La criptomoneda en la guerra financiera

La criptomoneda en la guerra financiera. José María Fernández González

Los signos de los tiempos

La guerra financiera entre los imperios realmente existentes

El 20 de enero de 2017, al finalizar el mandato del Presidente Obama, con seguridad muchos consideraron que estábamos ante el inicio de una nueva era, la “era Trump”. Sin embargo en ese paso de 2016 a 2017 se estaba poniendo de manifiesto en forma de datos estadísticos otro periodo bien distinto, esto es, la “era China”, país que en ese tránsito del calendario pasaba a ser la primera potencia comercial del planeta en términos estadísticos agregados de importaciones y exportaciones. De forma simultánea, el monto del PIB chino, si bien en cifras absolutas era en aquel momento un tercio inferior al de los EE. UU., en términos relativos (es decir, de acuerdo con los precios internos) era ligeramente superior. Desde entonces no hemos dejado de hablar de estos y otros sorpassi de China.

Pasados cuatro años, el mandato del Presidente Biden se ha estrenado hace dos meses con la ruidosa conferencia bilateral de los responsables de la política exterior y de seguridad de ambos países celebrada en Anchorage, Alaska. Todo un signo de la nueva era, pues estas son ya, sin que nadie lo ponga en cuestión, las dos superpotencias del momento, y no sólo en el campo económico y comercial, sino porque sólo estos dos imperios disfrutan actualmente de lo que es una auténtica soberanía, eso sí, sin llegar a la plenitud o potestatis divina: moneda propia, capacidad de disuasión nuclear, amén de un sustrato o plataforma económica, territorial, poblacional y tecnológica homologables; es decir, integrando el conjunto de elementos constitutivos del Estado que Gustavo Bueno denomina capas basal, conjuntiva y cortical. Claro que se ha de contar asimismo con Rusia, India, Francia, Japón, Alemania o el Reino Unido, pero estos países ya forman parte de otra Liga, como diría un cronista deportivo.

Como estas cosas no ocurren de repente, las raíces de la presente situación se encuentran en el inicio de la era nuclear en 1945 y el subsiguiente comienzo de la Guerra Fría dos años después, así como el nacimiento de la nueva China en 1949; acontecimiento este que no siempre se relaciona con el fuerte nacionalismo chino de carácter antioccidental, construido sobre el sustrato de las humillaciones de las Guerras del opio, entre otras imposiciones de los países anglosajones a un país debilitado en el siglo XIX y parte del XX. Por el medio, hasta incluso después de la caída del Muro, se han sucedido hitos diplomáticos y militares que podremos sintetizar en las guerras de Corea, de la Indochina francesa y de Vietnam o las dos de Irak, pasando por el fracaso franco-británico de la guerra del Canal de Suez en 1956. En esta ruta se ha consumado el repliegue estratégico de Asia de las antiguas potencias coloniales (Francia y el Reino Unido), reemplazadas en ese continente, como en el resto del planeta, por la omnipresencia norteamericana.

Se ha hablado mucho de los movimientos de la política norteamericana para “cercar” tanto a la URSS como a China con decenas y decenas de bases militares en los entornos más o menos próximos a ambos países, así como con alianzas militares y económicas tejidas con los países de ese entorno, usualmente denominado Asia-Pacífico, si bien la Unión Europea prefiere Indo-Pacífico. Las siglas son profusas, y solo mencionaré dos ejemplos de signo bien distinto como son la SEATO y la APEC.

Sin embargo, al final todo ha quedado en una sucesión de políticas erráticas y ambiguas, pero preñadas de suficiencia, de los EE UU en el referido área Asia-Pacífico. La culminación fue una serie de errores estratégicos, ya en este siglo, desde Siria a Corea del Norte, pasando por Irak, Irán y Afganistán, que constituyeron la herencia dejada por Obama a Trump en enero de 2017. 

Tal ineficiencia diplomática y los consiguientes vacíos dejados por Obama en toda esa amplia y relevante extensión territorial facilitó su ocupación diplomática y militar por la implicación de Rusia en varios países de esa zona, sin dejar de lado la imprudente operación de Obama en Ukrania, que obligó a salir de su letargo al oso de Putin por evidentes razones estratégicas. En realidad se trataba de la enésima improvisación norteamericana tras las de R. MacNamara o H. Kissinger, entre otros. Recuérdense, por ejemplo, la teoría del dominó, respecto a los posibles avances comunistas, o la política de los key countries (es decir, “policías de barrio”), que tanto dieron que hablar en su día. 

