Se ha escrito bastante ya sobre esta “Ilustración oscura”, de modo que intentaré puntualizar algunos conceptos fundamentales sobre el citado movimiento y ponerlos en diálogo con el eterno sueño ilustrado, que en esencia y sin maquillajes, siempre ha perseguido los mismos objetivos.
Hacia 1984, tres años después de su muerte, se recopilan una serie de textos del Padre Leonardo Castellani bajo el título Las ideas de mi tío el cura. Son trabajos que hoy no pasarían el tamiz inquisitorio de lo políticamente correcto. Los textos fueron escritos entre 1933 y 1945, una época en la que los ejes de discusión geopolíticos, eclesiales y filosóficos eran otros, pero que, bien leídos, hallamos entre todo aquel material, algunas piezas superlativas.
“Heráclito camina por la tarde de Éfeso. La tarde lo ha dejado, sin que su voluntad lo decidiera, en la margen de un río silencioso cuyo destino y cuyo nombre ignora”. Así evoca Borges al enigmático Heráclito de Éfeso. Heráclito siempre se nos aparece junto al río que él mismo ha inmortalizado, ese río al que no podemos descender dos veces, porque guarda el misterio del fluir, lo inédito e irrepetible, como los ojos que alguna vez desvelaron nuestros sueños y se fueron por los cauces de la vida.
¿Puede la anamnesis cumplir una función redentora sobre ciertos nombres y hechos de nuestra biografía intelectual? ¿Es factible que el ejercicio de la memoria pueda salvar del fuego destructor algunas realidades que, a priori, parecen condenadas? Este es el gran interrogante a orillas de la tarde en la que, a solas, mientras madura el otoño en el Río de la Plata, voy afinando pluma y concentración para escribir estas líneas pensando en Holanda.
Frente al optimismo obligado de algunos y al nihilismo de cotillón de otros, uno hace suyas aquellas palabras que el danés Kierkegaard bordaba con tinta y sangre en sus papeles íntimos: “En medio de este insulso optimismo, muchos deberían tomar cotidianamente una pequeña dosis de Schopenhauer”. Usted se preguntará inmediatamente: ¿Kierkegaard coincidía acaso con la concepción ética y metafísica del filósofo alemán?
Cuentan algunos que entre los corrillos de la literatura argentina se estigmatizaba a Don Ernesto Sábato por su postura siempre adusta, de ceño fruncido y cavilar apesadumbrado, por su literatura desgarrada y su pintura oscura, fantasmagórica y casi onírica. Se decía que el contestador automático del teléfono de Sábato respondía diciendo: “Usted se ha comunicado con la casa de Ernesto Sábato, en este momento no puedo atenderlo porque me encuentro muy angustiado, deje su mensaje después de la señal”.
Lucio V. Mansilla, provenía de la mejor prosapia argentina. Era sobrino del Restaurador (Don Juan Manuel de Rosas), hijo de Agustina Ortiz de Rosas –la mujer más bella de su tiempo según las crónicas- y de Lucio N. Mansilla, prohombre de la gesta de Obligado, cuando en aquel 20 de noviembre de 1845, las tropas argentinas se le pararon de manos al invasor anglo-francés que pretendía navegar nuestros ríos sin más permiso que la prepotencia. Lucio Mansilla hijo fue un alma valiente, un escritor superlativo y tal como se lo llamó alguna vez, un excursionista del planeta.
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