Ingenieros nacional-católicos y desarrollo industrial y agrícola

El politólogo alemán Dieter Senghaas ha definido el “desarrollo autocentrado” como una estrategia de desarrollo político, socioeconómico y cultural autodeterminado, cuyo resultado se documenta en una sucesiva apertura del mercado interior. Por su parte el economista egipcio Samir Amin sostiene que en el modelo de acumulación autocentrada las relaciones exteriores se someten a la lógica y a los imperativos de la acumulación interna, mientras que el desarrollo extravertido son las relaciones con el exterior las que determinan el ritmo y las características de la acumulación interna.

En este artículo vamos a estudiar el desarrollo tecno científico e industrial de España durante el franquismo y a demostrar que coincide en grandes líneas con el modelo de desarrollo autocentrado defendido por autores modernos contrarios a la mundialización capitalista.

Samir Amin insiste en el hecho de que el desarrollo autocentrado se ha producido en los países “centrales” del desarrollo capitalista, que por diversas razones llegaron antes a la revolución industrial y al capitalismo, y que posteriormente pretendieron imponer modelos de desarrollo extravertido a los países periféricos.

Por su parte, Dugin[1] distingue entre una “modernización endógena”, aquella que se produce como consecuencia de procesos políticos, económicos e ideológicos internos de una sociedad, y una “modernización exógena”, aquella que es impuesta por fuerzas políticas y militares desde fuera (podría ser el caso de Japón). Pero nos habla también de una “modernización defensiva”, que sería cuando una sociedad intenta preservar su identidad y su estructura tradicional, pero moderniza algunos de sus aspectos para resistir mejor los embates exteriores. Este podría ser el caso de la España de Franco, y correspondería muy bien a aquella frase de Rafael Calvo Serer, “europeización (modernización) de los medios, españolización de los fines”.

La industrialización franquista puede tomarse como ejemplo de un desarrollo autocentrado, y también de modelo de “modernización defensiva”.

España, junto con otros países mediterráneos, ocupa una posición intermedia, que podríamos llamar semiperiférica. Por diversas razones históricas y estructurales nuestra patria llego tarde a la Revolución Industrial. A mediados del siglo XX solo Cataluña, el Pais Vasco y la periferia de Madrid están industrializados, siendo el resto del territorio mayormente dedicado a la actividad agrícola. Finalizada la Guerra Civil hay un intento muy serio de industrializar España. Se persigue el modelo utópico de la autarquía, que nunca se llega a asumir de forma plena, pero que impulsa procesos que podrían calificarse de desarrollo autocentrado.

LA UTOPÍA AUTÁRQUICA

Los primeros años de franquismo se caracterizan por el intento de lograr una autarquía, es decir, una autosuficiencia económica absoluta. En esta ideal coinciden elementos subjetivos y objetivos. La mayoría de las familias políticas que se agrupan el paraguas franquista simpatizan con la idea de una España económicamente independiente, pero hay que entender que la situación internacional tiende a hacer de una necesidad virtud. Al régimen de Franco se le considera aliado y amigo de las derrotadas potencias del Eje, y por ello las potencias vencedoras de II Guerra Mundial realizan un bloqueo comercial importante y severo hacia España.

Este bloqueo nunca es total, y la autarquía absoluta se revela como una utopía irrealizable. Sin embargo esta utopía sirve como importante acicate hacia el desarrollo de tecnologías propias y al máximo aprovechamiento de los recursos materiales y humanos. Nunca se llega al ideal de la autarquía total, pero se ponen las bases para un desarrollo autocentrado. La combinación de proteccionismo y políticas autárquicas produce un asombroso desarrollo industrial y tecnológico.

Junto a ello aparece un elemento sociológico importante, que de estabilidad al régimen: la consolidación de una importante clase media, que abarca funcionarios, profesionales liberales junto con importantes segmentos de la clase trabajadora, especialmente obreros cualificados.

