Lo malo del mundo moderno es la falsedad convertida en verdad. No es esa tontería de la posverdad ni chorradas, es el construir todo alrededor de una enorme mentira y jamás renunciar a ella, aunque la verdad sea evidente e indiscutible. Es rechazar lo auténtico y verdadero, lo real, para presentarlo como anecdótico y molesto. La enajenación de aquel que quiere vivir en una burbuja de ficción se convierte en ley.
Es la gente que ha construido un personaje que asume como su auténtico ser, siendo una caricatura lamentable y ridícula, pero también peligrosa. Un personaje y una trama. Gente que huye del mundo real porque es doloroso y frustrante y, ante eso, se pone una careta y ya jamás renunciará a ella. Es más, se pegará la careta con pegamento de impacto para poder decir que es su cara real. ¿Es dañino? Para ellos, al final, sí, porque no les quedará ni una pizca de humanidad y habrán renunciado a cualquier sentimiento legítimo; únicamente tolerarán los chutes de dopamina de sus mentiras y del decorado construido alrededor de la careta. Es casi como un espacio seguro, de esos que les gusta citar ahora. El mundo real se convierte en lo rechazable, en lo retorcido; la gente honesta oculta cosas, el altruismo es fachada, el amor es un emoji pero jamás sacrificio, porque nada que conlleve una remota incomodidad a ese ego de papel maché puede existir como entidad auténtica. La máscara lo es todo. La verdad es «perspectiva», el bien es «subjetivo».
Todo debe ajustarse a ese teatrillo ridículo en que los payasos de la máscara son dioses y los demás, mero atrezzo. Pero la realidad es tozuda y se impone sobre cualquier ópera bufa, aunque los profetas de las redes sociales y de los medios den armamento en forma de léxico vacío para difamar lo poco auténtico que queda en el mundo. Y a pesar de ello, nunca consiguen vencer a la realidad.
La máscara les consume, la realidad y la verdad aparecen y les dejan desarmados y solos en una ficción que les generaba placer mientras creían controlar a los demás y confundían aquello con felicidad. Pero la máscara también desgasta, oprime y termina generando rechazo. Se la han pegado, ya no se puede quitar sin hacer un tremendo daño y sin crear secuelas. Ellos lo quieren entender como «duele porque no es una máscara, es mi cara». Lástima que la nariz de medio metro y los ojos tristes dentro de un espacio de madera digan otra cosa. Duele porque está pegada a base de autoengaño y narcisismo, nada más. Pero no lo pueden reconocer. La culpa es de los demás. De los que jamás quisieron llevar una máscara e, ingenuamente, creyeron que en los demás era un mero accesorio gracioso. Error. Era una enorme señal. No son lo que dicen ser ni lo que quieren mostrar, pero se tarda en descubrirlo. Jamás han tenido esa sonrisa sincera, era cartón. Jamás estuvieron alegres o felices, jamás sintieron nada sincero. Su interés formaba parte de la trama, el carisma era de acrílico. Únicamente querían generar una impresión en los demás y poder atraerlos como moscas a la telaraña para poder ensayar su obra y tener algo de atención a costa de la captura y el engaño.
Sí, generan dolor en los demás cuando toda la obra se muestra como una obvia y patente mentira, generan rabia e indignación. Y se les pide cuentas. Jamás las darán. Se remitirán a su máscara, dirán que todo es tan real como su expresión, esa demacrada y tosca careta. No admitirán otra cosa, no pueden permitirse decir «sí, era todo una ficción para el personaje que me genera un efímero placer». Son incapaces, están rotos y no pueden ni quieren cambiar ni reconocer su condición aunque la evidencia sea tan fuerte como absurdas y manidas sus excusas.
¿Se puede hacer algo con ellos? No. Si tienes la mala suerte de encontrártelos en tu camino – harto probable pues están en todos los recodos de nuestra sociedad y del estado – y caer en su opereta, lo lamento, te tocará sufrir y cuando todo se haga patente, hablarle a una pared con egomanía. Pero sobrevivirás, la verdad es dura pero justa. Es mejor una bofetada de la realidad que vivir como un infeliz arlequín.
Si identificas, a partir de entonces, las máscaras y las mentiras, huye de ellas, záfate y construye tu vida sobre unos cimientos sólidos. Nada bueno se sostiene sobre el hedonismo, el narcisismo y la mentira. Es imposible por definición. No lo olvides.
La imperfección humana nos hace caer en errores, a veces muy graves, pero la diferencia entre unos y otros es profunda. El humano de verdad acepta su responsabilidad y paga el precio.
La máscara busca excusas, culpa al entorno, a otros. La máscara busca versiones, perspectivas. Al final, lo que nos distingue a unos y a otros es la humildad. La persona humilde, al sentir algo más que su propio ombligo, puede hacerse cargo de su peso en los demás porque es algo más que un mero individuo sin conciencia. La máscara no. La máscara vive por y para sí, por lo que jamás tendrá verdadera humildad, responsabilidad ni conciencia. La máscara vive encerrada tras el cartón y no puede ni quiere salir. Es imposible pedirle algún sentimiento legítimo hacia nadie que no sea su propio personaje. Es imposible obtener honestidad, porque no tienen verdadera cara. Por lo menos no desde que decidieron convertirse en una deformidad estética y una nulidad ética.