El 7 de octubre de 2023 las milicias palestinas atacaron Israel de forma inesperada, causando casi mil doscientas muertes. Todos recordamos, a buen seguro, las imágenes, muchas de ellas muestras de auténtica barbarie. Y todos somos sabedores de la brutal respuesta de Israel, que ha dejado Gaza convertida en un solar, contándose los muertos por decenas de miles, buena parte de ellos niños.
No deja de ser curioso que un país que tiene unos servicios de inteligencia tan buenos y con tantos recursos se dejara colar un gol así. Durante décadas han sido capaces —y siguen siéndolo— capaces de localizar y asesinar con precisión a los líderes de las distintas organizaciones palestinas y/o libanesas, del mismo modo que han sido capaces de cargarse a Jamenei y no se sabe cuántos cargos de la cúpula militar iraní.
Cualquier persona medianamente perspicaz, y por supuesto cualquier conspiranoico —o sea, aquellos que, en muchas ocasiones, denuncian cosas que se acaba sabiendo que eran ciertas— pensaría que dejaron que pasara lo que pasó, si no es que lo promovieron ellos mismos. Los lanzamientos de cohetes y una penetración terrestre en territorio israelí de aquella magnitud requieren una planificación prolongada en el tiempo y que implica a numerosas personas, con lo cual es impensable que los servicios de inteligencia sionistas no supieran lo que iba a pasar. Pero pasó, y en base a ello tratan de justificar la limpieza étnica que han hecho en Gaza.
La cosa es que, desde entonces, los lacayos europeos y norteamericanos del sionismo pretenden vendernos la burra de que Israel es el escudo de Occidente, «la única democracia de Oriente Medio», en contraposición a esos islamistas oscurantistas que viven en la Edad Media, en opinión de estos lumbreras, como si no fuera con ésos con los que hacen negocios los progresistas gobiernos occidentales. Porque claro, hay tiranías buenas —las que nos venden petróleo— y tiranías malas —las que no doblan la cerviz ante el imperio anglosionista—. Las primeras cuentan con la aprobación del poder occidental, aunque sean unos desalmados. En las segundas, les preocupa que las mujeres lleven velo.
Esta corriente de servilismo al sionismo y a su marioneta yanki corre a cargo de una piara de acomplejados, pelotas, arrastrados y lameculos. Cipayos, traidores y vendidos sin una pizca de dignidad, supuestos paladines en defensa de los intereses nacionales, como si no fueran Israel y EE. UU. quienes están armando a Marruecos, un país que sí es una amenaza directa y concreta para España; no como Irán, que no nos ha hecho nada, ni Rusia, la amenaza fantasma. Patriotas de Sión que apelan a un indefinido Occidente que ni ellos mismos sabrían definir. Muchos de estos se llevan sus treinta monedas de plata con cargo a las cuentas de Netanyahu. Otros, los peores, ni siquiera eso; son los tontos útiles del sionismo.
Así, pues, ¿es Israel el escudo de Occidente? Si es así, ¿de qué Occidente?
Defender que Israel es tal cosa es una afirmación bastante atrevida, a decir verdad. Pero lo cierto es que Israel, un país geográficamente asiático —o sea, oriental, para nosotros los europeos—, es, como los países netamente occidentales, una democracia liberal con una economía capitalista, y sin duda pretende ser considerado como uno más de los mismos. Hay una cosa que es enteramente cierta: su imbricación en la política internacional del bloque occidental. Israel tiene un peso específico enorme en la administración estadounidense, hasta el punto de condicionar la política exterior de EE. UU1. Y por supuesto también en las más importantes organizaciones internacionales, como por ejemplo la ONU, cuyas resoluciones incumple constantemente sin consecuencias. Ni qué decir tiene que muchos de los bancos más importantes del mundo son de propiedad judía, y lo mismo podemos decir de los principales grupos de medios de comunicación consumidos por los ciudadanos occidentales y de los gigantes del entretenimiento. Es decir, que el sionismo —esto es, el nacionalismo judío— controla en gran medida los resortes de poder y de la cultura de masas de Occidente.
La palabra Occidente es una más de entre aquellas que oímos constantemente sin tener del todo claro qué es.
Etimológicamente, Occidente viene del latín occidere, que significa, dependiendo del contexto, caer o morir. En este caso, pues, hace referencia a un lugar, en concreto por donde cae el sol. En consecuencia, el Occidente lleva implícito una contraposición, el Oriente, el lugar por donde sale el sol. En tanto que punto cardinal, Occidente estaría constituido por Europa, principalmente la mitad oeste, aunque es evidente que es más que eso.
Si miramos a la concepción histórica de Occidente, a su génesis, suele haber bastante coincidencia en fundamentarlo sobre tres pilares claros: Grecia, Roma y cristianismo. Es decir, filosofía, derecho y religión. Sin embargo, hemos de decir sin tapujos que Occidente ya no es cristiano, hasta el punto de llegar a la total subversión de la cosmovisión original. Europa ha apostatado.