Todo ello viene a ser una realización práctica de las ideas desarrolladas por Maeztu: el “capitalismo católico” y una amplia clase media como manera eficaz de combatir las tendencias revolucionarias.

LOS INGENIEROS, PIEZA CLAVE

Lino Camprubí[2] ha puesto en manifiesto lo absurdo de suponer que un régimen que se mantuvo durante cuarenta años pudiera hacerlo de espaldas a la ciencia y a la tecnología. En el franquismo hubo una actividad científico-tecnológica importante, y los ingenieros fueron sus principales protagonistas. Cuando se purgaba a científicos (no por su actividad científica, sino por sus ideas políticas) no era el Estado Franquista contra la Ciencia, sino determinados científicos adictos al régimen purgando a otros científicos políticamente opuestos al mismo.

Más allá de la represión contra los adversarios políticos, el papel de los ingenieros y científicos en el régimen de Franco es fundamental en la constitución, formación y consolidación del nuevo estado. La investigación fue mucho más que una herramienta para el poder político, sino que fue constituyente para este mismo poder, en tanto de dotó de contenido al régimen en lo que se refiere al manejo del territorio, ciudades, recursos, fronteras y alianzas internacionales[3].

No hay que creer que estos científicos e ingenieros constituyeron una tecnocracia, es decir, no fueron funcionarios políticamente neutros (suponiendo que tal cosa fuera posible). Sus proyectos para la economía política implicaban posiciones fuertes respecto a la tradición, la autoridad, el papel de España en Occidente, etc.

La ecuación Ciencia=Democracia Liberal es falsa. Hoy nadie duda de la actividad científica en la Alemania Nacional-Socialista (carburantes sintéticos, importantes avances en física nuclear, aeronáutica, etc.) ni el Rusia Soviética (primer lanzamiento aeroespacial, agronomía, etc.) . En el estado franquista, que nunca llegó a ser un estado totalitario como el nacional-socialista o el soviético, también hubo una importante actividad científica y tecnológica, sistemática ocultada por los defensores de la “memoria histórica”.

EL CONSEJO SUPERIOR DE INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS

El proyecto de creación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (en adelante CSIC) empezó a gestarse en el año 1938, en unas conversaciones mantenidas en Burgos entre José María Albareda, doctor en farmacia y química y miembro fundador del Opus Dei, y José Ibáñez Martin, historiador que había militado en Renovación Española y vinculado a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, y futuro ministro de Educación Nacional.

El proyecto de Ibáñez Martín y de Albareda se oponía a la continuidad de la Junta de Ampliación de Estudios (JAE), a la que reprochaban (además de su proximidad al republicanismo y al krausismo) su centralismo geográfico, su falta de relación con las universidades y su poca atención de las ciencias aplicadas (es decir, a la tecnología).

Hay que señalar que estas críticas a la JAE no procedían únicamente de prejuicios ideológicos. De hecho el primer gobierno de la República ya había sido consciente del relativo fracaso de la JAE[4] en el aspecto tecnológico, y el 14 de julio de 1931, bajo el gobierno provisional de la República, presidido por Niceto Alcalá-Zamora, se publicaba en la Gaceta de Madrid[5] una serie de decretos que daban nacimiento a la Fundación Nacional para Investigaciones Científicas y Ensayos de Reforma, entidad que debía suplir las deficiencias de la JAE en los aspectos de la ciencia aplicada y la tecnología.

Al menos algunos dirigentes republicanos eran conscientes de que la ideología positivista de la JAE, con su desprecio hacia la tecnología, a la que se consideraba despectivamente como “ciencia aplicada”, había impedido que su labor, notable en muchos aspectos, repercutiera de forma visible en el desarrollo tecnológico e industrial de España. Las críticas a la JAE de Martín y Albareda no se basaban pues en criterios puramente ideológicos (aunque también estaban presentes) sino en cuestiones metodológicas y epistemológicas, con una visión de las relaciones tecno científicas mucho más próximas a los actuales planteamientos de las relaciones Ciencia, Tecnología y Sociedad que las decimonónicas concepciones positivistas de la JAE.

