Elogio de la locura

Elogio de la locura. Fernando Sánchez Dragó

Erasmo de Rotterdam publicó en 1511 esa obra decisiva en la historia del pensamiento y de la literatura. El Quijote, por poner sólo un ejemplo capaz de volver inútiles todos los demás, nunca se habría escrito sin ese ilustre antecedente. Es seguro que Cervantes la leyó. La cultura de nuestro siglo de oro fue erasmista hasta la médula. Marcel Bataillon lo demostró en su monumental Erasmo en España, que yo tuve la fortuna de leer en mis años universitarios no por mérito propio, sino porque me indujeron a ello Rafael Lapesa, Dámaso Alonso y Santiago Montero Díaz, que además de catedráticos eran maestros en la acepción latina de la palabra. Hoy suena raro, pero en aquella universidad de los años cincuenta y sesenta, por mí evocada en el más reciente de mis libros ‒Galgo corredorLos años guerreros (1953 a 1964), Planeta‒, aún había maestros y alumnos que por tales los teníamos. ¡Oh, témpora!

Mi voluntad pedagógica no llega al extremo de pedir a los lectores de esta columna, si los hubiere, que lean a Bataillon, gran hispanista, pero sí me atrevo a aconsejarles el Elogio de la locura, obra chispeante, inteligentísima y divertidísima, en la que el magister Erasmus, convertido en espadachín de ideas y en malabarista de tropos, recurría a la broma, a la sátira, al chiste y, sobre todo, a la ironía, que el Parnaso nos conserve. Ya sé, ya sé que los chicos de la generación millennial, de la centennial, de la zeta, de la equis (no sé si me equivoco de orden ni si repito una) y de las que smartPhone en mano o con él entre los dientes estén por llegar, si el virus no lo impide y la transformación del sexo en género tampoco, no entienden esa figura retórica en la que se da a entender lo contrario de lo que se dice. Cabe esperar que si no leen a Erasmo, lean por lo menos a Voltaire o a Oscar Wilde. ¿Peco de optimismo?

Erasmo, después de recorrer Italia y de poner luego rumbo a Inglaterra para acogerse a la hospitalidad de Tomás Moro ‒¡qué lujo habría sido poder asistir a sus veladas!‒, cobró conciencia de la insensatez del mundo e ironizó sobre ella, sin descalificarla o incluso proponiéndola, en la obra a la que aquí, a lomos de la arrolladora actualidad, hago referencia. 

¿Acaso no tenemos todos, a excepción de los locos de verdad y de atar, la impresión de que el mundo ha enloquecido por completo y que basta con encender la tele, poner la radio, leer la prensa, corretear por las redes sociales, asomarse al balcón, salir a la calle o telefonear a un amigo para toparse con más disparates de los que veía don Quijote por los campos de la Mancha sin tomarse en serio los elogios de la cordura que a los suyos de la locura oponía su escudero?

Ya dije que Cervantes era un erasmista redomado, aunque lo disimulara bien para que los soplones, cabrones y sayones de la Santa Inquisición no reparasen en él. A pesar de ello repararon, aunque en su caso no fueran los de la Suprema quienes por dos veces lo metiesen en chirona. Con razón, aunque sólo a medias, decía Ortega, el de la España Invertebrada, que en ese país tan rarito todo lo bueno, desde el Quijote hasta la Segunda República, había nacido en la cárcel. Luego se desdijo ‒¡No es esto, no es esto!‒del último término de tan morganático binomio. Más le habría valido incluir en esa cesta de barrotes y no de mimbres a Fray Luis, a Juan de la Cruz, a Miguel de Molinos y, ya metido a futurólogo, incluso a Dragó, que también, años después, acabaría en la trena. De ese quíntuple episodio da cuenta mi homónimo, aprovechando que el Duero pasa por Soria, en Galgo corredor. La mención, que además de irónica es algo icónica, viene al pelo, pues he comprobado, a propósito de Cervantes y del Quijote, que a no pocas personas les ha sorprendido y admirado lo de galgo corredor, ignaras de que la expresión procede del primer párrafo de la obra más importante de nuestra literatura. Y no todas eran millennials ni centennials lobotomizados por los planes de estudio, la tecnología y la telecaca. En fin… De gentes así, decía Aldous Huxley en la última página de su novela Contrapunto, es el Reino de los Cielos. El mundo, y la península Asnalfabética no digamos, está lleno de pobres de espíritu, y no precisamente en el sentido evangélico de tan piadosa y mortífera definición. 

A lo que iba… Que el mundo se ha vuelto loco es evidente. ¿Hay alguien que no esté de acuerdo? Esa frase se repite por doquier. Hoy, 20 de enero de 2021 ‒anoten la fecha, que no es indiferente‒ un osito perezoso, dormilón, invertebrado (como la España de Ortega) y aquejado, a juzgar por sus movimientos, sus posturas, sus gestos y sus palabras, de demencia no sé si presenil o senil del todo va a tomar posesión de la presidencia de un Imperio que con él, previsiblemente, dejará de serlo a mayor gloria de China, de Rusia, del Islam o de alguna potencia extraterrestre. La de los virus, por ejemplo. Si eso no es locura…

Esta mañana, por la del 20, puse a primera hora un tuit que decía: “Llega Biden, se va Trump, el virus se extiende, las vacunas en entredicho, la elecciones catalanas en el alero, la delincuencia… Hago mío lo que dicen que Teresa de Jesús dijo aunque no es seguro que lo dijese: “No pasa nada, y si pasa, ¿qué importa?, y si importa, ¿qué pasa?”.

Pues eso. No en balde dice de mí Ramiro Calle que soy el perfecto espécimen del presencialismo zen. Pero luego va y hacia las tres de la tarde se derrumba un edificio de no sé cuántos pisos en la madrileña calle de Toledo. Otro gramo de locura. Dalí, el más quijotesco de los grandes pintores españoles, dijo: «La única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco». También él era un erasmista, aunque no creo que hubiese leído a Bataillon. Don Juan, el brujo yaqui de la saga escrita por Carlos Castaneda, explicó a éste que el hombre de conocimiento tiene que aprender a manejar el “desatino controlado”. Erasmo lo llamaba elogio de la locura. Yo, discípulo de todos ellos, me sumo a él. Y a ella. Pongo el tango Yira y… ¿Dónde demonios habré dejado mis gafas? 

que decía

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