Desde Deng Xiaoping, tras el fallecimiento de Mao, el papel estratégico y diplomático de China en esa vastísima extensión fue creciendo a la vez que lo hacían su tecnología militar y PIB. Pero también China comenzó a tomar protagonismo en Hispanoamérica y África yendo al copo de materias primas, siempre con una evidente visión estratégica.

La explicación, por tanto, de la aparente sorpresa ante la aparición de la “nueva” China en el marco global debe buscarse en la perseverancia en su estrategia de alcanzar la soberanía en todos los órdenes ya mencionados. Dicho con un ejemplo muy claro, este país no solamente lleva décadas ampliando y mejorando sus recursos militares, ya sean tecnológicos o humanos, sino que correlativamente el despliegue de los mismos ha ido paulatinamente ampliando su radio de acción, desde Formosa hasta el Mar del Sur de China, siguiendo por el Océano Índico o el Mar de Arábigo y, claro está, por el Océano Pacífico. 

Capítulo aparte merece el trato de la nueva Ruta de la Seda, ahora denominada “La Franja y la Ruta”. Resulta evidente que estamos ante una política eminentemente estratégico-militar para asegurar por tierra, mar y aire (sin que esta afirmación sea un recurso retórico) las distintas vías alternativas de suministro de materias primas y otras mercancías. Esto es, reitero, una política de soberanía.

La moneda y la política exterior norteamericana

Más allá de lo dicho hasta ahora, desde incluso antes de la fecha citada al inicio de este escrito, día tras día aparecen referencias explícitas a una nueva e importante trinchera en la confrontación entre ambas superpotencias. Se trata de la batalla por la ruptura de la preeminencia del Dólar como moneda en el tráfico mercantil y financiero internacional, lo que, en  principio, a nadie podría extrañar, dada la creciente presencia y liderazgo chinos en los mercados mundiales. 

Y es que desde finales de los años 70 la “Society for Worldwide Interbank Financial Telecommunication”, más conocida por su acrónimo SWIFT, aún siendo una entidad mercantil privada domiciliada en Bélgica (en realidad, una suerte de cooperativa integrada por varios miles de entidades financieras de la casi totalidad de los países), tiene el cuasi monopolio y control del mecanismo de transferencias y pagos internacionales. Si bien, como digo, esta empresa está domiciliada en Europa, donde cuenta con dos centros operativos en Holanda y Suiza, el verdadero control político se ejerce desde EE. UU., donde se asienta su tercer centro de datos que gestiona cada año miles de millones de operaciones por importe de muchos más miles de millones de dólares.

A resultas de ese dominio real de EE. UU. se ha generado una situación de hecho descrita de manera precisa por la conocida periodista honkonesa Mary Hui (por cierto, graduada en lengua española) el 19 de agosto de 2020 en la revista económica digital “Quartz”:

«Según los últimos datos de Swift, más del 40% de las transacciones globales en sus plataformas están denominadas en dólares. Dado que la mayor parte de las transacciones en dólares se liquidan a través de bancos estadounidenses, los EE. UU. pueden argumentar que esas transacciones pasan por suelo estadounidense, lo que otorga a los EE. UU. jurisdicción legal sobre ellas. Eso significa que Estados Unidos tiene un control descomunal sobre la maquinaria de las transacciones internacionales o, como dijo The Economist , “Estados Unidos está en una posición excepcional para utilizar la guerra financiera al servicio de la política exterior”».

Si prescindiésemos de estas palabras de The Economist ,pudiera considerarse ingenuamente que las transacciones objeto de control por parte de los Bancos y el Gobierno estadounidenses se refieren a asuntos tales como el tráfico de drogas, el lavado de dinero negro u otras cuestiones por el estilo. Sin embargo la realidad del control político por parte de ese país excede con mucho esos ámbitos. Por poner algún ejemplo significativo, si el Presidente George Bush “sabía” que Saddam Hussein disponía de material propio de la guerra química era porque el mecanismo SWIFT “sabía” que el Estado iraquí directa o indirectamente había efectuado pagos a empresas francesas y alemanas suministradoras de los elementos tecnológicos precisos para tal fin, lo que explica el papel de los gobiernos de ambos países oponiéndose a las medidas militares implementadas; sin perjuicio de que, por el medio, Sadam se hubiera desprendido de esos elementos para no dejar rastros delatores. Por otra parte, y con independencia de la información privada (los metadatos, así como otros de índole particular) que se registra necesariamente en los instrumentos tecnológicos empleados por el SWIFT, se aprecia que el control del proceso de transferencias desborda con mucho la privacidad de los intervinientes en tales flujos financieros, como se ha puesto reiteradamente de manifiesto en la intromisión de la Administración norteamericana en procesos llevados a cabo entre dos países ajenos, ya sea embargando los importes transferidos o las cuentas de los intervinientes, o, lo que es más conocido, anunciando simplemente que se impedirían las disposiciones de fondos de determinadas personas “non gratas”, como dirigentes de países considerados como hostiles por la administración estadounidense.  Es conocida la publicación en 2013 por la revista alemana Der Spiegel del férreo control por parte de la agencia de seguridad norteamericana, NSA, de las operaciones del sistema SWIFT. 

