Vacunas, vacunados y antivacunas

Vacunas, vacunados y antivacunas. Duzan Ávila

El presente artículo es un adelanto de una investigación que estamos realizando sobre los no vacunados. La idea es tratar de entender antropológicamente las razones, racionalidades e ideas de las personas que no quieren vacunarse.

Amy R. Whitehead

Con esta investigación vamos contra las caricaturas maniqueas que están haciendo medios y políticos de quienes no se han vacunado, al tiempo que denunciamos lo problemático de las medidas draconianas de aislamiento de los no vacunados y de la vacunación obligatoria.

Este artículo lo hemos escrito a dos manos entre la doctora en antropología, Amy R. Whitehead, y yo.


Vacunas, vacunados y antivacunas; religiosidad y políticas sanitarias contemporáneas

Los antropólogos somos, por naturaleza, criaturas curiosas. Tendemos a acercarnos a la cortina roja (esa que esconde al verdadero Mago de Oz) y nos encontramos, a veces inadvertidamente, “levantando las alfombras” de las narrativas dominantes y mostrando cómo funcionan tanto los que barren debajo de ellas como lo que sobrevive. O sea, los “otros” (sean quienes sean), que los medios delinean como un niño pinta flores y casas de techo puntiagudo. Por “otros” nos referimos a esos que, por múltiples razones, no participan del juego socialmente aceptado al que, de una manera u otra, nos sometemos o somos sometidos. A esos que se quedan al margen, a los que se niegan a participar, a quienes adoptan nombres diversos según distintas perspectivas, en momentos y lugares diferentes. Sería larga la lista que podríamos formar enumerándolos a todos. Acaso no bastaría una entrega en forma de artículo, pues el universo de los “disidentes” es al día de hoy un animal que respira y se expande al ritmo propio de la polarización creciente que observamos en todas partes. 

Por tal motivo, en el presente nos centraremos en uno solo de estos ‘tipos ideales’, por usar las palabras de Max Weber, que tal vez puede ser catalogado como el personaje protagónico de las historias que nos cuentan los grandes medios fakechequeados de hoy. Nos referimos a los vacilantes, los que dudan, los no vacunados por voluntad propia. En otras palabras (y siempre en lenguaje mediatizado), los llamados “antivacunas”. 

Partamos diciendo que quienes escriben estas notas somos antropólogos sociales, cuya experiencia investigativa se centra en temas como las religiones y la educación. Profesionalmente nos dedicamos no solo a investigar, sino también a enseñar sobre esta materia. Vale decir entonces que en nuestras clases hacemos hincapié, entre otras cuestiones, en la importancia de: a) pensar de forma crítica; b) ser capaz de identificar los intereses que mueven los prejuicios en los medios de comunicación contemporáneos; y c) utilizar el método de análisis sociocultural para poder delinear el punto de partida de los sentidossignificados que dialectizan en cualquier ámbito social. Nuestro objetivo con ello es desarrollar las habilidades para ver las cosas -en la medida de lo posible- desde la perspectiva del “otro”, lo cual no significa relativizarlo todo, pero ayuda de cuando en cuando a ponernos en la piel del marginado, el subrepresentado, el silenciado. 

Por este camino, instamos a prestar atención reflexiva y suspender los propios prejuicios de valor, al menos mientras se escuchan las historias, experiencias, creencias y actitudes de los demás. Algunos denominan a estos enfoques cualitativos, biográficos, empáticos, etc.; lo que nosotros, en principio, catalogamos como abordaje de las diferentes realidades vividas por los demás. Para este ejercicio, es necesario ante todo entablar conversaciones respetuosas con la gente, estemos o no de acuerdo con lo que se dice. Este enfoque de base busca poner carne, sangre y huesos en las estadísticas y modelos existentes. En pocas palabras, como antropólogos exhortamos a nuestros alumnos a interactuar con los actores protagonistas de los fenómenos sociales o grupales. Esta es, a nuestro juicio, una de las características propias de la antropología. Mientras que otras ciencias se centran en los cuerpos biológicos, los cuerpos consumidores o los posibles cuerpos votantes, nosotros apuntamos a otro tipo de corporeidad: los cuerpos sociales.

