Cultura de la cancelación y guerra contra el pasado: la ideología presentista

Cultura de la cancelación y guerra contra el pasado: la ideología presentista. Diego Fusaro

La cultura de la cancelación resulta un fenómeno digno de consideración únicamente en relación a la «guerra contra el pasado» de la cual está inervada y en la que se manifiesta la pulsión occidental a aniquilar el pasado de la tradición y, al mismo tiempo, el futuro del proyecto. Reducido a su núcleo fundamental, el programa de los hierofantes de la cancel culture y de su imperialismo presentista coincide, en abstracto, con la corrección del pasado y, en concreto, con su eliminación. Esto es lo que aprendemos del espléndido ensayo de Frank Furedi, La guerra contra el pasado (2024).

Dado que el eterno presente representa el régimen de temporalidad funcional al mundo dominado por el mercado, en cuyos espacios todo está disponible aquí y ahora siguiendo la axiomática del do ut des, la «cancelación de la cultura» como abolición del pasado resulta intrínsecamente funcional a esta lógica nihilista: si el pasado es neutralizado como un cúmulo de errores de los que conviene tomar distancia, también el futuro es consecuentemente vaciado, pues toda la temporalidad colapsa en el presente instantáneo, acelerado y sin futuro; esto es, en el ser-sin-tiempo del desordenado orden del tecnocapitalismo post-1989.

La que ha sido también calificada como «estasis frenética», alude con ello a un presente acelerado que, eternizándose, se aísla de lo que lo ha precedido y de lo que lo seguirá: con las palabras del Hamlet shakespeariano, time is out of joint (el tiempo está desquiciado). La autoridad del pasado y su legado (y, por ende, el espíritu comunitario y las raíces históricas de los pueblos) quedan debilitados y, al mismo tiempo, se desvitaliza el futuro como espacio para proyectar horizontes alternativos. Aniquilando las fronteras temporales, el presente se ha extendido en dirección tanto hacia el pasado como hacia el futuro, desautorizando al primero y bloqueando al segundo.

En el orden tecnocapitalista ni el pasado ni el futuro representan una fuente de luz, ya que esta última es producida tan sólo por el presente omnipresente, que se expande erigiéndose como exclusiva dimensión temporal superviviente. El tiempo del fin de la historia coincide, entonces, con la primera sociedad incapaz de pensar históricamente, por tanto de comprender el devenir de los entes y de las configuraciones socio-políticas; vive en la ilusión, preñada de ideología, según la cual lo que es siempre ha sido y nunca podrá ser de manera distinta a su configuración actual.

Al escribir que la historia es magistra vitae (De Oratore, II, 9), Cicerón evidencia cómo la experiencia del mundo acumulada por el género humano a lo largo de su decurso histórico nos proporciona la comprensión necesaria para desarrollar proyectualmente nuestro camino: conscientes de nuestros orígenes, podemos actuar orientándonos hacia un futuro intencionado.

Cierto es que, stricto sensu, el sentido del pasado surge en Occidente solo a partir del Renacimiento, cuando se adquiere la conciencia de una ruptura entre los antiguos y los hombres del presente y, a su vez, toma forma el deseo de reconectarse con el glorioso pasado de la Antigüedad clásica. Pero ya los romanos, de hecho, eran conscientes de la importancia vital de apropiarse del pasado helénico e incorporarlo a su proyecto, como lo corrobora el mito de la fundación de Roma a partir de Eneas y su descendencia, exiliados de la Troya en llamas: la imagen virgiliana de Eneas abandonando la patria cargando sobre sus espaldas a su padre, símbolo de la tradición, llevando de la mano a su hijo, imagen del proyecto, y trayendo consigo los Penates, o sea la figura de lo sagrado, compendia plásticamente la voluntad romana de heredar el patrimonio cultural helénico.

Sin embargo, si, como sucede hoy, se cuenta una historia catastrófica y negativa de la humanidad desde sus orígenes hasta el presente, dando a entender que el pasado ha sido un teatro de los horrores y de los errores, se provoca simultáneamente un sentimiento de resignación hacia el futuro y de decepción respecto al pasado; y se propicia un presentismo de tinte fatalista, de tal manera que nada se espera del futuro y nada se aprende del pasado, condenándonos a vivir en el régimen de un eterno presente que invade y coloniza el pasado y el futuro. Se quiebra el nexo con el proyecto y se debilita aún más con la tradición: ya no es la historia de la que escribía Cicerón, hoy es exclusivamente el presente el que se erige como magister vitae.

