Retroantifranquistas y retroanticomunistas: contra los hunos y los hotros

Retroantifranquistas y retroanticomunistas: contra los hunos y los hotros. Daniel López Rodríguez

Hace unos días una persona en la red social Facebook me afeó un mensaje en el que atacaba tanto a «progres» como a «fachas» (que aquí llamaremos unamuniana y respectivamente los «hunos»y los «hotros») en lo que a cuestiones historiográficas se refiere. Lo propio de dicha red social es la brocha gorda y cosas de tal complejidad naturalmente requieren más espacio para que sean comprendidas debidamente, de ahí la necesidad de publicar este artículo aclaratorio. 

No obstante, a tal persona le respondí -como le hubiese respondido a cualquier otra en su situación, y no son pocas- con una breve respuesta que le pareció un «rollazo» propio de un «pseudo-intelectual». Cosa que desde aquí le agradezco, porque los intelectuales son «los nuevos impostores» (Gustavo Bueno, https://nodulo.org/ec/2012/n130p02.htm).  

Pues bien, en lo que a la historiografía se refiere, el mismo mamarracho es el retroantifranquismo o retroantifascismo que el retroanticomunismo. Pues desde tales posiciones no se entiende nada y sólo caben lamentos francamente lamentables, que simplemente dan vergüenza ajena. No obstante, el respeto consiste en demostrarle al prójimo (en este caso al patriota) de que está completamente equivocado. Y desde las páginas de Posmodernia, que dan muchísimo más de sí que Facebook, me pongo manos a la obra.  

La historia no se define por la memoria (que es personal, subjetual) sino más bien por el entendimiento. Y para ello hay que basarse en el material objetivo de las reliquias y los relatos, y no en la simpatía de los historiadores o presuntos historiadores hacia un bando o hacia otro, como si la disputa estuviese aún en juego; o como si nuestras acciones pudiesen influir en los actos de aquellos hombres y mujeres que lucharon con valentía y honor fuese en el bando que fuese (no vamos a ignorar la heroicidad que hay en cada guerra, como tampoco la villanía). 

Desde el rigor histórico están de más las simpatías románticas (y desde luego las antipatías o fobias). Aunque es cierto que, definitivamente, la historiografía es utilizada como un campo de batalla ideológico, y ahí quizá haya menos romanticismo y muchísima propaganda puesta al servicio de determinados intereses políticos, empresariales, ideológicos, culturales, etc. La historiografía se ha convertido en todo un negociazo. 

Si en este pequeño ensayo pienso tanto contra los hunos como contra los hotros podría alguien objetarme que yo me creo que soy más listo que nadie. No, yo tampoco soy excesivamente listo, simplemente lo que soy es menos tonto que los hunos y los hotros en este tipo de cuestiones historiográficas (en todo lo demás, sin ningún género de dudas, yo soy infinitamente más torpe). 

No todo el mundo es tonto. En el mundo, y afortunadamente también en España, hay más opciones que ser progre o ser facha. E incluso entre progres y fachas hay honrosas excepciones, o al menos los hay menos tontos que la media; e incluso en muchos otros temas -insisto- la inmensa mayoría son mucho menos tontos que yo. 

En todas partes cuecen habas. A ver si vamos a ser tan mentecatos como para creernos el cuentecito maniqueo de que sólo mataban franquistas, nazis, fascistas y comunistas. Como si la historia del liberalismo no estuviese llena de crímenes horrendos y atropellos injustificables (como pasa con franquistas, nazis, fascistas y comunistas). Como si el Imperio Británico, el Francés o el Estadounidense no hubiesen pasado por la historia. La democracia también se llenó las manos de sangre y, por si fuera poco, sembró otras democracias a base de bombas incendiarias e incluso atómicas. Que se lo pregunte a alemanes y japoneses.

Aunque a algunos (detractores y defensores) no se lo parezca, el comunismo de órbita soviética cayó y calló para asuntos que conciernen a esa enigmática señora llamada Humanidad hace 30 años. Lo de China es otro cantar. Y hay que tener muy en cuenta el conflicto chino-soviético y la alianza de facto entre China y Estados Unidos. Lo del proletariado internacional era obviamente un mito, ni siquiera los países comunistas fueron solidarios contra las potencias capitalistas (por no hablar de los no alineados). Y el nazismo y el fascismo ya cayeron en 1945. El franquismo en 1975. 