Detrás del proyecto del CSIC estaba la idea de construir una ciencia católica que, en convergencia con el capitalismo católico propugnado por Ramiro de Maeztu, sirviera al interés nacional y sirviera a la solución de la cuestión social, integrando a los trabajadores en consonancia con la doctrina social de la Iglesia y formando una extensa clase media.

En esta línea hay que señalar la presencia notable de científicos entre los colaboradores de Acción Española, revista dirigida por Ramiro de Maeztu y que fue un auténtico laboratorio de las ideas tradicionalistas y contrarrevolucionarias durante la II República. Allí encontramos a Antonio Gregorio Rocasolano, catedrático de bioquímica de la Universidad de Zaragoza; a Julio Palacios, catedrático de termología de la Universidad de Madrid jefe de sección en el Laboratorio de Investigaciones Físicas; a Fernando Enriquez de Salamanca y Danvila, profesor de patología médica en la Universidad de Madrid, director de la revista Medicina, y presidente de la Academia de Medicina, y a Juan de la Cierva, inventor del autogiro[6].

Aparte de diferencias ideológicas, una de las características principales que distinguían el proyecto del CSIC del de la JAE era el interés del primero en la investigación práctica. En la JAE primaba la idea, de raíz positivista, de la investigación “pura”, alentada únicamente por motivaciones epistémicas, de la que iba a surgir una “ciencia pura” y que, posteriormente, los técnicos podrían aplicar (o no) a la solución de problemas humanos y sociales.

Actualmente esta idea de la relación ciencia pura- ciencia aplicada (o ciencia y tecnología) está totalmente superada, y muchos filósofos de la ciencia hablan ya de tecnociencia[7] para referirse al continuo de actividades tecnocientíficas en continua interacción, en el cual es imposible distinguir una supuesta “ciencia pura” de una “ciencia aplicada”.

Aunque en el CSIC nunca se llegó a este grado de teorización, en la práctica se adelantaron a lo que la filosofía de la ciencia postpositivista desarrollaría a finales del siglo XX. La inmensa mayoría de los programas de investigación desarrollados por el CSIC estaban vinculados a proyectos de desarrollo industrial o agrícola, en colaboración con otras instituciones del Régimen, como los Sindicatos Verticales o las Confederaciones Hidrográficas.

En la configuración de la política científica del CSIC iban a converger diversos vectores. Por un lado la necesidad de reconstruir un país destruido por una Guerra Civil que además, ya antes de la guerra, tenía un escaso desarrollo industrial, limitado a Cataluña, Pais Vasco y algo en Madrid. Por otra parte, este proceso de construcción y reconstrucción tenía que realizarse en unas condiciones de política internacional muy negativas, con la hostilidad de los vencedores de la II Guerra Mundial, que veían al Régimen de Franco como aliado de las potencias derrotadas del Eje. Todo ello, tal como ya hemos comentado, impuso una autarquía económica que, aunque fue parcial, ejerció un influjo potente sobre la necesidad de la investigación científico – tecnológica.

Además de estos vectores externos, existían otros internos que procedían de las propias ideologías sociopolíticas que se agrupaban bajo el paraguas del franquismo. Con sus diversas modulaciones, falangistas, carlistas, tradicionalistas y nacional-católicos, todos compartían la idea de la necesaria regeneración de España y un conjunto de preocupaciones sociales, a las que Gustavo Bueno ha bautizado como derecha socialista[8].

