Tengo que comenzar el artículo aclarando que no es ninguna referencia a Mariano Rajoy, ni nada por el estilo. De hecho, no pienso mentarlo más en todo el artículo. Pero conforme el lector avance, entenderá a qué y a quién me refiero con esa referencia a un «subversivo» Marianico.
Me quiero hacer eco de la suspensión hasta otoño de las jornadas sobre la Guerra Civil organizadas por Pérez-Reverte. Jornadas que no tenían nada de peligroso ni de filofascista, como parecen creer algunos de los participantes que se dieron de baja del cartel de forma repentina. Creo que queda claro que durante tales jornadas no habría habido ningún militar gritando «¡Muera la inteligencia!» ni ningún atisbo de justificación del régimen salido del conflicto civil. Aunque en ocasiones pienso que esa es la causa de que David Uclés se diera de baja, pues quería enfrentarse a una sombra. Y al no existir tal sombra, se retiró. Pero no es más que una idea absurda, pues todo se debe a otros motivos que merecen cierto análisis del nuevo escritor salido del cruce de un hipster y el deshollinador de Mary Poppins.
Lo de su estética -algo muy manido, lo reconozco- no tendría más importancia si no fuera por ser una imagen impostada de algo que no se es. Es verdad que, hasta cierto punto, todos utilizamos nuestra estética para transmitir aquello que queremos sobre nosotros. Y parece que Uclés cree transmitir a un miliciano de los años 30. O eso dice él. No lo sé, podría ser un miliciano desgarbado de los años 30 o un Paco Martínez Soria de los 60 llegando a la ciudad. Aunque no le veo yo con cestas de mimbre y unas gallinas. Principalmente porque el tofu se lleva muy mal en cestas de mimbre. Y ahí está la cuestión: en que no es rural ni rústico, es un disfraz esperpéntico para representar un papel de lo que, en las pretenciosas mentes universitarias liberales y progresistas de las grandes ciudades, es «el pueblo». Uclés es un urbanita posmoderno salido de varias facultades, que se ha envuelto de aldeano. Y vistas las ventas, el envoltorio funciona. Pero no deja de ser un envoltorio basado en una txapela y unas alpargatas.
Algunos, del sector de David Uclés, se mostraban moralistas e indignados con la venta de un jabón de Sidney Sweeney. Y se podría entender, pues comprar un producto por el personaje es ridículo. Pero ellos lo entienden a medias. Comprar un jabón por ser un producto de una nueva celebridad es incorrecto. Comprar libros porque el autor es el nuevo ídolo de los antiguos hipsters urbanitas y ahora amantes de las cacerolas de cobre es cultura. Mujeres guapas, malo. Marianico el Woke, bueno.
Puedo y debo reconocer que el trabajo de márquetin es impecable. Han creado una marca en muy poco tiempo. Pero, quizás, el problema sea que Uclés tiene internas pretensiones de ser parte de una especie de renovación cultural progresista. Sí, una renovación cultural con los mismos fetiches de siempre, los mismos temas sudados y la misma superioridad moral basada en unas batallas que jamás lucharon y que jamás lucharán. Guerra Civil, progresismo y antifascismo de salón. Ahora con calcetines de lana merina para hacerlo más folk, pero lo mismo de siempre. Es una renovación por edad, no por contenido. Ni tampoco por formas, pues esa superioridad moral infundada e infumable le hace obrar igual que siempre: a trompicones y de forma arrogante y violenta mientras señala a los demás por «irresponsables» o «fascistas».
Unido a la verborrea de la tolerancia, de la multiculturalidad, del diálogo y otras ideas vagas pero biensonantes en su cabeza, que ocultan un enorme «tolerancia y diálogo, pero para quien me ríe las gracias». Y, desgraciadamente, Marianico el Woke no es como Marianico el Corto, pues no tiene ni ápice de gracia. Es lo que sucede cuando Marianico el Corto, el bueno, se sabía una caricatura y en ello basaba su oficio, que era obtener una carcajada de su audiencia. El otro es una caricatura que se ha tomado demasiado en serio. Y por ello, aunque tiene su audiencia, es fácil ver que tiene una creciente población de gente a la que no le hace ni pizca de gracia y, bajo su prisma, no va a poder tolerar y con la que no querrá dialogar.
