Todo está escrito, nada está dicho

Todo está escrito, nada está dicho. José Vicente Pascual

“La belleza es el camino del hombre sensible hacia el espíritu”, afirma Thomas Mann en La muerte en Venecia; una frase que en los corrientes tiempos de inclusividad, visibilidad y ofendibilidad no soportaría ni la criba del editor ni el linchamiento de las buenas gentes dedicadas al ocio inquisitorio. El problema —el sufrido lector ya se habrá dado cuenta—, es el término “hombre” como sintagma neutral, integrador del concepto humanidad. Naturalmente, de nada valdrían explicaciones sobre el origen tanto etimológico como ideológico del concepto, sustantivo derivado del humuslatino en conexión con los orígenes narrativos bíblicos: “Dios creó al hombre y los hizo varón y mujer”.  Exhumarinhumarhomenajehomicidahumilde, serían otras palabras derivadas del barro clásico, ese humus de la lengua de Virgilio que tanto aborrece la autoridad educativa, al extremo de haberla desterrado prácticamente del bachillerato. Y tampoco serviría de nada, ni se nos ocurra pensar cosa distinta, apelar a la definición de hombre que ofrece el Diccionario de la Lengua —RAE— en su primera acepción: “ser animado racional, varón o mujer”. 

Thomas Mann y los traductores de Thomas Mann son revisables, también cancelables para los/as más recalcitrantes en la histeria woke. Todo es revisable, criticable, válido como excusa para generar oleadas de indignación entre las masas abuhadas por las dos grandes verdades del pensamiento alicia: “lo que me gusta es verdadero y debe ser obligatorio; lo que no me gusta es pernicioso y debe ser prohibido”. Aunque, sinceramente, hay algunas características de esta batahola, algunos pintoresquismos y caprichos conductivos que me producen desconcierto —mucho—, por cuanto tienen de arbitrario y paradójico. Y entre todas aquellas incongruencias, me llama la atención que el rigor inclusivista —por llamar de alguna manera a esa estupidez—, sólo se mantiene alerta, implacable, en lo que concierne al uso del idioma español, o llamémosle castellano, decayendo con ligera gracia, en pudoroso silencio, cuando toca a otras lenguas habladas en la península, como el catalán o el gallego. Del portugués no hablo porque a nuestros vecinos conviene dejarlos tranquilos, y del euskera no digo más porque no soy experto ni mínimo conocedor de idiomas inventados, como el antedicho, el esperanto, el catalán “normalizado” balear y desgracias semejantes.

Hablando del catalán —normalizado, decretado o plisado—, estoy esperando que alguna feminasta furiosa como corresponde, algún colectivo de escritoras airadas o de cantautoras sin depilar ponga algún día el grito en el cielo por el uso de la forma pronominal “tothom”, cuyo significado sería “todo el mundo”, “todos”, y en general es utilizado para referirse a una colectividad, sin especificar el género gramatical de los individuos. En la raíz etimológica de hom no merece la pena abundar, es el mismo humus del que salió el hombre —varón y mujer—; aunque hay una variante curiosa en el asunto, muy singular si la comparamos con su correlativo en castellano: el decurso histórico de la vieja lengua de Pla y los conformadores estructurales lingüísticos han tenido la trastienda suficiente para atribuir al sustantivo hom un significado eminentemente neutro: “ser, ente, objeto (de algo), cosa, ‘lo que está’”. O sea: el etimológico “home” —hombre—, queda desterrado del ideario común catalanoparlante.  Consecuencia: el pronombre tothom no es culpable de machismo lingüístico; el castellano hombre, sí.

Quiero pensar —no lo pienso, pero quiero pensarlo— que las lenguas habladas en espacios culturales limitados se desenvuelven con cierta fragilidad, en un ecosistema inestable donde cualquier cambio o trastorno por influencias ajenas al mismo idioma tendría resultados preocupantes, en exceso agresivos para con el núcleo civilizacional del que surgen. Por el contrario, los idiomas expandidos por varios continentes y en entornos etnológicos muy diversos son como dinosaurios, enormes catafalcos gramaticales que portan una inmensa carga cultural a la que afectan muy poco, a veces nada, las disrupciones ideológicas que intentan vehiculizarlos en pro de visiones del mundo sectarizadas. Desde esta perspectiva, los “experimentos de género” con el idioma castellano y la piadosa tolerancia hacia las “formas machistas” de otras lenguas no tendrían la menor relevancia. Dicho en caso práctico: al castellano le quitas “el hombre” y te queda “la humanidad” —universal femenino, como todos, por cierto—; al catalán le discutes el “tothom” y lo dejas herido del pie derecho. Juro que no es suficiencia. Es la realidad. Y además, qué quieren que les diga: me alegro enormemente de que mis queridos compatriotas hablantes en catalán estén libres de la pesquisa, el acoso y el ingenio de los censores de la lengua. Seguramente viven tan felices en el hogar de su venerable idioma, sin que el comando moscorrofio les llame a la puerta. Tan felices como deberíamos vivir los demás… Pero en fin, qué le vamos a hacer: de sana envidia también se vive.

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