Aunque de forma implícita, sobre este conjunto de proyectos planeaba la influencia de Ramiro de Maeztu, seguramente el pensador contrarrevolucionario más importante de la cultura española. Maeztu defendió la necesidad de que España (y por extensión la Hispanidad) se armara en el terreno tecnológico, económico e industrial para poder enfrentarse con éxito a sus enemigos. Para Maeztu el tradicional desprecio que el hidalgo español había sentido hacia las actividades económicas había sido la causa de las derrotas de España, frente a Inglaterra y los protestantes primero, y frente a los EEUU en la última guerra de Cuba, después.

En su libro Don Quijote, Don Juan y la Celestina. Ensayos de simpatía Maeztu propugnaba que la figura de Don Quijote, que representaba al Amor y al caballero de la Hispanidad, debería armarse con el Poder (Don Juan) y con el Saber (Celestina). La fusión de estas tres figuras o mitos (que por otra parte representaban los tres atributos de la Divinidad) darían lugar a una nueva Hispanidad regenerada, fiel a sus orígenes, pero dotada de los instrumentos capaces de derrotar a sus enemigos[9]. Estos instrumentos que reclama Maeztu (tecnología, industria) nos remiten a la “modernización defensiva” descrita por Dugin[10].

Aunque no hay ninguna evidencia de influencias de Heidegger en Maeztu, su idea de la Hispanidad como proceso que puede modificarse sin dejar de ser fiel a sus esencias, se aproxima a la idea colectiva de dasein. Para Maeztu la Hispanidad no es algo cerrado y concluso, no es una “cosa” ni una casta intrahistórica inamovible. En terminología heideggeriana la Hispanidad seria ser-en-el-tiempo y ser-en-el-mundo y esta naturaleza haría posibles y viables los intentos de regeneración.

Los proyectos de desarrollo industrial y tecno científico que partieron del CSIC representaban la realización práctica de este ideal de regeneración de la Hispanidad, a partir de los cuales el hidalgo, el caballero cristiano de Morente, podía volver a la lucha con nuevas armas, modernas y eficaces, sin renunciar a sus viejos ideales. El viejo enfrentamiento entre Modernidad y Tradición (la pugna estéril del siglo XIX) quedaba así superado.

ALGUNOS CENTROS Y LINEAS DE INVESTIGACION DEL CSIC

El estudio de las realizaciones científicas y tecnológicas del CSIC no es precisamente un tema muy popular entre los historiadores de la ciencia y la tecnología. Su simple estudio le hace a uno sospechoso de “franquismo”, pues rompe el dogma oficial de que este régimen fue absolutamente oscurantista y del cual lo único que hay que recordar es la “represión”. Recientemente, el magnífico libro de Lino Camprubí, Los ingenieros de Franco, al cual ya hemos hecho referencia, ha roto el silencio y arrojado luz sobre el tema.

El Instituto Técnico de la Construcción y del Cemento (ITCC)

Fue construido en 1953 y se le conocía coloquialmente con el nombre de “Costillares” por su estructura exterior. Dirigido por el mundialmente reconocido ingeniero de estructuras Eduardo Torroja, estaba dotado de laboratorios de física y química, salas para pruebas mecánicas, estudios para calculo y diseño, oficinas y otras instalaciones, tales como un restaurante cuyas paredes podían abrirse completamente, haciendo visible la piscina y las pistas de tenis[11]. También albergaba una fábrica experimental para pruebas de cemento y hormigón.

Los antecedentes del ITCC hay que buscarlos en el año 1934, con la fundación del Instituto Técnico de la Construcción y la Edificación (ITCE), por un grupo de ingenieros y arquitectos, entre los que se encontraban Alfonso Peña Boeuf y Eduardo Torroja Miret[12]. Era una institución privada y sin ánimo de lucro, cuya actividad consistía en la investigación y publicación sobre innovaciones técnicas en el terreno de la construcción y de las obras públicas.

