No, a veces, también es sí

No, a veces, también es sí. Fernando Sánchez Dragó

(La aprobación de la infame ley contra natura aprobada el martes en el Parlamento me induce a incluir en mi habitual columna de Posmodernia este fragmento de mis Memorias)

La ofensiva del sexismo igualitarista y discriminatorio recorre el planeta, eleva a belicosa conflagración mundial la vieja y, en definitiva, civilizada guerra de los sexos y pone las cosas francamente difíciles a quien, como es mi caso, se enfrenta a la responsabilidad y exigencia literarias de evocar los episodios amorosos o simplemente eróticos de su vida.

¡Si hasta los piropos quieren penalizar los enemigos de las mujeres! La izquierda se ha vuelto misógina. Ante mí, y ante cualquier otro escritor que quiera rayar a la altura de la deslenguada sinceridad exigida por su vocación, se abre la disyuntiva de seguir escribiendo como lo hacía antes de que las barcazas de la LGTBI desembarcasen en Normandía o de agachar la cabeza y resignarse, acojonado, a contar historias light sin cafeína y con edulcorantes para niños de primera comunión, pastorcillas de Fátima y hermanitas de la caridad de género.

Circula desde hace algún tiempo por internet un catecismo feminista que, según sus autoras, pues autores no creo que sean, debería incorporarse como asignatura obligatoria a los planes de estudio del bachillerato. Obvio es decir que si yo me aviniese a acatar sus estomagantes amonestaciones tendría que exclamar glup en este mismo instante y poner el capuchón a la pluma. Repasémoslo…

«Flirtear no es consentimiento», aseguran esas Tablas de la Ley prosaica. Cierto, cierto, madamiselas, pero es uno de los pasos previos para llegar a él. Lo contrario sería convertir el sexo en transacción mecánica y tratar a la mujer como a una puta. Las putas, de hecho, no flirtean o, al menos, no lo hacen en el ejercicio de su profesión. Van al grano, y sus clientes, también. ¿Es eso lo que las aguerridas amazonas del neopuritanismo quieren?

«La ausencia del no», añaden,  “no es consentimiento”. Ya. Pero su presencia, puntualizo yo, sí que puede serlo.  Cualquier varón que no sea un gilí, como lo son los metrosexuales, los herbívoros o sōshokukei-danshi japoneses, cuyo ejemplo va extendiéndose por todo el Sudeste asiático, y demás especímenes de la fauna blandiblú que está colonizando el planeta, sabe que pocas estrategias son tan usuales en la mujer desde los días del Génesis como empezar diciendo que no a quien las corteja cuando están dispuestas a decir que sí. La voz del pueblo describe esa actitud con dos expresiones equivalentes: hacerse la interesante y hacerse merecer. ¡Y tanto! Los italianos, siempre ligones ‒rimorchiare, remolcar, dicen ellos‒ y socarrones, apuntan que si fa, ma non si dice. Aunque la Biblia no nos cuenta lo que sucedió después de que Adán mordiera el fruto prohibido, cabe suponerlo. El texto, en realidad, es de por sí bastante explícito:  Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales.

Más claro, señoritas… ¿No serían de parra las hojas de aquella higuera? Los impúberes no sienten el oscuro apremio de tapar sus vergüenzas. ¿Vergüenzas? Vergüenza es más bien llamarlas así. Mejor partes nobles, ¿no? En el primer coito es cuando las personas, cualesquiera que sean sus sexos  y sus inclinaciones, cobran conciencia real de la desnudez del cuerpo. Ésta, antes, es mera anécdota.

Si yo me hubiese tomado en serio todas las negativas iniciales de las mujeres cuyo sí he pretendido, mi historial erótico sería mucho más escueto de lo que es y un buen número de ellas se habrían sentido tan chasqueadas como yo.

En cierta ocasión ‒fue en la Semana Santa de 1964‒ viví un episodio trivial, pero sumamente revelador al respecto. Caterina, a la sazón mi pareja y futura madre de mi hija Ayanta, se había ido a pasar unos días en Roma, su ciudad natal, y sabido es que cuando no está el gato…

Lo primero que hice en cuanto mi chica cogió el portante fue rimorchiare, acompañado por Ángel Sánchez Gijón, padre de la actriz que lleva ese apellido, a un par de camareras de la cafetería más cercana. ¡Res a la vista!, como exclamó Ortega en su deslumbrante prólogo al libro de caza del conde de Yebes. E, incontinenti, mientras nos atusábamos los bigotes de gatazos al acecho, convinimos en que lo mejor sería organizar en mi casa, momentáneamente libre de presencias enojosas, un guateque concebido como trampa para cazar gacelas. Llamamos a unos cuantos amigos y a otras chavalas, no muchas ni muchos, para que se sumaran a la iniciativa. Lo hicieron encantados. Las camareritas, también. Llegó la fiesta. Era Jueves Santo. Se puso música, se bebió, se bailó… Yo, cargando la suerte, lo hice todo el tiempo con la camarera que me gustaba. Las canciones de Nat King Cole caldeaban el ambiente. Ansiedad de tenerte en mis brazos  / musitando palabras de amor… Eso era justamente lo que yo hacía y lo que ella se dejaba hacer. Poco a poco fue cayendo la tarde y decayendo el guateque. Se marchó todo el mundo. Ángel y su camarera, que se le escapó viva, también. La mía se quedó conmigo. Lo hizo motu proprio. No tuve que convencerla. Estaba entregada, pero…

