vigencia y, lo peor de todo, capacidad operativa, en favor del único yo posible: el social. La significación real del terminal celular como puerta-llave hacia esa expansión ya no es algo externo al individuo sino que forma parte del propio yo; una expansión que, por otra parte, resulta redentora y alienante al mismo tiempo, sin que haya discordancia en los términos pues toda propuesta de redención conlleva una distorsión aceptada y más o menos profunda de la realidad.

Por así expresarlo: el móvil soy yo, mi vida contada a mis amigos —es posible y coherente que no conozca en persona a la mayoría de ellos—, mis recuerdos grabados en fotos o en vídeo, mis opiniones expresadas en redes sociales, blogs, etc; el celular contiene mis ideas y mis “principios”, mis convicciones políticas, morales y religiosas —quien las tenga—, los hitos más relevantes de mi actividad en todos los ámbitos, mis relaciones profesionales, mis logros y fracasos, mi familia y aventuras sentimentales, mis aspiraciones más elevadas y mis objetos de deseo más conspicuos. Y mis finanzas, no olvidemos ese detalle fundamental. Todo. El celular, por contener, contiene la modesta pretensión de vida eterna instalada en “la nube” por los siglos de los siglos, cuando yo desaparezca. Ya no hay que rezar para “hablar con Dios”. Dios vive en algún rincón de Google que aún no hemos visitado, acaso porque todavía está sin indexar.

Las consecuencias de todo esto —con mis disculpas por ponerme tan estupendo—, están por ver: psicólogos, psiquiatras y politólogos tiene la Nueva Iglesia que sabrán responderme. Lo que sí tengo claro desde hace mucho es por qué la gente, por lo general, se molesta tanto y reacciona con tanta acritud y mala leche cuando se le lleva la contraria en redes sociales y otros sitios de intercambio de insultos —iba a escribir “intercambio de ideas”, pero esa expresión ya no tiene sentido—. El personal se comporta así porque si nos oponemos a cualquier manifestación de su yo social fijada en punto de vista, estamos atacando, nada menos, que a su móvil y lo que su teléfono móvil dice de ellos. Es como si escupiéramos sobre su ángel de la guarda, o su espejo emblema —sea animal o cosa—. O sobre su Dios. Pues bien cierto: en materia de celulares y lo que la vida digital significa para nuestra civilización y los individuos civilizados, nadie es ateo. 

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