La mayoría de los miembros del ITCE se inclinaron por el bando franquista en la Guerra Civil, lo que les abrió la puerta a puestos de importancia. Peña Boeuf formó parte del primer gobierno de Burgos, en 1938, como ministro de Obras Públicas. Torroja ocupó la plaza de profesor en la Escuela de Ingenieros de Caminos que Boeuf había dejado libre, y en 1940 fue nombrado director del Laboratorio Central de Ensayo de Materiales, adscrito a dicha Escuela.

En 1941 el ITCE se asociaba a la sección de sección de investigación técnica y aplicada del CSIC, el Patronato Juan de la Cierva (PJC). Aunque al principio Albareda mostró cierta reticencia a la asociación con una institución privada, al final se llegó a un acuerdo, sacrificando el ITCE parte de su independencia.

En 1942 el PJC recibió un fuerte impulso con el nombramiento de Juan Antonio Suanzes como su director. Ingeniero militar, Suanzes había sido ministro de Industria de 1938 a 1939, y lo volvería ser de 1944 a 1951, y fundador y primer director del Instituto Nacional de Industria (INI) en 1941. El plan de Suanzes era dotar al PJC de institutos de investigación que pudieran hacer de intermediarios entre los laboratorios del CSIC y las fábricas del INI, el conocido grupo de empresas estatales modelado por él mismo. Uno de estos centros fue el Instituto del Cemento, financiado con los fondos obtenidos de un canon del 1% a las ventas del cemento, impuesto por Suanzes a los fabricantes cementeros.

Frente a las presiones de la patronal cementera, que sostenía que el centro de investigación debía servir a los intereses de los fabricantes de cemento, Torroja, encargado de evaluar el proyecto, sostuvo que el centro debía servir a “la economía nacional en su conjunto”, y colaborar con la Delegación del Gobierno en la industria del cemento y el Sindicato Nacional de la Construcción.

Suanzes se inclinó por las propuestas de Torroja y avanzó hacia la fusión del Instituto del Cemento con el ITCE. Además se encargó a Torroja la construcción de los laboratorios, que se inaugurarían en 1953, donde se encontraba el conocido dodecaedro ideado por Torroja, el ya mencionado Costillares, como centro de investigación puntera dirigido a la industrialización de la economía española.

Un modelo parecido lo veremos en la constitución de la Empresa Nacional de Óptica (ENOSA).

Del Instituto de Óptica a la Empresa Nacional de Óptica[13]

La constitución de la Empresa Nacional de Óptica (ENOSA) como empresa del INI no hubiera sido posible sin la colaboración del Instituto de Óptica Daza de Valdés (CSIC) y del Laboratorio y Taller de Investigaciones del Estado Mayor de la Armada (LYTIEMA). Su principal impulsor, José María Otero Navascués era también ingeniero militar[14].

El Instituto de Óptica Daza de Valdés del CSIC fue creado oficialmente en 1946, aunque ya había funcionado como una sección del Instituto Alonso de Santa Cruz de Física. José María Otero Navascués fue el máximo responsable del centro, primero como jefe de la sección de Óptica del Instituto Alonso de Santa Cruz, y, posteriormente como director del nuevo instituto creado. En su calidad de ingeniero militar de la Armada mantuvo una estrecha relación con LYTIEMA.

ENOSA se creó en 1951, con una aportación de capital procedente del INI[15]. Su factoría se construyó en los antiguos pinares de Chamartín, hoy Avenida de San Luis, con una superficie de 6000 m2 de naves y en la que llegaron a trabajar más de un millar de personas. Desde el principio mantuvo lazos muy estrechos con el Instituto Daza de Valdés y con LYTIEMA.

En LYTIEMA se creó una escuela de aprendices. Se ingresaba con catorce años y a los dieciocho se alcanzaba la categoría de oficial. A los diecinueve ingresaban en la Marina para realizar el servicio militar, y después volvían a trabajar en LYTIEMA. A partir de la tercera promoción entraron a trabajar en ENOSA.

