Los tratados de libre comercio: un arma de destrucción masiva

Los tratados de libre comercio: un arma de destrucción masiva. José Alsina

Después de la caída del comunismo soviético, después de la caída del simbólico “muro de Berlín”, entramos en un periodo histórico en que las ciencias sociales y la teoría política quedan prácticamente huérfanas del paradigma, pues el modelo teórico marxista, que las había alimentado en las décadas de los 60, 70 y 80 ha quedado falsado. Esto no significa que todos los conceptos teóricos elaborados por el marxismo hayan perdido validez, ni mucho menos: plusvalía, explotación, alienación o ideología son categorías que siguen teniendo utilidad para el análisis de la realidad social y política. Pero deben verse ya a la luz de un paradigma nuevo, de una nueva ordenación teórica de la realidad: la caída del socialismo real, derrotado económica y políticamente por el capitalismo (sin derrota militar) ha falseado al marxismo como interpretación total de la historia y, sobre todo, como teoría de la revolución.

La caída del comunismo ha provocado también transformaciones radicales en las sociedades capitalistas. El capitalismo de base nacional y con ciertas preocupaciones “sociales” inspiradas en el miedo a la revolución o en la necesidad de estabilidad política, ha dada paso a otra forma de capitalismo: el capitalismo mundialista o globalismo, que es el tema de este artículo

¿Qué es el globalismo? En primer lugar, es importante señalar que, aunque se nos presente como una cuestión puramente económica (la economía global o globalizada) es mucho más: es un sistema ideológico, político y de control mundial, que tiene además la ventaja de no contar prácticamente con adversarios. A nivel ideológico, el practico desmantelamiento de la izquierda marxista ha dejado el camino despejado a los ideólogos “neocon” (muchos de ellos antiguos marxistas). La “izquierda” socialdemócrata no aspira a desmantelar al capitalismo, solamente a “gestionarlo de forma progresista”. El movimiento antiglobalización de cierta izquierda alternativa prácticamente ha desaparecido y, actualmente, solamente fuerzas políticas patrióticas e identitarias se manifiestan en contra de este fenómeno.

Poco antes de la caída del comunismo soviético el capitalismo ya empieza su reconversión. Aparecen las empresas multinacionales, es decir aquellas grandes empresas que se inician en un país determinado pero que empiezan a extender su capital y sus instalaciones por países diversos, buscando siempre las condiciones sociopolíticas más adecuadas y esquivando las legislaciones que no le son favorables. Los estados nacionales, las fronteras, las soberanías e incluso las identidades empiezan a ser un obstáculo para este capitalismo transnacional.

Con la caída del bloque soviético se produce una profunda “revolución” en el mundo capitalista. Hay una importante ofensiva ideológica: teóricos como Hayek o Fufuyama, teorizan sobre el “final de la historia” que ahora no va ser el “paraíso” comunista, sino otro escenario igual de “paradisíaco”: el mundialismo de libre mercado. La mayoría de la población empieza a percibir las “leyes” del mercado y de la oferta y la demanda como leyes “naturales”, tan naturales como la ley de la gravitación universal.

Las empresas multinacionales crecen en poder económico y político. Algunas acumulan más poder que muchos estados. Los estados nacionales entran en crisis por arriba y por abajo. Muchos antiguos estados de la Europa del Este son fragmentados, balcanizados en microestados de calderilla. Si alguna nación, como Serbia, se opone a este proceso es masacrada, bombardeada y criminalizado por una supuesta “comunidad internacional”.

El componente económico del globalismo se puede resumir como la conjunción de tres elementos: la libre circulación de capitales, la libre circulación de mercancías y la “libre” circulación de personas. Una serie de tratados internacionales, impuestos por organizaciones transnacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Comunidad Económica Europea hacen posible esta libre circulación. Destacaremos entre ellos el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), el Tratado de Maastricht, y el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), y el más reciente, el tratado de MERCOSUR.

Al hablar de los tratados de libre comercio hay que distinguir entre aquellos que nacen del acuerdo entre estados concretos, como una relación recíproca, de aquellos otros que parten de la idea globalista de un gobierno mundial, bajo el cual se van a distribuir las funciones económicas y de producción entre los diversos países. Ya en los documentos de la denominada Comisión Trilateral (años 80) se hablaba de países “centrales” del desarrollo (USA, Europa Central y Japón), dedicados a la industria y a la tecnología de alto nivel, países “periféricos” (tercer mundo) dedicados a la agricultura y a industrias básicas deslocalizadas, y países “semiperifericos” (como España) dedicados básicamente al turismo y sin acceso a la alta tecnología.

El reciente tratado de libre comercio de la UE con el MERCOSUR es un ejemplo paradigmático de aplicación de libre comercio dogmático fundado en la utopía de un gobierno universal. En función de este tratado la UE exportará productos industriales, mientras que importará alimentos en forma de productos agrícolas y agropecuarios. El modelo es la distribución de funciones económicas por los diversos países del globo, los países centrales industrializados y los periféricos dedicados a una agricultura de monocultivo.

Los críticos con el MERCOSUR alegan, con razón, que este tratado puede significar la muerte de la agricultura y la ganadería española y francesa. Pero es que este es el objetivo de la UE. En su delirante utopía globalista, Francia debe ser industrial y España el bar de copas de Europa. Hay una voluntad política de acabar con la agricultura y la ganadería (también con la pesca) en Europa, y que toda la alimentación sea importada. Además, el agricultor, como persona ligada a la tierra, no casa con el modelo humano de nómada sin raíces en que se fundamenta la utopía globalista.

Frente a todo ello, los movimientos patrióticos, opuestos al globalismo, deben desarrollar una alternativa. No se trata de propugnar economías absolutamente cerradas y autárquicas, pero si de promover los mercados internos y de destinar a la exportación los excedentes. Veamos un ejemplo muy sencillo: si un país es un productor natural de naranjas (caso de España) estas deben destinarse al consumo interno, y únicamente los excedentes deben dedicarse a la exportación. En ningún momento deben importarse naranjas, y en caso de importación debe gravarse con aranceles que la desincentiven.

Lo que es absolutamente irracional es que un país productor de naranjas se dedique a exportarla, y después importe naranjas, a veces de dudosa calidad, para el consumo interno.

Los tratados de libre comercio impulsados por el globalismo (la UE) destruyen las economías locales y nacionales, provocan la destrucción de la agricultura y la ganadería y, por tanto, la despoblación del campo, y, para mas “inri”, generan un movimiento mundial de mercancías con la consiguiente producción masiva de CO2, en flagrante contradicción con la supuesta “agenda verde” que este mismo globalismo impulsa.

Los tratados de libre comercio son armas de destrucción masiva.

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