En este clima actual de “crisis” y ansiedades producidas por el Covid-19, es comprensible que no sea una tarea especialmente fácil escuchar las voces discrepantes. Estas parecen alejarse o incluso amenazar tanto la salud pública como la propia, así como la narrativa dominante sobre el retorno a la “normalidad” y lo que hay que hacer para acabar de llegar (o regresar) a esa tierra prometida. Actualmente, la vacuna se presenta como la principal línea de defensa que nos situará firmemente en el camino hacia esa “normalidad”. El problema que surge con esto es que, mientras la mayoría parece creer que la vacuna es la única solución para la recuperación de la pandemia, hay una “minoría” resistiéndose a aceptar esta alternativa. Quienes consideran que la vacunación es la principal forma de salir de la crisis basan su posición en las perspectivas ofrecidas por ciertas disciplinas científicas específicas. Si bien la importancia de las llamadas ciencias biológicas con su énfasis en los cuerpos biológicos (humanos) es innegable en las circunstancias actuales, es preciso agregar que no son las únicas con algo que decir. En este sentido, entre otras, las ciencias o disciplinas sociales tienen algo significativo que añadir en la medida en que sus campos se establecen también en torno a cuerpos, los sociales, que no dejan de verse afectados por los avatares de la pandemia en curso.  

Actualmente, la “enfermedad” que padecemos a nivel mundial no es sólo Covid-19, sino también el miedo. El miedo hace que el terreno sea fértil para el cumplimiento de las imposiciones, así como para la caza de brujas. Esta pandemia en específico, como otras en la historia -la peste bubónica, por ejemplo-, ha generado un amplísimo número de manifestaciones de creencia, religiosidad y superstición. Esto ha dado lugar al desarrollo creciente de todo un ejército de demonios, pecadores y brujas, particularmente asociados a la aparición, el incremento o la persistencia del virus. En la Edad Media, los “responsables” del castigo de Dios podían ser prostitutas, judíos o disidentes del credo hegemónico de turno. En la actualidad, los nuevos malditos, responsables por nuestras desgracias, son fundamentalmente los no vacunados, los “antivacunas” o “anti-vaxxers”, como se les conoce en el ámbito anglosajón. 

Si se analizan los medios de comunicación dominantes, así como el lenguaje utilizado por los políticos, los influencers y otras voces públicas “autorizadas”, parece como si los que se niegan a aceptar la vacuna (de Pfizer o de alguna de las compañías occidentales, la mayor parte de las veces) son simplemente apóstatas. De tal modo, los no vacunados pasan a integrar la categoría de una minoría, no victimizada en este caso, que ha de ser castigada por no cumplir las normas, excepcionales casi siempre, decretadas para evitar el contagio. Los medios de comunicación convencionales se hacen eco cacareante de esta realidad y los artículos de opinión en torno al tema florecen y se marchitan a la velocidad de la luz. Se trata, por supuesto, de escritos unilaterales, destinados principalmente, pero no exclusivamente, a dar una palmadita en la espalda a la mayoría (una afirmación de buena ciudadanía), mientras que simultáneamente se coloca a una parte de esta misma ciudadanía en el rincón maniqueo de la vergüenza social.

