Humoristas del régimen

Humoristas del régimen. Axel Seib

En realidad tenía dudas sobre el título del presente artículo, no podía decidirme entre «Humoristas del régimen» o «Nuevos bufones de la Corte». Creo que el segundo título habría definido muy bien el oficio al que me quería referir, pero también, irónicamente, quedaba más genérico y podía entenderse como cualquier politicastro o siervo del poder. Así que me decidí por «Humoristas del régimen» para ser más concreto y, por una vez, más políticamente correcto. Me disculpen por la moderación.

Aunque no veo habitualmente la televisión -cuestiones generacionales- siempre acaba esa caja tonta -ahora lámina deficiente- apareciendo por otros canales. No hay forma de salvarse de esa peste que son los medios tradicionales y sus asalariados. Estómagos agradecidos y serviles que, ataviados con su disfraz de antifascistas, servirían a cualquier otro régimen con la misma radicalidad e inquina si les asegurasen el tren de vida. Y no me refiero a los típicos periodistas, comentaristas y toda clase de opinadores que reciben mensajes con las instrucciones para el día. A esos ya les dediqué unas líneas hace un tiempo. Ahora me refiero, como ya se puede saber por el título y la introducción, a los supuestos humoristas que saturan pantallas y paciencias haciendo gala de más clientelismo que gracia.

Personajes caducos y sudados que llevan décadas en los medios haciendo los mismos chistes para señalar y difamar a las mismas dianas. Supuestos ricos y gente que, según ellos y sus jefes, pagan pocos impuestos o defraudan. Ni una palabra sobre los grandes financieros internacionales que controlan grandes medios, lobbies y élites políticas, esos no molestan. No existen. Y es parcialmente cierto. Del mismo modo que aquello que los medios no mentan, no existe, aquellos de los que los humoristas del régimen no se mofan, tampoco existen. Es la forma “simpática” de cerrar el círculo con humor. Si Silvia Intxaurrondo niega o ignora un tema y el humorista a sueldo de otro medio afín no hace chistes de ese mismo tema, es que no existe y, por lo tanto, no está en el debate público. Al final, la ventana de Overton se atranca con diferentes tipos de mercenarios. Algunos con apariencia de solemnidad y otros haciendo bufonadas.

Lo que no sé es por qué, irónicamente, esos sectores y supuestos humoristas son los que utilizan el término «cuñado» como forma difamatoria de supuestas pretensiones profesionales de la gente común. Cualquiera diría que un chiste de Lepe contado por tu cuñado en la sobremesa tiene menos gracia que el tal Ignatius Farray. Y sé que sus forofos me responderían que no tengo el nivel ni la sensibilidad para entender las sutilezas y estilo de su humor. Y es cierto, no comprendo la estridencia y la sobreactuación cercana a la mera histeria como forma de humor. Se me hace algo más cercano a la locura. Y reír sobre la locura es, precisamente, algo sintomático y bastante grave. El que lo disfrute debería pasar una revisión, sinceramente. Aunque ese no es el problema. Al fin y al cabo, el tal Ignatius suele ser como las hojas de lechuga en un plato combinado: no es más que la guarnición de otro elemento «más jugoso». Y en esas se me aparecen siempre los mismos nombres, especialmente uno. El tal llamado Quequé. Llevo viéndolo en televisión desde mi adolescencia y allí sigue, firme e impasible como nazareno con su cirio. A ver si se acaba la vela, porque la Semana Santa terminó hace mucho y ese hombre ya está demasiado amortizado. De hecho, en un programa suyo parece que debutó Broncano. Así que podemos adivinar que el mismo Broncano, a pesar de su pretendida juventud, es otro bufón que pasó del zapaterismo al sanchismo tras tantos años. La única diferencia es que conserva rasgos juveniles. Entre ellos, los chascarrillos de adolescente. Gran aptitud que merece millones de recursos públicos.

Recientemente he tenido que ver, incluso, a los ya mentados Ignatius Farray y Quequé, en una especie de performance pelando patatas y haciendo, precisamente, chascarrillos. Lógicamente, sobre personas que no se pueden defender por no estar allí y que no tienen responsabilidad política alguna, pero la cuestión esa hacer chistes sobre los de siempre. Instrucciones puras. Hay dianas recurrentes para los bufones del régimen. Y tenían que mentar a Juan Roig sin decir su nombre. No fuera a ser que nombrar a la bicha les trajera mal fario o, peor, un trabajo honrado y con el sueldo más frecuente. Sí, ese sueldo que su líder ha conseguido hacer bajar drásticamente mientras la inflación está disparada. Pero no nos vamos a quejar, por lo menos fueron contra Juan Roig, que es una diana algo menos trillada. Yo esperaba algo sobre Amancio Ortega y tema impuestos. Lo de siempre.