Quienes olvidan su pasado se privan también de su futuro. Olvidando lo que nos ha hecho quienes somos y lo que nos mantiene unidos, perdemos la sociedad misma, que se dispersa en un sistema atomizado en el que los átomos, desprovistos de pasado y mutilados de futuro, existen solamente en el hic et nunc de los caprichos del consumo y las demandas del mercado. De hecho, es imposible desarrollar un sentido fuerte de identidad colectiva en ausencia de una memoria compartida y de un arraigo común en las costumbres tradicionales, enraizadas en el pasado mediante la asimilación de una herencia cultural comunitaria.

La estigmatización presentista del pasado vuelve superfluas las experiencias de las generaciones anteriores, de las que más bien se hace imprescindible tomar distancia. Baste pensar que, en la era moderna, liberales, tradicionalistas y socialistas se habían referido de variadas formas al pasado para conferir un sentido de identidad y de continuidad al presente; desde los revolucionarios franceses, que se reconocían en Roma, hasta Marx, que saludaba a Espartaco como ejemplo para el proletariado. Un autor para nada sospechoso de conservadurismo como Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, escribe que «toda generación educa a la nueva generación, esto es, la forma». Es convicción de Gramsci que la experiencia de vida de los jóvenes no resulta, de por sí, suficiente para comprender el mundo y que, en consecuencia, es de vital importancia la ayuda de las generaciones mayores para disponer de una brújula con la que  orientarse en el «mundo grande y terrible». Por este motivo, entre otros, Gramsci nos recuerda que no se aprenden el latín o el griego para hablarlos ni para ser camareros o intérpretes, sino para comprender la civilización de ambos pueblos, cuya vida constituye la base de nuestra cultura.

El presupuesto sobre el que se sostienen el imperialismo presentista y la cancel culture es aquel según el cual resulta necesario sustituir las formas simbólicas de la tradición, liquidadas en cuanto tales como retrógradas, por las del presente occidental —o mejor uccidental (*)—, entendido como abanderado de una más alta racionalidad. De ahí se deduce la exigencia, a menudo en forma caricaturesca, de invalidar la tradición y cancelar el pasado, enmendar forzosamente la historia y reescribirla desde el punto de vista del presente, según una lógica de verdadero y propio imperialismo ejercido sobre el pasado.

El imperialismo presentista se presenta así como un auténtico provincialismo del eterno hoy, que lleva a los moradores del end of history a creer que su tiempo representa la cúspide cultural de la historia y que desde las alturas del presente es lícito, e incluso obligatorio, mirar con desdén y desprecio el pasado del Occidente mismo que, de esta manera, viene a ser tratado de modo idéntico al que se solía dispensar antaño a los llamados pueblos «atrasados», por lo tanto, como entidades dignas de ser colonizadas y finalmente conducidas al faro de luz del progreso uccidental (*).

La vía seguida por los hierofantes del presentismo es la que ha sido definida por Furedi como la «arqueología del agravio«, o sea la corrección del pasado según los módulos de la sensibilidad del presente. Para citar algunos ejemplos de la narrativa presentista, Kant deviene un racista, Aristóteles un esclavista y Shakespeare un supremacista blanco. Los tres deben ser censurados y enmendados, con arreglo a una reescritura de su pensamiento y de su obra que tenga en cuenta la sensibilidad y la forma mentis del presente. Con ello se ve confirmada la tesis de Benjamin, según la cual ni siquiera los muertos están a salvo si el enemigo vence.