Políticamente, esto no es nuevo. Como es bien sabido y aceptado, los políticos deben, a veces, ser pragmáticos y tomar medidas duras a fin de llevar a cabo sus planes y programas. En todo caso, nuestras desgracias pandémicas actuales (y su manejo) ha revelado cómo la política, la moral y la ética no siempre están de acuerdo. Sin embargo, es difícil pasar por alto cómo las duras medidas que se están tomando actualmente parecen estar más allá del escrutinio y del reproche. De hecho, cuando se busca un debate público y abierto sobre muchas de las medidas en curso, se puede argumentar que hay una especie de fervor religioso que acompaña a las “pruebas científicas” presentadas por las figuras públicas de confianza como una verdad objetiva, que está siendo adulada y reproducida socialmente. Es algo parecido a lo que ocurría en la Edad Media europea, cuando se consideraba que el rey era divino y estaba más cerca de Dios que los campesinos. No obstante, la ciencia no es un fenómeno inmaculado. La ciencia real se debate; se desarrolla en un campo de batallas dialéctico, en el que, si bien hay grandes victorias, también hay contradicciones y hasta fracasos estrepitosos. Si no hay dudas ni siquiera hay ciencias, es así de simple.     

Lo preocupante es que los principales medios de comunicación parecen estar fomentando el simplismo maniqueo en los análisis, trayendo como consecuencia una división social peligrosamente creciente. Sobre los no vacunados específicamente, se está creando una especie de hombre de paja, donde se reúne caricaturescamente lo “peor” que nuestras sociedades “democráticas, justas e igualitarias”, según los medios, parecen generar de manera marginal. El problema es que esta narrativa pasa por alto que quienes se niegan a vacunarse siguen siendo ciudadanos de sus respectivas naciones y que, a lo sumo, sus razones merecen ser escuchadas, incluso si son descabelladas e infundadas. En otras palabras, si se va a realizar una campaña de convencimiento público, debería hacerse sobre la base de los argumentos realmente existentes, esgrimidos por quienes no se vacunan.  De más está decir que esta respuesta debería ser respetuosa, equilibrada, justa, neutral y considerada para con estos.  Sin embargo, esto no es lo que ocurre.  

La actual “enfermedad” y desgracia global están siendo explotadas en un frenesí mediático que está lejos de plantear una actitud crítica y mesurada ante los hechos y las opiniones. Esto se puede ver en la forma en que se utiliza todo un repertorio de calificativos despectivos, acríticos y francamente simplistas, que se pone al alcance de la mano de cualquiera para ser empleado de forma automática contra el cuestionamiento de la narrativa impuesta desde arriba. De esta forma, el contestario debe ser rápidamente desacreditado y colocado en las categorías lingüísticas ya institucionalizadas y ampliamente difundidas: “anti-vaxxer”, negacionista, conspiranoico, desinformado, trumpista, y hasta fascista o comunista, según desde dónde se lo mire. 

Con el fin de complejizar en alguna medida lo que parece ser una narrativa singular, y a todas luces hegemónica, nos dimos a la tarea de indagar un poco en esta cuestión, haciendo acaso lo que deberían hacer quienes se lanzan al ruedo de las opiniones y calificaciones de unos otros. Planteamos un brevísimo estudio, sin ánimos de alcances estadísticos significativos, pues nuestros recursos actuales no lo permiten, con el objetivo de aproximarnos de primera mano a las opiniones, ideas, razonamientos y hasta delirios de quienes se niegan a vacunarse en nuestro entorno particular. Para ello, conformamos una muestra de participantes no vacunados que residen en este momento en el territorio neozelandés, país donde nos encontramos los autores de este trabajo.  Esta pequeña representación es una instantánea exploratoria de un estudio en curso más amplio sobre las conversaciones que estamos teniendo con, hasta el momento, cuarenta “no vacunados” en la ciudad de Auckland, Nueva Zelanda. Este estudio está diseñado para incluir una amplia variedad de personas de una representación demográfica extensa y diversa en lo referente a etnicidad, a identidad religiosa, a adscripción profesional, a ingreso, a nivel de escolaridad, etc. Como hipótesis de trabajo, hemos sostenido que el rango de las ideas sobre la vacunación y los mandatos de las vacunas implementados y propuestos hasta ahora presentan un número y una diversidad mayor que los proyectados en algunas de las narrativas sociales hegemónicas sobre los no vacunados. En otros términos, la figura del “anti-vaxxer” es más un fetiche que un grupo social homogéneo clara y simplemente identificable.

