Que el Estado se hace más fuerte a nuestra costa es algo completamente literal. No es una mera apelación a la procedencia de los recursos del Estado, pues, aunque es por todos sabido que el Estado obtiene todos sus recursos financieros, materiales y personales del pueblo, hay algo peor y mucho más profundo. Algo que entra dentro de nuestro ser y nos postra aún más frente a un ente crecido y creciente.
No es ninguna proclama libertaria ni anarquista contra la omnipresencia del Estado; es una dinámica que se ha mostrado imparable en su desarrollo y, también, difícil de ignorar.
Lo que está sucediendo es que el individuo y cualquier institución colectiva que no sea reconocida implícitamente como legítima por el Estado ve reducida cada vez más su autonomía y su rol activo. Cada aspecto o rol que el individuo, la familia, el grupo de amigos o lo que fuere pierde, el Estado o la corporación debidamente aprobada por este se lo adueña. Cada centímetro de nuestra autonomía que aceptamos perder es un hilo más del Estado sobre nosotros y los nuestros.
No se trata de que el Estado ofrezca un sistema sanitario público para «evitarnos» tener que hacernos cargo de nuestros cuidados sanitarios y cree, con los recursos que extrae de nosotros, un sistema sanitario universal. No es eso lo realmente dañino, más allá de una gestión lamentable, pues dicho sistema sanitario puede ser más que deseable y lógico. Se trata de haber permitido y, ya en muchos casos, ansiar la entrada del Estado en aspectos internos para que se muestre como un gestor de nuestra vida más íntima.
Está muy bien hablar de la salud mental, de la epidemia de enfermedades mentales, de la crisis de ansiedad casi generalizada en algunas generaciones y buscar soluciones. Nadie podría ni debería poner coto a la búsqueda de soluciones. Pero tampoco nadie racional pondría a la gallina de guardiana del maíz.
Hay que ser sinceros: la causa principal de, por ejemplo, esa epidemia de ansiedad en algunas generaciones no es casual. La ansiedad no aparece de la nada. Es más, aunque se trata como una patología, es más un síntoma que una enfermedad. Pues la propia ansiedad no es la causa de la ansiedad; sería absurdo. Quizás, llamadme radical, la causa de tal ansiedad vital sea la frustración permanente en los proyectos de vida de ciertas generaciones. Una frustración que lleva a no tener, siquiera, proyectos de vida.
Andar por la vida sin rumbo no es cómodo. Dudo que nadie pudiera estar mucho tiempo sin saber adónde va sin sufrir problemas severos. Aunque parece que se muestra como lo más lógico en las circunstancias actuales, pues tener un proyecto vital en la actualidad es el camino más directo a la más absoluta depresión. Es susto o muerte. La nada o el fracaso garantizado. Nihilismo o sentir que cada esfuerzo es inútil.
Y eso es así porque es tolerado premeditadamente por el Estado. Es el propio sistema. No es una mera cuestión de que la vivienda esté cara y el Estado se muestre errático al actuar. No es una inseguridad en las calles que parece difícil de combatir y que, cuando se toman medidas (si se toman), sea tarde, mal y de eficacia cuestionable. Ni tampoco es ese aparente «mero vacío» que permite e incentiva la enajenación de la propiedad privada. Ni legislar cuestiones absurdas. Ni tener un sistema educativo que no ofrece los recursos y habilidades que el individuo requiere para su vida, sino todo lo contrario. Nada de conciencia grupal verdadera, nada de autonomía personal, nada de saber hacer frente a las dificultades. Mejor ofrecer y medir conocimientos abstractos junto a una nueva religión cívica que intente garantizar la sumisión al Estado como nuevo sumo sacerdote. Esto último con un éxito cuestionable, afortunadamente. Tampoco importa que emprender sea un milagro y que haya que pagar antes de ganar. Ni que la inserción laboral sea otro milagro. Aunque de los sueldos sí que podemos hablar. El Estado puede subirlos sin problema. No los paga él, así que no hay problema.
Al final, no se trata de esas cuestiones particulares en que el Estado se muestra ineficaz, torpe o dañino. Se trata del lienzo general, que muestra todos los frentes de la guerra del Estado contra la autonomía del individuo. Una guerra total, pero que creemos formada por pequeñas y accidentales afrentas que se solucionan arrastrándolas o con, irónicamente, más Estado. Una guerra que acaba debilitando mentalmente —aún más— a todos los afectados porque no hay escapatoria. Y, en ese momento, el Estado parece el potencial salvador.