En esencia, el pasado resulta reconfeccionado ad hoc conforme a los valores y los objetivos del presente, de modo que las acciones y los comportamientos de los hombres del pasado son presentados como lesivos para las sensibilidades actuales: son derribadas las estatuas de figuras juzgadas políticamente incorrectas, como Cristóbal Colón, y las obras filosóficas consideradas inadecuadas para el hodierno lifestylel, como las tres Críticas de Kant, se acompañan de ridículas advertencias con las que los editores ponen en guardia a los lectores. Incluso acontece que las bibliotecas pretenden liquidar y abandonar los libros del pasado: en otro tiempo custodiaban el patrimonio literario, hoy lo cancelan basándose en la nueva Inquisición presentista. Con este perfil peculiar, la cultura de la cancelación no plantea una justa aproximación crítica al pasado, según el modelo que Nietzsche, en la segunda de sus Consideraciones intempestivas, denominaba de la «historia crítica»: en cambio, propone la vandalización del pasado y el terrorismo contra la tradición. Además, al proyectar las políticas contemporáneas en el pasado se producen resultados pintorescos que lo distorsionan por completo, como cuando, por ejemplo, se pone más empeño en averiguar si Caravaggio era homosexual o no, con mucho mayor interés del que se demuestra por determinar el alcance de su valor artístico.

En última instancia, el proyecto nihilista de la cancel culture coincide con la anulación del pasado qua talis, considerado sumariamente outdated (obsoleto, «anticuado»): fórmula en la que se cristaliza la postura presentista, para la cual palabras y comportamientos, obras y empresas pertenecientes a las épocas pasadas se consideran problemáticas y dignas de ser abandonadas simplemente por «obsoletas». En el reino de la neolengua, «viejo» ya no significa originado en una época antigua, sino simplemente irrelevante y digno de abandono. Siguiendo una trayectoria iniciada a partir de los años Noventa, el concepto se tiñe así de un sentido normativo que prescribe liberarse de la tradición como tal. El lema de esta relación nihilista con la tradición se condensa en las palabras de Harari, intelectual orgánico del bloque oligárquico neoliberal: «El sentido de conocer la historia no es recordar el pasado, sino verse liberados de él» («The Guardian», 18 de octubre de 2022).

Por este camino, los habitantes del presente son alejados de su herencia cultural y quedan privados del vínculo vivo con el pasado de su origen. El error reside en considerar y tratar el pasado como si debiera responder a los criterios del presente, reeducando a los muertos y proyectando el presente mismo en las tramas del pasado: los antepasados ​​históricos, desde Aristóteles a Leonardo da Vinci, desde Platón a Kant, son tratados como contemporáneos y, sobre esta base, condenados a rendir cuentas de sus acciones según el espíritu del tiempo presente.

De ahí deriva la que ha sido etiquetada como the death of the past (la muerte del pasado), «muerte» que por otro lado es suministrada mediante un paradójico círculo vicioso, en virtud del cual el presente acusa al pasado de no estar alineado con los valores del presente y, en función de ello, pretende corregirlo además de inculparlo. Los efectos son casi siempre tragicómicos, como evidencia, por ejemplo, el estudio «Toxic Maculinity in the Ancient World«(Masculinidad Tóxica en el Mundo Antiguo), con el que se fustiga al mundo antiguo con arreglo al prisma hermenéutico de las sensibilidades del presente respecto a la relación entre hombres y mujeres. O como también se desprende con límpida claridad de la serie televisiva Cleopatra (2023), en la que la protagonista elegida es una actriz de color, con la declarada intención de mostrar que la reina-faraona de Egipto se hallaba a la debida distancia del «supremacismo blanco«.

La contrastada práctica del rebranding (rediseño) del pasado según las convenciones del presente fuerza la historia e indebidamente la pliega a los intereses del hoy, atribuyendo a posteriori una identidad recién inventada a personajes históricos del pasado; ello deriva en el cortocircuito de un anacronismo moral, que pretende absurdamente imponer un intenso intervencionismo en contra del pasado y de las figuras históricas que lo han poblado, transformando la historia misma en medio de autocumplimiento narcisista del hoy. El vicio de anacronismo que caracteriza el trabajo de los arqueólogos del agravio se manifiesta con nitidez: son incapaces de contextualizar el pasado y no son conscientes de que la distinción entre el presente y el pasado se rige por tener conciencia del hecho de que entidades históricas diferentes existen en contextos históricos diferentes. De ahí el absurdo de las reprimendas de los guerrilleros de la cancel culture y de su sentirse ofendidos por Platón y Aristóteles, por Dante y por Kant. Ese carácter absurdo es de naturaleza doble, ligado como está no solo al vicio anacrónico mencionado, que lleva a los hierofantes de la cultura de la cancelación a juzgar tanto a Platón como a Kant con la sensibilidad del hoy, sino también al irracional concepto de «ofensa» que pretenden hacer valer: ¿cómo podrían Platón y Kant ofendernos, considerando que la ofensa siempre requiere el acto intencional del sujeto que la realiza? ¿Cómo puede quien vivió en el pasado ofender a quien habita el presente?

