Derecho internacional, revés europeo

Derecho internacional, revés europeo. Aitor Vaz

El derecho internacional se reduce a la ley del embudo, no es ninguna sorpresa, nada nuevo bajo el sol. El fuerte hace y deshace mientras no haya otro aún más fuerte y con menos reparos morales. Y hay algunos que sufren los rigores de tal sistema. Merecen compasión pues, por lo general, son los países que deben someterse a tales normas del derecho internacional si no quieren que, aquellos otros que no se rigen por tales principios, se los impongan a garrotazos.

Aunque tenemos un tipo más, no existen únicamente dos clases. Pues tenemos a la UE, entidad supranacional que por sus componentes, podría ejercer el mismo rol de potencia, pero se obceca en tener una posición odiosa. Se somete, de cara a la galería, a la legalidad internacional de la forma más pulcra posible para erigirse en un faro moralista. Un faro moralista que nadie pidió ni traga, pero que deja entrever más luces de colores parpadeantes que un potente haz que guíe. Muchos -por no decir todos- saben de tal hecho, pues la UE, que bien capaz es de reprimir y regular de forma obsesiva cualquier conducta o palabra que no encaje en un marco ideológico que oportunamente confunde con legalidad internacional, se cierra en banda a hacer cumplir dichas reglas cuando, incluso, la única opción restante es la fuerza. La UE tiene un emperramiento con los procedimientos en cuanto a la legalidad internacional, pero nada más. Es un observador quisquilloso, un forofo que le grita a una pantalla mientras el partido es jugado por otros a muchos kilómetros y nadie le oye. Únicamente su familia, a la que no deja dormir, es víctima de sus berridos.

Nos oponemos a Maduro en Venezuela y nos pasamos años apoyando de forma desganada y simbólica a la oposición. Algunos dirían que somos unos flojos. Pero es peor, pues en algunos casos como el de España, la posición de partidos sistémicos como el PSOE es de apoyar a la oposición con una mezcla de silencio y cara de asco, mientras el rechazo al régimen bolivariano es de «sí, sí, muy malos» y rezando para que nadie tire de la manta.

En geopolítica tenemos poca chicha, únicamente hacemos seguidismo de los EEUU cuando nuestros jefes también controlan dicho país, pero cuando se les escapa la correa nos quedamos en el limbo. No somos ninguna clase de actor internacional, somos los comentaristas del mundo. Tenemos nuestra atalaya y vamos tirando pullas más a diestra que a siniestra. Gran papel nos hemos adueñado. La mayoría del mundo nos tiene señalados como antiguos colonialistas y, ahora, nos dedicamos a mostrar soberbia pero sin voluntad de acción. Somos una diana perfecta para que todos apunten. El antiguo matón que ahora tiene flojera pero se ha vuelto más insoportable. Carne de tortazo. Es normal que cualquier conflicto, en cualquier rincón del mundo, nos salpique y nos señale. No tomamos cartas en ningún asunto ni jugamos ninguna partida, pero no dejamos de hablar a voces para hacernos notar.

Es lógica, hasta cierto punto, esa posición europea. Hemos vivido tan asustados por la violencia y la guerra del siglo XX, que cualquier atisbo de uso de la fuerza, genera rechazo. Y cada vez más. Lo que una vez fue una reacción razonable y sana ante toda la sangre y sufrimiento que sufrieron nuestros antepasados y que permitió, por otro lado, una larga paz europea, se ha convertido en patología. Tenemos una industria bélica más que temible -otra cosa es que únicamente nos queremos comparar como naciones separadas ante superpotencias-, recursos financieros, ejércitos e ingente armamento, pero una patente falta de voluntad de aplicar la fuerza a terceros. A las élites europeas les resulta muy fácil sacar al ejército a la calle para que nos pongamos mascarilla, pero tienen serios reparos morales para coger a Maduro por la solapa por más bárbaro que sea.

La violencia es una forma de legitimidad. Lo ha sido a lo largo de la historia y lo sigue siendo. La fuerza manda. Otra cosa es que prevalezca indefinidamente. Pero la fuerza es capaz de imponer sistemas y hacer que sean aceptados. Es cierto que no es la fuente ideal ni más ética de legitimidad, siendo de las últimas que querríamos que nos aplicasen o aplicar. Pero no vivimos en ideales. El mundo es lo que es, no lo que debería ser.

