En el circo geopolítico del Ártico, Groenlandia brilla como un premio gordo; un yermo helado rebosante de tierras raras, litio y grafito, justo lo que hace funcionar vuestros móviles Woke y los misiles de la OTAN. Mientras el casquete polar se derrite como un helado en el desierto de Dubái, Washington babea por sus minerales críticos, Copenhague finge soberanía danesa, Pekín susurra ofertas con billetes chinos y Bruselas redacta directivas para “proteger” el hielo con más papel.
Washington bien parece el matón patriótico que quiere el carrito de los helados. Trump, reelegido y más naranja que nunca, ha revivido su capricho de “comprar” Groenlandia, ahora con excusas “estratégicas”, pero en el fondo del hielo lo que brilla es el huevo de oro. Olvidad la oferta de 2020, hoy es el litio para baterías de los Tesla y las tierras raras para los F-35 lo que le motiva. La base de Thule ya es yanqui de facto, y con el deshielo, las rutas árticas prometen ahorrar semanas en el viaje Asia-Europa, dejando a Suez como un chiste obsoleto. Pero ojo, EE.UU. no comparte sus juguetes, vetando a China en minas y puertos, como en el canal de Panamá. La lucha por el hegemón mundial será encarnizada.
Copenhague y Bruselas se convierten el burócratas irrelevantes helados de pánico. Dinamarca administra el tinglado con subsidios que Groenlandia chupa como piruletas, antes de tirar el palo para pedir más. Pero cuando Trump llama, los nórdicos tartamudean sonriendo con cara de bobos. La UE mientras tanto, reina de la irrelevancia, sueña con “la autonomía estratégica” vía Groenlandia, para no depender del dominio chino de las tierras raras. Von der Leyen y sus 60.000 directivas verdes bloquearán cualquier pala minera con excusas eco-hipócritas, mientras pagan ingentes fortunas por el litio sudamericano o africano. Groenlandia será para la UE el último grito Woke en soberanía, pero solo si incluye cuotas indígenas, paneles solares en iglús y cero emisiones. ¡Progres a -40°C!
El actor silencioso que está comprando el mundo, China. Maestro del cash infinito, tantea con “inversiones mutuamente beneficiosas” en aeropuertos y minas a los groenlandeses. Si ya controlan el 90% del refinado mundial de tierras raras, ¿para qué quieren Groenlandia? Simple, para copar el Ártico. El objetivo es convertir las rutas del Mar del Norte en la Ruta de la Seda polar, puertos chinos en el Paso del Noroeste y monopolio logístico total. Washington grita “espías”, y con razón, Pekín no regala nada, solo deuda disfrazada de puertos. ¡El dragón helado, adorable hasta que te congela los… suministros!
Estas tensiones ya reordenan el mundo: las rutas árticas recortarán 10 días el trazado del canal de Panamá, lo hará en 12 días el tren que atraviesa el norte del continente sudamericano que ya construyen los chinos. Un nuevo actor entra en el juego, los minerales groenlandeses que “diversifican” cadenas verdes para la UE, el sueño húmedo de Ursula es tan falso como si lo refinaran en Copenhague, el comercio global pivota al Polo Norte. Europa pagará las primas por el litio “ético”, China seguirá controlando el refinado, EE.UU. las bases, y Groenlandia… bueno, seguirá pidiendo piruletas en forma de subsidios, votando independencia con dinero danés.
Al final, todos quieren el huevo de oro ártico. Se sientan a la mesa con los ojos brillantes desorbitados, esgrimiendo cuchillos punzantes. Trump lo engulle, la UE lo envuelve en regulaciones, China lo adorna con yuanes. ¿Ganadores? Todos y ninguno, desde luego no los ciudadanos. Los flujos comerciales se encarecen con guerras frías o heladas, mientras nosotros, los plebeyos, pagamos los móviles más caros y los envíos con retraso. Bienvenidos al nuevo orden mundial, la geopolítica de pingüinos con esteroides críticos.