El imperialismo presentista se nutre, en efecto, de una constante reinterpretación negativa del pasado, sin tener en cuenta las circunstancias históricas en las que vivieron sus personajes y sin considerar que el tortuoso viaje del espíritu humano lo ha conducido gradualmente, en términos hegelianos, a la adquisición de la autoconciencia. Así que, por aducir un ejemplo, si bien es cierto que una vez comprendida la barbarie de la práctica de la tortura ya no se puede volver a ella, es igualmente cierto que resulta un completo disparate pretender corregir el pasado en el que la tortura era practicada.

Este proceso de aniquilación del pasado no perdona ni siquiera al lenguaje, sometido también a las terapias de la cancel culture y a su incansable labor de reforma y corrección del vocabulario mediante la abolición de palabras y frases consideradas ofensivas. Bajo este argumento prosperan las revoluciones ortográficas del asterisco y las insurrecciones léxicas del schwa, en las que se expresan tanto la incapacidad de nuestro tiempo para seguir el camino de una revolución real que cambie el diagrama de las relaciones de poder socioeconómicas (prefiriendo dirigirse, de forma compensatoria, contra el pasado y contra el lenguaje), como la exigencia, acorde con el Zeitgeist (espíritu del tiempo), de reprogramar ex novo el vocabulario tradicional, desacoplando también lingüísticamente a la sociedad del pasado y del vocabulario tradicional. Esto es lo que se ha denominado, con razón, la «desheredación de la historia».

La memoria nacional de los pueblos y su cultura compartida se ven de esta guisa sustituidas por un relato artificial, construido en torno a los símbolos de las minorías liberal-globalistas: las banderas arcoíris van a sustituir los símbolos de las naciones y de las tradiciones; la neolengua de los asteriscos y de las formas ortográficamente correctas desplaza las lenguas nacionales de los pueblos tal como se construyeron y transmitieron históricamente. Como enfatizó Hegel, en la lengua nacional y en su transmisión histórica de generación en generación se expresan la cultura y el «espíritu del pueblo» (Volkgeist): se supera la condición natural y se vuelve plenamente espiritual, integrándose en una tradición preexistente de lengua y costumbres. Con las palabras de Hegel: «Es propio de la más alta cultura de un pueblo poder expresar todo en su propia lengua. Los conceptos que expresamos con palabras extranjeras parecen tener para nosotros algo extraño, que no nos pertenece inmediatamente».

La consecuencia que se desprende es que las nuevas generaciones crecen desligándose del pasado de su historia y de su comunidad, adoptando cada vez más la inédita forma de una polvareda de átomos desarraigados y trotamundos, económicamente liberales, políticamente liberales y culturalmente libertarios. El marco simbólico en el que se despliega el proceso de desheredación de la historia y la producción de la nueva homeless mind, la “mente sin hogar”, coincide con la ideología del «año cero» como antítesis de la continuidad histórica y como exigencia de abandono y, al mismo tiempo, de enmienda del pasado. Siguiendo lo afirmado por el protagonista de 1984 de Orwell, la historia se ha detenido y no existe nada más que un presente infinito, en cuyos espacios petrificados el Partido siempre tiene razón.

En este horizonte de sentido, también se explica la práctica en auge de la codificación normativa del speech code (código de discurso), mediante la cual los heraldos de la cancel culture y los guerrilleros del arcoíris reprograman y modifican radicalmente el lenguaje con el objetivo de modificar y reprogramar el comportamiento de las personas de acuerdo con los cánones de la sociedad liberal-progresista. La orientación teleológica sigue siendo, también en el caso de las revoluciones lingüísticas, la inducción de la amnesia social, de modo que los individuos y los pueblos pierdan la capacidad de recordar el pasado y de inspirarse en sus lecciones: un lenguaje que rompe con la tradición ya no aspira a generar un sentido de continuidad y de desarrollo, sino a poner en marcha un hiato autocelebratorio entre el presente en sí mismo perfecto y el pasado ahora outdated (obsoleto).

