Precariado y (no) futuro

Precariado y (no) futuro. José Vicente Pascual

Acabásemos: la famosa reforma laboral, tan porfiada por nuestro no menos famoso gobierno y aprobada gracias al voto majadero de un diputado del PP, dispuesto a dar lo mejor de sí mismo el día en que se votó la norma en el Congreso, consistía en contar a los parados como si fuesen futbolistas, a veces en el banquillo y a veces en el terreno de juego pero siempre con el contrato vigente, en orden. La verdad discontinua es verdad muy verdadera al menos la mitad del tiempo, y eso tiene un valor, qué duda cabe. A partir de ahora, cuando alguien esté en el paro, esperando a que el mercado lo recupere, continuará con su contrato vivo y, en consecuencia, no constará en las listas del desempleo. No cobrará, o cobrará el desempleo mínimo, no trabajará pero no estará sin trabajo. A ese milagro lo llaman los anglosajones “quedar como fantasma en stand by”, y en mi pueblo le dicen “vivir de ilusiones”.

Un egregio tertuliano de esos que de todo entienden y de todo opinan, definió la situación perfectamente hace unos días: “Si no vuelven a contratarlo, pasado el período de estacionalidad, tiene derecho a indemnización por despido y a cobrar el subsidio de desempleo, o sea que mejor aún”. Más claro el agua, y al fin hemos alcanzado el meollo de la cuestión: la precariedad es el paraíso prometido a las clases trabajadoras. No hay que darle muchas vueltas para entenderlo y comprender de una vez qué planes tienen la gente que nos gobierna, los que manejan el núcleo de la economía nacional y, por supuesto, las oligarquías globalistas que dirigen el mundo. Lo importante no es que se pueda aspirar a un buen empleo, protegido socialmente a mejor fortuna, sino que todo el mundo confíe en la capacidad del Estado y las élites que lo controlan en asegurar un mínimo vital que garantice una pobreza digna, con salarios escuetos pero casi suficientes, subsidios perpetuos que mantengan a la plebe en ese radiante casi-casi, mucho tiempo libre para dedicarlo al ocio sostenible y mucho contenido ideológico para despistar los malestares y calmar la mala hostia de los pastoreados. En esencia, eso es el precariado. Los nuevos tiempos que llegan y siguen llegando y ya nunca van a marcharse.

Trabajar cuatro, cinco, seis meses al año y disfrutar de internet los doce meses del mismo período —con metaverso y todo, no crean—, es el culmen en este nuevo concepto de la felicidad universal. No hay por qué tener muchas cosas, o unas cuantas cosas importantes. Ni siquiera hay que poseer cosas. Nada; de nuevo el “casi”: casi nada. Lo importante es que no vamos a morir de hambre, seremos pobres pero no miserables y habitaremos en una sociedad donde nadie mirará a nadie con resentimiento ni desprecio porque todos andarán más o menos parejos en este asunto de la indigencia. El invento ya funciona en países baratos que se desenvuelven perfectamente, como Cuba, Corea del Norte, Venezuela o Nicaragua. Como dijo aquella valiente activista bolivariana: “Papas no hay, pero tenemos yuca; plátano no queda, pero tenemos una patria”.

Y no crean que la precarización va a alcanzar solamente al ámbito laboral. Nada de eso. En la medida en que el nervio productivo de una sociedad se difumina, se trivializan igualmente todas las manifestaciones del ámbito convivencial, sean tangibles o pertenezcan a la esfera de lo inmensurable: la cultura, la política, las relaciones humanas, la familia, la tradición y la fiesta. Si Mozart no queda al alcance de todos, el autotune nunca falla; si no hay un Julio Anguita a quien pedir buen consejo, siempre podremos echar mano de revolucionarios como Errejón; si echarse novio/a se pasa de moda, queda el recurso del poliamor virtual; a falta de matrimonio con hijos, pareja inestable con perro; en vez de pasar las vacaciones en el pueblo, que es muy caro, Ryanair a Cabo Verde, para comprobar con júbilo que hay gente aún más menesterosa que nosotros; si no podemos celebrar los sanfermines porque son una fiesta bárbara y basada en el maltrato animal, felicitémonos el Ramadán y zampemos manjares halal, que son muy sanos. Nuestro mundo avanza. Firme, compactado, feliz en su determinación, camina imparable hacia la apoteosis final. Aplausos. El año que viene, si se ha acabado la guerra en Ucrania, a lo mejor hasta ganamos Eurovisión. Y a seguir tan valientes.

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