En primer lugar, los resultados revelan que la mayoría de los no vacunados no son “antivacunas” en absoluto, sino que están realmente preocupados por los efectos que estas vacunas, en especial la de Pfizer– que es la que se está administrando en Nueva Zelanda-, podrían tener a largo plazo, debido a lo reciente de los estudios existentes. La tecnología utilizada, basadas en ARN mensajero (ARNm), despierta suspicacias entre algunos de los entrevistados a causa de su novedad y sus características. El impacto que tendrán estos preparados en sus cuerpos y en los de sus hijos en desarrollo fueron cuestiones ampliamente esgrimidas en las conversaciones. En este sentido, la principal preocupación es el tiempo, respecto a lo cual se dice: “el gobierno puede gritar que son seguras y eficaces todo lo que quiera, pero hasta que no pasen cinco años y haya más datos de seguridad, no me convencerán”.

Otros diálogos revelan que los no vacunados simplemente quieren tener la libertad de elegir el medicamento que se les introduce en el cuerpo. Algunos están dispuestos a esperar hasta que esté disponible la siguiente generación de vacunas Covid-19, muchas de las cuales no están basadas en el ARNm, mientras que otros pretenden simplemente que las autoridades les permitan acceder a otras vacunas existentes que no se basan en esta tecnología.  

De los profesores y enfermeras con quienes hablamos, muchos acogerían con entusiasmo la implementación de vacunas desarrolladas en base a las tecnología tradicionalmente establecidas y ya probadas a lo largo de la historia, nombrando a Novavax y Valneva como algunas de las vacunas conocidas por ellos. En los movimientos y acciones implementadas para forzar la vacunación por “elección” (otra vez, referido específicamente a la vacuna Pfizer), muchos de los entrevistados sienten que están siendo coaccionados para desestimar sin más trámite sus preocupaciones individuales por su salud en post de la pervivencia de la narrativa del “bien mayor” o de mantener a sus familias y comunidades “seguras”. En este sentido, se impone la idea, según los encuestados, de que los daños de las vacunas existentes contra el COVID, muchas veces denunciados, sobre todo en redes sociales, han de ser descartados y atribuidos a “coincidencias”, errores estadísticos o casos aislados. Esto es, se trataría de una realidad subrepresentada tanto en Nueva Zelanda como en el extranjero (algunos citaron estudios del Reino Unido e Israel) y que, por tanto, no debería tenerse en cuenta. La necesidad de una paleta de diferentes tipos de vacunas (como se encuentra en los países europeos, por ejemplo) fue expresada por muchos como razones para su indecisión. Una enfermera de 26 años dijo: “donde hay riesgo, debe haber elección”.

Este estudio también se incluyeron las opiniones de seis personas vacunadas, cuatro de las cuales se vacunaron no por seguir ninguna de las narrativas lanzadas como propaganda directa -como team five millones (equipo “cinco millones”, según reza la campaña de vacunación en Nueva Zelanda)-, sino simplemente porque no querían perder su trabajo, su estatus migratorio o ambos. Tres de estas cuatro personas incluso dicen que no votarán a los laboristas, partido actualmente en el poder, en las próximas elecciones precisamente por los manejos de la pandemia y por las medidas draconianas impuestas por este gobierno. Esto demuestra que tampoco en el otro extremo de la división pública las cosas están tan claras, ni son tan homogéneos los criterios existentes. 