La guerra contra el pasado, en todas sus determinaciones y sus figuras, refleja plenamente la mentalidad de la market society (sociedad de mercado), su necesidad nihilista de “desguazar” lo viejo y alimentar incesantemente el ciclo acelerado del consumo: como los teléfonos y electrodomésticos recientes son superiores a los del pasado, así debe ser todo lo demás sin distinción.

El pasado como tal acaba por ser entendido como un obstáculo a la lógica de reproducción y expansión del nihilismo tecnocapitalista. En efecto, en sí misma considerada la forma mercancía no tiene pasado ni futuro, sino solo el presente de su ilimitada circulación autovalorizante, el aquí y ahora de la inmediata usabilidad de los entes en nombre del beneficio y del crecimiento del poder. Además, el futuro y el pasado terminan por ser percibidos y rechazados por el capitalismo absoluto como limitaciones al programa de valorización del valor: de hecho, el futuro representa el horizonte de la posibilidad y de la expectativa de ser de otra manera y, por lo tanto, de la eventual alternativa al market system; el pasado, por su parte, simboliza el espacio de aquello que se ha configurado de modo diferente al orden tecnocapitalista, y por eso mismo socava la ideología que aspira a naturalizar la forma mercancía en un destino natural-eterno.

Entre otras cosas, el pasado puede actuar como factor de condicionamiento y de limitación para los espacios viables para el crecimiento del capital, en tanto deja sobrevivir, entre los pliegues del presente, una cantidad de sentido de la tradición y una gama de valores pasados ​​que entran fácilmente en contradicción con el nihilismo capitalista: el vínculo con los lugares y con los territorios, con las raíces y con las comunidades, con las costumbres y con las lenguas, orienta la existencia de pueblos e individuos y puede llevarlos a limitar la libertad de valorizar ilimitadamente el valor. Es según esta clave hermenéutica que se puede interpretar el régimen de temporalidad del eterno presente como funcional al programa del orden del turbocapitalismo uccidental (*) y su guerra contra el pasado de la tradición y, al mismo tiempo, contra el futuro del proyecto.

La temporalidad colapsa en el presente instantáneo del presentismo y de su imperialismo temporal que encuentra en la cancel culture una valiosa aliada: debilita la autoridad del pasado y de su herencia, destruyendo el espíritu de las comunidades y el arraigo histórico de los pueblos y los individuos, y, a su vez, neutraliza la fuerza atractiva y movilizadora del futuro como horizonte de expectativa. En antítesis con una cierta imagen estereotipada, que percibe la tradición como una redonda perfección situada en el pasado y a la que el presente debe nostálgicamente remitirse de forma acrítica  (según lo que Nietzsche, en sus Consideraciones Intespectivas, estigmatizaba como Historia anticuaria), la tradición es similar a la llama que se transmite de generación en generación, de padre a hijo: no santifica lo que ya sido, pero identifica y traduce en acto las posibilidades futuras que el pasado ha puesto a disposición del presente.

La arqueología del agravio en la que se basa la cultura de la cancelación exige a los pobladores del presente llevar a cabo una operación insensata y, a la vez, imposible: pretende de ellos que corrijan el pasado según la sensibilidad actual. Pero eso es literalmente imposible, ya que el pasado, por definición, es aquello que ya no existe y, por tanto, escapa al alcance de nuestras acciones en el presente. Sin duda, podríamos criticar el trato a los esclavos en la antigua Grecia pero, en términos concretos, no podremos hacer nada para mejorar su condición ni para liberarlos. Por supuesto podemos criticar la obra colonialista de diversos personajes de la Modernidad pero, ciertamente, vandalizando sus estatuas no cambiaremos sus acciones, consignadas en la dimensión inapelable del pasado.

