Zelensky y Aquiles

Zelensky y Aquiles. Fernando Sánchez Dragó

O, mejor, Aquiles y Zelensky, por orden de cronología y de jerarquía. El primero es el héroe por antonomasia; el segundo, que juega a serlo con el apoyo de los espectadores y los vítores de los medios de deformación, lo es sólo de guardarropía. No en balde se trata de un actor, de un bailarín, de un transformista. El diccionario de la Española enumera seis posibles acepciones de la palabra «héroe». Sólo dos de ellas se acomodan a lo que Zelensky, en puridad, y stricto sensu, de cara a la historia y al juicio tanto de la coetaneidad como de la posteridad, es. 

A saber… 

1. En un poema o relato, personaje destacado que actúa de manera valerosa y arriesgada.

Y 2. Persona a la que alguien convierte en objeto de su especial admiración.

Las restantes acepciones retratan a Aquiles; a Zelensky, no. Consúltenlas, si tal es su deseo, los lectores escrupulosos.

Los medios de comunicación occidentales y quienes dan por bueno lo que cuentan están convirtiendo la invasión ‒lo es‒ de Ucrania en un poema épico de claros clarines y en un relato novelesco a más no poder. Seguro que ya hay escritores que afilan sus plumas, sus uñas, sus pífanos y sus ditirambos. Algo parecido sucedió en su día con nuestra guerra civil. Y Zelensky es el héroe ‒esto es: el protagonista‒ de tan catastrófica epopeya.

Yo añadiría un detalle al concepto y configuración semántica del héroe: no lo es del todo la persona cuyas hazañas no conducen a la muerte, pues en ella y sólo en ella es donde su ejemplaridad frisa en lo sublime, lo propone y lo impone.

Aquiles también interviene, como Zelenski, en una guerra de difícil, pero no imposible, victoria, ya que el triunfo de los aqueos había sido vaticinado por los dioses, y acabará muriendo, aunque lo hace no plantando cara, sino por una flecha lanzada a traición contra su punto débil. Cabe sospechar que el presidente de Ucrania correrá la misma suerte ya sea por una bala perdida o a manos de los mercenarios de élite de Putin, pero el resultado de la guerra que devasta su país, lejos de ser incierto, está cantado. Eso lo convierte no en héroe, sino en antihéroe, pues lo verdaderamente heroico, así las cosas, consistiría en la rendición ante lo inevitable. Hay batallas que sólo se ganan perdiendo. Una retirada puede ser una victoria: la de la filantropía, la del sentido común. La superioridad de las tropas rusas frente a las ucranianas, y no digamos ante el somatén, la resistencia y la guerrilla de los ciudadanos, es tan abrumadora que para evitar la masacre y el arrasamiento del país nada sería más efectivo que la bandera blanca. Esgrimir ésta sería un gesto de valor, de lucidez y de humildad: tres virtudes propias del heroísmo, aunque menos halagüeñas y decorativas para el aspirante a héroe que su mera inmolación.

Nadie, por otra parte, y yo tampoco, negará la evidencia de que la actitud de Zerensky suscita y merece admiración. El pasado martes, cuando el Parlamento Europeo se puso en pie para aclamarlo, esa evidencia se escenificó. Es altamente probable que dentro de unos meses otorguen a Zelensky el Premio Princesa de Asturias de la Concordia y, a renglón seguido, el Nobel de la Paz. Los noruegos son así y en el disco duro de los astures asoma siempre, como en un dije marfileño, el resalte del recio perfil de don Pelayo. 

En la Odisea hay un pasaje sin paisaje en el que Ulises desciende al inframundo  y conversa en él con las sombras de sus moradores. Una de ellas es la de Aquiles, reducido a espectro, a quien su viejo amigo y conmilitón se dirige llamándolo «bendito en vida y bendito en la muerte», pero el aludido le responde que preferiría ser esclavo del peor de los amos a rey de todos los muertos.

Piense en su pueblo, señor Zelensky, y ríndase. Bájese del podio. Renuncie a la gloria y al favor y fervor del público. Mejor ser esclavo de Putin, si a tal extremo se llegara, que ser, en efigie y con mausoleo propio, el héroe del cementerio. Quizá sea mucho pedir, pues usted, al fin y al cabo, es un cómico transformado en trágico por la fuerza de las circunstancias y los actores miden su éxito en ovaciones. Piénselo. Cosecharía usted menos aplausos y el telón subiría y bajaría menos veces, pero ganaría, a la corta, en la gratitud de sus paisanos y, a la larga, en el reconocimiento de su heroísmo, que así será más fecundo, más compasivo, más genuino y de mayor calado. Mejor traer la paz que prolongar la guerra, ¿no? Las manos de los muertos no pueden aplaudir.

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