La vocación cipaya

La vocación cipaya. Diego Chiaramoni

El Diccionario de la lengua española, define cipayo como “soldado indio de los siglos XVIII y XIX al servicio de Francia, Portugal y Gran Bretaña”. Etimológicamente, el término parece derivar del portugués sipay y éste, del persa sepāhi que significa “soldado”. Hasta aquí, la definición remite a un hecho histórico, pero a continuación, el mismo Diccionario agrega una segunda definición y aclara: despectivo “secuaz a sueldo”.

En nuestra Argentina – hablo de mi país porque es el único que conozco, aunque las miserias del hombre son universales -, siempre existieron dos clases de hombres que, fenotípicamente, constituyen a su vez dos amplias miradas. Montemos dramatúrgicamente una escena para hacer patente aquello que queremos expresar:

Un hombre dispone de una silla al borde de las aguas en el Puerto de Buenos Aires. Nuestro personaje imaginario puede elegir la orientación de esa silla, y entonces, o se sienta mirando las aguas, allende nuestros mares, hacia Europa (y cuando decimos “Europa”, no decimos “España”, dadora de la lengua en la que nos entendemos y de la fe de nuestros mayores); o se sienta mirando a la Pampa, es decir, hacia el interior, hacia la profundidad del suelo nutricio.

Estas dos actitudes se han encarnado a través de los tiempos, en diversas figuras de nuestra historia, tejiendo la urdimbre de una verdadera tensión dialéctica. Así desfilan, por ejemplo, Moreno y Rivadavia vs Liniers y Saavedra; Echeverría y Sarmiento vs Rosas y Quiroga; o más acá, Irigoyen y Perón vs Uriburu y Rojas; incluso -genialidades literarias aparte-, el genial Borges vs el patriota Marechal. En este sentido, recordamos a Don Arturo Jauretche quien escribió alguna vez: “Si malo es el gringo que nos compra, peor es el criollo que nos vende”.

Existe en esta tierra una irresistible vocación, un incontenible erotismo, una indomable atracción a querer ser empecinadamente otros. Fenomenológicamente podemos describir dos tipos de cipayismo, a saber: en primer lugar, existe el cipayo a sueldo, es decir, el mercenario. Es el tipo que trabaja en contra de los intereses de su tierra engordando su bolsillo y prostituyendo su espíritu. Generalmente actúan a la sombra y en íntima relación carnal con los resortes del poder. En segundo término, encontramos el cipayo ad honorem, aquel que, fruto de su disponibilidad psicológica, va por la vida siempre presto a mirar de soslayo lo propio y enaltecer lo ajeno, incluso –y de eso se trata en el fondo -, aunque esas fuerzas ajenas apetezcan lo propio. Son los mismos que dicen, por ejemplo, que cuando en 1806 nos invadieron los ingleses, estuvo errado el pueblo que luchó para echarlos a patadas, lanzando aceite hirviendo desde las azoteas; por el contrario, la actitud correcta era recibirlos con pastelitos criollos y té de Ceylán. La honda sabiduría castellana acuñó un refrán que bien le cabe a este tipo de cipayos: son aquellos que “comen pepino y eructan jamón”.  

La pregunta se impone entonces: ¿Y por qué sucede eso? Creemos que también son dos los elementos que pueden orientarnos en esta elucidación: el desarraigo y el resentimiento. El desarraigo es la actitud propia del hombre inauténtico, de aquel que aspira a la novedad constante. Para él, el arraigo es un jaque mate a su libertad y la fidelidad es aburrimiento. Por ello, su condición existencial –lo ha visto muy bien Heidegger – es carecer de morada. El cosmopolitismo, expresado en esa especie llamada “ciudadano del mundo” es el eufemismo que nuestro tiempo acuña para esta clase de anémicos espirituales. Por otro lado, el resentimiento, al que Max Scheler definió como una “autointoxicación psíquica”. El resentido siempre va en contra de sí, y por extensión, de todo rasgo de identidad. Sobre el terreno de esa amarga incapacidad de valorar lo propio, germina la militancia odiosa de vituperar el valor que por pusilánime no puede encarnar.

Ahora bien, no solo los políticos y algunos despistados asumen esta vocación cipaya. Existe una runfla indeseable que podríamos llamar “elites intelectuales” que son los principales apóstoles del cipayismo ideológico. Egresan de nuestras Universidades y minan los medios de comunicación. Son los que han aprendido moral a la holandesa, feminismo a la francesa e indigenismo según la versión sajona y que enseñan todo ello al pueblo, con “caridad” iluminista.

Es este un tiempo de indigencia en el que nuestra tierra sufre por la expoliación de sus recursos materiales y por la renuncia a la conciencia de la identidad, en síntesis: un tiempo de crisis de soberanía. Y seguimos preguntándonos: ¿De dónde brota la afición a lo extranjerizante? ¿Cómo puede experimentarse tanta empatía con las oligarquías financieras de aquí y de allá? ¿Quién les ha hecho creer que se puede ser uno mismo creciendo en lo impropio?

La vocación cipaya ha sido lúcidamente expuesta por Eva Perón, y con ello cerramos: “Triste el pobre que oliendo bosta se cree dueño de las vacas”.

Top