Pero en la España del siglo XXI políticos y periodistas, de calidad manifiestamente mejorable, según para quién trabajen, siguen con la matraca de un día sí y otro también de arremeter contra el comunismo o contra el fascismo, y el supersticioso pueblo, ya se incline a un lado u a otro, cree a pies juntillas sus vergonzantes exageraciones, igual que los niños temen al coco o al hombre del saco. Un fantasma recorre España: el fantasma del comunismo. Y del fascismo.

¿No se dan cuenta los llamados fachas que con su retroanticomunismo están diciendo el mismo tipo de sandeces que los llamados progres proclaman contra Franco en su mal llamada Memoria Histórica, ahora también Memoria fundamentalista democrática? Porque para los progres «el infierno son los hotros». ¿También para los fachas «el infierno son los hunos»? Decir justo lo contrario del adversario es una forma descarada de plagiarlo.La llamada derecha ha caído en la trampa más burda que le podría haber tendido la sedicente izquierda. 

Criticar ambas trasnochadas posiciones parece que a más de huno y de hotro no le gusta o, si el caso no es cuestión de gustos, identifican con los «equidistantes», como me tachó dicha persona en Facebook.

El caso es que el asunto que nos trae tampoco se reduce a tres: fachas, progres y «equidistantes». La realidad puede dar más de sí y de hecho eso es lo que siempre ocurre. Ahora bien, la equidistancia se valora según los casos, y puede ser una virtud o un vicio dependiendo de los parámetros que se den y del contenido sobre lo que se esté guardando distancias. Aunque tal vez los hunos y los hotros, en su ardor partidista, traigan el Apocalipsis y recen: «puesto que eres tibio, ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca»(Ap 3.16). 

¿Queremos decir con esto que al no tomar partido ni por los postulados de los hunos ni por el de los hotros nuestra posición es apartidista? De ninguna de las maneras, pues la toma de partido es insoslayable. ¿Y por quién tomamos partido? Desde luego ni por un bando ni por otro en, por ejemplo, la Guerra Civil española, como hacen retroantifranquistas (o retroposfrentepopulistas) y retroanticomunistas (o retroposfranquistas, aunque los partidos de derecha españoles reniegan públicamente del franquismo al posicionarse, al igual que los partidos de izquierda, en el fundamentalismo democrático más ingenuo o hipócrita). 

Entonces, ¿por quién o por qué tomamos partido? Pues sin sectarismo de ningún tipo, sino de modo apagógico (dialécticamente, como enseñaba Platón en sus diálogos), tomamos partido por el materialismo filosófico, un sistema filosófico que inauguró Gustavo Bueno hace cincuenta años pero que está bien asentado en nuestro presente en marcha y que posee herramientas sólidas y críticas desde las cuales le sobra potencia para triturarel simplismo o el dualismo maniqueo dogmático de los hunos y de los hotros. 

Salirse de los planteamientos maniqueos es algo que horroriza a la gente, pues operar con rigurosidad dialéctica más allá del bien y del mal y hacerlo con determinación sacando las lógicas consecuencias rompe los esquemas perezosos con los que estos sujetos maniqueos acomodan sus seseras. Para ello es muy recomendable que se desintoxiquen viendo los siguientes forjas de Paloma Pájaro en su canal de Youtube Fortunata y Jacinta, donde se destripa sin piedad el mito maniqueo de las dos Españas: https://www.youtube.com/watch?v=a9KcdeNETeg&t=3s&ab_channel=FortunatayJacintahttps://www.youtube.com/watch?v=DTORBwB0aew&ab_channel=FortunatayJacinta

Del sueño dogmático maniqueo sólo se despierta con la pesadilla dialéctica que trae quebraderos de cabeza, pues el simplismo es muy facilón y reconfortante (como si se tratase de un cuentecito para niños). Pero buscarle los tres pies al gato a través de taxonomías y clasificaciones ya es algo complicado que la gente, por regla general, no quiere atender. «¡Déjeme usted de historias!», exclamarán indignados los hunos y los hotros. Y así es: no quieren historia rigurosa, y por ellos consumen cuentos de terror para viejas o para niños, y a ser posible con final feliz: el triunfo de la democracia, el fin de la historia, la paz perpetua, el final del comunismo, el final del fascismo: el triunfo de los derechos humanos y de la felicidad y el bienestar.  