Aunque tuvo su gracia ese lamentable sketch. Es pura poesía ver a dos arlequines de la Corte pelando patatas y la pava al estilo Bertín Osborne. Porque es clásica la mofa de esa clase de «humoristas» sobre el rol de entrevistador de Bertín. Y ahora lo imitan.

Aunque no vi más, no tengo tanta paciencia ni estómago. Solo espero que no utilizasen huevos, porque una persona conectada con la actualidad y que pretendiese hacer crítica y humor, hablaría del precio de los huevos. Pero lo dudo. Y si lo hicieron, quizás todo es culpa de Juan Roig, como si lo viera. Es humor previsible y repetitivo.

Otro caso llamativo y reciente, es la referencia en la revista “El Jueves”. Sí, esa revista que salía los miércoles y ahora sale cada mes debido al tremendo éxito. Es cierto que su camino siempre ha sido evidente y jamás han dejado de seguir la linde cuando hace décadas que la dejaron atrás. Pero es sintomático que hayan hecho referencia a Soto Ivars, aunque no en la forma. Tratar de lelo a quien cuestiona un mantra oficial, como son las denuncias por violencia de género, no es nuevo. Ante la incapacidad de rebatir, se cuestiona la capacidad. Y para cerrar el círculo de la gracia pobre y tópica, se acusa al lelo de no tener contacto con mujeres. Tonto y virgen. Cualquiera diría que Soto Ivars es un pintamonas de esa revista que tan profusamente se dedicó a desnudos, humor sexual y toda clase de morbo erótico. Es más, cualquiera diría que Soto Ivars es un peligroso e irreductible fascistoide apoyado por grandes magnates. Pero no, a lo sumo es alguien con posturas liberales y que suele oscilar entre su progresismo original y posturas algo más conservadoras. Sí, es cierto, algo inaceptable para aquellos arlequines que llevan décadas comiendo de la mano del discurso oficial.

Boomers y aspirantes a boomers que jamás volvieron del 68, estómagos agradecidos que conformaron y coparon el régimen actual y no sueltan la teta. Hay que exprimirla bien, no vaya a ser que quede algo para los siguientes. Porque ellos han hecho méritos suficientes para controlar el sistema y creerse antisistema. No como los jóvenes, que jamás han ido a la guerra ni saben luchar por sus derechos y se les ha dado todo. Dicho por gente que la única guerra que ha visto ha sido la guerra de precios entre cadenas de supermercado. Horrible. Esos combatientes que no sueltan las riendas de un jaco que está en los huesos. Un imponente semental que recibieron de sus padres y han convertido en un saco de huesos raquítico y ridículo. Y que se niegan a legar porque aún puede tirar un poco más. No hablo de un caballo, se entiende.

Por eso afirmo que cualquier cuñado real tiene más gracia. Porque el humor debe tener un factor de sorpresa y de verdadera irreverencia que los bufones que llevan paseando sus cascabeles 20 años o más, no ejercen por órdenes del jefe. O por falta de capacidad, nada es descartable.

Así sucede que hasta los chascarrillos de gimnasio son más antisistema y más críticos con el poder que esos profesionales del cliché. Con el precio de los huevos he oído y dicho de todo. Lo más evidente, que Pedro Sánchez odia la mayonesa. Primero puso imposible el precio del aceite y ahora el de los huevos. O que en la cercana Navidad, los hogares pudientes dejarán los percebes y comprarán una docena de huevos de maíz, que es más elitista. Estoy seguro que Begoña ya está eligiendo los mejores huevos para ponerlos sobre la mesa estas Navidades.

O más incluso, pues el español promedio tiene una tendencia al chiste, al comentario oportuno y a la retranca que sobrepasa ampliamente el anodino y soso humorzuelo de Quequé, Farray y cualquier otro miembro de la cofradía «Testigos de Dineros del Sistema». Sirva como otro ejemplo, el comentario sobre un amigo que ganó un bogavante vivo en un concurso de la pescadería. El orgulloso ganador dijo que tuvo al bogavante en la bañera unos días para deleite de su hija. Para alimentarlo y mantenerlo vivo, tenía que darle entre 5 y 6 langostinos al día. El único comentario que se nos ocurrió fue decir que ya era mala suerte que le haya tocado el bogavante sindicalista. ¿Chistes de cuñado? Sí, pero improvisados, creativos y gratis. Algo que no pueden decir otros que llevan cobrando el mismo chiste 20 años a costa del contribuyente.

Lo lamento, pero cuando hemos convertido a Marianico el Corto en un subversivo antisistema, es que algo anda mal por casa.

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