En cuanto a los que no quieren vacunarse en lo absoluto, presentan un conjunto adicional y persistente de ideas y prejuicios mucho más complejos. Según estos, las vacunas, sin distinción, podrían provocar “problemas aún mayores”, algunos tan endémicos como el mismo virus. También se refleja una profunda y más antigua falta de confianza en un sistema gubernamental que sólo funciona bien para unos pocos, mientras deja a su suerte a amplias mayorías. Muchos de ellos no creen que la “emergencia” sea tan urgente como se presenta, pues es notable ver cómo los políticos y las instituciones siguen con sus juegos electoralistas y presupuestarios, aún en medio de esta “situación excepcional”. En este sentido, la desconfianza recae en las “buenas intenciones” que está mostrando el gobierno para con la inmensa mayoría de la población. Entre quienes así piensan, se esgrime el argumento, frecuente también entre otros, de que la tasa de recuperación global de los afectados por la enfermedad alcanza el 98,9%. De aquí que los actuales mandatos de vacunación no hacen más que alimentar sus sospechas de que se está llevando a cabo un experimento o juego de control social, que tienen a los famosos certificados de vacunación y los pasaportes como los instrumentos estrellas. 

Uno de los encuestados nos decía en este sentido: “No se trata de salud, sino de control. Aislarse de los amigos y la familia, imponer restricciones de movimiento y recibir información periódica -incluso los sonidos asociados a los mensajes de alerta de Covid- constituyen la base de la persuasión coercitiva”. Entre estas personas, se utiliza mucho la idea de que la población de Nueva Zelanda está bajo una especie de “hechizo inducido por el miedo, que necesita despertar y que la respuesta del gobierno, la mano dura, está siendo desproporcionada. Este planteamiento viene a demostrar nuestra hipótesis de la religiosidad que se está moviendo en torno a las ideas sobre el virus entre unos y otros.

Otra de las ideas mayoritarias tiene relación con aspectos no tanto éticos, ni científicos, como políticos o acaso económicos. En este sentido, los entrevistados expresan su desconfianza en los contratos del gobierno con poderosas empresas farmacéuticas, antepuestas al beneficio de las personas. Sus sospechas apuntan a una supuesta colonización corporativa, a la generación de datos confiables de los beneficios económicos, al origen de los fondos destinados a las vacunas y a que miles de millones de dólares de los contribuyentes se trasformará en “dinero covidiado“. Estos fondos, según se cree, serán dedicados a alimentar lo que podría ser un bucle infinito de vacunas de refuerzo, vacunas que serían necesarias para mantener la validez del propio certificado/pasaporte de vacunación y una cierta ilusión de libertad. Varios interlocutores identifican una dudosa falta de mensajes gubernamentales sobre el aumento de las defensas inmunitarias naturales, o sobre prácticas y hábitos de vida que beneficiarían la salud, tales como comer bien, aumentar los niveles de vitamina D, hacer ejercicio, entre muchas otros. Los debates y las dudas expresadas por estas personas tienen en estos casos una motivación más bien económica o política, y no tanto ética, moral o científica con respecto a la vacunación, como sostienen insistentemente algunos medios de comunicación, influencers y figuras públicas.

De la muestra general, únicamente dos de los entrevistados defendieron opiniones que pueden considerarse, vagamente, dentro de los estereotipos clasificatorios utilizados por algunos medios de “derecha extrema” o de “fundamentalismo”. Entre los entrevistados, no se encontraron miembros de comunidades religiosas “fundamentalistas” como la Destiny Church(la Iglesia del Destino), frecuentemente asociada a los antivacunas más radicales en Nueva Zelanda. Tampoco fueron mencionadas ideas que asocien las vacunas con creencias en un “Gran Reinicio” (great resest) u otros complots vinculados a Bill Gates y al control de la población. De igual modo, no hubo en la muestra “negacionistas” del virus en cuanto tal.

En síntesis, es posible señalar que las ideas giraron en torno a la extralimitación del gobierno y al rechazo de las medidas extremas de control, el “apartheid médico”, así como a la implementación de las medidas en relación al COVID sin explicaciones ni transparencia bajo el amparo de leyes de “emergencia sanitaria”. Estos criterios fueron defendidos de una u otra manera por todos los entrevistados. Bajo esta lógica, los participantes leen los mandatos de las vacunas calificándolos como moralmente inapropiados y como un atentado a sus derechos civiles y hasta humanos, a su “autonomía corporal” y a sus libertades políticas.