El mismo Estado que se golpea el pecho ante la batalla por la salud mental, pero que necesita de su empeoramiento para tener más siervos que ciudadanos. No es retórica, es diagnóstico. El Estado, en su afán de crecimiento ilimitado, necesita la pasividad de todos aquellos sobre los que se impone. Un ciudadano armado y dispuesto (en sentido metafórico) es un obstáculo. Se necesita de ciudadanos demacrados, atomizados y desconectados de la causa de sus problemas, pero muy sensibles para con cualquier organismo que ofrezca soluciones. El Estado necesita monigotes para poder crecer sin oposición. Pero más aún: necesita que esos monigotes tomen un rol activo en demandar «cuidados» o servicios del Estado. Y para ello no se les necesita únicamente pasivos, sino también muy afectados por el sistema que sufren, pero sin ver al sistema como responsable, únicamente como solución. Suena absurdo, pero el Estado ha conseguido que una parte de la población perjudicada por las ansias del propio Estado pida un bis.
La solución ante cualquier problema con raíces en la disfuncionalidad del aparato estatal acaba siendo más Estado, más servicios y más sumisión al Estado. Pero jamás saldrá de ello una solución real, aunque muchos lo crean. El Estado podría hacer mucho más sin abarcar tanto, pero no lo hace. ¿Por qué? Las respuestas rápidas son dos: falta de voluntad o incapacidad. Existe la tercera, que es mala fe. Pero cualquiera de ellas lleva al mismo sitio. Si el Estado quisiera combatir esa crisis de ansiedad generacional, analizaría las causas y las combatiría. Pero no es así. Los medios económicos, humanos y técnicos dispuestos para la prevención del suicidio son bastante menores y ni se entra mucho en ellos. No hay grandes estudios nacionales que analicen de forma rigurosa las causas de ciertas patologías mentales ni tampoco voluntad política para ello. Pero hay propuestas de sucedáneos. Mejor un canuto y calmar la ansiedad con monopolio público.
Unos calman síntomas, otros ganan recaudación. Y cuando, tras años de uso, se desarrolle algún tipo de brote psicótico o se tenga alta dependencia, ya se verá. Pero por el camino, sin resolver ningún problema de fondo, se obtienen adictos potencialmente pasivos u obedientes al Estado.
Si se analiza, las medidas del Estado ante cualquier problema suelen basarse en obviar el fondo del mismo porque saldría perjudicado y tomar caminos que, progresiva y calculadamente, ofrezcan más sumisión a sus intereses. Hasta en algo tan serio como la muerte. O en nuestra vida, si se prefiere.
Tenemos un Estado sin una funeraria pública (de momento), pero que se reserva el monopolio de poder quitarnos la vida. Y no me refiero a la pena de muerte; curiosamente, eso es lo que lo hace más ofensivo y patético. Hay grandes resistencias entre los sectores clave de las élites políticas de España para aplicar la pena de muerte a los peores criminales. Siempre bajo la muletilla de «hay que apostar por la reinserción». Pero esa falsa y hueca sensibilidad termina en el mismo momento en que el Estado corre a legislar y a reservarse el rol de poder matarnos bajo el concepto de la eutanasia. El Estado puede acabar con la vida de mayores, postrados, enfermos crónicos, jóvenes, deprimidos o el caso que fuera. Pues, como todo, se trata de mover suficientemente la ventana de Overton.
Hubo un día en que era inimaginable que el Estado matase a un anciano, por mucha voluntad que dicho anciano tuviera de ello. Pero la ventana ya muestra otras opciones y eso ha quedado muy atrás. Aunque siguen con eufemismos, es la única parte positiva. Necesitan ocultar la realidad. Necesitan de la palabra «eutanasia», o mi término favorito, «suicidio asistido». Matar, asesinato, homicidio… todo suena mal. A menos que cambiemos los términos o les pongamos alguna extensión biensonante. Es como aquel mítico concepto de «homicidio altruista» reservado a madres que asesinan a sus hijos como reacción al padre. También se podría plantear como venganza o «los maté porque eran míos». Pero eso se reserva para otros autores. El juego del lenguaje en los últimos años se ha vuelto tan soez como absurdo, pues no aguanta ningún giro, únicamente discurso ideológico. Así que el Estado decide ser «asistente» en la muerte. Suena muy bien: otro servicio público más, un ciudadano menos. Y de eso se trata, de dejar hueco para el Estado.