Minas y soberanía

Minas y soberanía. Aitor Vaz

Realmente, el artículo podría llamarse «Minas y falta de soberanía», pues es lo que realmente tenemos. Sin embargo, también quiero que sirva como propuesta o sugerencia de que algo puede —y debe— cambiar, y de que ese cambio sustancial es posible y deseable.

Quiero empezar con una evidencia: la política energética española es el baile histriónico y errático de un psicótico o, peor aún, de una marioneta.

No se puede decir que la política energética española no exista y que, por ello, sea criticable. Hay política, aunque hecha a retales por diferentes gobiernos, con puntos de vista distintos, asumiendo postulados ideológicos y órdenes europeas que se oponen a nuestros intereses nacionales, además de tantos vaivenes y giros de guion que da la sensación de que todo es mera improvisación. Pero no: no hay improvisación. Es sintomático de algo más profundo y muy claro: nuestra patente carencia de soberanía, de interés por el largo plazo y por lo que pueda ser mañana nuestro país.

No se trata de ese discurso que algunos lanzan contra el Gobierno actual por el apagón de hace casi un año y del que todavía no se han dado explicaciones claras. El informe redactado para la ocasión, que se cita como explicación del apagón, no es en realidad una explicación, sino una mera narración de los acontecimientos sin señalar una causa concreta. Pero no quiero centrarme en eso ni señalar al Gobierno actual como único y principal culpable. Es cierto que el Gobierno actual parece muy interesado en obedecer todo mandato europeo que suponga renunciar a nuestros propios recursos energéticos, pero ya ha ocurrido en el pasado. También es cierto que arruinar las relaciones con Argelia en el momento crítico en que la Unión Europea necesitaba un suministrador de gas —y España podía haberse beneficiado y convertido en pieza clave— no fue muy inteligente. Y, sinceramente, los tiempos en que se hizo hacen pensar que fue premeditado. No solo para no obtener beneficios, sino para complicarnos la situación de forma gratuita e innecesaria. No tengo pruebas, aunque tampoco albergo dudas. Llevamos muchas décadas con esa dinámica: que el propio Gobierno nos sabotee.

Recordemos que llevamos en moratoria nuclear desde 1984. La prisa que nos dimos en declararla tras presiones ecologistas, terroristas, el accidente de Three Mile Island y una supuesta falta de necesidad de más potencia no ha vuelto a aparecer para zanjar la cuestión. Una moratoria de más de cuarenta años parece hecha para reafirmar el estereotipo del español holgazán que lo deja todo para mañana. Algo corriente en todas las naciones, pero especialmente marcado en el caso español, pues ponemos a dirigir el cotarro a quienes lo encarnan. Algo nefasto, vistas las consecuencias.

Una moratoria nuclear que se deja pudrir durante más de cuarenta años. El cierre de las minas de carbón en España —especialmente doloroso en el caso de las minas asturianas— por criterios económicos fijados por esa UE que algunos insisten en defender «porque nos pagaron las carreteras». Aunque tengo serias dudas de que esas carreteras compensen la pérdida de soberanía energética y la de miles de empleos en las Cuencas. Pero supongo que, una vez normalizados el alto desempleo estructural y la sangrante desindustrialización como estado basal, ya se puede tragar con todo sin problema. Nunca olvidaré el caso de una cuarentona ucraniana con apenas cinco años en España que me sostenía, muy convencida, que en España jamás habíamos tenido industria. El propio desprecio y desinterés que mostramos los españoles por aquello que hemos perdido —como si nunca hubiera sido real ni necesario— ha acabado haciendo creer a cualquiera que somos un país de sol y paella. Es algo de lo que deberíamos librarnos, pero no de forma retórica, como hacen algunos. Pues prometen acabar con la situación, pero se ensañan con la industria y con el sector primario mientras llaman «industria» al turismo de masas. En España parece que la única política energética e industrial se basa en el sol: paneles y guiris tostaditos. Nada en contra, pero cuando es parte de un mix más amplio, no cuando es el resumen de nuestro presente y de nuestro porvenir según nuestros líderes.