Aunque se pueden esgrimir argumentos a favor y en contra de cualquiera de las posiciones aquí expuestas, lo cierto es que un análisis crítico de las mismas muestra que ninguna posición es tan clara como se plantea en la opinión pública sobre “unos” y “otros”. En este sentido, incluso si quisiéramos dialectizar el debate, habría que decir que no hay dos criterios enfrentados, sino múltiples ideas en juego que a ratos se asemejan o diferencian en uno o varios puntos. Aun así, es posible señalar que existe una división social polarizada que al parecer va en ascenso, y que no está siendo alimentada tanto por las posiciones, como por las representaciones que de las mismas transmiten los medios de comunicación “alineados” fundamentalmente con las políticas gubernamentales. Ante esto, es posible observar que, al igual que ocurre a veces con grupos religiosos entre miembros de una diáspora, se han formado nuevas comunidades y redes (de apoyo o beligerancia) empujados por la hostilidad, externamente fomentada, entre unos y otros. 

A la luz del surgimiento anticipado de una “sociedad de dos niveles”, al menos en el reflejo de la narrativa, los no vacunados están siendo empujados por fuego de la división social a radicalizar sus posiciones, al tiempo que forjar nuevas redes e incluso alianzas internacionales. Un puñado de los participantes en este estudio han tomado parte ya en protestas públicas y han visto cómo la cobertura mediática esgrime en su contra una narrativa que los define como poco menos que “terroristas antivacunas” y “perpetradores de discursos de odio”. Frente a ello, sus llamados son a que se frene esta tendencia, pues creen que estos discursos se dirigirán en los meses venideros a cualquiera que cuestione la narrativa oficial impuesta. Aunque esta posición no refleja todavía la mayoría de las preocupaciones o intenciones de los no vacunados, al menos de aquellos que fueron entrevistados, existe un cierto temor a que la caza de brujas y herejes pueda empeorar y pronto.   

Para terminar, debemos apuntar que hemos adelantado parte de los resultados obtenidos en una investigación que aun está en curso, pues creemos que el aumento de la tensión social en torno a la obligatoriedad de la vacunación, posiblemente venidera, así lo impone. Ante esto, así como ante las medidas que se están implementando que, si bien no imponen el cumplimiento de jure, sí tienen este efecto de facto, se necesita un debate público profundo y abierto que responda a las preguntas reales que tienen los que aun dudan. En este sentido, lo verdaderamente sospechoso no es tanto que se implementen ciertas medidas, incluso medidas fuertes, sino la negativa a debatir por parte de las autoridades competentes al respecto. En cambio, lo que se ofrece es un fantoche ideológico, un espantapájaros maniqueo que no responde a la realidad de los criterios sostenidos por los actores. 

Lo cierto en este escenario es que la humildad de muchos de nuestros servidores públicos, “científicos” y asesores incluidos es necesaria ahora más que nunca. Ello, no sólo para abordar y disipar las incertidumbres públicas sobre las acciones implementadas, sino para reconocer la importancia de encontrar soluciones que respondan tanto a las urgencias biológicas como a las sociales. A juicio de muchos de los entrevistados, dependerá de nosotros -la gente-, no del gobierno ni de los medios de comunicación, decidir cómo saldremos de este tumultuoso momento de nuestra historia, con nuestras redes de amigos, relaciones familiares y comunidades intactas. De lo contrario, y aun cuando sobrevivan nuestros cuerpos biológicos individuales, el discurso y el lenguaje ideologizado de división y la crispación imperante, terminarán por enfermar e intoxicar el cuerpo social a niveles tan pandémicos como los que el COVID nos ha impuesto.

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