Aunque en principio el objetivo de ENOSA era fabricar instrumentos ópticos y de aparatos de precisión en el ámbito militar, a principios de los cincuenta amplió su programa, incluyendo material didáctico. En principio eran instrumentos ópticos para la docencia (microscopios escolares y lupas binoculares), pero más adelante empezaron a producir maletines y unidades didácticas completas. En las décadas de los 60, 70 y 80 abastecieron a los institutos de toda España.

La privatización de empresas públicas, realizada por los sucesivos gobiernos de PP y PSOE acabó con ENOSA. En 1985 el INI traspasó a INISIEL (Empresa Nacional de Electrónica y Sistemas) las acciones de ENOSA. En 1992 diversas empresas de capital público, entre ellas INISIEL, se fusionaron en INDRA SISTEMAS, multinacional de capital privado. En 1999 se realizó una oferta pública de acciones de la Sociedad Estatal de Participación Industrial (SEPI, el antiguo INI) que liquidó el 66 % de sus acciones.

LA ESTACION ARROCERA DE SUECA

La historia de la Estación Arrocera de Sueca, situada fuera de las estructuras del CSIC, es otro ejemplo de la integración de centros de investigación con las estructuras políticas del Estado Franquista, en este caso los Sindicatos Verticales.

La estación se fundó en 1911. Su origen estaba en la preocupación por la fallida en la cosecha de arroz, que aquel año había sido de 1860 Kg. por Hectárea, cuando habitualmente rondaba los 6300 Kg por Hectárea. En 1913 tuvo una ubicación definitiva, creándose el centro de investigación, con el nombre de Granja Arrocera. Actualmente forma parte del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias (IVIA).

En 1922 es nombrado director el ingeniero agraria Rafael Font de Mora y Llorens, que será una de las figuras más importantes de la investigación agraria sobre el arroz y de la obtención de variedades, a partir de la genética mendeliana, que se realizarán en este centro[16].

En 1935 asciende a la dirección Álvaro de Ansorena y Saenz de Jubera, también ingeniero agrónomo, que será una figura clave en el desarrollo de la institución. Ansorena será a la vez un investigador que liderará un importante equipo de trabajo, en el que estará el propio Rafael Font de Mora y otros investigadores, como el perito agrícola José Mª Carrasco Garcia[17], y al mismo tiempo un burócrata con gran poder en la estructura de los Sindicatos Verticales.

En 1936 Ansorena patrocina una importante ampliación de la EAS. Apartado temporalmente por las autoridades republicanas, volverá a la dirección de la EAS después de la victoria del bando franquista, y dirigirá su inclusión en la estructura de los Sindicatos Verticales, concretamente en la Federación Sindical de Agricultores Arroceros de España.

Esta federación había nacido en 1933, impulsada por Ramón Rodríguez Roda. Estaba inspirada en el movimiento corporativista, que pretendía reformar al capitalismo “desde abajo” y desde posiciones ideológicas ajenas al marxismo. En 1939 la federación se integró en la estructura de los Sindicatos Verticales, en un acto en el transcurso del cual el propio Rodríguez-Roda entregó Franco un arca grabada con los motivos del bando nacional, que contenía lo que llamaron “el arroz de la victoria”, recogido bajo las bombas enemigas “para mayor gloria de la Patria”[18].

Es importante señalar la labor de investigación agronómica sobre el arroz, fundamentada en le genética mendeliana, realizada por el equipo de Ansorena y bajo su dirección. Font de Mora introdujo en España la técnica innovadora para la hibridación del arroz[19]. Durante mucho tiempo se había pensado que el arroz se reproducía por clestogámia, es decir, por autofecundación con la flor cerrada[20]. En un momento dado diversas investigaciones mostraron, en la mayoría de las variedades del arroz, la flor se abría antes de la polinización. Este fenómeno, aunque no excluía la autofecundación, hacia posible la manipulación del polen y los cruces controlados.