Asumo y acepto que las fuentes de energía como la eólica y la solar son deseables y que tenemos un gran potencial en ellas. Fortuna tenemos en ello. Pero también tenemos carbón y uranio. Un carbón caro según la UE, pero que, si lo pagásemos, ese dinero se quedaría aquí. Nuestros trabajadores y sus familias se beneficiarían. Y no habríamos tenido que dinamitar centrales térmicas sin freno hasta que no quedara ni el recuerdo. Ni habríamos tenido que traer toneladas y más toneladas de carbón extranjero pagado a precio de oro, junto con la reapertura de emergencia de la central de As Pontes, porque la crisis energética reveló nuestras debilidades. Podríamos haber tenido carbón asturiano más barato, pero jamás se quiso.

Lo del uranio también es digno de análisis. Recuerdo a un político diciendo que no teníamos uranio. Comentario cojo, por no llamarlo mentira cochina. Tenemos reservas para décadas. Otra cosa es que la famosa ley de 2021 nos impida obtener el uranio de nuestra tierra y tengamos que traerlo de Kazajistán. Mejor pagarlo fuera que extraerlo aquí. Es más, el transporte de ese uranio ni contamina ni es potencialmente dañino. Pareciera que todo lo que se trae de fuera y nos hace dependientes es neutro. El carbón se podría traer de Colombia a 300 euros la tonelada con cargueros que no funcionan con arcoíris y sonrisas, pero había que cerrar todas las minas de carbón de Asturias y de otras regiones porque «eran caras». Debe de ser que 80 euros la tonelada era inasumible. Lo que sí era asumible era destruir el tejido industrial, social y el bienestar de comarcas enteras. Gran política. Y eso se debe a muy diferentes y diversos gobiernos.

Pero podríamos hablar también del supuesto gas no convencional que albergan muchas zonas del norte. Se puede resumir en «No al fracking» y se acabó el tema. No queremos nuestro gas. Y puedo entender por qué, perfectamente. Pero quiero dejar patente una idea que impregna todo el artículo: he tenido que escuchar durante años que España no tiene fuentes de energía. Pero tenemos carbón, tenemos uranio y tenemos gas. Lo que no tenemos son deseos de utilizarlos. Como eso suena mal, lo reducimos a «no tenemos fuentes de energía». Táctica ridícula e infantil.

¿Sería deseable que toda nuestra energía se obtuviera de fuentes limpias, neutras y seguras? Sí, evidentemente. Pero hablamos del mundo real, no de una ensoñación hippie. El gas lo acabamos trayendo de algún sitio. La solar y la eólica necesitan de otras fuentes de generación más estables. Cerramos minas de carbón y volamos las centrales térmicas. Tenemos uranio, pero nos impedimos utilizarlo. Tenemos centrales nucleares, pero llevamos más de cuarenta años de moratoria intentando que el debate se anule porque las centrales lleguen a su cierre y ya no haya nada que debatir. No queremos fracking, de acuerdo; así que compramos el gas fuera. Y si falla algo en nuestro sistema, como se hace evidente, se habla de «mejorar la interconectividad» con Europa. La solución a nuestra falta de soberanía es hacernos más dependientes. Es una genialidad. Al estilo de ganarse problemas con Argelia cuando podríamos haber sacado enormes ventajas de su suministro de gas.

No se trata de una política caprichosa e improvisada que, por cortoplacista, es nefasta. Sencillamente se intenta dar una apariencia accidental y caótica a una política de pérdida de soberanía energética e industrial que acompaña a la pérdida de soberanía nacional que llevamos aguantando a muy largo plazo. La moratoria nuclear no es de ayer. Los cierres de las minas no fueron improvisados ni accidentales. Las centrales no vuelan por los aires sin un plan muy detallado.

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