La historia, con su trama de reliquiasrelatos, no es una cosa sencilla sino algo más bien complejo y difícil de asir con el entendimiento (al fin y al cabo la naturaleza de las cosas siempre es complicada, y quien se aplica se complica). Lo que es sencillo, facilón, es el dualismo maniqueo que buena parte de historiadores, políticos, periodistas y ciudadanos tienen bien asentado en su entendimiento. Tengo muy claro que ni progres ni fachas van a helarme el corazón, y menos aún calentármelo.       

En política tal vez no quepa la equidistancia exacta, pues empezará a valorarse la situación y a optar por lo menos malo. En la política española a lo más que podemos aspirar, dada la situación lamentable en la que nos encontramos tras cuarenta años de régimen partitocrático, es a eso: al mal menor. Y para optar por algo mejor tendremos que esperar a que la situación revierta dando un giro de 180º (o, si se me permite la ironía, 360º, porque 180º ya me parece poco).

El mal menor -como bien sabía el gran filósofo Baruch de Espinosa- es la opción que elige la razón entre varias opciones malas. Se trata de optar por la más potente o menos delirante, la que menos contradicciones tenga, la que sepa explicar a las demás y éstas no puedan con aquélla.

¿Y cuál es el mal menor actualmente en España? Pues es difícil saberlo. Parece que el mal mayor es Podemos (y ni que decir tiene los separatistas), y algo menos malo (pero también muy malo) es el PSOE. El PP ya ha mostrado en varias ocasiones que no se queda muy rezagado del PSOE, e incluso de Podemos y los separatistas (ahí tenemos el ejemplo abochornante de la Galicia de Fraga que ha consolidado Feijóo). ¿Y Vox? Pues si es el mal menor tendrá que demostrarlo. Para otros la formación de Santiago Abascal es el mal mayor: el mal absoluto. Si Vox llega al poder y hacen el mismo mamarracho pues entonces, en relación a estos partidos, casi parecería justificada la equidistancia: lo mismo da que da lo mismo. 

Desde nuestra posición materialista filosófica es obvio que se pueden criticar, prácticamente pulverizar, tanto a antifranquistas sobrevenidos como a anticomunistas trasnochados. China, como digo, es otro cantar, y ese comunismo, el del PCCh, es bien distinto a lo que tuvimos aquí durante la Guerra Civil, o en la oposición durante el franquismo; y no digamos con respecto al PSOE o Podemos. ¿Qué tendrá que ver? Pues nada, lo mismo que Vox con el franquismo o con Putin.

Dicho de otro modo: a estas alturas del siglo XXI tan innecesario para la ciudadanía española es rasgarse las vestiduras por los crímenes del comunismo (encima inflando las cifras) como lloriquear por las víctimas del franquismo (sobre las cuales también se exagera a gusto y a impostado disgusto).

No hay mayor cretino sobre cuestiones relativas al fascismo que un retroantifascista, el cual, por cierto, no llega ni a antifascista: se queda en «antifa». Y sobre los retroanticomunistas de concepción teratomórfica cienmillonesdemuertoristas cabe decir más o menos lo mismo, aunque sean más eruditos en otras cuestiones (como lo que atañe al franquismo y al fascismo, y sobre todo a la historia de España, sobre la cual los progres retroantifraquistas entienden desde coordenadas negrolegendarias; comprendiendo el franquismo, o más bien no comprendiéndolo en absoluto, como el último episodio de la Leyenda Negra). 

Los hunos y los hotros retratan a sus villanos no ya sólo como los campeones de la maldad absoluta y gratuita (matar por matar) sino como el colmo de la estupidez. No obstante, uno de nuestros retroanticomunistas más conspicuos (al menos entre su numeroso público), Federico Jiménez Losantos, reconoce que Stalin (hay que señalar que el ex locutor de la COPE le tiene más inquina a Lenin) fue el dirigente «más brillante del siglo XX», como reconoce junto a Gabriel Albiac en este vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=ft2lCoMrMts&t=1s&ab_channel=DanielL%C3%B3pez.

