Marx en el British Museum

Marx en el British Museum. Daniel López Rodríguez

En junio de 1850 Marx adquirió el carnet del British Museum, el cual prácticamente era su hogar pues se pasaba desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. Si entre 1850 y 1860 Marx pudo en el estudio de la economía política, eso fue posible gracias al British Museum.

En el British Museum encontraba refugio y consuelo frente a las penurias y miserias de la vida cotidiana. Aquel lugar suponía para Marx «el ideal puesto de avanzada estratégico para el estudio de la sociedad burguesa» (citado por Isaiah Berlin, Karl Marx: su vida y su entorno, Alianza Editorial, Traducción de Roberto Bixio, Madrid 2009, pág. 38).

Este intenso estudio le apartaba de la actividad propiamente política. «La prodigiosa documentación sobre la historia de la Economía política acumulada en el Museo Británico, el puesto tan cómodo que Londres ofrece para la observación de la sociedad burguesa y, por último, la nueva fase de desarrollo en que parecía entrar ésta con el descubrimiento del oro de California y Australia, me indujeron a volver a empezar desde el principio, estudiando a fondo, con un espíritu crítico, los nuevos materiales. Esos estudios me condujeron, en parte por sí mismos, a cuestiones aparentemente alejadas de mi tema y en las que debí detenerme durante un tiempo más o menos prolongado» (Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política, Traducido de Marat Kuznetsov, Editorial Progreso, 1989, pág. 9).

Según le comentó Wilhelm Pieper a Engels en enero de 1851, «Marx vive muy retirado. Sus únicos amigos son John Stuart Mill, Loyd. Y cuando uno llega a su casa, en lugar de cumplidos es saludado con categorías económicas» (citado por Hans Magnus Enzensberger, Conversaciones con Marx y Engels, Traducción de Michael Faber-Kaiser, Anagrama, Barcelona 1999, pág. 168).  

Con su retiro en el Museum Marx no recayó en una implantación gnóstica de la filosofía, sino que trataba de documentarse mejor para comprender mejor la situación y afrontar con mayor conocimiento y decisión la próxima revolución, que Marx divisaba en el horizonte. Como diría más tarde Lenin, sin teoría revolucionaria no cabe ningún éxito de acción revolucionaria.

A la aplicación al estudio concienzudo que llevaba a cabo en el British Museum frente a los devaneos de Gotfried Kinkel y August Willich escribía Marx: «Estos simplones democráticos a quienes les viene la inspiración “de lo alto” no necesitan, naturalmente, imponerse semejantes esfuerzos. ¿Para qué van a torturarse, esos hombres afortunados, con el estudio de los materiales económicos e históricos? ¡Es todo tan sencillo!, como solía decirme aquel pobre diablo de Willich. ¡Sí, es todo muy sencillo! En sus cabezas vacías. Ellos, ellos sí que son sencillos» (citado por Franz Mehring, Carlos Marx, Traducción de Wenceslao Roces, Ediciones Grijalbo, Barcelona 1967, pág. 220).

Tras la derrota de las revoluciones de 1848 y 1849 Marx llegó a la conclusión que la revolución se llevaría a cabo como consecuencia de una crisis económica capitalista cíclica, como explicó en el último número de la Nueva Gaceta Renana: Revista de Economía Política: «cuando ambos factores, las fuerzas modernas de producción y la forma burguesa de producción entraran en contradicción entre sí»; pero hasta entonces ni «las múltiples luchas triviales de los diversos elementos del partido del orden continental» ni «la indignación moral y las proclamas entusiastas de los demócratas», tendrán efectos explícitamente revolucionarios. «Una nueva revolución sólo es posible después de una nueva crisis. La primera, sin embargo, es tan inevitable como la segunda» (citado por Jonathan Sperber, Karl Marx. Una vida decimonónica, Traducción de Laura Sales Gutiérrez, Galaxia Gutenberg, Barcelona 2013, pág. 267).

Según afirmó Wilhelm Liebknecht, los pronósticos de Marx acerca de una crisis mundial eran motivo de risa de sus amigos y camaradas londinenses, pero esta se produjo en 1857 estallando por Estados Unidos y expandiéndose por todo el mundo. Dicha crisis ha sido considerada como la primera recesión mundial. Con todo, la revolución no estalló. Y lo que hubo en Estados Unidos fue una guerra de secesión, en la que Marx tomaría partido contra los esclavistas sureños.

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