Y del mismo modo que la ley común contempla castigo para el infractor, hay momentos en que no hay diálogo ni negociación posibles sin un puñetazo en la mesa o una bofetada. No es bonito, es la realidad.

Pero la mentalidad europea está impregnada de un pacifismo rancio y bastante absurdo, pues se dedica a hacer aspavientos e ir dando tumbos y gritos sobreactuados mientras no hay ningún plan real para hacer cumplir esa «legalidad internacional». Peor aún, ese pacifismo histriónico y obsesivo con la legalidad, esconde a muchos elementos que lloran por el fin de una dictadura mientras serían capaces de justificar la interferencia en unas elecciones democráticas porque no sale lo que ellos querrían. ¿Absurdo e hipócrita? Puede, pero el europeo traga por miedo a Rusia o, ahora, a los EEUU. Siempre hay alguna sombra oportuna para asustar y reprimir al ciudadano europeo mientras las élites se niegan en redondo a utilizar la fuerza fuera de sus fronteras.

Al final, como europeo, yo no me planteo debates estériles sobre que un tercero como los EEUU haya tomado a Maduro como a un melón. Ni me sorprende que pretendan hacerse con Groenlandia. Me cuestiono el rol real de la UE en el mundo. Marruecos chantajea a España sin problemas, Erdogan puede hacer lo propio, Rusia es una potencia nuclear que sabe que la UE podrá imponer sanciones económicas pero buscará pretextos para no entrar en conflicto armado directo, únicamente financiaremos a Ucrania y les daremos armas para no mancharnos de barro. Los EEUU nos han podido tener como protectorado y, por ello mismo, saben de nuestra pasividad. ¿Cómo pretendemos defendernos? La única imagen que generamos en el mundo es la de un anciano impotente que divaga y mira con superioridad a los demás pero se niega a actuar o a defenderse.

No se trata de convertirnos, repentinamente, en un actor geopolítico hiperactivo y belicista. Sería tanto o más contraproducente que nuestra situación actual. Pero sería agradable que pudiésemos definir y conocer nuestra posición y, también, las diferentes herramientas que podemos utilizar. La UE debería tener intereses, como cualquier otro actor internacional. Y defenderlos, aunque seamos un bloque cuestionable y en el que como español no me gusta estar. Pero la actual situación es un enorme ridículo. Si somos los defensores de la democracia y la legalidad internacional, ¿realmente lo de Maduro era inasumible pero meter a un yihadista en Siria y sacarse fotos con él es coherente? ¿Podemos justificar que durante las negociaciones de paz para Ucrania, se envíen drones contra la residencia de Vladimir Putin en sus vacaciones? Quizás sí, pero entonces, ¿por qué pedirle garantías a él para que no mate a Zelensky? ¿Y con qué fuerza? ¿Bajo amenaza de más sanciones? Ya llamamos Kyiv a lo que es Kiev y hubo un ingenioso visionario español que le cambió el nombre a la ensaladilla rusa. ¿Ahora qué podemos hacer? ¿Hacemos una ley para que las famosas “Moscovitas” de Oviedo se pasen a llamar «Zelenskitas»? Porque el uso de la fuerza lo rechazamos y tampoco nadie nos cree capaces de hacer uso de ella.

Hay que poner coto y zanjar los grandes problemas de la UE, que no son pocos. Habrá que decidirse por asumir que la fuerza puede y debe ser usada a veces, no solamente contra la propia población. Y debemos acabar con grandes hipocresías. ¿Cómo podemos pedirles a los europeos que tengan un kit de supervivencia y que los jóvenes se preparen para servir en la milicia, si luego somos plañideras de un dictador porque no lo han echado con besitos y ruegos? ¿Cómo podemos combatir el yihadismo si lo colocamos en Siria y nos fotografiamos con él?  Por no recordar nuestra participación en la toma de Libia -sí, bajo la OTAN y con supuesto arreglo al sacrosanto derecho internacional de la ONU- que dejó un estado fallido por 15 años. Para una vez que usamos la fuerza, supuestamente de conformidad al derecho internacional, nos sale un esperpento. Aunque tampoco es una sorpresa; el rumbo de las élites europeas es un misterio que únicamente sus jefes conocen, el ciudadano europeo está en el asiento de atrás a verlas venir.

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