¿Cómo un político brillante, el que más brilló en la pasada centuria, que bien compleja fue, podía ser un canalla abominable que como mínimo se comía a los niños crudos? ¿Cómo una persona inteligente se puede poner al servicio del mal absoluto? A Sócrates le explotaría la cabeza. Quizá la solución esté en el magnífico libro de Anselmo Santos titulado Stalin, el Grande: «era un hijo de perra, pero un genio». (Para una crítica trituradora al libro Memoria del comunismo de Federico Jiménez Losantos véase el siguiente extenso artículo en El Catoblepas cuyo autor escribe estas mismas líneas: https://www.nodulo.org/ec/2018/n184p02.htm).  

En otras ocasiones se le concede al líder de estos movimientos políticos, considerados como el mal absoluto, una especie de superpoder mágico u omnipotencia milagrosa. Llegaría a decir Carlos Marx: «El Napoleon le Pétit, de Víctor Hugo, se limita a lanzar unas cuantas invectivas crudas e ingeniosas contra el editor responsable del golpe de Estado. El hecho en sí es, para él, como un rayo que bajase del limpio cielo. No ve en él más que un acto despótico, obra del arbitrio individual de una persona. No advierte que, con esto, lo que hace es engrandecer a esa persona en vez de empequeñecerla, reconociéndole un poder personal de iniciativa que no tendría paralelo en la historia del mundo» (citado por Franz Mehring, Carlos Marx, Traducción de Wenceslao Roces, Ediciones Grijalbo, Barcelona 1967, págs. 223-224). 

Donde pone «El Napoleon le Pétit» cabría escribir «El Franco» y donde se lee «Víctor Hugo» podríamos sustituirlo por «de los pogres» (o «El Stalin de los fachas»). Es decir, como si un hombre por sí solo (un hombre-monstruo-diablo) pudiese conseguir políticamente todo los objetivos disparatados por los que se encaprichase al tener un poder omnímodo y absoluto: totalitario.

¿Qué ideología es la que impera y bloquea el entendimiento tanto a los hunos como a los hotros? La ideología del fundamentalismo democrático. Entre los hunos y los hotros hay una disputa por ver quién es más demócrata. Como si el simple hecho de ser demócrata ya purificase cualquier posición que se tome y se justificase cualquier acción que se llevase a cabo (aunque fuese una fechoría o un atropello, o la corrupción pura y dura de robar o malversar fondos públicos en nombre de nosequé extravagante ideología, o incluso para romper España). El nombre de la democracia se suele utilizar como la sacralización de ciertas perversiones y aberraciones políticas (e historiográficas, como pasa en este caso).

 Además del fundamentalismo democrático, tenemos el moralismo filisteo o eticismo derechohumanista, y una soporífera predilección por lo políticamente correcto (consecuencia del mismo fundamentalismo democrático). Pero la historia no se entiende desde un puritanismo tan pomposo y morboso al mismo tiempo. Y la historia del siglo XX está cargada de años de hierro, donde en muchas ocasiones y en diversos lugares faltaba lo necesario para vivir y por ende no había necesidades éticas. Ética y política entran muchas veces, no siempre, en contradicción. Lo que éticamente puede resultar reprobable, políticamente puede ser prudente.

También puede observarse, y esto desde luego que es para afearles la conducta, que entre los hunos y los hotros (no todos pero sí una dominante mayoría cada vez más ruidosa y cansina) ejercitan un doble rasero o doble vara de medir; pues los hunos se rasgan las vestiduras por los crímenes del franquismo y callan como meretrices sobre los atropellos del Frente Popular, y los hotros se lamentan de los crímenes del comunismo pero no dicen nada de los crímenes del capitalismo. 

En exagerar lo que interesa y en omitir lo que no interesa se basa la metodología negrolegendaria, como bien sabía Julián Juderías. Dicho de otro modo: procuran señalar todo lo malo o negativo y al mismo tiempo ocultan todo lo bueno o positivo del régimen o tendencia política de la que abominan de modo ramplón psicologista o cuando no propagandista, pero siempre atentando contra la rigurosidad histórica. Finalmente, si -como decimos- se lamentan de los crímenes de un lado pero no de los del otro entonces tanto para los hunos como para los hotros hay víctimas de primera y de segunda. Sencillamente repugnante.

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