En 1952 José Maria Carrasco García público un libro[21], prologado por Ansorena, donde se describía, de forma muy detallada, las técnicas de polinización artificial del arroz de cara a obtener nuevas variedades. Citando a Font de Mora como introductor de estas técnicas, y apoyándose en la teoría celular y las leyes mendelianas, explicaba como la hibridación controlada permitía cruzar variedades de distintas características para obtener la deseada.

Entre 1935 y 1952 la EAS desarrolló, mediante estas técnicas de hibridación, doscientas variedades de arroz, que fueron distribuidas a los agricultores a través de las estructuras de la FSAE. La influencia política de Ansorena era fundamental para esta estrecha colaboración entre la investigación agronómica y la estructura del Sindicato Vertical. En este tiempo la distribución de semillas por parte de la EAS pasó de 740.123 Kg. en 1940 a 1.692.155 Kg. en 1942, 2.531.945 Kg. en 1946 y más de 3 millones al año desde 1948 en adelante[22].

EL INSECTICIDA HEXACLORURO DE BENCENO, UN INVENTO ESPAÑOL

La invención y utilización del Hexacloruro de Benceno como insecticida en España en la década de los cuarenta, es otro buen ejemplo de cómo la política autárquica, en parte impuesta por las condiciones internacionales, fue un importante elemento estimulante de la investigación científica y el desarrollo industrial en España, según un modelo de desarrollo autocentrado.

En diciembre de 1945, ION. Revista Española de Química aplicada, publicaba un artículo del químico vizcaíno José María Gomeza Ozamiz, donde se explicaba el proceso de síntesis de un nuevo producto, llamado insecticida “666”, recientemente patentado por el autor[23].

Gomeza, que era químico y farmacéutico, había empezado en 1943 un estudio seriado de los derivados clorados del benceno, partiendo del Paradiclor, un compuesto muy conocido desde principios del siglo XX para combatir la aparición de polillas en la ropa. Estas investigaciones las realizó en el laboratorio de las instalaciones que el empresario Martín Fernández Villarin tenía en Zorroza, una zona industrial del extrarradio de Bilbao.

Después de diversas experiencias con cucarachas y chinches, en 1944 Gomeza mandó el primer informe a la Estación Central de Fitopatología Agrícola, tal como estipulaba la normativa del Ministerio de Agricultura. Miguel Benlloch, director del Servicio de Inspección del Comercio y Fabricación de Insecticidas Agrícolas enseguida se interesó por el producto.

La fabricación del producto comenzó casi inmediatamente. El coste de producción era aproximadamente la quinta parte de lo que suponía fabricar DDT. Si los productos con DDT se vendían con un precio que oscilaba entre las 100 a las 300 pesetas el quilo, el 666 estaba en el mercado a 60 pesetas el quilo. En agosto de 1944, Martin Fernández Villarán solicitó la marca comercial mixta Desinfectantes Cóndor en el Registro de la Propiedad Industrial.

La principal utilización del nuevo insecticida fue en la lucha antipalúdica. El doctor Álvaro Lozano Morales, director del Instituto Antipalúdico de Navalmoral de la Mata, en Cáceres (una de las zonas de España más afectadas de paludismo) realizó diversas pruebas de laboratorio y de campo con el hexacloruro de benceno en el verano de 1944, remitiendo los resultados personalmente a Gomeza. Sus trabajos continuaron desde 1945 a 1948 y confirmaron la eficacia del producto.

En 1945 se constituyó la compañía Insecticidas Cóndor S.A. con protección industrial de la invención, y en octubre del mismo año el producto fue considerado de utilidad para el Ejército, que lo utilizó para luchar contra las plagas de piojos en compañías y batallones.