Era una chica de su país y de su época: la España franquista, más franquista que nunca, y con razón, de los Veinticinco Años de Paz. Tenía que aparentar decencia. Tenía que resistirse a mis apremios. Tenía que hacerse merecer. Era aquel tira y afloja, aquel sí pero no y no pero sí, un juego perfectamente codificado cuyas reglas conocíamos los dos.

Fuimos cada vez a más en las caricias, en los arrumacos, en los toqueteos, en los besuqueos… La llevé hasta el canapé de mullidos almohadones de plumón de cisne, heredado de la soltería de mi padre, que me servía de sofá, de tálamo y de ara sacrificial, y me puse a desnudarla poco a poco. Se dejaba. Colaboraba. Arqueaba la cintura para facilitar la tarea Y así hasta que el crescendo nos condujo, los dos semidesnudos, ella debajo, con las piernas abiertas, encima yo, en la clásica postura del misionero, al filo de la penetración.

Fue entonces cuando ella retrocedió, protestó débilmente, sin asomo de convicción alguna, y se puso a decir que no, que no, Fernando, que no, por favor, no lo hagas, qué vas a pensar de mí, qué dirán mis amigas…

Pero sus piernas, lejos de pugnar por cerrarse, se entreabrían cada vez más, y sus ojos se nublaban, y sus mejillas se arrebolaban, y jadeaba, y todo en ella era invitación a que rematase lo que estaba a punto de suceder.

Seguía, sin embargo, con el sonsonete hipócrita del no. Era una situación grotesca.

Estuvimos así unos cuantos minutos, cinco o seis, que se hicieron eternos, y mi paciencia, de repente, se agotó. No me enfadé. No quise forzar nada. Me desasí con suavidad del abrazo, salí de sus piernas, me puse de pie y le dije:

‒De acuerdo. Ya que te empeñas…. No es no. Anda, vístete y dejémoslo estar.

Dije eso: no es no. Exactamente eso. Lo recuerdo muy bien. ¡Para que luego canten misa las beatas de la congregación de Sor Irene Montero!

Se quedó petrificada. Siguió así, inmóvil, yacente, ofrecida, un buen rato.

‒Perdóname  ‒decía‒, perdóname. Soy una tonta. Vuelve.

No volví. Me mantuve firme. Al cabo se resignó, cerró las piernas, se incorporó, se vistió, me abrazó, arrimó sus vergüenzas a las mías, volvió a ofrecerse, requirió varias veces, contrita, mi perdón y se fue.

Al día siguiente me telefoneó e insistió en que le diese otra oportunidad. Me negué. Siguió llamándome durante varios días con el mismo resultado. Luego dejó de hacerlo, Caterina regresó de Italia, y hasta ahora.

Tres máximas aún del Ripalda feminista.

Una…«El silencio no es consentimiento». Yo matizaría la frase señalando que no siempre lo es, pero que a menudo sí.  ¿Dónde, si no, dejamos aquello, tan universal, tan razonable, tan verificado, de que quien calla, otorga?

Dos… «La falta de libertad para decidir no es consentimiento». Claro. Lo dijo Pero Grullo. Lo que no entiendo es cómo diantre puedo yo, o cualquier otro varón que no sea un psicópata peligroso, obligar a una mujer a acostarse conmigo, o con él, si no es encañonándola, esposándola, maniatándola, atenazándola… O sea: violándola. Y la violación es un delito tipificado desde que el mundo es mundo en todos los códigos penales sin necesidad de que las brillantes juristas autodidactas delMinisterio de Igualdaddescubran ahora el Mediterráneo.

Y tres… «Si tienes que convencerla, no es consentimiento». ¡Pues sí que estamos bien! ¿Se acabó el cortejo? Disciplina castrense. Ordeno y mando. Oye, guapa, ¿me das tu teléfono? ¿Cómo que no? Pues hasta más ver. Taconazo, media vuelta y a pedírselo a otra. ¿Es eso lo que sugieren? No hay amor sin porfía. Quien porfió, lo sabe.

Zanjemos el asunto… Si la mujer no quiere, si la mujer no participa, si la mujer no disfruta, ¿dónde está el chiste? Yo, desde luego, no se lo veo, nunca se lo he visto y no creo que vaya a hacerlo en el futuro. Si ellas no quieren, yo tampoco quiero. Si ellas no se lo pasan bien, me aburro. Si me dicen con claridad que no, paso de largo y las acompaño con galantería a su casa. Pero no me condecoren las coronelas del Sólo el sí es sí, porque no es sólo altruismo. También es egoísmo. El placer ‒y no digamos el amor‒ es, como mínimo, asunto de dos.

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