En su anhelo de publicidad y, así, conseguir puntos para formar parte de la nueva generación que controle la cultura española, puede enfrentarse a todos como si fueran realmente sus enemigos y no aquellos que le deben abrir paso. Pero es un error. Puede buscar polémicas con Pérez-Reverte, señalar a Aznar como si fuera Mussolini o, si así lo ve oportuno y Planeta se lo permite, llamar al timbre de Juan del Val y salir corriendo. Pero se equivoca.
Es cierto que la maquinaria cultural española está plagada de aquello que podríamos definir como «progres». Al fin y al cabo, no son ellos las clases trabajadoras y humildes, aunque les guste presentarse de tal forma. Y el sistema, como en la mayor parte de Occidente, pertenece a unas élites económicas y políticas que simpatizan e incentivan esas perspectivas ideológicas para hacerlas calar en la sociedad. Pero incluso en tal sistema, no pueden ser todos una panda de Almodóvares; hay que tener cierta variedad. Variedad, pero sin salirse del guion.
Y en esa variedad se tolera a Pérez-Reverte, por ejemplo. Pero Pérez-Reverte no es un peligroso filofascista, ni un franquista, ni un peligroso elemento de la extrema derecha. Tampoco es un tradicionalista, ni mucho menos pertenece a una izquierda nacional. Pérez-Reverte es un sí pero no. Un «eran malos los unos y los otros», criticar la enajenación progresista pero estar obsesionado con el olor a cirio y a altar, vivir de nuestra historia pero afirmar que casi mejor haber sido colonia de Francia. Como si no fuéramos otra cosa en la actualidad que una colonia franco-germana y yanqui en proceso de venta a Marruecos.
Puede organizar unas jornadas para discutir sobre la Guerra Civil y que en tal foro haya personas de derechas, faltaría más. Forman parte del sistema. Y no son una parte residual, precisamente. Pero entrar en esos foros indica su voluntad de mantener unos lazos y un marco común con el resto. No hablamos de sospechosos elementos que quieren tomar el sistema al asalto. Minoritarios e hiperventilados son aquellos que, tras la calculada retirada de Marianico el Woke para hacerse notar y ganar puntos entre sus bases, se han puesto a amenazar para suspender tales jornadas. Aunque esas jornadas no suponen nada para ellos, no son más que una batallita absurda para sentir que pueden imponer unilateralmente su versión de la Historia a todos los demás. Algo harto complicado por la reducción constante de sus fuerzas, por muy movilizadas y sectarias que sean. A lo sumo, lo único que están creando es una escisión cultural profunda que, precisamente, puede llevar a lo que dicen querer detener. Pues cuando unas minoritarias bases de treintañeros urbanitas salen al ruedo para imponer un relato, movidos por una incipiente y ansiosa nueva generación de escritoruelos dogmáticos, lo que se produce es una escisión. No tienen fuerza, influencia ni relato suficiente para imponerse a los demás, pero pueden señalar de forma neurótica y llevar a cabo toda clase de pequeños boicots. Pueden llamar fascista a Pérez-Reverte, a Vargas Llosa, a Aznar, a Felipe González, a Iker Jiménez o a Julio Anguita si tienen un mal día. Y así, poco a poco, expulsando y señalando a todos, son ellos quienes se quedan solos en una escisión cultural que los hace aún más minoritarios y marginales.
Marianico, de mi misma generación, parece querer reclamar su puesto en la cultura. Lo respeto, pues ya son edades de tener relevancia y ocupar algún lugar. Pero por muchas victorias que celebre con un vino que dice no beber, lo único que ha practicado es una retirada para intentar señalar y dejar solos a los demás. ¿Eso le ha granjeado notoriedad en un sector? Sí, un sector marginal con cierta influencia parlamentaria, pero a la larga mala opción. No ha dejado solos ni señalados a los demás, se ha quedado a modo de tótem cultural para un sector concreto y ya bastante solitario.
Es posible que sostenga que no lo hizo para hacerse con una posición. Es posible que diga que hizo lo correcto y lo que su conciencia le ordenó. Podría decir que su «antifascismo» habló por él. Harto complicado de creer cuando algún artículo suyo desapareció oportunamente y jamás rechazó de plano participar en tales jornadas hasta que llegó el momento más beneficioso. Puede que en alguna ocasión una retirada a tiempo sea una victoria, pero no parece el caso como para estar brindando.