El combate por la moneda

Este dominio estadounidense levanta algo más que suspicacias en el resto de los países, singularmente entre los que tienen mayor relevancia en los mercados internacionales, ya sea la Unión Europea, Rusia, India o, naturalmente, China.

En agosto de 2018 el ministro de Exteriores alemán, Heiko Maas, en la inauguración de una conferencia de embajadores en Berlín afirmó que  “debemos incrementar la autonomía y soberanía de Europa en las políticas comerciales, económicas y financieras (…) no será fácil, pero ya hemos comenzado a hacerlo”, en clara referencia a situaciones como al citado asunto iraquí y a lo que luego se dirá. Ya en el año 2019, se iniciaron conversaciones entre Rusia, China y la India para explorar otra vía con intenciones semejantes a la europea que se dirá, y meses después el Banco de China anunció que estaba trabajando en un nuevo sistema de pagos internacional para resguardarse de posibles sanciones estadounidenses. En fin, el viceministro de Exteriores de Rusia, Alexander Pankin, señaló recientemente en una entrevista que Moscú podría desarrollar una alternativa al sistema SWIFT que le ayude a reducir la dependencia del dólar y para aumentar el nivel de seguridad nacional, agregando que “dado el rápido desarrollo de las monedas digitales y el blockchain, es natural que la base de los pagos internacionales pueda formarse sobre una base tecnológica completamente nueva”.

Como se aprecia, estos y otros países o entidades internacionales tratan de reaccionar con alternativas de distinto signo y alcance. Así, por parte de Rusia se ha creado el SPFS (Sistema para la Transferencia de Comunicaciones Financieras), y por China el CIPS (Sistema de Pago Interbancario Transfronterizo). 

En el caso europeo se afronta el problema mediante el conocido código IBAN (“International Bank Account Number”), realmente limitado a los Estados integrantes de la UE y de sus áreas de influencia para transacciones denominadas en euros, así como el INSTEX. Este último mecanismo (siglas en inglés de “Instrumento de Apoyo a los Intercambios Comerciales”) se constituyó en 2019 con el objeto de eludir el embargo norteamericano a operaciones comerciales con Irán, so pretexto de ayuda humanitaria, y al que se han adherido no sólo Alemania o Francia, sino también el Reino Unido, Finlandia, Dinamarca, Suecia, Holanda y Bélgica. Ni que decir tiene que el propio Irán ha creado otro mecanismo semejante, el STFI (siglas en inglés del “Instrumento Especial de Comercio y Finanzas”).

Las espadas están desenvainadas, y en esta última decena de abril siguen apareciendo noticias cuyo alcance aún es pronto para valorar. Así el día 23 se ha comunicado la intención de el Banco Central de China y el Banco de Construcción del mismo país de poner en circulación los llamados E-yuan, o criptomoneda china, a la vez que se anunciaba una mayor regulación de las criptomonedas extranjeras. Sin lugar a duda, esta historia presagia nuevos capítulos. Ahora bien, no estamos asistiendo a unos meros juegos florales, puesto que de tener éxito alguna de las referidas iniciativas se pondría en jaque el papel norteamericano no ya para el control del sistema SWIFT al servicio de la política exterior de ese país, sino que estaría en cuestión la función que viene desempeñando el Dólar desde hace setenta y cinco años como la moneda más solicitada del planeta, y desde la época de R. Nixon, casi cincuenta de los cuales  han transcurrido con la prácticamente ilimitada capacidad de endeudarse que goza el imperio norteamericano, con ventaja el mayor deudor del globo en el momento actual, siendo China su mayor acreedor.  

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