En 1950 ya se detectó una disminución considerable de los casos de paludismo en España, y el gobierno español y la Organización Mundial de la Salud firmaron un convenio para la erradicación definitiva de esta enfermedad. Este mismo año, las compañías fabricantes de insecticidas con DDT en España formaron la agrupación denominada Industria Nacional del DDT. En ellas, la única compañía fabricante de hexaclorociclohexano era Insecticidas Cóndor S.A., establecida en Barcaldo y que se había constituido a raíz del descubrimiento de Gomeza.

[1] Dugin, A. (2018) El auge de la Cuarta Teoría Política. Tarragona, Ediciones Fides, pp. 71-73

[2] Camprubí, L. (2017) Los ingenieros de Franco. Ciencia, catolicismo y Guerra Fria en el estado franquista. Barcelona, Ed. Crítica.

[3] Camprubí, obra citada, p. 30

[4] González Redondo, F. y Fernández Terán, R. (2018) “Ciencia aplicada, tecnología y sociedad. La ciencia en la frontera: ¿del “fracaso de la JAE” al “éxito del CSIC”? En Dolores Ruiz Verdun (ed.) Ciencia y Técnica en la Universidad. Trabajos de Historia de las Ciencias y de las Técnicas. Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá, servicio de publicaciones.

[5] Decreto del 13 de julio de 1931, Gaceta de Madrid, 14-VII-1931.

[6] Alsina Calvés, J. (2013) Ramiro de Maeztu. Del regeneracionismo a la contrarrevolución. Barcelona, Ediciones Nueva República, p. 215.

[7] Echeverría, J. (1995) Filosofía de la ciencia. Madrid, Ediciones Akal

[8] Bueno, G. (2008) El mito de la derecha ¿Qué significa ser de derechas en la España actual? Madrid, Ediciones Temas de Hoy, p. 238.

[9] Alsina, 2013, obra citada. Ver también Alsina Calvés, J. (2011) “Don Quijote, Don Juan y la Celestina de Ramiro de Maeztu. Clásicos de la literatura y mitos hispánicos” El Catoblepas. Revista crítica del presente, nº 113, p. 11. http://www.nodulo.org/ec/2011/n113p11.htm

[10] Obra citada.

[11] Camprubí, obra citada, p. 71

[12] Camprubí, obra citada, p. 74

[13] Valcayo, I. y Baratas, A. (2018) “El Instituto de Óptica y la Empresa Nacional de Óptica: Ciencia, Tecnología e Innovación en la España franquista”, en Dolores Ruiz-Berdún (ed.) Ciencia y Técnica en la Universidad. Trabajos de Historia de las Ciencias y de las Técnicas. Vol I. Alcalá de Henares. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá, pp. 241- 252

[14] Pérez Fernández-Turégano, C. (2012) José María Otero Navascués: Ciencia y Armada en la España del siglo XX. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

[15] Martin Aceña, P. y Comín, F. (1991) INI 50 años de industrialización en España. Madrid, Espasa Calpe.

[16] Font de Mora, R. (1939) El arroz. Su cultivo, molinería y comercio. Barcelona-Buenos Aires, Salvat Editores.

[17] Carrasco, J.M. (1952) Compendio arrocero. Edición patrocinada por la Federación Sindical de Agricultores Arroceros de España. Valencia, Ed. Guerri.

[18] Camprubí, obra citada, p. 132.

[19] Font de Mora, obra citada, p. 12. Camprubí, obra citada, p. 138

[20] Esto significaría que los granos de polen procedentes de los estambres de la propia flor fecundarían al ovario de la misma.

[21] Carrasco, obra citada.

[22] Camprubí, obra citada, p. 142.

[23] Andrés Turrión, M.L. (2018) “Apoyo gubernamental al desarrollo del insecticida Hexacloruro de Benceno (HCH-666) un “invento español” en la España del primer franquismo. La creación de la compañía Insecticidas Cóndor S.A.”. En Dolores Ruiz-Berdún (ed.) Ciencia y Técnica en la Universidad. Trabajos de Historia de las Ciencias y de las Técnicas. Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá, servicio de publicaciones, pp. 251-266.

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