El concepto, como tantos otros, ha ido cambiando con el tiempo. Así, nadie concebiría hoy en día excluir a los Estados Unidos o Canadá de lo que se considera Occidente. Pero, ¿y Australia? Está ni más ni menos que en las antipodas de España, un país occidental puro, pero también es considerado como un país occidental. ¿Por qué? Porque su cultura es, con sus peculiaridades, como la europea y/o la norteamericana. No olviden que Australia fue el agujero donde los británicos enviaron convictos por miles y que la población indígena fue masacrada sistemáticamente, es decir, de forma planificada. Hoy lo llamarían genocidio. La cuestión es que Australia es un producto británico, y no sólo por la acción imperial de Gran Bretaña, como puede haber sido el caso de otros países de la Commonwealth que no son considerados occidentales —como Nigeria, por ejemplo— sino directamente hija de los británicos; por línea de sangre, si se quiere. Australia, pues, aun estando tan lejos geográficamente del resto de Occidente, está inserta en el mismo orden político, económico y filosófico que el resto de países occidentales. Por tanto, podemos considerar que Occidente es, hoy, también una forma de entender la vida. Existe, entonces, una cultura occidental, que es la propia de los países europeos (sobre todo los del oeste), de los norteamericanos y de Australia y Nueva Zelanda. E Israel, insistimos, es tenido también por occidental por muchos por las razones comentadas anteriormente.
Pero Occidente es hoy en día, además, un bloque geopolítico, el representado por la OTAN. O sea, el bloque compuesto por Estados Unidos y sus siervos, incluyendo dos países musulmanes como son Turquía y Albania. En la cuestión geopolítica es, probablemente, donde más clara se percibe todavía la contraposición entre Occidente y Oriente, sobre todo ahora que los chinos han dejado de ir en bici y se han convertido en un nación fuerte y con una clara vocación de ser un actor dominante internacionalmente. Rusia sería el otro gigante del bloque oriental o, por lo menos, opuesto a Occidente, un país que desea, como los otros gigantes, tener su área de influencia.
Este bloque geopolítico es encabezado por EE. UU. de forma visible aunque podemos afirmar rotundamente que en realidad es manejado —como poco fuertemente influenciado en su política exterior— por el tiritero Estado de Israel, hasta el punto de arrastrarle a librar sus guerras, y en el que los países de la Unión Europea hacen el papel de convidados de piedra. Están ahí, sí, pero como si no estuvieran, y, peor aún, cuando están hacen el papel de meros lacayos. Así las cosas, Occidente —no sus gentes, evidentemente— lleva décadas desestabilizando países que son molestos para Israel y/o que no son serviles. Y desestabilizar es ser suaves. Gobernantes poco gratos para el binomio Israel-EE. UU. han sido derrocados y luego asesinados, y cuando lo han creído oportuno han arrasado el país que haya hecho falta, como por ejemplo Irak. Ahora, con Irán, parece que no han acabado de medir del todo bien, pero ya se verá cómo acaba esto.
Esto es Occidente de puertas para afuera: rapiña, crimen, mentira, expolio, muerte. El imperio anglosionista y sus intereses. Dominio y poder son su sino. No quieren amigos ni aliados, sólo siervos.
De puertas para adentro tampoco es que mejore mucho la cosa. Occidente se fundamenta en el antropocentrismo, el relativismo filosófico, la economía capitalista, la democracia liberal, el desarrollo tecnocientifico y, en esta fase posmoderna, el nihilismo.
Asumiendo, como siempre, la injusticia de la generalización, podemos afirmar sin tapujos que el hombre occidental es absolutamente materialista, consumista y hedonista. Ya lo dijo el genial colombiano, Nicolás Gómez Dávila: «Ideario del hombre moderno: comprar el mayor número de objetos; hacer el mayor número de viajes; copular el mayor número de veces».
La idea de trascendencia está totalmente fuera de la sociedad, sólo importa el aquí y ahora. A cambio, el occidental abraza la idea de progreso, como si el mero devenir del tiempo significara necesariamente que las cosas vayan a ir mejor.
El hombre occidental ha sido emasculado y ya sólo aspira a vivir cómodamente. No está dispuesto a tener hijos, hasta el punto de que éstos son considerados en muchas ocasiones como una carga. Peor aún, como un obstáculo, como un problema. Por eso en Occidente millones de niños han sido y son asesinados en el vientre de sus propias madres. Como si nada. Es más, muchos consideran esto un derecho.
El hombre occidental no está dispuesto a sacrificarse por nada, es un cobarde. Carece de vitalidad. Carece también de libertad, pero no lo sabe porque los amos le dicen que es libre. No se casa, no se ata, no quiere compromisos. Como las cucarachas del anuncio de los años 80 del pasado siglo, el occidental nace —si le dejan—, crece, se reproduce —en algunos casos— y muere.
El hombre occidental no tiene paciencia, vive en la inmediatez. Tampoco hace nada pensado para durar, ni bello.
No vive. Tiene experiencias, hace fotos, graba vídeos.
El hombre occidental ha dado la espalda a Dios y ha abrazado numerosos ídolos. Busca sucedáneos religiosos para tapar el hueco que él mismo ha creado, y va perdido, sin rumbo. Ya no sabe quién es, de dónde viene ni a dónde va.
En definitiva, el hombre occidental está vacío. Y, en consecuencia, tiene muchas posibilidades de ser barrido de su propio territorio, al menos el hombre europeo.
Por todo esto, todos aquellos que tengan el más elemental sentido de la supervivencia tienen el deber no de defender Occidente, sino de combatirlo. No podemos defender este Occidente. Y el primer cambio, como siempre, pasa por uno mismo. «Decís vosotros que los tiempos son malos; sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores: vosotros sois el tiempo», dijo san Agustín, y tenía razón.
Sí al Occidente histórico. Sí a la Cristiandad. Sí a Grecia. Sí a Roma. Sí a Jerusalén.
No a este Occidente. No a la sumisión a EE. UU. No a la sumisión al sionismo. No al atlantismo. No al mundo moderno. Seamos mejores.