Aquellos olores que a veces regresan

Aquellos olores que a veces regresan. José Vicente Pascual

Una democracia que no huela a gel de baño, after shave y colonia fresca mañanera no es una democracia completa y dinámica sino algo triste, exánime y sin confianza en el futuro. Cuando era yo muy jovencito no vivía precisamente en una democracia sino en una dictadura desfallecida, a punto de agotarse para siempre, lo que se notaba mucho en el olor de los autobuses que cada mañana, bien temprano, me llevaban a la facultad de letras. Aquellos transportes olían a sobaquina, a pies y a tabaco rancio —estaba permitido fumar en el interior, lo prohibido era escupir, algo es algo—. Aquella pestilencia a humanidad hablaba de una gente cansada, harta de subir al autobús cada día para hacer siempre lo mismo, era el toque de efecto cabal para el entorno donde se escenificaba la extenuación de un modelo de sociedad incapaz de ofrecer entusiasmo. Como el deprimido que se niega a asearse y lleva siempre barba de una semana y la camisa llena de lamparones, los españoles y españolas de calle, a finales de los sesenta y principios de los setenta —del siglo pasado—, olían a sudor añejo y a entrepierna en pertinaz sequía. Qué tiempos.

Luego llegaron otros aires y la gente empezó a gastar agua y jabón en la ducha diaria. Los transportes públicos olían a lavanda en vez de a gallina moribunda y el personal parecía contagiado de cierto optimismo histórico, un impulso hacia delante que les animaba a salir de casa perfectamente limpios, con la ropa planchada y oliendo a suavizante. No estuvo mal.

Pasaron muchos años hasta que volví a percibir los hedores de alguna humanidad malquistada con la higiene. Fue en Mallorca, allá por la primavera de 2005, en autobuses —de nuevo la maldición— atestados de turistas que pasaban la jornada pateando la capital isleña, comiendo, bebiendo y comprando fruslerías en zocos supuestamente artesanos. Como aún no estábamos en temporada de playa y piscina y como, al parecer, en los hoteles donde se alojaban los bárbaros había escasez de agua, olían como las hordas de Atila. Y como las desgracias nunca vienen solas, igual me ha sucedido en París —no importa en qué año, todos los años— cada vez que bajo al subsuelo de la encantadora capital para tomar el metro. Allí la podredumbre odorífera alcanza niveles de primer capítulo de El perfume, una bacanal de hediondez difícil de superar, como de asamblea dieciochesca de nobles arruinados a los que no alcanza el pecunio para agua corriente aunque —no todo van a ser desgracias— aún les queda un poco de colonia en el tocador. La fetidez suburbana parisina, al igual que el husmo turístico mallorquín, siempre me han confirmado que en España apreciamos la esmerada toilete bastante más que en otros países europeos y, desde luego, mucho más que en el país de los inventores del bidé; también afianzan mi convicción de que en la Europa teóricamente más civilizada hay un decaimiento de atención al aseo, paralelo al crecimiento de la desilusión y la pérdida de perspectivas estimulantes, como si el futuro incierto hubiese avivado la melancolía y la dejadez en una población que ya no cree en sí misma. A los hechos me remito: en el metro de París, los parisinos huelen que joden pero los franceses de origen extraeuropeo, de primera o segunda generación —creo que se me entiende— van acicalados como de día de fiesta, sus hijos visten de cumpleaños y todos huelen a rosas. Esa es la realidad: unos maceran en la propia desgana y otros tienen ilusión y guardan su apetito para varias generaciones.

Todo lo cual no tendría mayor importancia y no sería destacable a estas alturas si no fuese porque en los últimos tiempos he vuelto a notar —maldito olfato, en mala hora dejé el tabaco por culpa de la pandemia—, un regreso del tufo humano en espacios cerrados, en España; no al nivel de los tiempos de Arias Navarro, desde luego, pero amenazadores en tal sentido porque la cosa va a más. Al principio fueron sensaciones dispersas, quizás determinadas por las aglomeraciones propias de la navidad: noté que El Corte Inglés, Carrefour y Mercadona olían a chotuno. Pero como una mala tarde la tiene cualquiera no hice mucho caso a las señales. Craso error. El fenómeno cundió como cunde todo lo malo, y creo que es demasiado tarde: Mercadona y Alcampo huelen como un ambulatorio de la seguridad social en 1968. El metro de Barcelona se parece cada vez más al de París. La Cataluña re-colonizada por la inmigración de Berbería y consumida por sí misma tras años de delirios indepes que no han llevado a ninguna parte —ni llevarán—, parece alejarse de la ducha al mismo ritmo con que se desdibuja su futuro. Entre la España que les roba y los políticos nacionales que les roban más todavía, triste es su porvenir; tristes los paraísos tristes que se les ofrecen: seguir o durar, sobrevivir o no acabarse. Aquí, los únicos que tienen paraíso por delante son los que rezan cinco veces al día y se lavan con parecida frecuencia. Los demás, los cansados, los aburridos, los desilusionados… eso que ahorran en agua y jabón.

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