Lo que podemos hacer, si acaso, es estudiar críticamente la historia para emular la grandeza y evitar repetir los errores: y esta es una de las enseñanzas fundamentales que debemos aprender de la historia. En este sentido, el único significado del que puede dotarse la expresión «corregir el pasado» es el de evitar repetir las tragedias y reparar sus consecuencias todavía vivas en el presente. A modo de ejemplos: no podemos consolar a los nativos norteamericanos por las violencias que padecieron, pero sí podemos devolver a sus descendientes las tierras robadas; no podemos intervenir sobre las expropiaciones provocadas por la acumulación capitalista y por la especulación financiera, pero sí podemos redistribuir el capital acumulado con sus rapiñas.

Pero es precisamente esto lo que los hierofantes de la cultura de la cancelación se guardan mucho de hacer o de teorizar: la «corrección del pasado», como ellos la entienden y la practican, no afecta nunca a las consecuencias materiales presentes y no roza siquiera las relaciones de poder hegemónicas. Por el contrario, se manifiesta siempre y únicamente bajo la forma de batallas reinterpretativas y de vendettas simbólicas post mortem que, sin incidir jamás sobre el presente ni sobre sus contradicciones, simplemente consolidan un sentimiento de censura hacia el pasado que, sin solución de continuidad, se transforma en una inédita subcultura del olvidar y del borrar, del vandalizar y del cancelar. El quid proprium del imperialismo presentista de la cancel culture no es, genéricamente, la aversión hacia el pasado —que, por lo demás, ya se encontraba también en otros momentos de la Modernidad—, sino la voluntad de reescribirlo según el programa del presente, remodelándolo a imagen y semejanza de este último.

En su conjunto, el pasado deviene en un instrumento para «reciclar» las preocupaciones del presente, del que ahora es solo un apéndice: se interpreta el pasado en función de las preocupaciones de la «hodiernidad», con arreglo a una presunta superioridad temporal que lleva a mirar con soberbia y desprecio a la tradición. Ya no se busca aprender la lección de la historia, como prescribía la exhortación ciceroniana; ahora, por así decirlo, se trata de darle una lección a la historia, corrigiendo el pasado en el sentido de una reescritura que lo vuelva análogo al presente y funcional a él.

Bajo esta luz, el imperialismo presentista de la cultura de la cancelación resulta orgánico al espíritu del orden tecnocapitalista, no solo en razón del hecho de que, como se ha evidenciado, declara la guerra al pasado y al futuro, eternizando ideológicamente el presente mismo y el programa de la market society: es también afín al status quo por vía de la función apotropaica que desempeña, desviando la mirada crítica del presente al pasado e induciendo a los sujetos a proyectar sus luchas no en el espacio del hoy y de sus contradicciones sociales, económicas y políticas, sino en la dimensión del pasado, en la forma de una insensata guerra contra los muertos y contra las obras de la tradición. No solamente produce una desfocalización de la mirada sobre las distorsiones del presente, sino que, además, lo justifica ideológicamente como el tiempo de la lograda perfección, desde cuyas alturas hay que erguirse para enmendar las contradicciones, relegándolas con un movimiento que nada tiene que ver en absoluto con la dimensión del pasado. La observación de Maquiavelo de que «los hombres alaban siempre, aunque no siempre con razón, los tiempos antiguos y acusan a los presentes» da paso hoy a la constatación de que los hombres, a merced del Uccidente (*) tecnocapitalista, «alaban» siempre y solo el presente y acusan a los tiempos pasados. En definitiva, declarar la guerra al pasado se convierte en una coartada para no afrontar los problemas que asolan el presente.

Por otro lado, la crítica moderna hacia el pasado lo consideraba un obstáculo para la creación del novum y para la generación de una sociedad distinta, actuando, por tanto, como un instrumento capaz de impulsar la acción transformadora: incluso en el Siglo XIX, los modernos se orientaban en buena medida a santificar lo nuevo más que a denigrar lo antiguo. Por el contrario, el imperialismo presentista de la cultura de la cancelación se mueve únicamente por el impulso de vengarse del pasado: no aspira en modo alguno al nacimiento de un mundo nuevo, sino siempre y sólo a santificar el presente.

 

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(*) N. del T. El término “Uccidente” –o por derivación, “uccidental”- no es una errata. Se trata de un juego de palabras, habitualmente utilizado por el Autor, compuesto por el concepto geopolítico “Occidente” y el verbo italiano “uccidere” (que traducido literalmente significa  “matar”, “asesinar”)

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